lunes, 16 de marzo de 2015

Dangerous Obsession - Capitulo 55

Capitulo 55

Caminé entre la gente tratando de pensar un poco en todo lo que aquel maldito infeliz acababa de decirme.
—Dentro de un rato yo voy a subirme al escenario y voy a presentarte a ti y tu adorada novia a la sociedad… la señorita Stephie Camarena. La conocí hace unas semanas a través de su padre y creo que es perfecta para ti. Y vas a hacer esto, quieras o no. Si no lo haces voy a hundir al padre de tu adorada Martina y junto a ello a ella a también.
Cerré los ojos fuertemente sin dejar de caminar y entonces choqué con alguien.
—Jorge—me dijo. La miré. Ella frunció el ceño — ¿Estás bien?
—Martina—susurré y tuve la intención de decirle todo.
Pero me detuve. ¿Qué pasa si mi padre cumple su palabra? Yo no puedo permitir que él hunda a Alejandro, no sería justo. Miré los ojos de Martina. Yo no puedo hacer esto… yo no puedo hacerle esto a ella. Pero… otra vez él y otra vez arruinando mi vida.
—Hey —dijo ella y apoyó su suave mano en mi mejilla. Me alejé levemente.
—Estoy bien —le dije. Me miró más extrañada aun.
—Me acabo de cruzar a Stephie—me dijo y miró hacia atrás —Me dijo con una enorme sonrisa de que en unos instantes me iba a enterar de algo…
Tragué saliva. ¡Maldita perra! ¿Cuál era su maldito problema?
—Ajá —fue lo único que salió de mi boca. Ella me miró de nuevo y volvió a acariciar mi mejilla.
— ¿Enserio estas bien, mi amor? —Preguntó —Yo solo quería decirte que ya no estoy enojada y que a pesar de eres un machista horrible, te amo.
Un enorme nudo se instaló en medio de mi pecho. Yo voy a odiarme inmensamente por todo lo que va a pasar. Pero yo no puedo dar el lujo de que él se salga con la suya.
—Nos vamos —le dije. Me miró.
— ¿Qué? —dijo.
—Martina, mi padre está loco. Nos tenemos que ir y necesito hablar urgentemente con tu padre. Pero nos vamos ya —tomé su mano y comencé a caminar casi desesperado en medio de la gente. Logre salir hacia fuera y Martina se soltó de mi mano. Me giré a verla.
—Necesito saber que pasa —dijo nerviosa.
—Mi padre me quiere separar de ti —le dije apresuradamente.
— ¿Qué? —me preguntó.
—Para eso nos hizo venir hacia aquí Martina. Pero yo no puedo dejarte, mi amor —me acerqué y tomé su rostro con mis manos —Por eso mismo llama a tu padre ahora y dame las llaves del auto.
—No entiendo nada, Jorge—dijo confundida mientras buscaba las cosas que yo le pedía.
—Ya te diré bien que fue lo que me dijo, pero nos vamos ya —la besé cortamente y tomé las llaves para subirme al auto.
Ella se subió y arranqué rápidamente. Tomó su celular y comenzó a marcar el número de la casa de su madre. Me olvidé completamente de decirles. Pero Mariana y Alejandro comenzaron a vivir juntos de nuevo. Martina aun cree que ellos solo están bromeando.
—Hola mami —la escuché decir y la miré de reojo — ¿Papá está por ahí? Pásamelo un segundo que Jorge quiere hablar con él…
—Pon el alta voz —le dije. Ella lo hizo.
— ¿Hola? —escuchamos la voz de Alejandro.
—Alejandro, soy Jorge—dije sin dejar de mirar el camino por donde íbamos.
— ¿Qué tal Jorge? —preguntó.
—Necesito que me digas si ya has hecho algún negocio con mi padre.
—Mañana tengo que reunirme con él para firmar todo los papeles —comentó.
Solté un suspiro aliviado. Llegamos justo a tiempo.
—No firmes nada, es más ni vayas —le dije.
— ¿Qué? Pero ¿Por qué? —dijo confundido.
—Estoy seguro de que mi padre anda en algo malo, Alejandro. He estado alejado últimamente sus negocios pero he notado que una extraña cantidad de dinero ha entrado en su cuenta bancaria. Y estoy completamente seguro de que está implicado con el lavado de dinero —dije.
Martina me miró bien.
—Hijo, ¿estás seguro? Eso es grave —me dijo él.
—Muy seguro Alejandro, sino no te llamaría. Por favor no vayas mañana, no le contestes las llamadas. Hazme caso, mi padre está loco.
—Está bien, quédate tranquilo. Voy a hacerte caso —dijo él —Martina, ¿estás ahí?
—Aquí estoy papá —dijo ella con voz preocupada. La miré y tomé su mano.
— ¿Estás bien, hija? —le preguntó.
—Si papi —dijo ella.
—Bueno, me quedare más tranquilo si se que estas con Jorge. Tu madre me ha dicho que tiene un mal presentimiento, pero no le hagamos caso —dijo divertido.
—Todo está bien —aseguró ella.
—Bueno, cuídense —nos dijo —Y cualquier cosa me llaman.
—Claro —dijo. Alejandro colgó y Martina guardó el teléfono —Mi amor —la llamé.
— ¿Si? —dijo ella.
—Perdóname —le dije. Ella me miró.
— ¿Perdonarte? ¿Por qué? —dijo algo confundida.
—Soy un egoísta y solo pensé en mí. Solo pensé en mi sufrimiento si hacía lo que Fernando quiere. Solo pensé en mi corazón y no en ti, ni en tu padre.
Ella sonrió y estiró su mano para acariciar mi mejilla.
—Claro que pensaste en mí, y también en mi padre —dijo dulce.
—No lo sé, solo sé que te vi y no pude hacerlo. Él está completamente loco —gruñí.
— ¿Qué fue lo que te dijo que hicieras? —me preguntó.
—Stephie estaba ahí ¿viste? Bueno él iba a presentarla como mi novia delante de todo el mundo y yo tenía que decir que si era cierto —le dije.
—Por eso la muy perra me dijo aquello —dijo ella pensativa y una sonrisa iluminó su rostro.
—Exacto —susurré.
—Pagaría por ver su rostro ahora.
—Y yo por ver el de mi padre cuando se dé cuenta de que nos fuimos —dije divertido.
— ¿Por qué tu padre quiere separarte de mí? —preguntó.
—No lo sé… simplemente no puede verme feliz. Esa es la razón.
Golpeé con mi mano el volante y maldije por lo bajo. Odio a ese hombre, lo odio completamente. No puedo creer que tenga su misma sangre. Y me odio por eso.
—Tranquilo —susurró Martina.
La miré y las luces de la calle jugaban con sus bellos ojos. Haciendo que sus largas pestañas se proyectaran sobre sus parpados.
Me detuve justo frente a su casa. Ella sonrió al ver que yo no dejaba de mirarla. Mordiendo sus labios se bajó rápidamente del auto. Imité su acción y corrí detrás de ella cuando me aseguré de que el coche no quedara abierto.
—Martina—la llamé.
Ella se detuvo soltando una risita tonta.
—El vestido me está molestando, Blanco—dijo y volvió a caminar para abrir la puerta del edificio.
Sonreí y la seguí. Llegamos al departamento y la puerta se cerró fuerte detrás de nosotros. Martina se giró a verme y chocó levemente contra mi pecho.
— ¿Cómo crees que yo podría dejarte? —pregunté en voz baja mientras comenzaba a acariciar el costado de sus brazos — ¿Cómo? Si estas metida debajo de mi piel —ella subió sus manos por mi pecho - ¿Puedes explicarme que clase de hechizo me has lanzado encima?
— ¿El del amor? —dijo con duda.
Sus ojos se clavaron en mis labios y sonreí.
—Mírame a los ojos —le dije.
—No puedo —susurró.
— ¿Por qué? —le pregunté.
—Porque estoy mirando la parte que más me gusta de ti…
— ¿A sí?
—Ajá —asintió sin quitar su mirada de allí — ¿Puedes hacerme un favor?
—El que quieras.
—Apaga tu celular.
Sin dejar de mirarla tomé el teléfono de mi bolsillo y lo apagué para luego arrojarlo, creo que, sobre el sillón. Me incliné hacia ella y tomé sus labios con cuidado. Para luego comenzar a caminar a ciegas para buscar un lugar cómodo. Ustedes ya saben.
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Se me acaban las novelas XD

Jany

Acto De Iniciación - Capitulo 37


CAPITULO 37; LA TORMENTA

(Leon)
Alrededor de una hora fue lo que se prolongó el ensayo de Francesca, luego de aquella especie de descanso con charla incluida. Ahora mismo estábamos en el patio, rumbo a las canchas, en donde nos dispondríamos a esperar a Violetta hasta que acabara. Suponíamos que se tardaría otro rato, así que ya nos habíamos resignado a la idea, e incluso acordado entretenernos jugando al tres en raya si nos aburríamos demasiado.
Fue por eso mismo que nos sorprendimos cuando la vimos avanzar rápidamente hacia nosotros, en sentido contrario. Sin embargo, aquella sensación de que algo extraño ocurría se volvió todavía mayor en cuanto no saltó sobre mí para abrazarme, ni teniendo yo los brazos extendidos hacia ella en una invitación bastante clara, y siguió con su camino como una ráfaga. Sin siquiera alzar la cabeza.
Creyendo que no nos había visto, con la prisa que parecía tener, di tres zancadas antes de agarrarla por la muñeca.
—Eh ¿adónde vas sin saludar?
Tiré de ella con suavidad, para hacer que se diera vuelta y poder flirtearle mejor. Pero no me quedaron ganas de continuar con mi tono alegre anterior, o de revolotearle como una abeja alrededor del azúcar, en el mismo segundo en que me encontré con sus ojos.
Porque, sí, seguían estando rodeados por aquellas pestañas tan espesas. Y, sí, seguían siendo marrones y hermosos.
Pero definitivamente no sonreían.
¿Qué digo, sonreír? Me habría conformado con que al menos tuvieran una pequeña porción del habitual brillo. De su habitual e indispensable vitalidad. Me habría conformado si pareciera estar viéndome, siquiera, en vez de mirar a la nada. O si no estuvieran tan vidriosos y húmedos.
Y la pregunta era estúpida, pero necesaria, natural y automática:
— ¿Te ocurre algo?
—No lo hagas —ordenó, en tono tan baja que casi no la oí. Francesca se acercó un poco más a nosotros, asomando la cabeza sobre mi hombro—. No me toques… No vuelvas a tocarme. Me… me mentiste. Me mentiste siempre…
El corazón me dio un vuelco en el pecho, alertándome de algo que yo no quería llegar a comprender del todo.
— ¿De qué estás…?
—Espero —me interrumpió, con la misma voz cascada y lacrimosa de antes— que al menos te hayas divertido mucho conmigo, y haber cumplido todas tus expectativas. Y también espero que encuentres pronto a alguien que arda en deseos de calentarte la cama de ahora en adelante. Porque yo no pienso ser esa persona. Nunca más.
Antes de que pudiera hacer nada, se soltó de mi agarre, tan solo para salir corriendo. Con la misma pregunta que yo en los ojos, Francesca me miró antes de seguir a Violetta, llamándola. Aunque rápidamente la habíamos perdido de vista los dos.
La ráfaga de viento helado me caló hasta los huesos, al tiempo que sentía mi respiración y mis latidos ir deteniéndose, poco a poco. Porque mi mente aún no quería reconocerlo, pero algo en mí me estaba gritando la respuesta a todo lo que acababa de ver y oír. La respuesta más clara y cruel que pudieran darme jamás. La misma que inmovilizaba cada uno de mis miembros, pegando mis pesados pies al suelo, impidiéndome cualquier intento de persecución. Cualquier intento de comportarme como si de verdad siguiera con vida.
— ¡Leon!
No sé muy bien cómo, pero conseguí girarme lo suficiente para avistar a Andrés, Broadway y Maxi corriendo hacia aquí. Luego, los vi detenerse en seco, murmurar algo sobre que alguien se había ido, y los escruté con toda la expresión de confusión, angustia y desesperación que mi rostro era capaz de transmitir.
Marco fue el último en llegar y unirse al grupo, aunque pálido y caminando con los pies a rastras.
—Perdóname, Leon.
Aquel susurro —la primera vez que lo oía pedirme disculpas por algo— me llegó acompañado de otra ráfaga. Pude sentir las piedras diminutas alzarse con el polvo, golpeando la tela de mi pantalón. Pude oír la ausencia de respiración en cada uno de mis amigos.
Pude entenderlo todo.
Y un montón de agua helada cayendo sobre mí no habría sido peor que el glaciar que se me extendió por todo el torrente sanguíneo, en cuestión de segundos.
No, no, no…
¡No!
No podía ser eso.
¡No podía!
Pero lo era.
Con la misma rapidez, el hielo se transformó en amargura hirviente. Mi cerebro no dejaba de atar cabos. Mi pecho no dejaba de retumbar; mis sienes de latir. Y mi cuerpo estaba pidiendo dejar de temblar en ese momento.
Marco había abierto la boca.
Marco era el culpable de que los ojos de Violetta me hubieran mirado así.
Marco moriría en este mismo instante.
—Voy a matarte, hijo de puta.
No lo había gritado, porque toda la rabia que sentía se concentró en mis pasos rápidos, y, después, en los puños tan apretados como estaban. Broadway fue el primero en saltar en ayuda de Marco al advertir que pensaba echármele encima, e intentó retenerme. Sin embargo, no fue difícil quitármelo de encima, de un golpe en la quijada que ni siquiera me molesté en comprobar en qué estado lo dejó.
Lo único que hacía era avanzar, con los ojos fijos en mi objetivo, que continuaba inmóvil y cabizbajo.
Casi no supe en qué momento preciso lo había alcanzado, pero de pronto estábamos demasiado cerca, y su sangre me manchaba los nudillos luego de lo que debieron ser los dos primeros golpes. Marco se tambaleó, y anduvo dos pasos hacia atrás, llevándose una mano a la nariz, que estaba teñida con el mismo rojo intenso de su labio inferior. Y, por supuesto, no le di tiempo a recuperarse.
Volví a golpearlo. Con saña. Con toda la furia que tenía en el cuerpo, desde hacía tanto. Con todo el resentimiento acumulado. Con tanto odio como me había jurado a mí mismo hacer, si llegaba a pasar, algún día, lo que hoy había pasado.
Una y otra vez. Un golpe detrás de otro, incluso cuando me dolían tanto los nudillos.
Y, probablemente, no habrían pasado demasiados segundos desde que todo había empezado, pero su camisa ya estaba salpicada de rojo también. Su espalda, casi apoyándose contra el tronco de uno de los árboles de alrededor. Acorralado. Sin defenderse.
Sintiendo el retumbar incesante de los tambores dentro de mi cabeza, en alguna especie de rugido imaginario y animal, di un golpe más fuerte que cualquiera de los anteriores, tan sólo para verlo caer al suelo.
E iba a continuar desfigurándole la cara a ese infeliz, pero, en cuanto me incliné, sentí que me apresaban desde todos los ángulos. Una serie de gritos, murmullos y voces extrañas siguieron a eso, mientras intentaba zafarme como podía.
— ¡Suéltenme! —grité.
— ¡Leon, ya es suficiente! —Reconocí la voz de Maxi, y supe que él era quien me estaba reteniendo por los hombros y uno de los brazos—. ¡Si sigues así, lo vas a…!
— ¡Eso es lo que pretendo! ¡Matarlo! —interrumpí, sin dejar de hacer fuerza para liberarme. Andrés hizo algo más de presión en mi otro brazo, y su pierna estaba colocada de tal forma que a mí me resultaba imposible mover la mía, aunque sólo fuera para desestabilizar todos esos agarres y volver a avanzar—. ¡Te lo advertí, Marco! ¡Y no me hiciste ni puto caso!
Cuando conseguí darle un codazo en el estómago a Maxi, y él me soltó, calculé la distancia necesaria y perfecta para el puñetazo que recibiría Andrés. No obstante, antes de que pudiera hacer nada, Broadway se plantó delante de mí y detuvo el golpe con una garra que me apretó tan fuertemente el brazo que gruñí de dolor. Él siempre había tenido más fuerza que cualquiera de nosotros, y era jodidamente poco oportuna aquella virtud suya, ahora que me convenía nada.
Sin que pudiera hacer nada para evitarlo, me empujó hacia atrás otra vez, y tanto Maxi como Andrés reafirmaron posiciones. Lo único que mi vista captó entonces fue el ceño marcado de Broadway, y su labio partido. Marco había quedado fuera de mi alcance definitivamente, por culpa de ello. Y no me cabía duda de que Broadway era perfectamente consciente de ese detalle.
—Para de una vez —ordenó, con la voz forzada por tener que continuar reteniéndome con todas sus fuerzas—. ¿Te has vuelto loco?
Con un gruñido, me dije a mí mismo que no lo sabía. Lo único que quería era golpearlos, golpearlos a todos hasta que la sangre en mis manos fuera mía, gritar y luego dejarme caer a tierra. Nunca, jamás algo me había enfurecido tanto. Ni me había dolido tanto.
Y quizá era por eso mismo que mi ánimo iba y venía, transformándose con demasiada rapidez. Del desconcierto, al terror. Del terror al entendimiento. Del entendimiento a la furia. De la furia a la debilidad.
Cuando todo el cuerpo comenzó a temblarme tanto, dejé escapar un quejido estrangulado. Los demás seguían sujetándome, pero sin hacer auténtica fuerza, mientras quedé de rodillas en el suelo.
Cerré los puños sobre la tierra, capturando un montón de polvo y piedras diminutas. Un nudo me estrangulaba la garganta, y fuego quemaba mis ojos, pero estaban secos. La culpabilidad cayó sobre mi cabeza en otro baño de agua helada.
—Tranquilo, viejo.
La voz de Maxi había sido mesurada, algo reconfortante. Y, al alzar un poco la cabeza y mirarlo, me di cuenta de que su expresión era de auténtica compasión. Probablemente, porque él tenía una novia. Probablemente, porque la quería. Probablemente, porque sospechaba lo que yo sentía que acababa de perder, como arena deslizándose entre mis dedos.
Broadway, que se había puesto de cuclillas frente a mí, me observaba con lo que me pareció una mezcla de curiosidad y auténtica falta de entendimiento.
—Leon ¿no exageras un poco?
—Idiota —Maxi le respondió por mí— ¿y tú no te das cuenta de que está enamorado de ella?
Broadway abrió los ojos desmesuradamente, para después abandonar la vista en el suelo.
—Joder —susurró—. Entonces sí que la hemos cagado.
(Violetta)
Es curioso cómo, en menos de tres minutos de conversación, en lo mismo que se tarda en aparecer en el momento preciso, o menos indicado, todo puede desmoronarse con rapidez asombrosa. Cómo descubres que cosas en las que creías tan fervientemente como que el sol saldrá mañana por la mañana, no son más que mentiras. Es curioso lo poco que puedes tardar en sentirte una idiota. En sentirte traicionada. En sentirte derrotada. En sentirte la cosa más diminuta del mundo.
Claro que, supongo que para mí, esto no era tan extraño. Quiero decir, ya lo había vivido una vez, hacía más de dos meses. También con apenas segundos de una imagen, sintiendo que todo era totalmente distinto a cómo podía verlo.
Que nunca, nunca nada es como parece.
Podía recordar, en mi actual puesto; acurrucada contra una de las esquinas del baño, lo sucedido pocos minutos atrás.
Todas las cosas que yo me había molestado en recoger del suelo volvieron a golpear la hierba en cuanto me puse de pie, y seguramente fue aquel ruido el que alertó a todos de que no estaban tan desprovistos de oyentes clandestinos como pensaban. Sus rostros se volvieron blancos al girarse y descubrirme allí, mientras que yo los miraba inexpresiva. Rota. Muerta por dentro.
Un montón de palabras resonaban en mi mente. Un montón de momentos vividos. Un montón de canciones componiendo tantas horas de mi vida.
«Es que tú no lo sabes, porque nunca te lo he dicho, pero… me gustas muchísimo, Violetta Castillo.»
«La pequeña e inocente Violetta… ¿tanta confianza le tienes? No es un príncipe azul. No va a venir siempre a rescatarte, y puede que incluso sea menos noble de lo que crees.»
«Te quiero.»
«Sólo te advertía de que te conviene tener cuidado, porque las cosas no son siempre lo que parecen.»
«Odiarías al hijo de puta que te hiciera eso ¿verdad?»
«Y que venga y me niegue, con su nueva faceta de caballero de brillante armadura en defensa de la virginidad, que merecía la pena inventarse alguna cosilla, si después podía acostarse con ella a gusto.»
En ese momento, yo había suplicado interiormente estar soñando. Porque no me parecía que aquello pudiera estar pasando.
«Yo también te amo.»
Que Leon me hubiera hecho eso. Que hubiera dicho —inventado «alguna cosilla»— que me quería, o que me amaba, únicamente para poder «acostarse conmigo». Que todo cuanto yo hubiera podido creer que sintiera por mí no fuera más que un montón de mentiras.
Pero todo parecía apuntar que sí.
— ¿Es… es cierto lo que estabas diciendo, Marco? —había preguntado entonces, con la voz temblando y sin siquiera atinar a comprender cómo continuaba estando de pie—. ¿Era verdad?
El intercambio de miradas había sido intenso. No había nadie allí que no entendiera que, de la respuesta de Marco, dependían demasiadas cosas. Y ni siquiera él parecía estar obviando ese hecho, porque estaba lívido completamente.
—Sí —había sido su estrangulada respuesta—, pero…
Lo detuve con un gesto. Simplemente, no necesitaba oír más.
Cuando Marco obedeció, yo eché una última mirada a Andrés, Broadway y Maxi, casi parecida a una de despedida. La verdad, no los conocía mucho, pero tampoco me habría esperado nunca algo así por parte de ellos, cuando se habían portado tan bien conmigo los últimos días…
Una sonrisa amarga se me extendió en los labios, mientras me giraba y huía de allí a paso ligero. Quizá sólo me habían tratado así con la esperanza de que les calentase la cama a ellos también.
Fuera de lo que era la certeza de querer escapar de todo cuanto me rodeaba, no tenía ni idea de hacia dónde estaba yendo. Mis pies parecían conducirse solos; y pronto me percaté de que pretendía encaminarme hacia el interior del instituto, probablemente para encerrarme en el primer sitio solitario que encontrase.
Sin embargo, el destino no había sido conmigo lo suficientemente cruel hasta unos pocos segundos después, en cuanto, en alguno de mis pasos rápidos, aquella voz había atravesado mi mente como un rayo y la sensación de calor en la muñeca me advirtió, junto con la forma en que tuve que detener en seco todos mis movimientos, de que me tocaba enfrentarme a lo que menos quería.
—Eh ¿adónde vas sin saludar? —le había oído decir, en tono casi jocoso, y el corazón se me estrujó dentro del pecho.
Por supuesto, aquella sensación se volvió millones de veces más aniquilante en cuanto una fuerza ajena a mí —probablemente, la misma mano de Leon— me obligaba a girar ciento ochenta grados y encontrarme con sus ojos y su sonrisa, aunque ésta se borró al instante.
Durante unos segundos, había permanecido silencioso. Pero su silencio tampoco duró demasiado, pues acabó formulando aquella pregunta que desencadenó el remolino de sensaciones en mi interior:
— ¿Te ocurre algo?
Después de que las palabras de Marco se repitieran en mi mente, una y otra vez, me había esperado de Leon cualquier otra cosa, como si el hecho de que yo conociera sus verdaderas intenciones, aunque él no estuviera enterado de mi descubrimiento, lo hiciera comportarse, de repente, como el cínico por el que lo tenía yo ahora. Que se hubiera reído de mi ingenuidad, o echado en cara que la culpa era mía, por ser tan idiota, o incluso que me anunciara abiertamente que tendría que buscarse a alguna otra chica con poco instinto de supervivencia, serían comentarios que yo podría haber recibido con algo similar al alivio, pues por fin podría atisbar su verdadero rostro, en medio de tantas ficciones.
Sin embargo, y para mi desgracia, lo único que había podido ver en Leon era su comportamiento habitual; notar que no había cambiado un ápice desde la última vez en que habíamos estado juntos, apenas una hora y poco atrás. Su tono era paciente, y asimismo su preocupación hasta podía parecerme verdadera.
Aquello había sido la gota que rebalsó el vaso, y pude sentir el dolor apuñalarme con tanta fuerza que no alcancé a entender cómo no me había vuelto loca todavía. Lo siguiente que hice, incluso antes de llegar a darme cuenta de ello, fue ordenarle que me soltara, y luego acotar algunas cosas que ni siquiera recordaba bien ahora, pero que, estaba segura, contendrían el significado de que me había enterado de todo el teatro, y de que, definitivamente, lo nuestro —lo mío para él— se había terminado para siempre.
Luego, de nuevo había empezado a huir, hasta llegar a los baños, casi a ciegas, en donde ahora continuaba. Como creo haber aclarado antes, acurrucada en un rincón, contra los azulejos y las baldosas, todo tan helado como helada me sentía yo por dentro, al igual que si… que si, joder, que si hubiera oído lo que había oído, y la realidad me hubiera golpeado tan fuertemente como lo hizo.
Por segunda vez, en menos de dos meses. Con dos engaños demasiado consecutivos como para permitirme reponerme.
Aunque, claro, y opinando objetiva y sarcásticamente sobre el tema, podía decir que esta vez no era una historia tan enrevesada como la anterior. Quiero decir, no era lo mismo descubrir a tu novio en una cama con tu hermana, que ser consciente de una historia que es demasiado antigua, típica y tópica como pocas otras. Al menos, en lo que es el mundo estudiantil de las hormonas revolucionadas, la falta de consideración de algunos, y la disponibilidad a jugar con los sentimientos de la gente.
Lo mío era, en efecto, la clásica historia de toda la vida: Chico listo que busca chica tonta, generalmente para ganar apuesta con sus amigos. Chico listo convence a chica tonta de salir juntos. Chica tonta acaba enamorándose de chico listo. Chico listo prácticamente no la saca de su cama. Chica tonta se entera de que todo era una mentira, en cuanto a alguien se le escapa el típico comentario que puede desvelarlo todo. Chico listo la reemplaza por chica tonta dos, luego de decirle que fue un verdadero placer haber coincidido en una habitación… o en un sofá, o en un baño, o en una ducha, o en una casa de espejos. Chico listo se pira. Chica tonta uno queda destrozada, porque está prendada del chico listo.
Todo tan previsible. Todo tan obvio para cualquiera, salvo para la implicada. Porque, vamos, que alguien de ustedes se atreva a decirme que no se imaginaban que esto acabaría pasando. De verdad, me habría gustado saberlo a mí también, pero creo que nunca he servido para estas cosas, aún cuando Leon podía, si yo hacía recuentos mentales, prácticamente llevar un cartel colgado al cuello que tuviese escrito, en letras fluorescentes, lo que pretendía de mí. Como aquella vez en que yo me había enfadado tanto con Marco, y me había hecho prometer que no creería nada que él pudiera decirme. Probablemente porque temía que, precisamente, Marco acabara soltando lo mismo que hoy se le había escapado. En el mismo momento en que yo le había prometido que haría caso omiso de cualquier cosa en su contra que él, o cualquiera, pudiera venir a decirme…
Pero una cosa es que alguien venga a intentar llenarte la cabeza de ideas, y otra que hayas oído lo que sea accidentalmente, cuando estás segura de que había sinceridad en cada una de las palabras.
Y no suelo romper mis promesas, desde luego, pero no era como si él no me hubiera mentido durante todo aquel tiempo, como para pretender hacer oídos sordos de lo que era una verdad tan grande como un mundo.
Que Leon Vargas no me quería. Que Leon Vargas me había utilizado, simple y llanamente. Que me había enamorado de una imagen de Leon Vargas que no era la real.
¡¿Cómo había podido…?!
Temblando, rodeé mis piernas con los brazos un poco más fuertes, intentando detener un poco el viento helado que me carcomía, como si pudiera guardar algún calor en aquel gesto tan inútil. Y una de las luces del baño se apagó, pero no hizo la diferencia. Yo no veía nada, con o sin ella.
— ¿Violetta?
Mi corazón brincó ante la primera idea absurda que me traspasó la mente: la convicción de que era el mismísimo Leon Vargas quien me llamaba, de pie en el umbral de la puerta. Y casi pude imaginarlo avanzar hasta mí, hincarse y envolverme en sus brazos, al mismo tiempo que yo finalmente lloraba como no había conseguido hacer todavía, me daba una explicación tremendamente convincente de lo ocurrido, y entonces todo volvía a ser como antes. Tan perfecto y tan irreal que costaba imaginar cómo no me había percatado de que no era cierto.
No obstante, lo poco de racional que pervivía en mí me alertó drásticamente de que aquello no estaba ocurriendo, y reconoció la voz de Camila Torres, espantando ideas más reconfortantes y, en cierto modo, lunáticas, de mi cabeza.
—Violetta ¿estás bien?
Ahora pude reconocer a Lara y su tono preocupado, conforme oía los pasos inseguros de al menos dos pares de pies acercándose más y más a mí. Y no había forma de que yo contestara, o de que alzara la cabeza, que me parecía demasiado pesada para poder volver a erguirla en algún momento de mi vida.
Alguien se hincó a mi lado, y luego sentí que me tocaba la frente.
—Está empapada en sudor frío —oí decir a Natty, que también debía estar aquí, y probablemente se lo comentaba a las otras dos—. Violetta ¿te encuentras mal? —volvió a hablar, ahora centrando de nuevo su atención en mí—. ¿Tienes fiebre? ¿Quieres que te llevemos a la enfermería?
Únicamente conseguí articular un gemido ahogado cuando pretendía negarme y alegar que prefería quedarme allí, acurrucada y desfalleciente, hasta que me muriera de verdad. Aquello consiguió frustrarme todavía más, y reparé en la sequedad ardiente de mis ojos en el momento en que deseé echarme a llorar, sabiendo que todavía no sería capaz de ello.
—No le preguntes —intervino Lara— ¿no ves que ni siquiera puede hablar?
—Dios mío, Violetta… —vino el murmullo de Cami.
Noté que intentaban incorporarme, pero me había convertido un peso muerto, y me deslicé entre los pares de brazos con excesiva facilidad. Naturalmente, volvieron a probar, y nuevamente fracasaron. Yo continuaba siendo una cosa escurridiza, temblorosa y con el peso de quien no quiere volver a levantarse en lo que le queda de vida.
—Así no vamos a conseguir nada —jadeó Natty—. Mejor será llamar a alguien para que la lleve.
—Leon debe de estar por ahí todavía, con sus…
La mención de aquel nombre desgarró la herida en mi pecho con tanta ferocidad que me enterré las uñas en la piel y se me escapó un sollozo, acallando a todas las presentes. Y la punzada de dolor en la cadera, cuando me estiré quizá demasiado, o me encogí demasiado, abrió una nueva brecha, con sus recuerdos.
—Que venga Francesca —conseguí susurrar, desesperada porque fuera ella y no otra persona quien estuviera al tanto de mi patético estado—. Quiero que venga Francesca…
Y, como si realmente hubiera oído mi súplica, pronto llegó su voz alarmada:
— ¡Violetta —exclamó, y pude oírla correr hacia mí—, por fin te encuentro! —También ella se colocó a mi altura, y sentí que intentaba apartarme alguno de los mechones que ocultaban mi rostro—. ¿Qué te pasa? —preguntó—. ¿Estás enfadada? ¿Es porque fuiste al aula de música? —Hablaba atropelladamente, como nunca la había visto hacer, y parecía titubear demasiado entre una pregunta u otra. Yo, por mi parte, no sabía qué podría tener que ver el aula de música con todo este asunto—. Joder, Violetta, te juro que, si viste ese abrazo, no tienes de qué preocuparte. ¿Estás celosa, o algo así? Porque, no sé, eso no significó nada… Nada aparte de un abrazo de amigos, claro. Es decir, yo me había puesto triste, y Leon me abrazó para calmarme, eso es todo. ¡Te lo juro por lo que más quiero! Sabes que… Dios… Amiga, dime algo… Me estás haciendo pensar cualquier cosa rara…
Mi mente trabajaba demasiado lento, pero, poco a poco, le fui captando el sentido a cada una de sus frases, en la medida de lo humanamente posible, y en la medida en que mi estado catastrófico y abotargado me lo permitía.
¿Leon la había abrazado para calmarla?
¿Como cuando me había intentado calmar a mí, luego de lo de Tomas?
Se me hizo un nudo en la garganta.
¿Acaso ahora Marco y él pretendían intercambiarnos, o algo así?
¿Y yo todavía era capaz de negarme a creer que Leon fuera exactamente igual que su amigo?
Repentinamente, me abracé a Francesca, tomándola tan desprevenida que por poco la tiro al suelo, y ella me correspondió con urgencia. Por fin mis ojos cedieron al empuje de mi rabia y mi tristeza, y me vi llorando desgarradoramente al segundo posterior. Con todas las lágrimas que la estupefacción me había impedido soltar, hasta entonces.
—No te fíes —murmuré, atragantándome con las palabras y los sollozos—. Quizá tan sólo lo hizo para después poder acostarse contigo.
Oí que las demás dejaban escapar ruiditos de asombro, y casi podía ver sus rostros, sus manos cubriendo las bocas entreabiertas, los ojos como platos. Incluso sentí a Francesca tensarse y quedar paralizada contra mí.
—No sé de qué estás hablando —dijo, después de un rato—, ni si estoy imaginando cosas que no son, pero tendrás que explicármelo todo en cuanto lleguemos a mi casa, Violetta Castillo. Vendrás conmigo, ahora, y no hay pero que me valga. Así que levántate.
Supongo que fue su tono, tan autoritario a la vez que tremendamente fraternal, lo que me impulsó a obedecer. Y me costó muchísimo trabajo levantarme, porque todo el cuerpo me pesaba una barbaridad, además de que no quería, o no me atrevía, pero lo conseguí luego de que mis cuatro amigas me ayudaran, sosteniéndome.
—Ponte bien, Violetta —se despidió de mi Cami, en voz de Natty y Lara también. Yo ya las estaba viendo, porque me había obligado a mí misma a abrir los ojos y captar un poco mejor la realidad, así que podía identificar sus semblantes preocupados y sus miradas cargadas de preguntas que sabía no me harían—. Sea lo que sea que haya pasado, seguro que se solucionará pronto, así que procura tranquilizarte un poco y descansar mucho.
Yo no estaba nada de acuerdo con aquel último agregado sobre que las cosas se solucionarían, desde luego. Pero, por ahorrarles algo de preocupación, asentí con un movimiento de cabeza, justo antes de que Francesca, que me sujetaba con fuerza por la cintura, tirara de mí para comenzar a caminar en dirección a la salida.


u.u todo mal y....ULTIMOS CAPITULOS

Jany

Acto De Iniciación - Capitulo 36

CAPITULO 36; NO SE PUEDE VIVIR DEL AMOR

(Leon)
El martes por la mañana, Violetta mordisqueaba el lápiz con nerviosismo, sin despegar los ojos de su libreta de hojas cuadriculadas, repletas de tachones, restos ennegrecidos de goma de borrar y montones de números por todas partes. Tenía una cara de concentración increíble, a la vez que el sol, que asomaba entre las nubes espesas de vez en cuando, le arrancaba brillos dorados a su pelo sin que ella lo notara siquiera. Aunque yo sí lo notaba. Eso, y muchas otras cosas.
Pero tenía la conciencia tranquila. Afortunadamente, mi día hormonal-revoltoso había sido ayer, así que hoy podía observarla casi de cualquier forma, y haciendo casi cualquier cosa, sin que el lado más oscuro de mi mente comenzara a traicionarme.
Y, sí, he dicho casi.
—No entiendo cómo es que me dan resultados siempre diferentes, cada vez que lo intento —la oí refunfuñar, refiriéndose al ejercicio que había repetido en cinco ocasiones, intentando ver si estaba bien. Aunque el problema era aquí era que las comprobaciones nunca coincidían entre ellas—. No veo el error… ¡en ninguna, maldita sea!
Yo suspiré. Ya le había dado quince minutos para intentar resolverlo, porque me había, prácticamente, obligado a callar y dejar de indicarle qué errores tenía, alegando que lo estaba resolviendo solo. Y, probablemente, fuera cierto. Supongo que no tengo madera de profesor, y menos de matemáticas. Pero es que, joder, me desesperaba tanto…
Y quedaban únicamente días para el examen…
Supe que se estaba frustrando seriamente, porque enterró el rostro en sus rodillas, abrazándose las piernas, y a la libreta, de paso, que había quedado en medio. Un suspiro quejumbroso llegó después, y la brisa, fría, le agitó los cabellos.
Los anómalos veinte grados continuaban haciendo mella en el ambiente, como si quisieran volverlo de otoño, melancólico y triste. O como si estuviera siempre a punto de desatarse una tormenta, en mitad del verano. Un cielo oscuro, de repente, sobre nuestras cabezas acostumbradas al calor del sol.
Mi vista quedó perdida en el patio del instituto en ese entonces, intentando descifrar un poco el paisaje.
¿Por qué tenía aquel presentimiento?
—Estúpidas, estúpidas matemáticas —fue su murmullo—. ¿Para qué me sirve a mí un logaritmo?
Olvidándome un poco de lo extraño que me estaba resultando el clima, probé suerte y me acerqué a Violetta algunos centímetros más, sobre la hierba de la pendiente en donde estábamos sentados. Le pasé un brazo por la espalda e hice que se inclinara hacia mí.
— ¿Quieres que te lo explique de nuevo? —pregunté.
—Si vuelvo a ver un número en las siguientes dos horas, se me derretirá el cerebro.
—Entonces, déjalo. Hoy te vienes conmigo al apartamento y vemos cómo arreglar ese problema. —Violetta asintió con la cabeza, susurrando un leve «gracias». Yo fui bajando la mano, acariciando su espalda en el proceso, y ella recibió los mimos sin una pizca de reticencia. No obstante, tensó instantáneamente todo el cuerpo en cuanto mi mano alcanzó su cadera, y yo recordé el tatuaje—. Te duele ¿verdad? No tenías por qué habértelo hecho.
¿Creían que no se lo iba a reprochar? Qué poco me conocen.
Quiero decir, Violetta estaba completamente decidida a hacérselo ayer, y no me había visto en condiciones de negárselo… porque, además, también parecía un poco enfadada. Sin embargo, que quisiera darle el gusto no significaba que yo estuviera de acuerdo, o que me hiciera gracia aquel arranque. En absoluto. Porque, una cosa es que el arrebato me diera a mí, y otra que le diera a ella ¿no?
Violetta alzó la cabeza y me miró fijamente. Lo siguiente que sentí fue un golpe en el hombro, propiciado por su mano que andaba por esa zona —quizá antes algo más abajo—, y cerré los ojos con fuerza, como si ello ayudase a soportar un poco el dolor agudo.
—Te duele ¿verdad? —se burló—. No tenías por qué habértelo hecho.
En cuanto volví a abrir los ojos, le regalé una mirada que debió haber sido bastante fea. Aunque Violetta no se inmutaba demasiado con ellas, conforme el tiempo iba pasando.
—Y tú no tenías por qué haberme golpeado —protesté.
Ella se cruzó de brazos, con la vista fija obstinadamente en el suelo.
—Quizá te lo merecieras un poquito.
Yo me desconcerté completamente. No recordaba haberme portado mal con ella, al menos en las últimas horas. De hecho, incluso la había invitado a cenar, pagado un tatuaje y ahora pretendía ayudarla con matemáticas ¿no?
— ¿Qué dices?
—Después de lo que pasó ayer, con la rubia ésa —farfulló, a modo de aclaración. Aunque a mí no es que me aclarase mucho que digamos.
— ¿La rubia? —Arqueé las cejas—. ¿Qué rubia?
— ¿Cuántas rubias viste ayer?
—No sé. ¿Tú cuentas como rubia, como pelirroja o como castaña?
—La de los tatuajes, Leon. —Puso los ojos en blanco—. Es decir, tienes que haberla visto. No es como si no se hubiera subido a tu espalda durante unos cuantos minutos.
La imagen de la desconocida de la tienda llegó a mi mente recién entonces, aunque, en un lapsus, me dije que, más que rubio, tenía el pelo casi blanco.
—Ah, esa rubia. ¿Qué pasa con ella?
— ¿Cómo que qué pasa? —se sorprendió—. ¿No lo notaste?
—Eh… —dudé— ¿no?
— ¡Tú le gustabas! —Exclamó, deshaciendo mi abrazo—. ¡Por Dios, nunca había visto semejante manoseo en mi vida! ¡Y no puedo creer que no te hayas dado por enterado de cómo te miraba! —Empezó a ponerse roja, seguramente de puro coraje. Yo acallé mi comentario acerca de que sí me había dado cuenta de eso, pero no de que ella también lo hubiera notado, siendo tan despistada siempre—. A… además, te estaba tocando de una forma que…
Así que por eso era que ayer, durante todo el camino de regreso a su casa, había estado tan silenciosa y enfurruñada.
Volví a abrazarla, y se me curvaron los labios automáticamente, aunque Violetta continuaba rígida como una vara y con cara de pocos amigos.
— ¿Estás celosa?
— ¡No! —negó al instante, dibujándome una sonrisa aún mayor de la que ya tenía—. Pero es que ella…
Riendo, rocé su cuello con mi nariz y sentí su pequeño estremecimiento. El perfume de su piel me llenó el olfato, acelerando los latidos en mi pecho.
Era tan simplemente perfecto tenerla cerca.
—No tienes por qué ponerte celosa —cuchicheé, besando su garganta. Pude oír el lápiz y la libreta cayendo en la mullida hierba en ese momento—. A mí solamente me gustas tú.
—A veces tienes tanta labia…
— ¡Parejita! —La voz de Francesca nos sobresaltó a los dos, pero no nos movimos más que lo suficiente como para poder girar un poco la cabeza y ver a la prima de Violetta correr alegremente hacia nosotros. En cuanto llegó, se quedó quieta un momento, intentando recuperar el aire perdido, sin dejar de sonreír—. ¿Interrumpo mucho o sólo un poquito? —Hice una mueca que a ella no le pasó por alto—. Lo siento, pero es que tengo algo que darle a Violetta. Hace rato la estaba buscando.
— ¿Algo para mí? —Francesca asintió, antes de comenzar a buscar algo en el bolso que traía. Algunos segundos después, enseñó una cámara digital, que no era la misma que solía llevar ella a todas partes, sino una bastante más pequeña—. Oye ¿ésa no es mi cámara?
—La misma —confirmó su prima—. Hace meses la olvidaste en mi casa, y yo la encontré ayer, buscando uno de los vestidos sin terminar que había guardado en el baúl. Y, como tenía toda la tarde libre, me pareció buena idea pasar las fotos de este fin de semana a tu cámara, para que las vieras. Tiene la tarjeta de memoria que…
— ¡¿Las fotos de la playa?! —Interrumpió Violetta, poniéndose de pie al segundo siguiente, para arrebatarle la cámara de las manos a Francesca y sonreír casi delirante de felicidad—. ¡Y yo que pensé que se había echado a perder todo!
Francesca negó con la cabeza.
—También tiene todas las filmaciones que hice —comentó, dándole al botón de encendido—. Foto, foto, foto… Ah, aquí hay un video. —Su sonrisa se volvió perversa—. Mira, Violetta, es el video que te hice durante el viaje de ida ¿recuerdas? —Violetta debió de recordarlo repentinamente, porque su cara se volvió a una de horror absoluto mientras Francesca desviaba la mirada hacia mí—. ¿Quieres ver el video, Leon? Es una entrevista muy interesante.
Yo también me puse de pie, sacudiendo un poco los pantalones, y me encogí de hombros.
—Claro ¿por qué no?
— ¡No! —vino el chillido de Violetta, que finalmente se apoderó de la cámara y la ocultó tras la espalda. Sonrió nerviosamente, tan roja como antes se había puesto pálida, retrocediendo los mismos pasos que yo avanzaba para acercarme—. ¡No es necesario que veas ese video! ¡Estoy segura de que no te haría ninguna gracia! —A mí me sorprendió tanta aquella especie de ataque de pánico, que preferí no insistir. En cuanto me detuve en mi sitio y enseñé las manos, en son de paz, Violetta dejó escapar un suspiro y aflojó los hombros—. Voy a tener que borrar unas cuantas cosas de esta tarjeta de memoria antes de poder vivir tranquila.
—De todos modos, ésta es sólo la copia del original —rio Francesca, ganándose otra mirada horrorizada de mi novia—. No creerás que iba a ser lo suficientemente arriesgada como para darte a ti algo que, obviamente, querrías destruir ¿no?
—Supongo, pero…
La alarma en mi reloj sonó antes de que Violetta comenzara las súplicas que seguramente tendría listas, en pos de que Francesca se apiadase un poco de ella y le permitiera destruir cuanta evidencia existiese de lo que fuera que quería ocultar. En vez de eso, supuse que había recordado que tenía que ir a ensayar un rato con el grupo de porristas, tal y como me dijera antes, porque me interrogó con la mirada.
—Sí, ya son las cuatro —confirmé.
— ¿Hoy tienes práctica con las porristas? —preguntó Francesca.
—Sí —Violetta la miró extrañada—. ¿Cómo lo sabes? No recuerdo haberte dicho que habíamos cambiado el horario para esta semana…
—Se te va a hacer tarde —advertí, en cambio.
Aquello pareció despertar a Violetta, que parpadeó y rápidamente se hincó para guardar en la mochila su libreta y el lápiz que había estado usando hacía un rato. Con la misma velocidad volvió a enderezarse, se acercó y me presentó un par de ojos suplicantes y unos inminentes pucheros, antes de preguntar:
— ¿Me vas a esperar para que vayamos a estudiar después?
En ese momento, aunque no me hubiera percatado antes, cruzó mi mente la idea de que podría aprovechar la tarde de estudio con Violetta concretando aquella charla pendiente. Y el pensamiento me llenó el cuerpo de sudores fríos, pero intenté reponerme y asegurarme a mí mismo que todo iría bien, o, al menos, que sería mejor soltarlo todo lo antes posible.
Sí. Definitivamente, hoy sería el día.
—Cla… claro —conseguí responder, haciendo acopio de cuanta voluntad hubiera en mí.
— ¡Gracias! —Todo lo que Violetta había podido tener de compungida desapareció, dando lugar a su acostumbrada sonrisa. Lo siguiente que hizo consistió, más o menos, en elevarse un poco sobre la punta de sus pies y plantarme un beso breve, de despedida. De esos que solían dejarme especialmente idiota—. ¡Nos vemos después, Francesca! —la saludó también, y acabó desapareciendo de nuestra vista antes de que yo pudiera aterrizar del todo.
De reojo, pude percibir perfectamente la sonrisa astuta de mi amiga, y no conseguí evitar aquel atisbo de combustión en mi rostro. Carraspeé nerviosamente, con las manos en los bolsillos, sin saber muy bien qué decir para que dejara de mirarme en ese plan de «sé absolutamente todo lo que se te pasa por la cabeza cuando te quedas mirando a Violetta».
—Bueno… —empecé, pero su risita tintineante me interrumpió.
— ¿Tienes algo que hacer hasta que Violetta salga del entrenamiento? —preguntó. Yo la miré sin entender, un poco más tranquilo que antes—. Es que debería ir a ensayar la canción que tengo que cantar para el siguiente festival, dentro de unas cuantas semanas. La profesora Jackie es muy estricta, y no puedo arriesgarme mucho. En fin ¿quieres acompañarme? Así no te aburres aquí, tú solo.
En cuanto se me presentó la oportunidad de elegir entre quedarme sentado, mirando el infinito y medio congelándome otro poco, hasta que Violetta volviera de sus prácticas, y oír cantar a Francesca Belletti, no hubo más de un segundo de dudas. Casi apenas acabó con su ofrecimiento, yo ya había dicho que sí, y comenzado a seguirla al aula de música, llevando mi mochila conmigo.
Hubo que encender las luces al llegar, y Francesca me comentó que la profesora no debía andar por los alrededores por eso de que estaba enferma. No me molesté en usar alguna de las sillas para sentarme, porque el escritorio sirvió perfectamente para la tarea, y me crucé de brazos, esperando.
—No sé por qué siempre tengo que ponerme al lado del piano para ensayar —murmuró, en algún momento, luego de interrumpir los tarareos sin sentido que usaba para aclararse la voz—. Aunque, supongo que será la costumbre.
Como yo sabía a lo que se estaba refiriendo, opté por guardar respetuoso silencio y agachar la cabeza. Y es que uno de los tantos métodos de los que se había valido Marco Ponce para acercarse a su objetivo, incluso años atrás, era aquél de acompañar a Francesca, tocando al piano lo mismo que ella cantaba.

Non so se va bene. non so se non va.
Non so se tacere o dirtelo ma.

Le cose che sento
Qui dentro di me,
Mi fanno pensar
Che lamore é cosi.

Fue un alivio oír que comenzaba a cantar otra vez, y, cuando volví a alzar la mirada, comprobé que no parecía demasiado afectada ante los recuerdos que seguramente acababa de despertar.

Ogni instante
A un non so ché
D’importante vicino
A te.

E mí sembra che
Tutto sía facile,
Che ogni sogno
Diventi realtá.

E la terra puó
Essere il cielo!
E’ vero!
E’ vero!
Creo que fue en uno de esos momentos, con alguno de esos párrafos, viéndola sonreír tan serena, que descubrí que realmente la admiraba. Aunque no estaba muy seguro de si esto lo sabía desde antes, y me lo ocultaba a mí mismo por alguna razón que ni capaz de entender era.

Se mí abbraccí
Non ho píú
Paura...
Dí amartí,
Davvero!

E lo leggo neí
Tuoi occhi.
Ti credo!
Ti credo!

Francesca era una de las personas más fuertes que hubiera conocido jamás. De eso no me cabía ninguna duda. Y, bien, no la conocía demasiado, pero no se me ocurría otra razón para que estuviera tan repuesta, aún después de lo que le había ocurrido. Ni una sola vez la había visto triste. Ni una sola vez había dejado de portarse como siempre, con su naturalidad acostumbrada y aquella aura de tranquilidad y madurez que parecía rodearla todo el tiempo. Por supuesto, no la creía infalible. Pero sí capaz de sobreponerse a prácticamente cualquier cosa, de forma alucinante.

Ma se tí avvicini,
Mi sposto píú in lá.
Mi sento uma bimba
Nell’oscurità.

Non so é normale,
Alla mía etá.
Non risco a parlare
Con semplícítá.

La mía mente
Comíncía gía,
A viaggíare in
Libertá.

E mí sento ancora
Píù fragile.
Ma anche piena dí
Felícítá.

E la terra può
Essere il cielo!
E’ vero!
E’ vero!

Se mí abbraccí
Non ho píú
Paura...
Dí amartí,
Davvero!

E lo leggo neí
Tuoi occhi.
Ti credo!
Ti credo!
Non so se va bene. non so se non va.
Non so se tacere o dírtelo gía...
—Es la canción favorita de Violetta.
Su comentario me hizo abrir los ojos, aunque ni siquiera me había dado cuenta de en qué momento los había cerrado. Francesca continuaba en el mismo sitio que antes, mirando por la ventana, con la luz del sol dándole de lleno en el rostro.
—Le gustará porque la cantas tú —apunté, antes de poder retener mi lengua. No obstante, en cuanto me cayó la ficha de que acababa de soltarle un cumplido, me ardieron hasta las orejas, y desvié nerviosamente la mirada hacia el suelo—. Bueno, quiero decir… cantas bien.
Ella se rió, y oí sus pasos acercándose, retumbando en una habitación que ahora se había vuelto silenciosa.
—Gracias. —Su voz sonó más cerca de lo que esperaba, y me di cuenta de que se había sentado a mi lado, sobre el escritorio—. Eres un chico muy dulce, Leon, y esa manía tuya de hacerte el desentendido cuando dices cosas bonitas me resulta demasiado chistosa. Además de adorable, claro. —Gruñí alguna cosa, y, cuando Francesca amplió la sonrisa, me pateé mentalmente por ello, consciente de no haber hecho algo demasiado sensato, si lo que pretendía era no darle ventaja—. ¿Ves?, ahí está lo que te digo. —Hizo una pausa, antes de añadir, como medio pérdida en sus pensamientos—: No cuesta demasiado entender a Violetta, la verdad. No es difícil saber por qué te quiere tanto.
Alentado con aquel tono de voz, que parecía remontarme tanto a lo que en realidad pensaba Francesca, la miré a los ojos. Captando los matices verdes en todo su esplendor.
Sentía la lengua un poco pesada, porque lo que tenía para preguntarle también sería una pregunta pesada, pero hacía tiempo que estaba revoloteando aquella idea por mi mente. Y ahora parecía ser uno de esos momentos perfectos para sacudir todas mis dudas. Estábamos solos, y hablando más tranquilamente que nunca.
—Ya —murmuré—. Pero todavía menos te cuesta entenderme a mí ¿cierto?
Su sonrisa suave no cambió, pero sus ojos parecieron vacilar en un tropiezo que a mí me confirmó muchas cosas.
— ¿Por qué lo dices? —dudó.
—Porque tú quieres a Violetta, de forma un poco distinta a como una amiga.
Por un momento, me pareció que Francesca incluso dejaba de respirar, paralizada a mi lado, con los ojos abiertos de par en par. Sin embargo, aquello duró muy poco, pues pronto volvió a su anterior pose de tranquilidad y cierto misterio; la misma que se me hacía tan jodidamente idéntica a la de Marco. Seguramente, tenían algo de almas gemelas, esos dos. Aunque lo más probable era que Francesca hubiera heredado toda la parte buena, mientras que él…
— ¿Qué es lo que te hace pensar eso? —inquirió.
Yo obvié mi comentario acerca de que me hacía sentir un poco niño, hablándome con aquel tono tan paciente y suave, y, en cambio, preferí continuar con el tema en el que antes ya me había metido.
—Muchas cosas —resumí, pero, como era de esperarse, ella hizo una mueca que claramente intentaba decirme que fuera un poco más explícito—. No sé, le diseñas ropa, siempre estás preocupándote por ella, sabes absolutamente todo lo que hace, porque te molestas en averiguarlo (y prefiero que no me digas cómo), le das consejos… incluso la dibujaste el otro día, mientras dormía…
—Pero esas cosas no quieren decir que yo esté enamorada de ella ¿no? —El tono risueño de su voz era cuanto yo necesitaba para saber que algo ocultaba—. ¿Acaso no es normal que me preocupe mucho por ella y le dé consejos, si soy su mejor amiga desde que la conozco? Y te aseguro que la conozco desde hace muchos años. En cuanto a dibujarla y hacerle ropa…, tú eres bien consciente de lo bonita que es. ¿No puedo considerarla mi musa, sin temor a que sospeches otras cosas?
En algún otro momento, quizá algunos meses, o incluso semanas, atrás, su réplica me habría convencido del todo. La seguridad con que soltaba cada una de las palabras, y la tranquilidad, sumada a aquella diversión y a su tono de madre paciente hablando con un niño que entiende bastante poco de lo que se le habla, probablemente habrían derrumbado cualquier sospecha dentro de mi cabeza.
Pero Francesca no contaba con tanta ventaja como entonces, desde luego. Porque había algo que a mí me permitía entender aquel lenguaje complejo de quienes vivían lo mismo que yo, respecto a la misma persona.
Confiado, empecé a sonreír. Tenía el mejor argumento de todos, justo en la punta de la lengua:
—Se te nota cada vez que la miras. Supongo que la miras igual que como lo haré yo.
Finalmente, ella acabó riendo.
—De acuerdo, tú ganas —se rindió—. Pero no estás del todo en lo cierto.
— ¿Cómo qué no? —me extrañé—. ¿No me acabas de dar la razón?
—Exacto. Y como después llegaste tú, luego Tomas…, y después tú otra vez —puso los ojos en blanco—, más razones tuve aún para guardar silencio. Además de que, claro, en medio de todo eso… conocí a Marco. Y, en fin, ya sabes cómo fueron las cosas con él. —Como la voz había hecho amague de fallarle, continuó con renovados ánimos luego de lo que supuse eran algunos segundos de lucha interna por tranquilizarse—. Pero, dime ¿sueles ser así de observador normalmente? Y me refiero a arreglártelas bastante bien para adivinar los sentimientos de los demás.
Mi sonrisa se volvió un poco culpable.
—No.
Ella me correspondió el gesto.
—Lo supuse. De todas formas, no te preocupes, ella es toda tuya. ¡Violetta está tan enamorada de ti que haría falta algo demasiado terrible como para arrancarla de ese estado de ensueño y paseo por las nubes constante! —Cuando noté que se le estaban empañando los ojos, quise pedirle que se detuviera, pero se me adelantó—. Además, no pretendo dejar que este sentimiento vuelva a llegar muy lejos, como ya lo hizo una vez. —Su sonrisa desapareció por completo, y, nuevamente, pude atisbar a la verdadera Francesca tras la máscara—. Si quieres que sea sincera contigo, Leon, te diré que ya no me quedan ganas de enamorarme.
Yo sentí el dolor en la garganta, en cuanto se me tensaron todos los músculos del cuerpo, reteniendo la respiración.
Mierda. Odio ver a las chicas llorar.
Sin pensar demasiado en lo que hacía, pasé un brazo sobre sus hombros y la atraje hacia mí. El rostro de Francesca, ahora empapado en lágrimas, quedó a escasos centímetros del mío.
Ambos parpadeamos, sobresaltados.
Aquella cercanía hizo que me sintiera completamente incómodo, y la sangre se acumuló en mis mejillas instantáneamente. No había pretendido dejarla a esa altura.
Seguramente entendiendo mi bochorno, y un tanto avergonzada también, Francesca bajó la cabeza hasta recostarla en mi hombro. Yo intenté apartar mi otra mano de su cintura, por si se le ocurría malinterpretarme, después de lo de antes, pero sus dedos la retuvieron en donde estaba.
—Siento lo que te hizo ese imbécil —dije—, de verdad. Me habría gustado ver antes que no pretendía nada bueno, pero no lo noté hasta que fue lo suficientemente tarde. Créeme que, si lo hubiera sabido antes, yo…
—Te encanta culparte por todo, Leon —interrumpió, también hablando tan bajo que me costaba oírla—. No tienes nada que ver, y sé que no estás nada contento con lo que pasó, pero ni tiene remedio, ni pretendo que te hagas responsable de las cosas que hace tu amigo —continuó—. Yo siempre supe en lo que me estaba metiendo, así que olvídalo ¿de acuerdo? Violetta me va a regañar si se entera de que te estoy preocupando así. —El tono de su voz había ido convirtiéndose, poco a poco, en uno medianamente alegre, y sentí que me pasaba los brazos en torno a la cintura—. Gracias por el abrazo. Eres mejor amigo de lo que seguro piensas.
Yo simplemente suspiré. Luego de eso, cerré los ojos y apoyé la mejilla sobre su cabeza. No había mucho más que decir, porque tenía la certeza de que Francesca sabía que me alegraba de que ella me considerase de la forma en que lo hacía, que también agradecía ese abrazo, y, por supuesto, el hecho de que fuéramos amigos.

(Violetta)
— ¿Mañana vamos a seguir practicando, Violetta? —gritó Natty, unos metros más allá, justo antes de que yo comenzara a correr en la dirección contraria. A diferencia mía, que me había duchado y cambiado ya, ella continuaba con el uniforme de Educación Física que usábamos para los ensayos, asomada desde la puerta de los vestuarios.
— ¡No! —contesté, también lo suficientemente alto como para que me oyera—. ¡Con lo de hoy fue suficiente, no te preocupes! ¡Está quedando perfecto!
Ella sonrió.
— ¡Genial!
Joroschó, corrigió mi cerebro.
Me vi sonriendo como tonta antes de alzar la mano para despedirme definitivamente. Precisamente ese mismo Chico Joroschó era quien debía estar esperándome desde hacía más de una hora, congelándose en el patio por no haberse traído la chaqueta del uniforme. No pretendía hacerlo sufrir todavía más, ya que se estaba portando tan bien conmigo como siempre.
Definitivamente, se merecía que le cocinase algo cuando llegáramos a su apartamento, luego de estudiar un rato. No pensaba entretenerme con las matemáticas durante demasiado tiempo; al menos, no durante un tiempo excesivo. Siempre podríamos repartir bien los minutos. Siempre podríamos aprovecharlos al máximo. Aunque, me dije, llevándome la mano libre a la cadera, habría que tener un poco de cuidado, porque los condenados tatuajes tenían toda la pinta de resultar bastante molestos en alguna de esas ocasiones en las que… bueno…
Creo que éste es uno de los momentos en los que debería carraspear y hacer como que no dije nada.
Miré el cielo, conforme me dirigía a la zona trasera del patio, en donde Leon debía de andar. Pese a que el sol había salido durante alrededor de dos horas antes, ahora volvía a estar encapotado, como el perfecto acompañamiento a aquel viento de superficie que levantaba algunas hojas secas del suelo y me ponía la piel de las piernas de gallina.
No cabía duda de que se venía una buena tormenta.
Entusiasmada, cerré los ojos, sintiendo que cierto sonrojo traidor se extendía un poco por mi rostro. La tormenta era una excusa tan perfecta para quedarme a pasar la noche con él, que parecía hasta hecho adrede…
— ¡Qué dices, si Lluvia está como un tren!
Reconocí la voz de Andrés, y regresé a la realidad con una mirada en derredor que me ubicó en el tiempo y el espacio. Ni siquiera me había dado cuenta, pero estaba bastante cerca del árbol bajo el cual los amigos de Leon se sentaban a charlar, como parecían hacer ahora.
Con curiosidad, y sin conseguir evitar que el asunto me hiciera mucha gracia, escuché un poco de la acalorada discusión sobre quien supuse sería Lluvia Mino, una de las chicas más populares de todo el instituto. Aquello me sonaba bastante; con sólo un día de playa había comprobado lo mucho que les gustaba hablar sobre quién estaba más buena, y resultaba bastante divertido, sobre todo porque no habían notado mi presencia, al estar medio oculta tras una de las paredes del edificio.
—Y no te digo que no, drugo, no te lo tomes así —se defendió Broadway, bastante pacífico—. Lo que ocurre es que el bikini no deja lugar a dudas, y, lo quieras o no, Violetta tiene unas más grandes. —Como no me esperaba el comentario, me atraganté con mi propia saliva, e incluso se me cayeron todas las libretas que tenía fuera de la mochila, al suelo. Por un momento, me quedé completamente inmóvil, prefiriendo que no me descubrieran, o sería incluso más bochornoso que el hecho de haber únicamente oído un comentario que no me correspondería saber. Fue un alivio ver que continuaban con lo de antes, así que lentamente, procurando no hacer ningún ruido, me hinqué para comenzar a recoger las cosas—. Ese Leon tiene mucha suerte. ¡Si no fuera amigo mío…!
Teniendo en cuenta lo convencido que parece Broadway de que tu cara está bastante más abajo de tu cuello cada vez que te habla ¿de qué te extrañas?
—Y pensar que no quería acercarse a ella, en un principio, el muy zoquete —comentó Andrés—. Menos mal que le insististe tanto, Marco. Estoy seguro de que te agradece haber escogido tan bien.
Mi mano, que estaba a punto de levantar un bolígrafo, quedó suspendida en el aire. Todos mis sentidos quedaron enfocados a aquella conversación, que, en realidad, no debería estar oyendo. Pero es que aquel último agregado me había desconcertado demasiado como para no marcharme lo antes posible.
¿Acaso le debía algo yo a Marco? ¿Era gracias a él que Leon estaba conmigo?
Extrañada, lo miré. Sería todo un descubrimiento enterarme de que quizá, sólo quizá, no era tan malo como me lo imaginaba. Aunque me costaba imaginármelo haciendo algo bueno por Leon, o por mí.
—Era hora de que se estrenara —anunció serenamente, cruzado de brazos. Su voz tenía algún tinte lejano, como si no le estuviera haciendo demasiado caso a la charla—. Fue algo complicado para él, al principio.
— ¡Menudo golpe le dio Violetta la primera vez que le soltó aquella tontería! —Exclamó Broadway—. Aunque, se lo merecía, por poco original. Siendo así de tímido y poco sociable, no entiendo cómo esperaba que ella se lo creyera. Es decir, lo conocía, al menos de vista, desde hace años…
Llegados a este punto, mi mente era alguna especie de caos. Podía retener las frases y las palabras, pero no acababa de entenderlas. No todavía.
—Le quedó la cara roja durante veinte minutos —apuntó Andrés—. Creo que nunca lo había visto tan furioso como entonces.
—Normal. Encima que tuvo que mentir por primera vez, van y lo golpean.
—Ya te digo. Leon no sabe decir mentiras, pero se esforzó mucho.
¿Mentiras?
¿Mentirle a quién, y sobre qué?
—Decirle tantas veces que la quería…
¿Eh?
La voz de Maxi, que, hasta el momento, no había oído, resonó como un eco:
—Me da un poco de pena Violetta. Me cae de puta madre…
—Pero ella no habría dado el brazo a torcer si Leon no se hubiera inventado algo como eso —volvió a hablar Marco, de la misma forma que antes. El zumbido en mis oídos y las palpitaciones desbocadas de mi corazón hicieron especialmente dificultosa la tarea de escucharlo. Eso, y quizá también el sonido de las pesadas piezas de un puzzle uniéndose lentamente, con cada golpe. Con cada golpe fatal—. Y que venga y me niegue, con su nueva faceta de caballero de brillante armadura en defensa de la virginidad —prosiguió, sonando repentinamente enfadado, casi masticando las palabras—, que merecía la pena inventarse alguna cosilla, si después podía acostarse con ella a gusto.
Mis dedos dejaron de hacer presión contra las libretas, en ese preciso instante.
Inventarse alguna cosilla.
Inventarse «alguna cosilla»…
Como decirme que me quería, todas esas veces…
Para poder acostarse conmigo.


bueno...llego lo que nadie queria...Violetta se entero

Jany

Acto De Iniciación - Capitulo 35



CAPITULO 35; "NOCHE ROMANTICA"


(Violetta)
Con la respiración todavía agitada, llamé al timbre, y me apoyé en el umbral, intentando pasar algo de oxígeno a mis pulmones. Por supuesto, aquella charla con Angie me había retrasado lo suficiente como para tener que llegar hasta el apartamento de Leon corriendo como una loca. Y, aún así, no había acabado de llegar a la hora prevista. Y, si esa manía mía de llegar tarde a todas partes me desquiciaba hasta a mí misma, prefería no pensar en cómo los dejaba a los demás.
— ¡Lo siento! —Me disculpé, apenas se abrió la puerta—. ¡Me entretuve hablando con Angie y no me di cuenta de que se me había hecho muy tarde! Vine corriendo tan rápido como pude, pero, aun así… —Me interrumpí a mí misma, antes de que Leon dijera nada, y olfateé el aire con dudas—. Oye ¿huele a quemado o es impresión mía?
—Impresión tuya —aseguró, haciéndose a un lado para dejarme pasar—. Si no te das prisa, la cena va a enfriarse… más.
Me sonrojé de culpabilidad.
— ¡Te he dicho que lo siento!
—Y yo te escuché. Entra de una vez, Violetta.
Apenas puse un pie dentro del apartamento, volví a sentir aquel tenue olor a quemado, pero, como la ventana estaba abierta, supuse que podría venir de afuera. Lo que más me llamó la atención fue, en vez de eso, el hecho de que las luces estuvieran apagadas, cuando ya se veía más bien poco. Me giré para preguntar, pero Leon únicamente cerró la puerta e hizo un gesto con la cabeza para señalarme el camino a la cocina.
Mi sorpresa aumentó a niveles insospechados en cuanto me encontré con aquel otro panorama. Y no es que hubiera algo semejante a un elefante en mitad de la cocina, pero ver un mantel rojo colocado tan cuidadosamente sobre la mesa, en medio de la luz tan tenue de una vela, era casi igualmente sorprendente. Al menos, si nos estábamos refiriendo al contexto del apartamento de mi novio.
— ¿Qué se supone que…? —empecé.
Sin embargo, Leon ignoró completamente la pregunta, pasando a mi lado y avanzando hacia la mesa.
—Siéntate —dijo, apartando una de las dos sillas. Aun dudando un poco, me acerqué a paso lento, y, en cuanto me senté, él volvió a arrimar la silla a la mesa. Yo me fijé en la pequeña llama que se balanceaba frente a mí, mirándola extrañada. Leon carraspeó antes de farfullar—: Lo siento, pero es que no tenía otra vela.
Yo sonreí ante el tono, mitad nervioso, mitad avergonzado, de su voz, pero no pude evitar dirigirle una mirada del todo desconcertada al girarme un poco. Leon se mantenía tras el respaldo de mi silla, erguido, como esperando alguna señal para moverse.
—Y ¿para qué querías una vela?
En la penumbra, pude atisbar cierto enrojecimiento de sus mejillas, antes de que se volviera rápidamente y avanzara a grandes trancos hacia la mesada. Allí, dándome la espalda, empezó a hacer no sé qué cosa con una bandeja de plata, a la que quitó la tapa durante apenas unas milésimas de segundo, al tiempo que contestaba, con voz un poco forzada:
—Porque es una cena romántica.
—Oh —dije yo.
—Voilà —casi murmuró, en un francés que a mí me pareció perfecto, si bien yo no tenía demasiada noción del francés como para emitir un juicio justo. Al mismo tiempo, quitó la tapa colocada sobre la bandeja, y yo no pude evitar dejar de mirar el brillo de humor en sus ojos preciosos para saciar mi curiosidad.
En cuestión de microsegundos, por mi mente desfilaron las imágenes de una gran variedad de platos y comidas exóticas, cada cual más apetecible que la anterior, y mi mente tuvo la poca decencia de casi prometérmelas todas, justo antes de que de verdad viera lo que había en la bandeja.
¿Qué decir? A ver, si mi comentario fuera algo así como que el hambre se me pasó de repente, quizá entendieran, más o menos, de qué iba la cosa. Y a lo que me refiero es: jamás había visto una deformidad menos apetitosa que aquella… cosa carbonizada, que, por su forma, probablemente hubiera sido alguna cosa similar a carne.
Mi saliva pareció plomo cuando tragué, y las palmas de las manos me sudaron frío.
¿Qué vas a decirle ahora?
Y es que aquello no tenía ni pies ni cabeza. Y olía simplemente a algo que, pese al glorioso pasado que pudiera tener; aun habiendo podido formar parte de los manjares servidos a la mesa de la reina de Inglaterra, a nadie podía resultarle lo suficientemente tentador como para atreverse a tocarlo siquiera. ¿Mordería? ¿O acaso de entre aquellas cenizas saldría alguna cámara oculta? Porque, vamos, esto tenía que ser una broma.
Me armé de valor antes de alzar la mirada otra vez, y enfrentarme a la expresión seria de Leon. Seria, expectante, y yo diría que hasta esperanzada. Con cierto toque de ojos suplicantes y una pizca de… lo que fuera.
Señor, yo lo adoro, pero tanto no podía pedirme.
—Ehm… —murmuré, sonriendo nerviosamente y sin saber cómo empezar a decir lo que quería, sin meter la pata demasiado. Como un acto reflejo, entrelacé los dedos, jugando con ellos sobre mi regazo. A veces me preguntaba si de verdad creía que en ese gesto estarían todas mis respuestas importantes—. Leon —proseguí— ¿te vas a enfadar mucho, mucho, mucho, si te confieso algo justo ahora?
Él continuó con la misma expresión de antes, sin dejar de sostener la bandeja.
—Puedes probar, a ver qué pasa.
Yo suspiré, y añadí, en voz tan baja y temblorosa como me era posible:
—Creo que me volví vegetariana.
Por un momento, no hizo absolutamente nada, aumentando mis ganas de salir de allí, o pedirle perdón por ser incapaz de probar la «cena» que había preparado. Sin embargo, una sonrisa comenzó a extendérsele en los labios después de un rato, casi traidoramente, y acabó dejando la bandeja sobre la mesa, con los hombros temblándole por culpa de una risa que intentaba contener.
—Creo que yo también —admitió—. Aunque eso no nos salvaría de tener que probar las papas asadas ¿no?
Yo sonreí también.
—Si tú no dices nada, yo tampoco.
—Hecho. —Me hizo un gesto que entendí, no sé cómo, y me puse de pie rápidamente. Lo vi andar de nuevo hacia el recibidor, y lo seguí, para ver que ya había agarrado nuestras dos chaquetas y tomaba las llaves que había sobre la mesita—. Supongo que podemos cenar en cualquier otro sitio.
— ¿Vamos a cenar fuera? —dudé, mirando la cocina, y luego a él—. Pero yo creí que…
—Visto lo visto, me parece que va a ser lo mejor —me interrumpió—. Prometo que la próxima vez no dejaré la carne en el horno sin vigilancia, ni siquiera durante cinco minutos. Pero ahora ya no hay mucho que podamos hacer al respecto, y, como postre tampoco preparé, vamos a morir de hambre si nos quedamos.
Como tenía razón, lo único que hice fue cabecear resignadamente y andar también hasta la puerta, aunque sin demasiados ánimos. La verdad, me hacía mucha más ilusión cenar en su apartamento, con una cena preparada por él, que ir a algún restaurante. Pero no era como si tuviéramos demasiadas opciones tampoco, así que… en fin, para otra vez sería.
Justo antes de que Leon cerrase la puerta, ambos nos sobresaltamos con el timbre del teléfono, y nos quedamos casi estáticos. Él me miró después, como preguntando si lo ignorábamos o si era mejor atender, y yo abrí de nuevo la puerta, en una obvia respuesta.
— ¿Diga? —Vino un breve silencio, mientras yo me apoyaba en el umbral, y luego vi sus ojos abrirse de par en par—. Ma… madre… —murmuró, con la voz entrecortada, y yo me puse en guardia inmediatamente, más atenta que antes a la conversación.
La breve mirada entre nosotros bastó para darme cuenta de lo sorprendido que estaba, y entonces recordé aquel detallito de que su madre ni siquiera lo llamaba nunca por teléfono, y era Mariana, según él, quien solía encargarse de esas cosas. Un parpadeo pareció volver toda su atención a la conversación, y lo vi enfocar la mirada al frente con su determinación acostumbrada.
—Por supuesto, yo también me alegro de oírla —repuso, con renovada mesura, y yo no pude evitar la algarabía en mi pecho al identificar aquel tono y aquella forma de mantener la compostura, tan seriamente—. Sí. Claro, sería perfecto. —De repente, su serenidad pareció tambalearse, y me envió una rápida mirada por el rabillo del ojo, antes de sonrojarse—. Gracias, madre. Lo tendré en cuenta. Adiós.
Supuse que el tiempo que había tardado en separar el tubo de su oído fue el mismo que a su madre le tomó corresponder la despedida, sumado a algunos segundos más de quedarse medio patitieso, con la mirada perdida en el espejo.
—Leon —llamé suavemente, interrumpiendo sus meditaciones luego de que se pasara un tiempo que me pareció suficiente en aquella pose. Él reaccionó con un ligero sobresalto, mirándome como si recién volviera a recordar que yo estaba ahí, aunque no pareciera saber muy bien por qué—. Hum… ¿vamos a salir?
—Sí —susurró, aunque sin acabar de aterrizar todavía. Sacudió la cabeza de un lado a otro, y finalmente cortó la comunicación, para avanzar hasta mí de nuevo—. Sí, claro. Ya deberíamos habernos ido.
Esta vez, no hubo interrupción alguna cuando cerró la puerta, pese a que los dos estuviéramos esperando alguna otra llamada. Leon guardó las llaves de nuevo en su bolsillo, y me pasó un brazo por la cintura antes de que empezáramos a caminar por el pasillo. Yo miré en derredor, comprobando que no había nadie, y supuse que su gesto se debía, en gran medida, a eso.
— ¿Qué quería tu madre? —curioseé, luego de que él apretara el botón para llamar al ascensor, que estaba en el doceavo piso.
Leon me miró de reojo.
—Te lo diré en el restaurante ¿sí? —Yo solté un pequeño bufido de queja, y él sonrió un poco—. Si me molestas con eso ahora, la próxima vez te invitaré a cenar gelatina de verduras, Violetta, y no hay forma de que la queme, de modo que no tendrás escapatoria.
A mí me recorrió la espalda un escalofrío, recordando el sabor asqueroso de la gelatina de verduras y mi especial odio por su textura viscosa. Miré a Leon con malos ojos, haciendo que su sonrisa se ampliara, y protesté:
— ¡Odio la gelatina de verduras!
Él arqueó las cejas, pero luego se rió.
— ¿En serio? ¡Yo también!

(Leon)
—Si son tan amables…
El mesero hizo un ademán antes de empezar a caminar entre las mesas, y nosotros nos concentramos en seguirlo. Violetta parecía un poco incómoda; miraba hacia todas partes, como si creyera que alguna cosa podría saltarle a la yugular en cuanto se descuidara, y estaba ligeramente sonrojada.
— ¿Pasa algo? —pregunté, hablando en susurros y pegándome a ella para que me oyera.
Violetta alzó el rostro hacia mí, antes de murmurar:
—Es que no sabía que ibas a traerme a un sitio como éste.
— ¿No te gusta? —me sorprendí. Justamente, había elegido este restaurante porque era uno de los más bonitos que conocía, al menos en Buenos Aires. Y porque había imaginado que le encantaría ver la enorme pecera que había en la zona a la que nos dirigíamos—. ¿Preferías ir a comer una hamburguesa? —dudé, recordando su primera sugerencia que yo había descartado, alegando que conocía un sitio mucho más agradable.
Además de que ya habíamos hecho la maratón de las hamburgueserías durante la estadía de Mariana.
—Bueno —dijo ella—, la verdad es que sí lo preferiría.
—Pero aquí también puedes pedir una hamburguesa, supongo.
Violetta negó con la cabeza, sonrojándose más.
—No se trata de eso —insistió—. Es que… todo esto es muy lujoso, y, sinceramente, yo estoy más vestida para ir a un Mc Donald's que para moverme en un ambiente como éste. —Su mirada se paseó fugazmente por las otras mesas—. Si al menos se me hubiera ocurrido ponerme algún vestido, como siempre…
Yo seguí sus ojos, y también me fijé en la gente que estaba sentada a las mesas. Casi todo lo que podía encontrarse uno por ahí eran parejas o grupos de empresarios que se reunían a charlar sobre sus negocios. Y, efectivamente, cada quien vistiendo sus mejores galas, ya fuera con sobrios trajes de etiqueta o vestidos que tenían toda la pinta de haber costado lo suyo. E incluso el mozo que nos llevaba a destino estaba de lo más adornado.
Luego de un repaso analítico de la zona, volví mis ojos a Violetta. Al igual que la mía, y a diferencia de todos los que nos rodeaban, su ropa era informal: una camiseta en rosa pálido con un estampado de dos enormes ojos de gato, que dejaba su hombro al desnudo y pantalones vaqueros, y zapatillas blancas de plataforma. En el pelo todavía llevaba hecha aquella pequeña trenza de hoy por la mañana, y el maquillaje era casi inexistente.
Sonriendo casi sin querer, volví a inclinarme un poco, para poder hablarle bajito y que me oyera.
—Estás preciosa así —susurré, sintiendo que las mejillas ya me quemaban tanto como las orejas. Violetta volvió a mirarme también, y dibujó una sonrisa tímida mientras en su rostro también aparecía una sombra de vergüenza—. Nadie va a mirarte con mala cara.
De hecho, al pasar, algunos le ponían caras demasiado buenas para mi gusto.
Gruñendo mentalmente, me atreví a sacar la mano izquierda del bolsillo de mi pantalón para pasarla por su cintura y atraerla hacia mí. Violetta me miró extrañada, pero no me preocupé demasiado por ello, pues, automáticamente, dirigí una mirada en perímetro, de advertencia, para cuanto espécimen del sexo masculino me topara ambicionando lo que no debía. Y aquel simple gesto bastó para algunos, que rápidamente desviaron la mirada hacia otra parte, y yo me dije que eso estaba muy bien.
¡Que se atrevieran a fantasear demasiado, y me encargaría de que los dientes no les sobrasen!
— ¡Oh, mira eso! —La voz de Violetta me arrancó de mis elucubraciones psicópatas, y se soltó de mi agarre incluso antes de que pudiera protestar, sintiendo mi mano demasiado vacía y fría de repente, sin el calor de su cintura contra ella. La vi acercarse alegremente hasta la enorme vidriera que separaba una de las áreas más privadas del restaurante de una especie de mundo oceánico en miniatura, o pecera gigante, según cómo se vea—. ¡Si hasta parece un acuario!
El hombre que nos guiaba sonrió al verla, y preferí pensar que era porque se estaba portando como una niña, en vez de porque el tipo tenía ojos en la cara. No obstante, no pude evitar mirarlo de forma poco amistosa cuando él volvió a mirarme a mí.
—La mesa junto a la pecera estará bien —sentencié, con voz helada, sin quitarle la vista de encima. Él asintió, y noté que se disponía a llamar a Violetta y quizá ayudarla a sentarse, de modo que volví a interferir—. Ya nos arreglamos nosotros, gracias.
Supongo que captando el mensaje de despedida, afirmó con la cabeza una vez más, me recordó que vendría a tomarnos el pedido dentro de unos minutos, y se marchó por donde habíamos venido.
Yo resoplé, y me senté en mi silla de mala gana. Tanto mirón suelto era desesperante.
—Leon ¿ya habías estado aquí antes? —oí que me preguntaba Violetta, tomando asiento delante mío—. ¿Has visto la cantidad de peces que hay ahí? ¡Creo que ni siquiera cuando fui con Tomas al acuario vi tantos!
Genial.
—Vine alguna vez —mascullé—. Hace tiempo.
Ella me miró como si yo acabara de soltar algo raro, pero sólo dijo:
—Ah.
Carraspeé, intentando mejorar un poco mi humor, y le extendí a ella una de las cartas que había sobre el mantel, antes de hacerme con la mía.
— ¿Qué vas a pedir?
— ¿Qué te dijo tu madre?
— ¿Por qué respondes a una pregunta con otra?
— ¿Por qué lo haces tú?
Yo acabé dejando de nuevo la carta sobre la mesa, y Violetta amplió un poco la sonrisa, sabiéndose ganadora. No me molestó; en estos momentos, especialmente, no tenía mucho ánimo como para enfadarme.
—Ha dicho que le gustaría que fuera a hacerle una visita —expliqué, notando cómo el rostro se le iluminaba a cada palabra—. Yo ya le había pedido a Mariana que le dijera que quería ir, en vacaciones. Lo sorprendente es que haya sido mi madre quien haya llamado. —Me pasé una mano por el pelo, nervioso—. Aún no me lo creo. ¿Tienes idea de hace cuánto que no la oigo decirme nada?
— ¿Hace cuántos años que no la ves?
—Desde que llegué aquí.
—Vaya, lo sospechaba. Casi cuatro años. —Su ceño duró lo que un suspiro, porque instantáneamente volvió a mostrarse alegre—. ¡Eso es mucho tiempo! Seguro que tu madre te echa de menos tanto como tú a ella.
Yo me sonrojé.
Violetta tenía la costumbre de decir cosas que a mí me tomaría años confesar, en un comentario que parecía la mar de típico. Algunas veces me preguntaba, en mi fuero interno, si llegaría el día en que me acostumbrase del todo a esa espontaneidad y dulzura. Y esperaba que sí, pese a que tenía la sospecha de que, como algo mucho más probable, lo que en realidad haría sería pasarme la vida poniéndome rojo al escucharla.
Si bien estaba más que dispuesto a soportarlo, desde luego.
Suspiré, pensando en que era definitivamente gracias a esa concreta parte de su personalidad que mi madre me había llamado hoy. Quiero decir, nada de esto habría pasado, si Violetta no hubiera tenido la idea de intervenir entre Mariana y yo aquella vez, pretendiendo ayudar. Porque estaba seguro de que Mariana le habría hablado a mi madre acerca de Violetta, sobre todo luego de oír aquel comentario suyo sobre que «podía ir acompañado, si quería».
—Claro —murmuré, intentando juntar fuerzas. No me había atrevido a mencionar nada sobre ese detalle estando en mi apartamento, ni de camino hacia aquí, principalmente porque me daba miedo—. Hum… ¿te gustaría…? —Me interrumpí a mí mismo, pensando que aquél no era un buen comienzo, e intenté encontrarle otra vuelta al tema. Aunque lo malo era que no se me ocurriera nada más—. Eh… bien… —El temblor en la voz no me dejaba pensar. ¿Cómo decírselo?—. No sé si podrías, pero… me pareció que estaría bien que… Yo… mmm… —Suspiré nuevamente—. Olvídalo.
Violetta parpadeó, y lo suyo fue el desconcierto hecho rostro.
—Leon, no entendí absolutamente nada.
Desviando la mirada, solté un bufido. ¡La estúpida timidez siempre estaba en mi contra, cuando se trataba de esas cosas! Era completamente exasperante querer decir algo y no poder hacerlo…
Me distraje al sentir calor sobre los dedos que tamborileaba nerviosamente encima de la mesa, y detuve cualquier movimiento, salvo el de voltear el rostro de nuevo hacia mi izquierda. Me encontré con que Violetta había extendido el brazo hacia mí, y colocado su mano sobre la mía.
— ¿Te gustaría acompañarme a México, en vacaciones?
Y eso había sido un arrebato de valentía impresionante.
Apreté sus dedos entre los míos, y Violetta me devolvió el gesto, sonriendo.
—Me encantaría acompañarte a México, en vacaciones.
Temblando, recibí el acostumbrado escalofrío de cuando me hablaba, me miraba o me sonreía justo como lo estaba haciendo ahora, y rápidamente procuré entretenerme con alguna otra cosa. El brillo plateado que captó mi atención en cuanto bajé la mirada hacia su muñeca me pareció el escape perfecto.
— ¿Y esa pulsera? —pregunté.
— ¿Eh? Ah, la pulsera. Me la regaló Agustín, cuando vino a verme.
Tan pronto como oí aquello, olvidé los escalofríos, y alcé la vista. En vez de mirarme como lo hacía antes, ahora estaba entretenida fijando sus ojos en la pulsera de forma casi… cariñosa. De hecho, con una mirada cargada de cariño.
— ¿Agustín? —repetí—. ¿Quién es el tal Agustín?
—Agustín es el hermano de Tomas —explicó tranquilamente—. ¿Recuerdas el día que fuiste a casa para ayudarme con los ejercicios de lógica? —Mi asentimiento fue un leve gruñido—. Pues estoy segura de habértelo presentado entonces. Era el chico que no habló en toda la tarde.
No lo recordaba. Si bien, la verdad, no es que estuviera esforzándome mucho por hacer memoria. Lo único que mi mente rescataba de todo aquello era lo siguiente: un chico había ido a verla, y le había dado una pulsera.
Fruncí el ceño.
¿Qué pretendía…?
— ¿Por qué?
En realidad, lo que mi graznido querría haber sido era una pregunta similar a «¿por qué te dio una pulsera?». Pero conseguir soltar una frase con algo más que monosílabos, en mi actual estado de furia, se convertía en una tarea demasiado ardua.
Violetta debió entenderme, de todas formas, porque replicó, con voz suave:
—Agustín me la dio como regalo de cumpleaños, un poco atrasado. —Yo bufé y apoyé el mentón en la mano que antes había estado agarrando la suya, antes de fijar los ojos en las rosas del florero situado en medio de la mesa—. ¿Leon?
—No me enteré de cuándo fue tu cumpleaños —refunfuñé—. Pero voy a regalarte algo mejor que eso.
—Pero… si no hace falta que me regales nada. ¡Mi cumpleaños fue hace meses, cuando ni siquiera nos hablábamos! —Hizo una pausa—. ¡Oh! —Rio—. Espera, espera. ¿Estás celoso?
La respuesta mental no tardó ni una pequeña fracción de segundo en llegar, pero la espanté con la misma rapidez.
Yo no estaba celoso. De hecho, yo no era celoso. Y mi reacción era justo como debía ser. Sí.
¡¿O ES QUE A ALGUIEN PUEDE PARECERLE NORMAL QUE EL TIPO LE HUBIERA REGALADO UNA PULSERA?!
Esto, definitivamente, no era ser un condenado celoso. ¡Era ser consiente de la peligrosa realidad!
Ningún sujeto, conocido o desconocido, tenía que regalarle nada, joder. ¿Qué tanto se les había perdido con ella? ¡Violetta era mía! Lo era siempre, pero, concretamente, hoy lo había sido más que nunca. Y no es que supiera exactamente por qué.
Me sonrojé irremediablemente, sintiendo de nuevo cómo las hormonas reclamaban mi atención.
Y, bien, probablemente sí tenía una ligera idea de por qué pensaba así.
Pero, el caso es: no estaba como para aguantar entrometimientos extraños, de terceras personas con afán de regalar cosas.
—Cállate.
Cuando miré a Violetta, vi que tenía los codos apoyados en la mesa, y parecía muy divertida con la conversación.
—Eres más celoso de lo que pensaba —comentó alegremente—. ¿Cómo hiciste para aguantar durante tanto tiempo?
— ¿Aguantar, el qué?
—Me refiero a que yo estuviera saliendo con Tomas —aclaró—. Nunca antes había notado que te pusieras celoso por eso, y ahora… caramba, es que ni siquiera al gato puedo tocar sin que tú hagas berrinches.
Desde luego, la incomodidad y el tema hormonal desaparecieron de mi mente.
Aquello tenía una explicación muy sencilla: nunca me había puesto celoso de Tomas Heredia porque, en la época en que Violetta y él eran una pareja, yo no estaba enamorado de ella.
Aquí el problema era que Violetta creía que sí. Y, digo, no era extraño: tal cosa le había hecho creer yo, desde aquella primera falsa declaración, y durante todos esos otros comentarios que tenían de cierto menos de lo que ella había podido creer nunca. ¿No le había dicho, entonces, que ella me gustaba desde hacía mucho…?
El corazón me dio un vuelco en el pecho. Violetta era el primer punto en mi escala de prioridades; lo que más me importaba en el mundo. Y, lamentablemente, yo había descubierto esto lo suficientemente tarde como para haber alcanzado a mentirle tanto, en un principio.
De hecho, a mentirle más de lo que le había mentido a nadie en mi vida. Y siendo la última persona que se podría merecer algo así.
Y me arrepentía. No estaba nada orgulloso de ello, pero… tampoco me atrevía a pedirle perdón. Quiero decir, deseaba hacerlo, asegurarle que la condenada estupidez me había durado hasta el momento en que nos encontramos bajo la lluvia, y que nada de aquel comienzo tenía importancia para mí, porque lo que sentía por ella era genuino. Sin embargo, teniendo en cuenta cómo se había tomado todo el asunto entre Francesca y Marco, el miedo a perderla me impedía hablar.
No, no miedo. Más bien, pánico.
¿Y si la perdía?
¿Y si no era capaz de perdonarme?
¿Y si, simplemente, no se creía una sola palabra de lo que pudiera decirle?
¿De verdad crees que ésa es suficiente excusa para seguir haciendo como que aquí no pasa nada? ¿De verdad crees que voy a dejarte tranquilo un solo segundo, sabiendo lo mismo que tú al respecto de cómo comenzó todo, y siendo consciente de que la tienes engañada desde siempre, aun cuando dices amarla? Sabes que, algún día, tendrá que enterarse. Y, si jamás se lo dices, es que no te mereces ni que ella te mire, porque eres un mentiroso.
Sus ojos marrones seguían brillando, y aquella dulce sonrisa, que persistía en sus labios, no dejaba de desarmarme por dentro.
Había sido un idiota. Y ella no se merecía que le mintiera.
—Yo… —conseguí murmurar, con la voz estrangulada— hay algo que no te he dicho, sobre eso.
Violetta hizo un gesto de intriga.
— ¿El qué?
La intensidad de los latidos consiguió incluso hacer que me marease. Y las manos me temblaban. Pero, joder, no podía evitar el tema durante más tiempo.
Quizá ella confiaría en mí, al igual que lo había hecho siempre.
Quizá era capaz de perdonarme.
Quizá no la perdía.
Suspiré.
Odio los quizás.
—Yo…
— ¿Ya decidieron lo que van a tomar?
La voz del hombre a mi izquierda por poco y me hace dar un brinco, pero pude controlarme, y me contenté intentando retener el corazón dentro de mi cuerpo, porque parecía querer escapárseme por la garganta en cualquier momento. Debí haber mirado jodidamente mal al camarero cuando alcé los ojos hacia él, porque sonrió nerviosamente, antes de mirar a Violetta y musitar:
—Quizá debería venir algo más tarde.
—Es que todavía no hemos elegido nada —se disculpó ella, sonando más amable de lo que podría haberlo hecho yo—. Nos entretuvimos un poco hablando, y, bueno…
—No se preocupe, señorita. Volveré dentro de un rato, así tienen tiempo de elegir.
El hombre dio media vuelta casi antes de que Violetta pudiera agradecerle nada, mientras yo sólo atinaba a dejarme resbalar un poco por la silla abajo y echar la cabeza hacia atrás, bufando con resignación.
Menudas ganas de interrumpir tiene la gente siempre.
—Leon ¿qué pasa con lo que ibas a decirme?
Quejándome, volví a incorporarme, luego de algunos segundos, y quedé con la vista perdida en el mantel otra vez. Probablemente, pálido como un muerto y con cierto tinte a enfermo mental en el rostro.
—Te lo diré en otro momento —dije, al fin.
Pude oír un pequeño gruñido por parte de Violetta, antes de que insistiera:
—Prométemelo.
Dibujé una sonrisa débil, y extendí un brazo hacia ella, separando el dedo meñique del resto del puño cerrado. Sin necesidad de mirarla, supe que Violetta había captado el mensaje, pues pronto engarzó su dedo con el mío.
—Te lo prometo —aseguré.
Y me lo prometí a mí mismo, también. El fin de semana, por ejemplo, en cuanto estuviéramos solos y tranquilos en mi apartamento, sin nadie para interrumpir. Con una larga charla pendiente. La charla más peligrosa, difícil y horrible de toda mi vida, seguramente.
Pero una que no iba a eludir por más tiempo.
(Violetta)
A diferencia de cómo había estado el clima durante toda la mañana, ahora la noche parecía haberse despejado, y no podía identificar en el cielo más que una pequeña nube, aunque la luna estaba rodeada por aquel halo blanco que siempre precede a las lluvias.
Habíamos salido del restaurante hacía apenas un rato, luego de una cena maravillosa. Y la comida estaba bien, desde luego, aunque el calificativo no iba específicamente por ella. En realidad, el tinte especial a la velada no se la había dado ninguna cosa fuera de lo normal; al menos, de lo que me resultaba más normal durante el último mes y medio. Durante todos esos días que llevaba compartiendo con Leon lo que teníamos. Durante todos esos días en los que hasta enfurruñado conseguía arrancarme sonrisas y preguntarme cómo era posible para mí vivir antes sin todos esos pequeños detalles.
— ¡Deja de mirarme así, Violetta, me pones nervioso!
Tardé algunos segundos en entender por qué se había quejado Leon, pero después supuse que el hecho de que llevara un buen rato con los ojos fijos en su rostro, antes tranquilo, era alguna pista.
—Lo siento —me disculpé, acurrucándome un poco más contra su pecho. Su brazo, que me rodeaba la cintura, también hizo que la cercanía aumentara tanto como era posible, mientras continuábamos caminando por las callecitas iluminadas del centro de Buenos Aires, esquivando a los demás transeúntes. Aquel gesto, al igual que me ocurrió estando en el restaurante, hizo que me revolotearan un montón de mariposas en el estómago. Porque no era que estuviéramos solos en medio de la calle, y que se portara cariñoso conmigo, en público, era toda una hazaña—. Pero es que no puedo evitarlo… Estás tan guapo cuando te pones serio…
Miraba al frente, y la sonrisa que dibujó me habría parecido arrogante, en otro momento. Ahora, aquel mohín parecía, más que nada, algo similar a una mueca de incomodidad y molestia mal disimuladas.
—Después tengo que llevarte de nuevo a tu casa ¿no? —preguntó, con voz rara.
—Sí.
—Entonces, no hagas esos comentarios. Hoy no es el día. Salvo que quieras que tu hermana se enfade contigo por haberte quedado a pasar la noche en casa de Francesca, claro.
No pude evitar mirarlo burlonamente.
—Ya, en casa de Francesca. Seguro que sí. ¡Leon Vargas, qué mal mientes!
Tenía fuego en los ojos cuando volteó el rostro hacia mí, y se me escaparon todas esas risas en el recorrido torpe que hicimos desde el centro de la acera hasta la pared más cercana, casi atropellando a un anciano en el trayecto. Mi espalda recibió el leve impacto contra los ladrillos disfrazado de un dolor casi imperceptible a la altura del hombro derecho.
—Sabes que a mí no me importaría «quedarme dormido» mañana y tener que faltar a clases, Violetta Castillo. —Su voz era casi un ronroneo, en medio de la oscuridad casi completa. Estábamos justo bajo la única farola que no estaba encendida en toda la calle—. ¿Tú no quieres «enfermarte de gripe»?
Sonriendo, hice que mis manos treparan un poco por su cintura y él acercó su rostro al mío otro tanto. Uno de sus brazos estaba apoyado en la pared, a un lado de mi cabeza, mientras que el otro era el que me retenía con fuerza.
—Me encantaría, pero le prometí a Angie que hoy volvería pronto. Y, créeme —añadí, recordando el incidente en la cocina—, ella sería completamente consciente de que no me quedaría a pasar la noche en la casa de mi prima, y que no estoy enferma de nada.
—Lo sospechaba. —Sentí a Leon suspirar contra mi boca, resignado, y le di un beso corto en los labios—. Y hoy apenas es lunes. ¿Cómo mierda voy a hacer para aguantar hasta el fin de semana?
Yo me abochorné, al tiempo que detenía los besos por su mejilla. Estaba segura de que los comentarios que siempre hacía Francesca sobre los «vicios masculinos» me habían acabado pudriendo el cerebro de una manera increíble.
—Bueno —murmuré—, en realidad, se me ocurre una…
Sentí su piel arder bajo mis labios incluso antes de que acabara con mi frase.
—No pienso hacer eso —interrumpió.
—A… a mí no me molestaría, siempre y cuando…
— ¡Que no!
— ¡De acuerdo, de acuerdo, entonces ponte bolsas de hielo, o algo! Hoy estás…
Nuevamente, me interrumpió, aunque ahora únicamente valiéndose de un bufido. Giró el rostro hacia su derecha, y su vista se perdió en algún punto cercano, mientras parecía intentar tranquilizarse. Durante todos los segundos que demoró en volver a relajar un poco el ceño y dejar de estar tan rojo como una cereza, yo me entretuve acariciando la piel cálida de su espalda, por debajo de la camisa.
No podía dejar de reprocharme haberlo avergonzado, pero es que en mi cabeza había sonado la voz de mi prima sin remedio. Por supuesto, la culpa de cosas así normalmente era suya, y esta vez no era la excepción: en una charla telefónica de aproximadamente media hora, hoy por la tarde, había demasiado tiempo disponible para que Francesca pusiera en práctica su costumbre de hacerme sentir incómoda, a la vez que volverme algo más… no sé si «retorcida» es la palabra.
— ¡Las semanas son siempre muy largas, y tú no te apareces por su apartamento hasta que es sábado! No me extraña que hoy lo hayas notado medio desesperado, mujer. ¿Nunca se te ocurrió preguntarle si se toca pensando en…?
—¡¡¡Francesca!!!
— ¿Qué? ¡Pero si eso sería muy tierno!
No creo que haga falta aclarar que corté la comunicación, llegadas a ese punto. Y es que, Señor, jamás en mi vida me había planteado eso, ni siquiera a mí misma. ¡Ni tenía ningún interés, tampoco…!
Al menos, eso creo. O creía.
Tímidamente, alcé la mirada del suelo, en donde la había olvidado un rato. Leon parecía haberse tranquilizado ya, y yo me percaté de que la alterada ahora era yo, así que no se me ocurrió otra cosa que cerrar los ojos y ocultar el rostro en su pecho. Aunque, al hacerlo, también descubrí que me había equivocado al creer que se había olvidado del tema por completo; su corazón latía con demasiada fuerza, delatándolo.
—Leon —llamé.
— ¿Qué?
Yo me encogí un poco más, y mi voz fue un murmullo tembloroso cuando hablé:
—De verdad que a mí no me importaría. Sería tierno.
— ¡Violetta!
Lo siguiente que oí fue una serie de palabras incoherentes, y luego Leon se apartó de mí bruscamente. Anduvo a paso rápido hasta unos metros más adelante, en donde estaba la puerta del local más cercano, y entró como si estuviera decidido a comprar alguna cosa.
— ¡Eh, pero no te enfades!
Seguí sus pasos incluso antes de darme cuenta, y también entré a la tienda. Choqué con la espalda de Leon por distraerme mirando a mí alrededor, pero él no se inmutó demasiado. También parecía muy concentrado analizando el entorno, aún con restos de vergüenza en su expresión irritada.
De nuevo lo imité, y me di cuenta de que estábamos dentro de algún local en donde vendían discos de música que parecían ser de varios años atrás, hacían piercings y, a juzgar por los cientos de papeles que enseñaban dibujos en tinta negra, también tatuajes de todo tipo. Una música extraña se oía de fondo, pero parecía sonar en otra habitación. Quizá del mismo sitio de dónde venían las risas y algún que otro grito.
— ¿Sois Yoshua y Sophie? Hector me comentó hoy que también estaríais en la fiesta.
Ambos miramos a la chica que había aparecido de alguna parte, con sus brazos llenos de dibujos y varios piercings en la nariz, las cejas y las orejas. El pelo, de un rubio casi blanco, le caía por los hombros desnudos de la forma más llana que yo hubiera visto jamás.
— ¿Qué fiesta? —pregunté.
Ella se quedó inmóvil por unos segundos, pero luego añadió rápidamente:
—Ninguna fiesta. —Se cruzó de brazos, como incómoda, antes de proseguir—. ¿Queréis algo en particular?
Yo no tenía idea de qué contestar a eso, si únicamente había entrado porque Leon lo había hecho, así que lo miré a él. Y estaba a punto de pedir perdón a la chica y alegar que nos habíamos confundido de tienda, o algo así, al ver que nadie decía nada, pero Leon se me adelantó.
—Sí —dijo—. Quiero un tatuaje.
Yo abrí desmesuradamente los ojos.
—Perfecto. Siéntate aquí.
Leon avanzó hacia la silla que la chica le había indicado, y tomó asiento tranquilamente, en tanto que yo no acababa de aterrizar del todo. ¿Había oído cualquier cosa o era que se había vuelto loco? ¿O que me estaba volviendo loca yo?
— ¿Vas a hacerte un tatuaje? —casi chillé—. ¿Por qué?
Él extendió el brazo para agarrar la pila de papelitos que había en una mesa baja, a su lado, y comenzó a garabatear algo en el primero de ellos con el bolígrafo que también encontró por allí. Su ceño estaba muy marcado otra vez, antes de replicar con calor:
— ¡Porque, es más «tierno» que tocarme, ya sabes…!
Mi cara se volvió fuego.
— ¡Leon!
— ¿Qué? ¡Tú empezaste con lo de…!
La rubia, que se había sentado en el taburete a su izquierda, carraspeó con lo que se supuse era incomodidad. Leon debió haber reparado nuevamente en su presencia recién entonces, porque cerró la boca instantáneamente y bajó la cabeza, ocultando tanto rostro como podía bajo los mechones castaños.
— ¿Debería irme? —preguntó ella, sonriendo con sorna.
Yo suspiré, y Leon gruñó:
—No.
—Bien, entonces, empecemos. —La vi alzar aquel aparatito, similar a un bolígrafo, y el corazón empezó a brincarme en el pecho. ¿De verdad que Leon se iba a hacer un tatuaje?—. ¿Qué quieres que te tatúe, guapo?
¿«Guapo»?
Sin una palabra de por medio, él le tendió el papel en donde había estado garabateando algo antes. A mí me aguijoneó la curiosidad inmediatamente, así que avancé algunos pasos hacia ellos, para ver lo que había dibujado, pero Leon alzó la mirada otra vez y me congeló en mi sitio.
—Ya lo verás, Violetta.
A regañadientes, obedecí. No es que me gustara quedarme con la intriga, pero tampoco estaba en plan de ponerme a pelear con él delante de terceros.
— ¿Violetta? —inquirió la chica, mirándome. Yo asentí con la cabeza, suponiendo que me preguntaba por mi nombre, y ella puso los ojos en blanco antes de farfullar un—: Lo sospechaba.
No me enteré de lo que estaba diciendo, pero, de todas formas, olvidé rápido todo el asunto en cuanto vi que Leon se quitaba la chaqueta y empezaba a desabotonarse la camisa. Volví a percatarme, por segunda vez en el día y gracias a que quedaba desnudo de la cintura hacia arriba, de que su piel tenía un tono más bronceado que antes. Probablemente por lo de la playa. Probablemente porque, en las profundidades más recónditas de su mente, le encantaba hacerme babear.
Leon señaló distraídamente la parte de atrás de su hombro izquierdo.
La desconocida y yo intercambiamos miradas rápidas.
Yo capté el brillito tintineándole en los ojos azules.
Ella se mordió el interior de la mejilla, antes de que sus labios dibujaran un sordo «caliente».
Y, justo en el mismo momento en que posaba una mano sobre el hombro de Leon, sin quitarme la vista de encima, un arrebato de euforia adolescente se apoderó de mi persona.
—Si tú te haces uno, yo también quiero uno —solté atropelladamente.
Leon se unió a eso de las miradas, aunque él no me estaba retando, ni me enfurecía, ni nada por el estilo. Lo único que vi en aquellos conocidos orbes de tonalidades verdes fue una curiosidad absoluta, mezclada con algo de sorpresa.
— ¿Quieres uno? —repitió.
¿Que si quería tener algo impreso en la piel para toda la vida? ¿Que si quería tener más posibilidades aún de que Mechi me encerrase en un convento, si llegaba a encontrarse con un tatuaje? ¿Que si quería poner a la rubia en su sitio? ¿Que si quería dejarme llevar y pensar otro día en lo que estaba haciendo? ¿Alguna de ésas era la pregunta del millón?
—Lo quiero —fue mi respuesta. A cualquiera de ellas.
—Niña, esto duele. —La única voz femenina diferente a la mía en aquel lugar me supuso la misma agradable sensación que morder un limón, y tuve que hacer un esfuerzo por controlarme. Disimuladamente cerré los puños con fuerza, devolviéndole la mirada desafiante que ella me estaba regalando mientras su mano continuaba sobre el hombro de Leon. Desesperándome—. No creo que sea una experiencia muy bonita. Además, seguro que después te arrepientes. ¿Por qué no te lo piensas mejor, y vuelves otro día, con todo más claro? Yo puedo ocuparme de hacerle el tatuaje a él, mientras tanto.
En buenas manos lo dejarías.
Mis ojos volaron a Leon.
—Quiero uno —repetí, en lo que seguramente sería la última vez. Si la rubia llegaba a hacer algún otro comentario, estaría al otro lado de la puerta en menos de un parpadeo, con todo el oxígeno que hubiera camino a mi casa para relajarme otra vez—. Que sea el regalo de cumpleaños atrasado que querías hacerme. Por favor.
Para mi completo alivio, él se encogió de hombros, muy pacifista.
—Está bien. ¿Que vas a…?
Le enseñé la lengua, antes de colocarme en la silla roja e idéntica a la suya que había justo a su derecha.
—Ya lo verás, Leon —parodié, imitando su tono de voz. Y debió de hacerle gracia, porque por fin sonrió, mientras yo me tumbaba boca abajo.
—Vale, será como diga la princesa. —La zo… la chica se giró un poco, mirando hacia una de las puertas que había al fondo de la habitación—. ¡Benito! —gritó—. ¡Aquí alguien quiere un tatuaje!
Con ese nombre, no pude evitar imaginarme a un chico bajito, de apariencia dulce y gentil, delgaducho y con una sonrisa agradable, que jamás sabría contestarme cómo era que se había metido en el mundo de los tatoos y los piercings, ni cómo se las arreglaba para soportar a su «adorable» compañera de trabajo. En lugar de ello, simplemente se dedicaría a encogerse de hombros y continuar sonriendo, mientras me aseguraba que hacerse un dibujito de nada, en la piel, no dolía tanto como otras pretendían que me creyera.
Es decir, que me imaginaba algo completamente diferente al mastodonte que, segundos después, apareció tras la puerta y me hizo tragar saliva pesadamente, preguntándome si de verdad harían falta todas esas argollas por el cuerpo, y todas esas pulseras de pinchos, y todos esos tatuajes de dragones y mujeres desnudas, y todo ese cuero como ropa, y toda esa cara de mala leche genuina.
Mierda.
La mirada y sonrisa triunfales de la rubia fue todo cuanto necesité para saber que lo había hecho adrede, y no me moví de mi sitio, aun oyendo los pasos pesados del tipo retumbar cada vez más cerca de mí, sólo para no dar el brazo a torcer. Aunque ya no me apetecía demasiado el regalo de cumpleaños, la verdad.
— ¿Quién quiere un tatuaje?
Su voz, tan áspera, fue como pasarme una lija por los tímpanos, a la vez que era la culpable de que un escalofrío me recorriera la columna de arriba a abajo. Ello sumado, obviamente, a la apariencia tan poco tranquilizadora del panorama general.
Sin embargo, me armé de todo mi valor para conseguir apenas alzar la mano, como si de repente creyera que el tipo era mi profesor de matemáticas y tuviera que pedirle permiso para ir al baño justo antes de que me tocara salir a resolver el ejercicio crucial de la mañana.
—Yo —conseguí decir, con voz medio estrangulada por el miedo—. Yo soy quien…
— ¿Qué vas a querer? —interrumpió.
Bien. No era muy amable tampoco.
—Hum…, claro, sí. —Nerviosamente, volví a incorporarme hasta quedar sentada, y me hice con uno de los papelitos que había visto usar a Leon antes. Con el mismo bolígrafo que le quité a él con tanta torpeza como me fue posible, garabateé lo que sería mi tatuaje, y maldije interiormente estar tan tensa. Es decir, si yo ya era bastante mala en cualquier intento artístico, eso lo empeoraba todo aún más—. Quiero… esto.
Le enseñé al hombre el papel, y supuse que no era necesario aclarar que se trataba de un diseño secreto, porque no tenía pinta de estar deseoso de andar enseñándolo por ahí, ni de preguntar nada a su respecto. Volví a tumbarme en la silla, de lado, y señalé el lado derecho de mi cadera con un dedo tembloroso. Sentí que él me levantaba la camiseta de un tirón brusco, hasta la cintura, y el corazón me subió de un golpe a la garganta, como si, impulsado por aquella misma fuerza, también hubiera tomado envión y aprovechado la salida.
Si a mí se me ocurría abrir la boca, no se escaparía realmente ¿verdad?
Aunque lo que estaba haciendo fuera una completa locura.
Un sonido extraño captó mi atención, y alcé la mirada del suelo rápidamente, para ver qué era. En mi actual estado de alerta identifiqué que el aparatito que ya empezaba a deslizarse por el hombro de Leon era el responsable de aquello, y supuse que me convenía tranquilizarme.
Aunque aquella idea desapareció de mi mente en cuanto también me percaté de otro detalle.
—Sabía que así estaríamos más cómodos —oí decir a la rubia, desde su actual puesto.
Esto es, sentada de piernas abiertas al final de la espalda de Leon, que estaba boca abajo.
En menos de un segundo, la sangre me bulló en las venas como lava, e hice fuerza con los brazos para incorporarme, sin pensármelo dos veces. ¡¿Pero esto de qué iba?!
No obstante, me detuvo sentir un dolor agudo en la cadera, cuando empezaba a separar el cuerpo de la especie de sofá o silla reclinable en donde estaba, y me encontré con el rostro adusto de mi verdugo.
—No te muevas —«sugirió»—. La aguja ya está encendida, y puedo pincharte otra vez si no te quedas quieta. ¿Quieres un tatuaje, o no? Aquí estamos trabajando, no jugando ¿de acuerdo?
Asentí con la cabeza de forma casi imperceptible, obligándome a mantener la calma en vez de a irme de allí, y volví a tumbarme por tercera vez. Sentía la garganta ardiendo de pura rabia, y los ojos se me empañaron al tiempo que apretaba la boca con fuerza y clavaba la vista en el suelo.
¿Qué demonios se suponía que estaba haciendo yo…?
¿Y qué se suponía que estaba haciendo ella?
Como una última sentencia, y para ponerme más nerviosa aún, sentí algo frío mojarme la cadera. Seguramente, el algodón con cualquier tipo de desinfectante que usaran allí, antes de que la aguja hiciera su trabajo.
La imagen de una mano extendiéndose a unos cuantos centímetros de mí, casi tocando las baldosas, me hizo parpadear. Un par de lagrimones se escaparon con aquel gesto, pero, gracias a ello, todo se volvió un poco menos borroso y pude identificar que aquélla era la mano de Leon.
Antes de que mi cerebro decodificara las órdenes siquiera, mi cuerpo ya había actuado, y me había aferrado a ella y a su calor como a un salvavidas.
—Tranquila —dijo él por lo bajo, y su sonrisa fue lo primero con lo que me topé al volver a alzar un poco la vista—. En realidad, no duele nada.
De repente, el hormigueo en la piel pareció desaparecer, al igual que lo hizo aquel peso agobiante en el pecho, y el instinto asesino que se me había despertado en los últimos minutos de flirteos a mi novio.
En lugar de todo aquello, lo único que pasó a ocupar mi mente fue la imagen de esa sonrisa y los hoyuelos marcándosele a los lados de la boca. La certeza de que estábamos haciendo una tontería juntos y de que Leon estaba conmigo hizo que le diera una patada a mi cobardía, alejándola de mí, y quizá también otra, pequeñita, a mi sentido común.
Y también sonreí, apretando su mano un poco más y llenándome el cuerpo de cosquilleos.
¿A quién le importaba el sentido común?, y ¿a quién le importaban las rubias?


u.u Violetta celosa XD jejeje maraton!!

Jany