viernes, 22 de mayo de 2015

El Niñero 2 - Epilogo

Epílogo

*Narra Martina*

—¡Llegué! —era la voz Milagros.

—Hija —llamé al ver que entraba en la casa—, ven que te quiero presentar a alguien... —fui hacia la entrada y la tomé de la mano, la guié hasta la sala— Él es Nathan —le presenté al hijo de Carla y Christian, nos había comentado que le gustaba Milagros y a Jorge se le ocurrió la macabra idea de irnos de viaje, coincidía con uno de los lugares de su trabajo; no tardaríamos un tiempo mayor a 3 meses y para cuidarla le dijo a Nathan que podría ser su niñero, el chico entusiasmado aceptó... Y lo más loco fue que yo acepté ser cómplice de ese plan. Ella lo miró de pies a cabeza. Conocía esa mirada calculadora, más en cambio el chico le sonreía ampliamente— Él es el que se encargara de ti el tiempo en que estemos fuera —le había explicado una noche antes la situación, enloqueció mientras yo y mi marido la mirábamos divertidos. La mirada de Milagros se volvió en una de desprecio aunada con odio, pero el adorable chico no despejaba la enorme sonrisa.

Jorge bajó velozmente las escalera, se veía tan condenadamente sexy como siempre; llevaba el equipaje consigo. Nathan se ofreció a ayudarlo y Jorge aceptó. Subieron las maletas al auto del aeropuerto.

—Por favor, Mili, no quiero problemas; sigue las indicaciones de Nathan... —comentó Jorge. Si se preguntaban si el diálogo estaba ensayado, sí lo estaba; nuestra historia era la que le contábamos a Carly; mi pequeña hija de no más de 7 años, cada noche.

—Está bien, papá. Trataré de no incendiar la casa —dijo divertida.

—Bien... —le dio un beso en la frente y se metió en el auto. Me miró con complicidad mientras el vehículo avanzaba; luego un sentimiento de culpa se adueñó de mí.

—¿Y si el plan no funciona? —cuestioné angustiada colocando una mano en mi pecho— Recuerda que ellos no son nosotros, tal vez Mili termine por matar a Nathan por la noche.

—A Nathan le gusta ella, él se las arreglará —rió y abrazó a Carly quien estaba jugando con una de sus pulseritas rosas que traía en la mano— ¿Cómo está mi pequeña? —la puso sobre él y la acercó a su rostro.

—¡Bien! —alzó sus bracitos y lo abrazó por el cuello.

—Eres tan parecida a tu madre —besó su mejilla y luego me miró pícaramente.

—Dios sabe qué estás pensando —reí—. Ah no espera, creo que no quiere saber —dejó a Carly por el lado de la ventana y se acerco a mí.

—Tal vez sería pecado confesar mis pensamientos —susurró sensualmente cerca de mi oído.

—No cambias —arqueé una ceja.

— ¿Por qué debería de hacerlo? —me besó cortamente en los labios.

—No debes —esta vez lo besé yo—. Pero aún me preocupa Mili, creo que debo volver.

—Ella ya está grande, tiene 17 años —me recordó— ahora preocúpate por pasártela increíble, aunque recuerda que el viaje es de negocios.

—¿Pasármela increíble? —pregunté irónica— No creas que Carly no da lata, ¿eh?

—Se la paso por lo hermosa que es, idéntica a ti. Y más se parece Mili, son como dos gotas de agua. Y ni mencionemos el carácter, igual de testarudas y orgullosas —rió y yo lo miré severamente—. Nathan tiene suerte de que no sea celoso, pero a esta criaturita —le hizo cosquillas a Carly quien dejó de ver por la ventana para tratar de hacerle cosquillas a él—, con ella no será tan fácil que la deje ir.

—¿Por qué?

—Pues es mi bebé, mi segunda bebé —me besó nuevamente. Siempre se le daba lo tierno y cariñoso; algo más que solía amar de él. Después del incidente volvió a ser el mismo de siempre—. El fruto tuyo y mío. Otro milagro.

—Pues basta de milagritos, eh. Tú no descansas —lo reprendí, él hizo cara de perrito.

—¿Cómo vez, Carly? Tu madre me regañó —alzó a la niña y me la pasóa mí, sonreí.

—Mami, no degañes a papá. Él es niño dueno —reí más.

—¿Niño bueno? —Jorge me miró divertido— Seguro, seguro. Más con las travesuras que se le ocurren.

—Deja de quejarte. También fue tu idea darle un niñero.

—Pero no lo pensé bien. Quizás ahora estén dándole la vuelta a la casa —dije llevándome las manos a la frente— O peor...

—¿Qué? —cuestionó fingiendo terror.

—Deja de hacer eso —reí—. No lo sé —suspiré—. Está bien, trataré de relajarme y disfrutar al máximo esto.

—Así se habla —el vehículo llegó al aeropuerto. No estaba del todo calmada, era mi primera bebé y se me hacía difícil apartarme de ella. Jorge me abrazó por detrás y me dio un cálido beso en la mejilla. Seguimos caminando por los pasillos, Carly venía delante de nosotros bailando y cantando. Sin duda amaba a mi familia con todos sus integrantes.

¿Qué pasó con Christian y Carla? Pues tuvieron a Nathan y decidieron que sería el único niño, vivieron comidamente en una casa no muy lejos de la nuestra.

¿Qué pasó con Pablo y Diego? Pablo fue condenado a solo un año en prisión pero como tenía privilegio a fianza, Jorge se reconcilió con él y la pagó... Encontró el amor y ahora es novio de Giselle, una hermosa chica de cabellos rojizos. Diego tiene prometida, Clara Alonso; una chica perfecta para él, de mediana estatura y un cabello rubio hermoso.

¿Qué pasó con Charlie y Alice? Murieron en un accidente en un avión que iba camino a México... Está bien, no. Ambos fueron hallados en Guadalajara. Ahora están pagando todo en una cárcel de máxima seguridad... Y por cierto, Cindy, quien también era cómplice de Charlie también fue encontrada y ahora también paga por lo que hizo.

¿Qué pasó conmigo y Jorge? Compramos una casa, Jorge POR FIN hizo las paces con Christian, tuvimos otra pequeña a la cual nombramos Carly, y ahora criamos a Milagros y ella con todo el amor del mundo...

Momentos tan divinos que te regala la vida, a veces encontraremos altibajos en ella pero no debemos dejar de disfrutarla; cada momento es especial, cada momento es un recuerdo. No siempre se vivirá en un cuento de hadas. No todo se te dará en bandeja de plata, tenemos que luchar por conseguir lo que nos planteamos. Nadie dijo que vivir fuera fácil... nadie dijo que la lucha lo fuera; pero hay que afrontar las situaciones con la frente en alto. Porque aunque lo hagas de mala manera... al fin y al cabo terminarás la batalla.


FIN

Lloren conmigo, gracias a cada una de las files lectoras que me acompañaron en este hermoso recorrido.

Jany .Las amo!

Unreflecting - Capitulo 155

Capitulo 155

"Nadie puede abofetearme excepto tú"

Yo no sabía cómo reaccionar, aparte de con lágrimas. Me enjugué unas cuantas al darme cuenta de que tenía las manos libres.
Ahora comprendía lo que Anna había querido que viera. Era la canción más bella y conmovedora que jamás había oído, más intensa y emotiva que todas las que le había oído cantar. Todo mi cuerpo vibraba con la necesidad de consolarlo. Pero seguimos mirándonos a los ojos, él sobre el escenario, yo en el suelo frente a él.
Las admiradoras se movían impulsadas por su nerviosa energía, mientras los chicos esperaban a que León anunciara la próxima canción. Pero no lo hizo. Un extraño silencio cayó sobre el bar mientras él y yo seguíamos mirándonos sin decir palabra. Por el rabillo del ojo, vi a Maxi inclinarse hacia León, darle una ligera palmada en el hombro y murmurarle algo. León no reaccionó, sino que siguió mirándome con la boca entreabierta. Yo estaba convencida de que muchas de sus admiradoras me miraban preguntándose quién sería esa chica que había conseguido captar toda su atención, pero, por una vez, no me importó. Lo único que me importaba era él.
Por fin, la voz de Evan sonó a través de los altavoces.
—Hola a todos. Vamos a hacer una pausa. Hasta entonces... ¡Diego los invita a todos a una ronda!
El local estalló en aplausos al tiempo que algo pasó volando por detrás de León hacia donde estaba sentado Broduey frente a la batería. Las personas que me rodeaban prorrumpieron en carcajadas, pero yo apenas las oí.
La multitud se dispersó un poco, mientras tres de los D-Bags saltaron del escenario y se fundieron con ésta. Pero León no se movió. Me miró fijamente con el ceño fruncido. Los nervios se apoderaron de mí. ¿Por qué no saltaba del escenario y me tomaba en sus brazos? Su canción parecía indicar que me quería con locura, pero su comportamiento parecía desmentirlo.
Avancé un paso hacia él, decidida a aproximarme aunque tuviera que saltar sobre el escenario junto a él. Él desvió la vista y miró a la multitud que se había dispersado, y observé que su rostro registraba diversas emociones. Era casi como leer un libro: confusión, alegría, furia, dolor, felicidad y luego de nuevo confusión. Miró brevemente hacia abajo, se sorbió la nariz, bajó con cuidado del escenario y se situó ante mí. Mi cuerpo vibraba por el esfuerzo de no tocarlo. Se acercó, y nuestras manos, extendidas frente a nuestros cuerpos, se rozaron levemente. Sentí una especie de descarga eléctrica, y él contuvo el aliento.
Mirándome con una expresión entre sorprendido y angustiado, me enjugó con ternura una lágrima con el nudillo. Al sentir el contacto de su piel, cerré los ojos y dejé escapar un pequeño sollozo. No me importaba el atroz aspecto que probablemente presentaba, con los ojos hinchados y enrojecidos debido a las noches que había pasado en vela, el pelo alborotado, por más que mi hermana había tratado de arreglármelo, y vestida aún con mi atuendo de quedarme en casa recreándome en mi desdicha, consistente en un viejo pantalón de chándal y una camiseta de manga larga deshilachada. Nada de eso me importaba..., porque él me había tocado, y su caricia me hizo el efecto que me hacía siempre. Me tocó la mejilla y se acercó más, hasta que nuestros cuerpos se rozaban. Yo apoyé una mano en su pecho y emití un suspiro de alivio al comprobar que su corazón latía tan aceleradamente como el mío. Eso confirmaba que sentía lo mismo que yo.
Algunas de las fans que nos rodeaban no se percataron que estábamos compartiendo un momento íntimo y debieron de pensar que tenían todo el derecho de entrometerse. Abrí los ojos al sentir que algunas de las chicas me empujaban. León me rodeó los hombros con un brazo para sostenerme y me condujo a un lugar alejado de la multitud de admiradoras. La mayoría de éstas respetaron su gesto y lo dejaron en paz. Pero una rubia que estaba muy bebida lo interpretó como una oportunidad para acercarse a él con gesto agresivo y tomar su rostro en sus manos como si fuera a besarlo. Yo me enfurecí, pero, antes de que pudiera reaccionar, León se inclinó hacia atrás y retiró las manos de la descarada joven de su rostro. Acto seguido la apartó de un empujón.
Yo me volví para mirarlo y él me miró a mí. Jamás lo había visto apartar a nadie de un empujón, y menos con tanta rudeza. A la chica no le hizo ninguna gracia. Observé de refilón que miraba a León con rabia y, cegada por el alcohol, levantó la mano en una maniobra que me resultó más que familiar. Extendí la mano automáticamente y la sujeté por la muñeca antes de que pudiera propinar un bofetón a León. Sorprendido, él se volvió hacia ella, percatándose de que había estado a punto de volver a ser abofeteado.
La mujer me miró atónita, con una cómica expresión de sorpresa. Supuse que quizá se abalanzaría sobre mí, pero se sonrojó hasta la raíz del pelo y se soltó con brusquedad. Claramente avergonzada por lo que había estado a punto de hacer, retrocedió con timidez y desapareció entre la multitud.
Oí a León reírse por lo bajo junto a mí y, al volverme, observé la pequeña sonrisa que se pintaba en sus labios y la expresión de ternura en sus ojos. Hacía tanto tiempo que esa expresión había desaparecido de mi vida que al verla experimenté una punzada de dolor. Lo miré sonriendo y la ternura en sus ojos se intensificó. Luego indicó con la cabeza el lugar por el que la chica había desaparecido y comentó con tono burlón:
—Nadie puede abofetearme excepto tú.
—Desde luego —declaré con vehemencia. Él se rió de nuevo y sacudió la cabeza con un gesto adorable. Luego me puse seria y pregunté—: ¿No podemos ir a algún sitio donde no haya tantas... admiradoras tuyas?
Él también se puso serio y me tomó de la mano. Me condujo hacia el pasillo, sorteando con gran habilidad al resto de las admiradoras que se agolpaban a su alrededor, y entramos en él. Me puse nerviosa temiendo que quisiera llevarme al cuarto del personal. Éste contenía demasiados recuerdos. Estaba demasiado aislado, era demasiado discreto. Entre nosotros había demasiada pasión. En esa habitación podían pasar muchas cosas, y teníamos demasiadas cosas de que hablar.
Quizá intuyó mi reticencia, quizá comprendió que teníamos que hablar, quizá no se había propuesto conducirme allí; sea cual fuere el motivo, se detuvo en el pasillo, antes de alcanzar la puerta del cuarto, y yo me apoyé en la pared, aliviada y perpleja.

ULTIMOS CAPITULOS!!!

EL MIERCOLES VOY AL VIOLETTA LIVE!!

Jany

Espero que les aya gustado

Acto De Iniciación - Capitulo 42


CAPITULO 42; DEJAME DEMOSTRARTE



(Violetta)
Tac, tac, tac, tac. La punta y el extremo opuesto de mi lápiz iban y venían, chocando alternativamente contra la mesa, en un intento desesperado por distraerme. Apenas podía considerar el blanco de la hoja frente a mí, u oír el golpeteo de la lluvia al otro lado de la ventana.
Sentía sus ojos clavados en mí desde hacía horas.
Y he de aclarar que jamás conocí a nadie, en toda mi vida, que tuviera el poder de hacerte sentir como si te atravesaran el cerebro con sólo mirarte.
—Quedan siete minutos.
La voz de la profesora me sobresaltó, pero pronto volví a mi mundo, olvidando por enésima vez las cuestiones de números. En mal momento se le había ocurrido a alguien cambiar el dichoso examen de matemáticas para dentro de cuatro días; es decir, precisamente hoy. Precisamente un día en el que yo podría concentrarme menos que nunca.
Un diecinueve de Diciembre cualquiera.
Señor ¿por qué tenía que estar viva un día como éste? Y, aclarando, no es que tenga nada en contra del número diecinueve, ni tampoco en contra del mes de Diciembre. Es simplemente un tema de asociación de ideas. De saber que, un día como hoy, dieciocho años atrás, quien acabaría siendo el peor de mis sufrimientos acababa de nacer.
Suspiré, todavía sintiendo los cuchillos de hielo en la nuca.
Por favor ¡que deje de mirarme!
Desesperada, me levanté de mi asiento y agarré las dos hojas que había necesitado para la prueba. La primera, con los ejercicios sacados directamente de la fotocopiadora; la segunda, llena de mis propios mamarrachos y operaciones probablemente sin sentido. Hoy ni siquiera me quedaba la estúpida esperanza de otras veces, en las que permanecía hasta el último momento licuándome el cerebro, intentando sacar alguna conclusión acertada a la pila de ejercicios para resolver. Hoy lo único que quería era huir de allí lo antes posible.
La profesora me miró con algo de resignación cuando yo le tendí mi pobre examen, pero, afortunadamente, fue sensata y no me insistió con los típicos comentarios acerca de que aún me quedaba algo de tiempo para corregir los errores, o si de verdad había revisado bien todo. En lugar de ello, me permitió dar media vuelta y dirigirme otra vez a mi pupitre, tan sólo para agarrar mis libretas, mi estuche y el papel que había usado como borrador y tendría que tirar antes de salir.
Fui lo suficientemente cuidadosa como para no echar ni una sola mirada hacia el pupitre detrás del mío durante todo el proceso, y, en cuanto me cercioré de que tenía todo, rápidamente salí de la clase, volviendo a cerrar la puerta tras mis pasos.
Una corriente de alivio me recorrió el cuerpo, haciéndome suspirar, pero no me detuve a relajarme. No me convenía bajar la guardia, quedarme tan cerca de la zona peligrosa y confiar en que el dolor de cabeza era como un certificado para impedir cualquier catástrofe, porque sería correr un riesgo exagerado.
Nerviosamente crucé los pasillos, dirigiéndome a la cafetería. Necesitaba calmar un poco los latidos dentro de mi cabeza, así que pediría una aspirina o un té, con la esperanza de que aquello me aliviara un poco…
Si es que sacudirme de encima el recuerdo de una mirada tan penetrante como la de Leon resultaba tan estúpidamente sencillo.
Grande fue mi desilusión al encontrarme con aquel anuncio colgando de la puerta de la cafetería, y hubo otro tanto de mí que me reprochó no haber recordado que, como estaban haciendo reparaciones, permanecería cerrada hasta al menos la semana siguiente. Por supuesto, yo ya había leído el mismo cartel un mínimo de cinco veces en el mismo día. Y supongo que no es necesario explicar que mi despiste crónico había aumentado hasta límites insospechados, de aquí a poco menos de una semana para atrás.
Mis pasos se volvieron pesados cuando tuve que resignarme a la idea de soportar la jaqueca al menos durante un buen tiempo más, e intenté distraerme con las imágenes sombrías al otro lado de las ventanas del pasillo solitario. El cielo continuaba tan gris que hasta pasaría por negro, y el agua no dejaba de caer, abnegando el patio y haciendo que los estudiantes que recién ahora se iban tuvieran que marcharse corriendo, refugiándose como podían bajo paraguas o incluso bajo mochilas y maletines.
Como yo me había dejado el paraguas en casa, preferí esperar hasta que la tormenta cesara, o al menos cediera y amainase un poco. La verdad, no resultaba muy alentadora la idea de tener que volver a casa mojada de pies a cabeza, por… milésima vez.
Sin saber muy bien adónde ir, pasé junto a las puertas de todas las aulas del piso de abajo, junto a la sala de informática, las escaleras de emergencia, la enfermería y la biblioteca, que estaba tan vacía como todos los demás rincones del instituto.
Y fue justo al quedar junto a la puerta del salón de actos que oí unas voces familiares, y me detuve en seco, sin acabar de entender lo que veía. Incluso parpadeé varias veces, para sacarme la duda de si era o no cosa de mi imaginación, pero ellos siguieron ahí, tan cercanos el uno al otro.
Para que no me descubrieran, en caso de que a alguno se le ocurriera darse la vuelta y mirar justo en mi dirección, pegué la espalda contra el marco de la puerta abierta del salón de actos, asomando apenas un poco la cabeza por encima de mi hombro.
—Deberías habérmelo dicho antes —oí susurrar a Francesca, probablemente, gracias a lo solitario del paraje. Ella acarició la mejilla masculina, y él cerró los ojos antes de dejar caer el peso de su cabeza sobre aquella mano. Por mi mente cruzó la pregunta de si estarían ambos aquí desde el momento en que habían entregado sus respectivos exámenes, mucho antes que yo o que cualquiera de los demás—. Siempre estabas tan distante que yo no podría haberlo adivinado. Me evitabas tanto que… llegué a creerme tu papel. ¿Por qué no hablaste conmigo? ¿Por qué esperaste tanto?
—Tenía miedo. Después de lo que te hice, no creí que fueras capaz de perdonarme. Te mentí tantas veces que…
Francesca lo acalló arrastrando el dedo índice hasta sus labios, y él abrió los ojos instantáneamente.
—Ya he pasado mucho tiempo dolida por esas cosas, Marco —interrumpió suavemente. Por su tono, no me costaba saber que no estaba enfadada—. Pero no me atrevería a llamarte mentiroso. —Él la miró con asombro, y mi prima amplió un poco su sonrisa—. Entiende que cada cosa que hiciste no fue ningún misterio para mí, y que, si decidí involucrarme contigo, no fue ilusionándome con tonterías. Sabía lo que esperabas a cada momento, y, cuando te lo di, tampoco confié en que te transformaras de repente en un Príncipe Azul. Únicamente tendría el derecho a considerarte un mentiroso si yo no fuera consciente de ninguna de tus intenciones.
Yo me negué a bajar la cabeza y ahogarme en el dolor que me provocaría pensar demasiado en la razón que Francesca tenía al definir a un mentiroso, y continué escuchando secretamente, desde mi puesto, a unos cuantos metros de ambos. Sentí a Marco suspirar muy levemente, y luego responder:
—Incluso sin haberte mentido, no me porté de la mejor forma.
Francesca parecía demasiado paciente y feliz, incluso hablando de algo como aquello. Me pregunté de dónde sacaría la fuerza de voluntad, y si no tendría un poco de más para prestarme a mí.
—Ciertamente, no —dijo.
—Por eso quería pedirte perdón —continuó él—. No me di cuenta de lo que te había hecho hasta bastante después. Fui un…
—Insensible. Lo sé.
—Y te traté casi como a una…
—Puta.
—Además de que nunca te dije que…
—Me querías.
—Porque…
—No lo habías pensado siquiera.
Él parpadeó, pero insistió una vez más:
—Y me acosté con un montón de chicas, incluso cuando estaba saliendo…
—Conmigo.
La expresión relajada del rostro de Francesca era completamente increíble, tanto que dudaba si estaría siendo completamente sincera. Es decir ¿de verdad podía estar ella incluso al borde de las risas, en un momento como éste? ¿Por qué todo parecía apuntar a que sí?
Hasta Marco estaba pasmado.
— ¿Y te crees que no son motivos suficientes como para tener miedo a hablar contigo, para pedirte perdón, o para lo que sea? —preguntó—. ¿Por qué no te parece que es normal haber tardado tanto?
—Porque todo eso es agua pasada, y porque estás siendo sincero. ¿Qué motivos puedo tener yo para rechazarte ahora? —Para el completo asombro de los dos, ella acabó abrazándolo, enterrando el rostro en su pecho—. Si me hubieras contado todo esto antes, me habrías ahorrado mucho dolor, porque me pasé demasiados días convenciéndome de que no ibas a quererme nunca y que me convenía desenamorarme de ti para no sufrir más.
—Lo… lo siento —tartamudeó Marco.
Francesca negó con la cabeza.
—Ya no tiene importancia —dijo, tan bajito que casi no la oí—. Te he estado echando muchísimo de menos. ¿Puedes abrazarme también? Y después quiero un beso.
En cuanto vi que las manos temblorosas de él se separaban de ambos costados de su cuerpo, para dirigirse a la cintura de Francesca, me percaté de que era todavía menos apropiado que antes estar espiándolos. Fue por eso mismo que me escabullí al interior del salón de actos, entornando la puerta con el menor ruido posible, intentando no alertarlos, y me acerqué al lado opuesto de la habitación para encender las luces.
Dejé las libretas encima de una de las tantas sillas que había frente al escenario, y miré todo aquel panorama con nostalgia, recordando todas esas obras de teatro en las que había participado, y la cantidad de trajes que mi prima había confeccionado para mí, en cada una de esas ocasiones.
Como un pequeño rayo de sol colándose por una rendija, recordé la sonrisa de Francesca y me encontré a mí misma sonriendo levemente, tanto como me era posible. Y no dejé de sentir aquella agradable sensación en el pecho, el primer atisbo de alegría en tanto tiempo, mientras tomaba asiento y mi vista ahora se perdía en el cristal salpicado de la ventana.
Me alegro por ti, mi querida Francesca. No te mereces menos que ser feliz.

(Leon)
— ¿Se encuentra bien, Vargas?
Miré a la extrañada profesora y procuré asentir con la cabeza.
— ¿Por qué no debería de estarlo?
—Es que —dudó— generalmente no tarda tanto en terminar los exámenes, y, como nos avisaron de que estuvo ingresado en el hospital hasta ayer… ¿Está seguro de que no quiere pasarse por la enfermería?
Suspirando, me levanté de la silla, firmé las hojas con lo que había podido resolver, y se las entregué.
—No se preocupe —pedí—, no es nada. Si me dieron el alta es porque ya estoy mejor.
Dibujé una sonrisa que a mí se me hizo falsa, pero la profesora, una chica que no sobrepasaría los treinta años y que se encargaba de suplir a nuestro acostumbrado educador desde hacía unos dos meses, no pareció notar el detalle. En vez de reclamarme ser un poco más sincero, o algo por el estilo, se le encendió el rostro, desvió la mirada y luego acabó dándose la vuelta y avanzando hacia su escritorio, desde donde jamás volvió a mirarme.
Yo aproveché para guardar mis cosas en la mochila y salir de allí tan rápidamente como pude, echando un último vistazo a un aula en la que tan sólo quedaban cuatro alumnos, muy concentrados, y una docente un tanto sensible todavía al asunto hormonal.
Ciertamente, estuve ingresado en el hospital hasta ayer, domingo, y Violetta pasó cada una de las tardes conmigo. Cada vez que el reloj pegado a la pared blanca marcaba las cinco, a mí comenzaban a sudarme las manos y mi impaciencia empeoraba progresivamente, hasta que la veía entrar a la habitación y tomar asiento en una silla que siempre colocaba a los pies de mi cama. Normalmente, sin hacer nada más que mirar a la nada o entretenerse leyendo algún libro.
Su actitud siempre era seria, serena y callada, y me instaba a hacer lo mismo, incluso cuando, en algunas ocasiones, a mí me daba el impulso de comenzar alguna de las conversaciones que me inundaban la mente, o al menos empezar a pelear otra vez. Sin embargo, como sabía lo poco que me convenía eso, y como también reverberaba en mi cabeza su petición de no hablarle más sobre el problema que todavía no se solucionaba entre nosotros, me esforcé por respetarla y guardar silencio.
Guardar silencio, hasta que ella ya no se sintiera acorralada en un hospital y con el «deber moral» de cuidarme. Porque Violetta únicamente podía haberse referido a que yo no la incordiara con el tema durante sus silenciosas visitas ¿no? Al menos, así me gustaba interpretarlo a mí. No era como si me resultara alentador creer que no contaba con la posibilidad de que ella me escuchara, aún sin estar presionada por las circunstancias y creyendo que yo me aprovechaba de su preocupación.
Paseé rápidamente por el camino que probablemente Violetta habría hecho —dudaba que estuviera escondida en algún rincón remoto—, revisando tras cada una de las puertas cerradas, topándome con el mismo panorama desierto.
La había estado buscando todo el día, pues ella se había molestado lo suficiente en esquivarme y huir de mí como de la peste. Pero yo estaba decidido a intentarlo una vez más, aunque fuera la última, y soltarle todo lo que pensaba incluso si ella se emperraba en querer hacerme creer que no le interesaba, o si me tomaba cien años encontrarla entre los oscuros pasillos del instituto.
Fue justo cuando abrí una de las puertas entornadas, en el piso de abajo, que me la encontré a ella, Violetta, la chica que amo, de pie, con la espalda apoyada contra la ventana y los ojos cerrados.
Preparándome, tomé aire. Los puños se me apretaron prácticamente solos, y los martillazos dentro del pecho se volvieron tan fuertes que me pregunté si de verdad sería el único capaz de oírlos. Temblaba de miedo.
Pero era hora de la verdad.
(Violetta)
Habían pasado unos pocos minutos de paz cuando, de repente, me sentí observada en una certeza que me advirtió de lo peor, y que se confirmó en el mismo momento en que me atreví a abrir los ojos y lo descubrí allí, en el umbral de la puerta, inmóvil y con los ojos de hielo ardiente clavados en mí. Igual que dos cuchillos revolviéndome las entrañas sin ningún tipo de piedad.
Al igual que durante toda la mañana.
Tiritando, me esforcé por ignorarlo y decidí que lo mejor sería continuar huyendo, de modo que separé la espalda de la pared y caminé a paso seguro y rígido hacia la misma silla en donde había dejado mis libretas antes. Procuré fingir tranquilidad en todo momento, pero mi teatro se vino abajo de la misma forma en que lo hicieron, literalmente, la mitad de las cosas que intenté sostener y llevarme de allí.
Aquello aumentó enormemente mi nerviosismo, y el siguiente movimiento fue del todo involuntario: necesité saber si él se había percatado, así que moví la cabeza en su dirección.
El peor error del día. Leon debió de haberse sentido poderoso.
En menos de lo que canta un gallo, lo tuve frente a mí, imponiéndose con todo su porte magnánimo y mareándome con la ausencia de su sonrisa. Porque fue en ese mismo instante que me di cuenta de lo mucho que la echaba en falta.
—Vete —conseguí murmurar—. Sabes que no quiero tenerte cerca, a menos que sea por algo importante e inevitable.
—Esto es importante e inevitable —refutó, aparentemente tranquilo. Quizá días atrás, yo habría pensado que, por la forma en que me miraba, o por cómo apretaba los puños, en realidad no lo estaba tanto. Pero ahora mismo yo lo único que podía saber era que no había llegado a conocerlo nunca—. Quiero que me escuches.
Yo me defendí.
—Ya he escuchado mucho.
Pero él también.
—No lo suficiente.
—No quiero escucharte.
No pude evitar que me tomara por las muñecas, ni que lo poco que aún sostenía entre mis brazos cayera al suelo estrepitosamente, llenando con sus ecos todo el salón de actos. El cuerpo de Leon estaba tan cerca del mío que nuestros pechos se tocaban con cada porción de respiración entrecortada.
—Suéltame —pretendí exigir.
Pero aquello fue un ruego. Y él tuvo que saberlo.
—No —dijo—, hasta que pueda darte mi versión. No he vuelto a tocar el tema, durante todos esos días en el hospital, porque me pediste que te respetara y dejara de humillarte. ¿Crees que me aprovechaba de que estuvieras allí para hacerte sentir peor? Pues créelo, si te da la gana, pero ahora que no estás obligada a cuidarme y yo no puedo sacar partido de ello y burlarme de ti, me oirás. —Su tono autoritario consiguió amedrentarme, y me encogí cuanto pude, deseando interiormente que me soltara. Leon agudizó su expresión todavía más, y se acercó otro poco—. ¡Maldita sea, no tienes por qué tenerme miedo! ¿Cuándo te he hecho daño?
Antes de poder controlarme, le respondí con todo el dolor acumulado en mi corazón:
— ¡Te parece que no me has hecho daño! Y ¿cómo le llamas a usarme así y a mentirme?
Su rostro se transformó, suavizándose. Yo evité interpretar la sombra en sus ojos y el tono casi quebradizo de su voz cuando volvió a hablar.
—Es cierto lo que les oíste decir a Marco y a los demás —declaró. Yo intenté zafarme de su agarre. ¡No quería oír nada sobre eso! ¿Qué esperaba, que lo aplaudiera? ¿Por qué demonios tenía que insistir tanto, si ambos sabíamos ya lo que había ocurrido?—. Hace como tres meses, hicimos una especie de apuesta para estrenarme, y te elegimos a ti como blanco. Fue por eso que intenté acercarme a ti la primera vez, y todas las demás, de aquella forma. Te coqueteé como pude, esperando poder conseguir lo que quería cuanto antes, y cuando me rechazaste la primera vez me encapriché todavía más. Supongo que no habría llegado tan lejos si no estuviera tan furioso contigo. ¡No, por favor, estate quieta! No voy a dejar que te vayas. Tienes que saberlo. Cuando fuiste a vivir conmigo esos seis días…
—Cambió todo —ironicé, en medio de una carcajada amarga. Que no me dejara irme me estaba sacando de mis casillas, y me prohibía guardar silencio—. Te diste cuenta de que estabas equivocado, y de que me amabas locamente…
Leon me interrumpió con una ligera sacudida.
—Fue entonces cuando empecé a enamorarme de ti realmente. Antes de eso, no sentía mucho. Le habías dado un buen golpe a mi orgullo, y quería vengarme por eso. Me gustabas físicamente, te deseaba otro poco, pero no te conocía ni pretendía hacerlo. No significabas nada para mí, aparte de lo que mataría mi curiosidad por el sexo. Algunas veces tan sólo me creabas remordimientos, y otras era simple pena. —Sus palabras me lastimaron tanto que tuve que morderme la lengua, buscando sentir algún dolor diferente. Y, como no tuve fuerzas para sostener su mirada ansiosa, mis ojos escaparon hasta el suelo—. Pero nos hicimos amigos cuando lloraste en casa por culpa de Tomas y yo me di cuenta de que no iba a seguir intentando conquistarte. Me encariñé contigo y quise cuidarte de todos, incluso cuando todavía me creía capaz de hacerte daño. Pero no era cierto. Ya no podría haberte hecho nada. El rito, apuesta o como quieras llamarlo, dejó de importarme. Empecé a fijarme más en quién eras realmente, y fue cuando te vi. Te vi, Violetta. Y me gustaste demasiado.
Los ojos me ardían tanto como la garganta, y sentía como los arañazos en el pecho sangraban más y más, abriendo heridas nuevas y viejas. No podía entender ni mucho menos aceptar lo que me estaba diciendo.
—Cállate —supliqué—. No quiero que sigas…
— ¡Basta, tienes que creerme! —acució—. ¡Sabes que te digo la verdad! ¡Me conoces más que cualquiera, no puedes pensar que te estoy mintiendo! Violetta —pareció serenarse un poco, y sentí su boca rozar mi piel al hablar—, por favor, créeme. Te quiero de verdad. Y ¿quién va a poder verte como lo hago yo? Fuiste mía. —Su rostro descendió unos cuantos centímetros, y su boca tanteó hasta dar con la mía en un montón de besos breves que a mí me hicieron cerrar los ojos por instinto. Sabía que eso estaba siendo demasiado para la pobre fuerza de voluntad que me restaba—. Sigues siéndolo —añadió, y sus manos liberaron mis muñecas para colocarse en mis mejillas y alzarme la cara. Supuse que podría verlo, pero no abrí los ojos—. No puedo… dejarte ir…
— ¡No soy… tuya! —protesté, con los ojos inundados de lágrimas y la sensación de impotencia descalabrándome. Su calor me estaba haciendo demasiado débil. ¿Por qué de pronto ya no sabía escapar?—. ¡He estado con otro chico hace…!
No conté con que Leon aprovechara que yo hubiera abierto la boca para quejarme, pero pronto sentí lo que era un beso real. De aquel modo que recordaba; el mismo que hacía mi alma flaquear y mi cuerpo querer derrumbarse entre sus brazos.
Y, en un arrebato de sincera estupidez, yo sólo pude corresponderle.
Capturé sus labios y tiré de él, pasando mis brazos alrededor de su cuello. Lo sostuve contra mí, después de y entre tanto dolor, mientras no dejaba de saborear el Paraíso. Y recordé, sin que hiciera auténtica falta, que ningún otro beso se le podía comparar, porque ningún otro beso era suyo.
Aun sabiendo que se estaba apasionando más y más, me permití deslizar mis manos por su cuello y su espalda, entendiendo por qué, cada vez que repetía ese gesto, yo me sentía en las nubes.
Y si era mentira la forma en que acariciaba tan amorosamente mi interior, no me importaba.
Pasaron demasiados segundos hasta que nos separamos para respirar, pero cada uno se me hizo vitalmente necesario. Su mirada vidriosa se encontró con la mía cuando decidí abrir los ojos, y el corazón me dio un vuelco en el pecho.
—Te quiero conmigo —susurró, con la voz ronca. Yo no pude controlarme y nuevamente me permití delirar con el calor de su boca, en cuanto mis labios la reclamaron con urgencia. Leon llevó, no sé cuándo, sus manos hasta mi cintura y me aferró con fuerza mientras continuábamos devorándonos el uno al otro. Rompió la unión tan sólo lo suficiente como para poder volver a hablar—. Te necesito conmigo. No me importa que hayas estado con alguien más. Sé que no significó nada.
¿Por qué no podía dejar de tener razón?
— ¿No te das cuenta de que nos pertenecemos? —insistió.
Y volvió a incendiarme con un beso.
Me hizo retroceder hasta que choqué con las sillas, y acabé recostada sobre una hilera de ellas, con Leon encima. Cuando su pierna estuvo justo entre las mías, incitándome a separarlas y su rodilla acariciando cuanto encontrase a su paso, yo enredé los dedos en la chaqueta negra de su uniforme, enferma de pasión y necesidad.
Sus manos treparon por mis muslos, subiendo la falda. Nuestras caderas entraron en contacto cuando se agazapó completamente, e incluso subió una de mis piernas hasta la altura de su cintura, sujetándola con fuerza.
Únicamente entonces sus labios dejaron de provocar a los míos, y de nuevo me encontré con sus ojos.
—No sé cómo hacer que me creas —dijo despacio—. ¿Cuántas veces necesitas que te diga que te quiero?
Lo miré fijamente durante un tiempo indefinido, jurándome a mí misma que sería la última vez en que estaría tan cerca de él como para poder sentir el calor de su respiración, o diferenciar todas y cada una de las tonalidades que formaban aquella mirada tan intensa.
Quería confiar en él. De verdad que quería confiar en él, pero ¿cómo iba a hacerlo?
—No hay ninguna manera, Leon. Yo ya no puedo creerte.
¿Estás segura de eso?
Luchando conmigo misma más que con su propio peso, conseguí apartarme de un empujón un tanto brusco para conseguir enderezarme, y me acomodé la ropa mientras le daba la espalda.
Rápidamente quise comenzar a andar y luego correr, pero Leon me agarró la muñeca antes de que pudiera hacer cualquiera de las dos cosas.
—Deja que te haga el amor, Violetta. —Su aura me rodeó antes que sus brazos, que me encerraron delicadamente contra su pecho. Tuve que hacer un esfuerzo por no derretirme allí mismo, ante sus palabras, y lamenté miles de veces que él tuviera tanto poder sobre mí. ¿Había aprendido dónde y cómo golpear para que doliera más, luego de pasar tanto tiempo conmigo, o era algo que le salía natural?—. Quizá sea ésa la forma correcta de demostrártelo. Cada una de las veces en las que te quito la ropa —enterró la nariz en mi cuello y una de sus manos comenzó a trepar por mi abdomen, subiéndome la camisa—, cada una de las veces en las que te acaricio, cada una de las veces en que te hago mía, te estoy demostrando lo mucho que te quiero. Que te necesito. —Me besó el cuello—. Que quiero cuidarte y que quiero tenerte únicamente para mí, porque nadie va a quererte, necesitarte o cuidarte tanto como yo.
—Por favor —rogué, y me di cuenta de que estaba llorando—, permite que me vaya.
Él me abrazó con más fuerza.
—No me dejes.
A mí se me quebró el corazón. Jamás lo había oído decirme…
—Me estás matando.
No entendí muy bien de dónde había sacado yo la fuerza para confesar, aunque fuera apenas un lamento disfrazado de palabras, aquello. Pero supe que había dado justo en el clavo, porque los brazos de Leon dejaron de hacer presión y poco a poco me fui librando de su agarre.
Sólo intentas escapar del dolor. ¿Qué crees que le estás haciendo a él?
Me separé de Leon apenas me vi capaz, en una distancia de seguridad, y entonces me llegó su murmullo:
—Es… tu decisión. Si de verdad es lo que quieres, yo…
Sequé las lágrimas de mi rostro con el puño de la camisa, y me giré a mirarlo. Descubrí que, aunque estaba de pie, se desmoronaba en sí mismo. Sus ojos…
Me obligué a detenerme.
—No es lo que quiero —aclaré—. Es lo que necesito. Que te alejes de mí. Que no vuelvas a buscarme más. Sólo consigues lastimarme con las cosas que dices.
Él se quedó inmóvil, pero finalmente bajó la cabeza.
—Entiendo —dijo.
—Lo siento por los dos. —La voz me salió tan resquebrajada que tuve que esperar unos segundos más para tomar aire y tragar saliva—. Nos estamos jodiendo de verdad con todo esto. Y ya no hay nada que hacer.
Lo último que vi, al salir y echar una casi inexistente mirada desde el pasillo, fue a Leon sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una de las sillas, y la cabeza tan gacha como antes.
Pero no volví atrás. 

Lloren conmigo T.T 
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Jany

martes, 12 de mayo de 2015

Unreflecting - Capitulo 154

Capitulo 154

"Verlo De Nuevo"

Anna salió del baño mientras yo aspiraba el olor de la butaca y, sintiéndome como una estúpida, dejé caer las manos sobre mi regazo y me puse a mirar de nuevo a través de la ventana.
—¿Estás bien, Vilu? —preguntó con tono quedo.
—Perfectamente, Anna.
Ella se mordió sus perfectos labios pintados de rojo y me miró como si quisiera decir algo. Luego meneó la cabeza y dijo:
—Puesto que vas a quedarte aquí, ¿te importa prestarme el coche?
—No. —Se lo dejaba a menudo cuando lo necesitaba, y, aparte de cogerlo para ir al trabajo y a la universidad, yo apenas lo utilizaba.
Ella suspiró y, acercándose, me besó con dulzura en la cabeza.
—No te pases toda la noche regodeándote en pensamientos tristes.
Alcé la vista y le sonreí con afecto.
—De acuerdo, mamá.
Ella se rió de forma encantadora y tomó las llaves de la encimera de la cocina. Luego, me dio las buenas noches apresuradamente y salió sin coger una chaqueta. Mientras la observaba sacudiendo la cabeza con gesto de desaprobación, pasé los dedos sobre el tejido de la butaca, preguntándome qué debía hacer.
Pensé por un momento en llamar a Tomas. La diferencia horaria entre Madrid y nosotros es de siete horas de adelanto allí, y Tomas estaría en plena tarde del sábado. Probablemente atendería la llamada a esa hora, pero yo no tenía muchas ganas de hablar con él. No es que tuviera ningún problema en llamarlo; hablábamos con frecuencia y habíamos alcanzado la fase de exnovios amigos. No, lo que me hacía dudar era el hecho de que el mes pasado me había dicho que salía con una chica. Al principio, me dolió; luego, me sorprendió que me contara algo tan personal, pero por fin me alegré por él. Era natural que saliera con chicas. Que fuera feliz. Era demasiado maravilloso para no encontrar la felicidad.
En sus siguientes llamadas me había contado algunos detalles de su relación con esa chica, y la semana anterior seguían juntos y todo iba viento en popa. Yo sabía que le convenía, y en parte me alegré por él, pero esa noche me sentía sola y no quería que el tono alegre de su voz me recordara lo desdichada que me sentía. Por lo demás, no le convenía recibir llamadas de su exnovia en fin de semana si salía con otra chica. Y probablemente estaría en ese momento con ella, jugando en el mar o tumbados en la playa. Durante unos instantes, me pregunté si en ese momento se estarían besando. Luego, pensé en si se habrían acostado juntos. Sentí una patada en el estómago y traté de no pensar en ello. Daba lo mismo si se acostaban o no, puesto que él y yo habíamos roto como pareja. Aunque eso no significaba que la idea me hiciera gracia.
Terminé instalándome en la butaca de León cubierta con una mullida manta, mirando una película tristísima en la que el protagonista muere y todo el mundo le llora, pero lo soportan con estoicismo para que el sacrificio del héroe tenga sentido. Yo estaba deshecha en lágrimas antes de la escena de su muerte.
Tenía los ojos enrojecidos y llorosos y la nariz me moqueaba como un grifo cuando de golpe la puerta de mi apartamento se abrió. Me volví rápidamente hacia la puerta, alarmada, y fruncí el ceño, perpleja, cuando vi entrar a mi hermana.
—¿Estás bien, Anna? —Se acercó a mí y, sin decir palabra, me obligó a levantarme de la butaca—. ¡Anna! ¿Pero qué...?
Me detuve mientras me arrastraba hacia el cuarto de baño. Me lavó la cara, me pintó los labios y me cepilló el pelo, mientras yo balbucía una pregunta tras otra y trataba de detenerla. Pero mi hermana no se rendía fácilmente, y antes de que pudiera darme cuenta me había maquillado y peinado y me empujaba hacia la puerta de entrada.
Cuando abrió la puerta, comprendí que me estaba raptando. Protesté y me agarré al marco de la puerta. Ella suspiró y la miré irritada. Por fin, se inclinó hacia mí y dijo con firmeza:
—Quiero que veas algo.
Sus palabras me confundieron hasta el punto de que dejé caer las manos. Por fin, consiguió sacarme del apartamento y me condujo hacia el Honda de Tomas mientras yo protestaba y hacía un mohín de disgusto. No quería ir a bailar con ella. Quería regresar a mi cueva de perpetuo duelo y terminar de ver la lacrimógena película. Al menos, en comparación con ésta mi vida parecía de lo más alegre.
Ella me obligó a sentarme en el coche y me ordenó que no me moviera. Yo suspiré y me recliné contra el asiento que me resultaba tan familiar, deseando que me recordara a Tomas, y alegrándome de que hubiera desaparecido del vehículo todo rastro de él. Ahora estaba repleto de barras labiales, cajas de zapatos vacías y un uniforme de repuesto de Hooters.
Crucé los brazos y puse cara de pocos amigos mientras mi hermana se sentaba al volante y partíamos. No tomó por ninguna de las calles que llevaban hacia el Square, donde se hallaban la mayoría de los clubes, y empecé a preguntarme adónde diantres íbamos. Cuando enfilamos una calle que me resultaba tan familiar que sentí un dolor en el pecho, el pánico se apoderó de mí. Sabía exactamente adónde me llevaba esa noche de viernes.
—No, Anna, por favor. No quiero ir allí. No quiero verlo, no quiero escucharlo. —La agarré del brazo y traté de girar el volante, pero ella me apartó de un manotazo.
—Cálmate, Violetta. Recuerda que ahora me encargo yo de pensar por ti, y quiero que veas algo. Algo que debí enseñarte hace tiempo. Algo que incluso yo espero que un día... —No terminó la frase y siguió mirando a través del parabrisas, casi con gesto de nostalgia.
La expresión de su rostro era tan chocante que dejé de protestar. Sentí de nuevo un dolor en el pecho cuando entramos en el aparcamiento del bar de Pete. Ella apagó el motor y yo contemplé el Chevelle negro que me era tan familiar. El corazón me latía con furia.
—Tengo miedo —murmuré en el silencio del coche.
Ella me tomó la mano y me la apretó.
—Estoy aquí contigo, Vilu.
Me volví y contemplé su rostro increíblemente bello y sonreí al ver el cariño que traslucían sus ojos. Asentí con la cabeza, abrí la puerta con mano temblorosa y me bajé del coche. Ella se colocó junto a mí al instante y, tomándome de la mano con fuerza, me condujo a través de la puerta de doble hoja que nos invitaba a entrar.
Yo no sabía qué iba a encontrarme. En parte, supuse que todo habría cambiado en mi ausencia, que quizá las paredes estarían pintadas de negro y que la alegre iluminación sería grisácea y mortecina Pero al entrar me llevé una sorpresa y comprobé que todo seguía igual..., incluso la gente.
Rita se quedó estupefacta al verme, me guiñó un ojo con picardía y sonrió maliciosamente. Todo indicaba que estaba al corriente de lo ocurrido, y, desde que me había incorporado al club de las mujeres que se habían acostado con León Vargas, estábamos hermanadas. Cami me saludó con la mano desde la barra, mientras esperaba que le sirvieran una copa para un cliente, su perfecta coleta agitándose de alegría. Y Ludmila se acercó a mí casi al instante y me abrazó con fuerza, riendo de gozo y diciendo lo mucho que se alegraba de verme aquí. Al decir eso, dirigió la vista hacia el escenario, y yo cerré los ojos para no verlo. Pero no pude evitar oírlo. Su voz me penetró hasta la médula.
Al observar mi reacción, Ludmila me susurró al oído a través de la música:
—Todo irá bien, Vilu..., ten fe.
Abrí los ojos y vi que me sonreía con afecto. Sentí que Anna me tiraba de la mano y Ludmila, al darse cuenta de lo que mi hermana pretendía hacer, me tomó de la otra. Ambas me condujeron a través del gentío que abarrotaba el local los fines de semana, cuando actuaba la banda, mientras yo me resistía instintivamente.
Pero siguieron obligándome a avanzar de forma implacable. Mientras nos abríamos paso entre la multitud, mantuve la vista fija en mis pies, pues aún no quería verlo. Había pasado mucho tiempo... Y más tiempo desde que había oído su voz, que me penetraba por los oídos y me recorría la columna vertebral hasta alcanzar las puntas de los pies.
Contuve el aliento cuando empezó a cantar la siguiente canción, mientras seguíamos abriéndonos camino lentamente a través del abarrotado local. Era una canción lenta y evocadora, rebosante de emoción. Su voz tenía un deje de dolor que me llegó al alma. Miré de refilón a las personas junto a las que pasábamos, observando que coreaban la canción con gesto solemne. La conocían, por lo que no era una novedad. Sin mirar al escenario, dejé que su timbre de voz incidiera en cada célula de mi cuerpo. De pronto, comprendí que la letra se refería a la fatídica noche en el aparcamiento. Sobre lo que me necesitaba y la vergüenza que le producía. Sobre su intentos de dejarme y el sufrimiento que le causaba. Sobre las lágrimas que había derramado cuando nos habíamos despedido por última vez con un beso... Luego, la letra versaba sobre lo que sentía en ese momento.
Entonces alcé la vista y lo miré.
León tenía los ojos cerrados. Aún no me había visto aproximarme al escenario. Después de tantos meses sin verlo, me resultaba casi imposible asimilar de golpe su perfección, como si tuviera que asimilarla por partes para no quedarme ciega. Tan sólo sus vaqueros, esos vaqueros desteñidos y perfectamente cortados, que parecían algo más gastados de lo habitual. Tan sólo su camiseta negra preferida, sin adornos ni perifollos, sencilla, negra, que se ajustaba a él a la perfección. Tan sólo sus brazos maravillosamente musculosos —el izquierdo sin la escayola, puesto que el hueso ya se había soldado—, rematados por unas manos fuertes que asían el micrófono mientras cantaba. Tan sólo su pelo increíblemente sexy y alborotado, algo más largo que antes, pero mostrando su habitual aspecto desgreñado, insinuando múltiples momentos de intimidad que resonaban en mi cabeza y en mi cuerpo. Tan sólo su mandíbula de estrella de cine, que por primera vez estaba cubierta por una incipiente barba, como si hubiera renunciado a presentar un aspecto aliñado, la cual realzaba el pronunciado ángulo recto de su mandíbula e incrementaba su impresionante atractivo, por raro que pareciera. Tan sólo sus labios carnosos, en los que no se adivinaba ni rastro de la sexy sonrisa que solía esbozar mientras cantaba. Tan sólo sus pómulos perfectos. Tan sólo las largas pestañas de sus párpados cerrados, que ocultaban el extraordinario verde de sus ojos.
Al principio, tuve que asimilar cada uno de sus rasgos por separado; era demasiado perfecto para absorberlo todo de golpe. Cuando me sentí con fuerzas, me di cuenta de que su perfección seguía intacta. Su rostro había cicatrizado por completo, sin mostrar huella del trauma físico que había sufrido. Pero contemplar su rostro en su totalidad me afectó de forma inesperada. Empecé a respirar con dificultad y sentí que el corazón me daba un vuelco mientras Ludmila y Anna me arrastraban inexorablemente hacia él.
Él aún tenía los ojos cerrados y su cuerpo se mecía suavemente al son de la música, pero su rostro mostraba una expresión casi... desolada. Sus palabras estaban en consonancia con su expresión, mientras cantaba sobre la lucha que representaba para él el día a día, sobre el dolor físico que le producía no ver mi rostro. Decía que mi rostro era su luz, que sin él se sentía envuelto en la oscuridad. Después de esa última estrofa, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
Ludmila y Anna consiguieron situarme en un lugar directamente frente a él. Unas admiradoras enloquecidas manifestaron su disgusto,
pero mi hermana no se andaba con contemplaciones, y, después de dedicarles varios epítetos poco amables, nos dejaron en paz. Yo apenas reparé en el incidente, mientras contemplaba su perfección semejante a la de un dios.
Con los ojos aún cerrados, León cantó sobre el hecho de estar junto a mí, aunque yo no pudiera verlo ni oírlo. Cantó sobre su temor de no volver a tocarme, de no volver a sentir lo que había existido entre nosotros. A esa última estrofa siguió una larga sección instrumental, y él, sin abrir los ojos, siguió meciéndose de un lado a otro, mordiéndose el labio. Unas chicas que estaban a mi alrededor se pusieron a chillar, pero estaba claro que él no trataba de seducir a nadie. Sufría. Me pregunté si desfilaban ante sus ojos imágenes de mí, de la época en que estábamos juntos, como desfilaban ante los míos.
Deseaba alargar la mano y tocarlo, pero estaba demasiado alejado, y Ludmila y Anna seguían sujetándome, quizá por temor a que saliera huyendo. Pero no podía moverme. No cuando él llenaba mis ojos, mis oídos, mi corazón. Tan sólo podía mirarlo embelesada.
Ni siquiera me fijé en los otros miembros de la banda, e ignoraba si ellos se habían percatado de mi presencia. Apenas reparé en la multitud mientras lo observaba a él, y, al cabo de un minuto, apenas me di cuenta de que Ludmila y mi hermana tenían los ojos clavados en mí. Ni siquiera sentí sus manos sujetándome, ni me pregunté si al fin me soltarían.
Cuando la sección instrumental concluyó, él abrió por fin sus ojos de una belleza sobrenatural. Se dio la circunstancia de que tenía la vista dirigida hacia mí, y lo primero que vio al abrirlos fue mi rostro. Incluso desde donde me hallaba, sentí la conmoción que sacudió su cuerpo. En sus ojos verdes e intensos se reflejó el estupor, y al instante se humedecieron. Abrió la boca y su cuerpo dejó de moverse. Parecía totalmente aturdido, como si se hubiera despertado en un universo distinto. Me miró a los ojos mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas.
Cantó la siguiente estrofa con el ceño fruncido, como si estuviera seguro de estar soñando. Durante esa sección, el resto de la banda permaneció en silencio, y la voz de León resonó con nitidez a través del local, a través de mi alma. Repitió la estrofa referente a que yo era su luz, con una expresión en su rostro de reverencia. Su voz seguía el ritmo de la música, pero su expresión de asombro no lo abandonó.


Capitulo muuuuuy largo XD Espero les aya gustado.
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Jan

Unreflecting - Capitulo 153

Capitulo 153

"Collar"

Corría el mes de marzo, y en el fresco ambiente se percibían los últimos coletazos del invierno, pero también se palpaba una renovación. Los cerezos habían florecido en la universidad, y el campus estaba tachonado de flores rosáceas que aliviaban mi angustiado corazón cada vez que pasaba por él.
Había sido un invierno duro para mí. No me gustaba estar sola, y de un tiempo a esa parte había tenido que soportar muchos ratos de soledad. A mi hermana le chiflaba salir y no había tardado en reunir a un buen número de atractivas camareras de Hooters con las que ir de fiesta. Yo había oído decir que se habían postulado para ser las «Chicas Hooters» del calendario del próximo año.
De vez en cuando, Ludmila trataba de obligarme a salir con ella, pero nuestros horarios eran distintos y era complicado quedar una noche en que ambas libráramos y yo no tuviera que preparar un examen. No obstante, de vez en cuando íbamos al cine o nos tomábamos un café antes de que ella comenzara su turno, pero no con tanta frecuencia como me habría gustado.
Los estudios me mantenían ocupada, al igual que el trabajo, e incluso el hecho de seguir en contacto con Tomas me mantenía ocupada. Dado que nuestros husos horarios eran tan distintos, nuestras llamadas telefónicas me costaban un dineral. Pero estaba decidida a mantenerme ocupada para no pensar en León, lo cual no era posible.
Nuestra separación, que duraba ya tres meses, había supuesto para mí una especie de rehabilitación forzada, pero en el fondo aún estaba enganchada a él, como una adicción que fluía por mis venas. Casi me parecía oír su nombre con cada latido de mi corazón, y cada día me reprochaba mi estúpido error. ¿Cómo era posible que me hubiera sentido tan aterrorizada y hubiera sido tan idiota de alejar de mí a un hombre tan maravilloso?
Una noche, mi hermana, sin pretenderlo, hizo que aflorara de nuevo ese dolor. Estaba en el baño, arreglándose para ir a la discoteca con unas amigas. Se estaba secando su sedosa cabellera, con la cabeza inclinada hacia delante, para que el secador proporcionara mayor volumen a su perfecta melena. Yo pasé frente a la puerta del baño en el momento en que alzó la cabeza y se ahuecó
el pelo. Lucía un top sin espalda y unas tiras en triángulo en la parte delantera, algo poco adecuado para la temperatura que hacía fuera, pero no fue eso lo que me llamó la atención. Fue el destello que vi alrededor de su cuello.
Me paré en seco. La miré atónita mientras los ojos se me llenaban de lágrimas.
—¿Dónde conseguiste eso? —pregunté sin apenas poder articular las palabras.
Ella me miró confundida durante unos instantes, y entonces se percató que yo miraba el collar que lucía alrededor del cuello.
—Ah, eso. —Se encogió de hombros y el collar se deslizó hacia arriba y hacia abajo sobre su cremosa piel—. Lo encontré entre mis cosas. No sé de dónde ha salido. Pero es bonito, ¿verdad?
Me quedé de nuevo atónita mientras contemplaba incrédula la cadena con la guitarra de plata que León me había dado con tanto amor al despedirse de mí. El vistoso diamante brillaba bajo las luces del cuarto de baño, y mi nublada visión amplió el destello hasta que un arco iris pasó frente a mis ojos.
Mi hermana debió de percatarse de que estaba a punto de desmoronarme.
—¡Cielo santo! ¿Es tuyo, Vilu?
Pestañeé y mi visión se aclaró al tiempo que unas lágrimas rodaban por mis mejillas. Mi hermana se llevó enseguida las manos a la nuca para desabrocharse el collar.
—No lo sabía. Lo siento. —Se lo quitó de inmediato y prácticamente me lo arrojó.
—No tiene importancia —murmuré—. Pensé que lo había perdido. —O que León se lo había llevado.
Ella asintió y me abrazó, colocándome el collar alrededor del cuello, puesto que yo parecía reacia a tocarlo. Después de asegurar el cierre, preguntó en voz baja:
—¿Te lo regaló León?
Cuando se apartó, yo asentí mientras más lágrimas resbalaban por mis mejillas.
—La noche que iba a marcharse, cuando nos descubrieron. —Acaricié la cadena de plata, cuyo tacto era gélido y al mismo tiempo me abrasaba.
Mi hermana observó mi rostro durante un minuto y luego me acarició el pelo.
—¿Por qué no vas a verlo, Vilu? Siempre está en el bar de Pete, y sigue tan...
Sacudí la cabeza y no la dejé terminar.
—No he hecho más que hacerlo sufrir. Él necesitaba... espacio. —La miré y suspiré entrecortadamente—. Por una vez, trato de hacer lo mejor para él. Además, estoy segura de que ya habrá rehecho su vida.
Mi hermana sonrió con tristeza mientras me recogía un mechón detrás de la oreja.
—Eres una idiota, Violetta —dijo suavemente, pero con cariño.
Yo la miré sonriendo también con tristeza.
—Lo sé.
Ella negó con la cabeza y pareció tragarse su emoción.
—Bueno, ¿por qué no sales al menos con nosotras? —Empezó a contonear sus caderas de forma sugestiva—. Ven a bailar conmigo.
Suspiré, recordando la última vez que había ido a bailar con Anna.
—No. Me quedaré aquí, tumbada en el sofá.
Ella torció el gesto mientras se inclinaba sobre el espejo del baño para maquillarse.
—Genial..., menuda novedad —murmuró con tono sarcástico.
Yo puse los ojos en blanco y me alejé.
—Diviértete..., y ponte una chaqueta.
—De acuerdo, mamá —gritó con tono socarrón mientras yo me dirigía por el pasillo hacia el cuarto de estar.
Fuera llovía, y observé las gotas sesgadas que batían en la ventana y se deslizaban por ella como lágrimas. La lluvia siempre me recordaba a León, parado en medio de la calle, dejando que el chaparrón lo calara hasta los huesos. Furioso y dolido, procurando mantenerse alejado de mí para no emprenderla conmigo. Locamente enamorado de mí, a pesar de que yo lo había rechazado por otra persona. No podía imaginar siquiera lo que debió sentir.
¿Cómo podía ir a verlo... después de todo lo que le había hecho? Pero sentía un dolor en el pecho. Estaba cansada de estar sola. Estaba cansada de tratar de mantenerme ocupada para no pensar en él, aunque no lo conseguía. Y, ante todo, estaba cansada de la borrosa versión de él que guardaba en mi memoria. Por encima de todo, deseaba contemplar ante mí una versión nítida, clara y perfecta de él.
Sin pensarlo, me senté en su butaca. No solía sentarme en ella. Era demasiado doloroso para mí sentarme en algo que le había pertenecido. Me hundí en los cojines y apoyé la cabeza en el respaldo. Imaginé que me apoyaba sobre su pecho, y sonreí suavemente. Acaricié el collar que había perdido y recuperado y cerré los ojos. De esa forma lo veía con más claridad. Casi podía percibir su olor.
Volví la cara para oprimirla contra el tejido de la butaca y me sobresalté al comprobar que percibía en efecto su olor. Tomé el cojín junto a mi cabeza y lo acerqué a mi rostro. No emanaba el maravilloso y potente olor de su piel, pero sí el leve olor a su persona que flotaba en su casa. Olía como su casa, y ese olor era para mí más potente que todas las sensaciones de mi infancia que había percibido en casa de mis padres.
Él era mi hogar..., y lo añoraba terriblemente.


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Hace poco termine de escribir el ultimo capitulo de esta historia, me dolio mucho terminarla, pero todo comienzo tiene un final :(

Jany

miércoles, 29 de abril de 2015

El Niñero 2 - Capitulo 32 - Ultimo Capitulo

Capítulo 32
(Último capítulo, falta el epílogo)

Las palabras que él le había dicho tenían las intenciones de que ella sintiera que no debía de vivir más; quitándose la vida antes de que Jorge —puesto que no estaba muerto— la encontrase. ¿Llegará antes de que algo suceda?

“No llores por lo que aún no está perdido”

Creyó estar sola cuando escuchó un leve sonido no muy lejos de ella. Levantó la vista de la acera cuando vio a lo lejos que las luces de un auto se acercaban a ella. Cada vez más y más cerca. No había cual esperanza que habitara en ella. Ni el uno por ciento. Las luces se hicieron más presentes y aunque un poco cegada por ellas y por las lágrimas; logró notar al conductor del auto.

Más bien a la conductora del auto que venía a toda velocidad en dirección a ella quien yacía en el suelo frío de la carretera sin la capacidad siquiera de ponerse de pie. Alice. Martina no hizo ningún movimiento, solo examinaba el vehículo que estaba ya a unos metros de ella... Sin ninguna intención de parar.

~Él conducía como un loco, un demente. Pisaba el acelerador hasta que este llegara a fondo. En más de una ocasión tiro un buzón de mensajería y chocó con un faro. Las señales de tránsito se volvieron invisibles y solo se concentraba en el camino. Dio vuelta a la derecha, estaba a una calle de llegar.~

Martina miró un letrero pequeño y verde que estaba casi frente a ella solo que se situaba en la parte de arriba, decía “Wellington Street”. Luego miró nuevamente al auto...y después de eso, la luz ya estaba frente a ella; sintió un fuerte golpe. Demasiado fuerte. Sintió estar volando y luego caer nuevamente. Después un líquido correr por su frente y un dolor aterrador en el vientre. Sollozó levemente, no tenía fuerzas. Tocó su panza tiernamente y por última vez.

—Jorge será un buen padre —fue el último sonido que su boca emitió.

Cuando llegó a “Wellington Street” —según el letrero indicaba— no logró notar nada. Solo escuchaba el ligero murmullo del viento. Pero algo le decía que debía permanecer ahí. Buscó con la mirada desafiando la oscuridad de la noche. Bajó del auto y se alejó unos pocos metros de él. Logró notar un cuerpo en el suelo. Uno el cual reconocería con solo el olfato, se acercó presuroso. La vio. Bañada en sangre, sin la mínima señal de vida. Se hincó a llorar pero no se rendiría, revisó su pulso y notó que su vida continuaba. Llamó desesperado a la ambulancia. Llegaron un par de minutos después, se subió también en ella y partió a toda velocidad hacia el hospital.

—Descuida, mi vida. Todo estará bien; muy pronto las cosas volverán a ser como antes —comenzó a llorar tomando la mano de su esposa y besándola delicadamente.

Bajaron la camilla donde se encontraba Tini y la metieron en la sala de “Urgencias”, Jorge iba tras de ella pero lo detuvieron.

—Es mi esposa. Exijo que me dejen verla —dijo frustrado tratando de evitar a los doctores que le impedían el paso.

—Disculpe, pero no podrá. Es una regla del hospital, haga favor de mantener la calma si no quiere que tampoco lo dejemos quedarse en la sala de espera —indicó una enfermera que los había acompañado durante el camino. Jorge se sentó en las sillas de la sala con la vista abajo. Tomó su teléfono e indicó a los padres de Tini lo ocurrido. Supo que llegaron pero no sabía dónde estaban. Todo lo tenía alterado y pensaba que era lo que a Tini le había ocurrido. Mataría a la persona responsable, se dijo. Pasaron horas. Los doctores y enfermeras salían y entraban de la habitación sin anunciar nada. Al parecer las cosas no habían mejorado al ver la cara de terror y susto con el que una enfermera salió del cuarto. Fastidiado de tanto drama e intriga, tomo una bocanada de aire y pronunció por fin.

—¿Cómo se encuentra mi esposa? —dijo temiendo a la respuesta.

—Aún no sabemos nada, pero —pasó saliva— puedo asegurarle que no está estable aún —se retiró casi huyendo. Otra hora transcurrió. Hasta que por fin una enfermera se le acercó y a juzgar por el rostro que llevaba no eran buenas noticias.

—¿Jorge Blanco? —preguntó y el asintió— Tengo que comentarle algo que es muy grave —dijo casi con miedo.

—¡Hable! —fue lo único que sus labios musitaron. El terror y la angustia se habían adueñado de él.

—Su decisión tiene que ser rápida y completamente analizada. Es de vida o muerte —el rostro de Jorge se puso pálido y su cuerpo se tensó.

—Dígame —esta vez sus palabras fueron inseguras. La enfermera se acercó un poco más a él y cautelosamente le susurró: “Tiene que elegir entre la vida de su esposa o la de el bebé”.

Los ojos de Jorge se abrieron de par en par. No podía decidir en ese momento. No era capaz siquiera de moverse por cuenta propia o de valerse por sí mismo.

—Tiene que ser rápido o ambos perderán la vida —advirtió.

Jorge pensó lo más que pudo y susurró muy bajo la respuesta en el oído de la doctora. Ella lo miró y asintió.

Sabía qué pasaría después por lo tanto no le quedaba más que llorar por lo perdido.

Pedía a Dios un milagro.

Estuvo a punto de arrepentirse pero la decisión estaba tomada y no podía cambiarla; sabía que era lo mejor y lo que Tini escogería.

Quizás el destino lo quiso así...
Quizás siempre ese había sido el final...
Quizás eso era lo que desde un principio estaba escrito...
La vida es un cuento.
Tiene inicio, desarrollo y conclusión... Pero siempre termina.
Ya es cuenta del lector cuanto lo haya disfrutado. Tenemos que empezarlo y algún día terminarlo.
“Momentos tan divinos que te regala la vida, te los otorga sin pedir nada a cambio…O tal vez sí”.

Bernardette Hospital, 08:00 am. Quince días después del incidente.

Después de tantas insistencias por parte de Jorge, lo dejaron pasar a la habitación a visitar a la decisión que él había tomado.

Se asomó por la puerta cautelosamente. La habitación era blanca en su totalidad y en ella una gran ventana con la cortina abierta que dejaba visible el jardín que había tras de ella. Jorge entró en el lugar y aspiró el aroma en ella. Era uno nuevo, traía consigo nuevos retos y soluciones. Sonrió tiernamente al verla ahí recostada, respirando un poco dificultosamente pero con vida, dentro de su cuna donde yacían sábanas en su mayoría rosas; se acercó a su hija. A su milagro, a su felicidad. Evitó hacer el mínimo ruido y entre sus brazos tomó a la pequeña criatura. Tan débil, su piel tan suave y sus mejillas rojizas cual tomate. Necesitaba protección y con él todo estaba seguro. Sonrió nuevamente. Y le dio un pequeño beso en la frente. La arrullaba a un compás suave y lento...

Sintió unos delicados brazos rodearlo y apretándolo débilmente. Él volteó el rostro un poco para verla. Martina. Su Martina. Sonrió ampliamente y le dio un corto beso en los labios. No existe historia alguna que explique cómo ambas se salvaron; digamos que fue...un “Milagro”.

—Jorge —susurró levemente en su oído.

—¿Hmm?

—¿Cómo le pusiste al bebé? —cuestionó estrechándolo más y luego se giró para verlo de frente.

—A nuestra hija —recalcó el “nuestra” a lo que Tini rió— le puse “Milagros” —ella lo miró confundida—. ¿No te gusta? —tomó su mentón.

—Es hermoso —exclamó—. Solo que no entiendo por qué así.

—Pues porque fue un milagro —la besó tierna y cálidamente—. Te amo, Tini.

—Te amo más, Jorge.

Fin


Lloremos todas. Gracias a todas las que siguieron esta novela desde la primera temporada. Las AMOOO

Jany

Acto De Iniciación - Capitulo 41


ACTO DE INICIACION:
CAPITULO 41; SENTIMIENTOS INCONDICIONALES II

Dedicado a Arlette. ¡Gracias por ayudarme! Saque 10  XD Besos

(Violetta)
El hospital estaba inundado de aquel hedor tan desagradable de todos los hospitales del mundo, como un enorme depósito de enfermedad y medicamentos fermentando a la par. Los pasillos eran tan blancos, largos y deprimentes como todos los pasillos blancos, largos y deprimentes de todos los hospitales del mundo, también. Y los doctores y enfermeras se paseaban por ellos de la misma forma aburrida que todos los doctores y enfermeras de hospitales del mundo. Pero había algo que hacía este hospital especial para mí, diferente a los otros; doblemente martirizante. Y la razón se encontraba en la habitación doscientos treinta y cuatro, justo la puerta que tenía frente a mi nariz en este instante.
—Bien —suspiré, reuniendo fuerzas. Marco me sostuvo la mirada, esperando—. Creo que estoy lista.
No pasó mucho tiempo desde que lo vi afirmar en un leve movimiento de su cabeza, hasta que la puerta se abrió ante mí, presentándome un panorama que me heló la sangre. Porque, obviando cuanto objeto hubiera a mi alrededor, intentando obstaculizarme la vista, lo primero con lo que mis ojos ansiosos se toparon fue con el cuerpo de Leon tendido en una camilla. Estaba pálido, rodeado de un montón de máquinas extrañas, con el suero conectado a su brazo mediante aquella especie de cable, y aparentemente dormido.
El corazón se me encogió en el pecho, asustado y quebradizo, al igual que mi voluntad quería flaquear y algo me impulsaba a huir de aquella habitación tan fría, o, como radicalmente opuesto, correr hasta donde Leon dormía y abrazarlo y llorarlo todo a su lado.
—Nosotros vamos a dar una vuelta —me dijo Marco suavemente, a mis espaldas, y no entendí el uso de aquel plural hasta que por primera vez me percaté de que Andrés, Maxi y Broadway también estaban allí, ahora junto a la puerta de salida y mirándome con algo que no supe identificar del todo, cuando sus ojos no volaban al suelo o a cualquier otra parte lejos de mí—. No saldremos del hospital; estaremos en la cafetería, comiendo alguna cosa, así que si quieres buscarnos, ya sabes en dónde.
Necesité de todas mis fuerzas para conseguir desatar el nudo en torno a mis cuerdas vocales, y musitar un leve:
—De acuerdo.
Aguanté mi propio teatro de firmeza hasta que me dejaron sola, cerrando la puerta en el proceso, y únicamente entonces me giré para andar a pasos agigantados hasta la camilla, junto a la cual me quedé definitivamente petrificada durante lo que podría haber sido toda una eternidad.
Simplemente advirtiendo, una y otra vez, que Leon estaba respirando.
Dios, estaba vivo. Vivo como debía estarlo para mí. Sólo para que yo también supiera seguir estándolo.
Cuando salí de mi letargo, me senté a la orilla de la cama, pero pronto estuve recostada sobre él, sintiendo su calor familiar traspasarme la piel hasta derretir todo el hielo acumulado.
¿Acaso era humano echar tanto de menos algo, en tan poco tiempo?
En ningún momento se despertó, y fue algo que agradecí, porque sabía que no quería que me viera en tal estado de debilidad o descubriera que de verdad había estado tan asustada, que el alivio de tenerlo todavía presente derrumbaba cualquier intento por permanecer indiferente a lo que me hacía tanto daño como él mismo.
Había sido tan cruel, tan desconsiderado, tan descaradamente un hijo de puta. Pero yo no sabía dejar de quererlo. Y me invadía un terror inconmensurable al pensar que había estado a dos pasos de no «ser tan afortunado», como había mencionado Ponce.
Sentir su respiración profunda y acompasada bajo mi propio pecho me trajo el recuerdo de aquellas veces en que nos quedábamos flojeando después de hacer el amor —al menos, de que yo hubiera hecho el amor con él—, y aquello me cargó de una nostalgia agridulce.
Sin querer ni poder hacer nada por evitarlo, llevé las manos a su rostro, acariciándolo lentamente, teniendo presente la textura suave y cálida de su piel resbalando bajo mis dedos. Durante mucho tiempo me entretuve apartando los mechones castaños de su frente y llenándola de mimos, intentando suavizar un poco su expresión, que, a pesar de estar tan dormido, no era tranquila para nada.
Cuando mis manos no fueron suficientes, me ocupé de evocar todos los contornos de su perfil con los labios, repartiendo besos ligeros por su mentón, sus mejillas, sus párpados, su boca, su frente, y luego volviendo a empezar.
Y así estuve hasta que sentí que sería todavía más doloroso para mí tener que dejarlo después, si continuaba. De modo que me separé apenas lo suficiente para poder abrazarlo y conseguir soportar la tentación de despertarlo con besos y abrir los oídos a cuanta sarta de mentiras pudiera decirme. Me incordiaban mucho mis propias súplicas mentales por detener el sufrimiento, del modo que fuera. Realmente, espantar esos pensamientos me costaba una barbaridad.
Pero tendría que ser fuerte.
Enterré el rostro contra su pecho, anhelando un abrazo.
Tendría que aprender a vivir sin él, y entender que no me quería. Tendría que aceptarlo, resignarme y dejarlo marchar, o alejarme.
Y ya lo haría, sí.
Quizá mañana…

(Leon)
Una sensación de calidez fue lo primero que reconocí al despertar, aún sin abrir los ojos, y, a medida que recuperaba la conciencia de cada uno de mis miembros cansados, fui percatándome de ser abrigado y resguardado del frío como hacía mucho no lo era. Al menos, desde lo que a mí se me antojaba un tiempo excesivo.
Los párpados me pesaban mucho, y la luz blanca de la habitación me hirió las retinas en cuanto conseguí separarlos un poco, tras un esfuerzo casi sobrehumano. Tardé en adaptarme a la claridad cegadora que seguía al período incalculable de sueños oscuros y algo torturantes, pestañando una y otra vez, quejándome con algún gruñido, también.
Aunque, desde luego, sentí que me despabilaba completamente justo en el mismo segundo en que la primera imagen llegó hasta mí, veloz y desgarradora como una flecha apuntando al poco sentido de la razón que pudiera quedarme.
Primero, me convencí de que continuaba dormido, así que intenté tranquilizarme. No obstante, el pellizco de comprobación me dolió más de lo que esperaba, y entonces no supe entender cómo era que estaba viendo aquello.
Todavía dudando, arrastré una de mis manos cuidadosamente hasta acariciar los suaves remolinos cobrizos que se desparramaban sobre la almohada. Mis dedos recordaron la textura de la piel, y asimismo la espesura de las pestañas negras, la calidez de los labios rosados y nuevamente las mejillas. No había cambiado nada, en lo que a mí se me habían hecho igual que siglos enteros de no verla.
Los latidos en mi pecho despuntaron desenfrenadamente hasta lo más alto.
Se me presentaba tan dulce, tan tranquila, que era verdaderamente complicado convencerme de que, en realidad, las cosas debían de ser muy diferentes. De que Violetta me había dejado muy claro, con dos o tres frases perfectamente encajadas, su poca disposición a volver a tenerme cerca, porque pensaba de mí el montón de cosas que era obvio que pensase.
¿Me habría perdonado, o de qué iba todo esto? ¿Acaso alguien había hablado por mí con ella y le había aclarado las cosas? ¿Por qué iba a abrazarme así, como si nada malo hubiera ocurrido? Ambos sabíamos que eso no era cierto.
No podía entender, ni creerme del todo, que Violetta estuviera allí. Pero no podía tratarse de un sueño, ni de una alucinación, porque se sentía demasiado real. La sensación de sus brazos rodeándome y su cuerpo irradiando la acostumbrada tibieza de siempre que se me acercaba era demasiado exacta a la verdad como para especular con engaños de una mente, aún desesperada como estaba.
En algún momento, mientras con la yema de los dedos tanteaba sus pómulos casi reverentemente, ella apretó los párpados, tensó un poco su expresión, y por último acabó presentándome aquel par de gemas marrones que yo tanto adoraba. Me miró con desconcierto por largos segundos, y luego su vista se paseó nerviosamente a todo cuanto había alrededor.
—No… no puedo creer que me haya quedado dormida —balbuceó, inquieta, usando aquel tono de algo similar al miedo. No pude evitar que me supiera igual que el Paraíso, luego de tantas y tantas horas sin oír su voz—. No quise…
Aparentemente sin saber qué decir, o cómo decirlo, se mordió nerviosamente la boca e intentó apartarse. Como no estaba dispuesto a dejarla ir, la retuve de apenas un leve tirón. Violetta no opuso mucha resistencia, de modo que conseguí acomodarla nuevamente justo como estaba antes, volviendo a cubrir con su propio cuerpo los agujeros en mi alma por los que quería colarse el aire frío.
—Violetta —conseguí decir, luego de un rato, en un murmullo tan entrecortado que apenas se distinguió de mi respiración—. Violetta —repetí, intentando buscar las palabras. ¿Cómo era posible que siguiera sin saber qué pensar, qué sentir o qué hacer al respecto, teniéndola delante? Era incluso más difícil que antes hilar dos reflexiones coherentes, y, obviamente, esto no ayudaba nada. ¿De qué pretendía hablarle? ¿Tenía que pedirle disculpas, o explicarle todo, o negar los hechos, o decirle que la quiero, o quedarme tan en blanco como hasta ahora?—. Yo… en realidad, yo…
El estallido de dolor que pareció inundar sus ojos me hizo callar de repente, pero, por si no hubiera bastado, la oí agregar:
—No quiero que digas nada sobre eso. No vengo a escuchar tus razones.
Me sentí tan vulnerable como una hoja al viento, oyendo aquellas palabras, aunque hice acopio de fuerzas para no suplicarle a ella misma que me ayudara de alguna forma a sobrellevar el tumulto de palabras que se me arrejuntaban en los labios, sin poder decidirme por ninguna.
Y resultaba más que obvio que no me había perdonado absolutamente nada.
—Entonces —me atreví— ¿por qué… estás aquí?
Ella se tomó un par de segundos para contestar.
—Tú cuidaste de mí cuando fue lo de Tomas —dijo lentamente—. Me dejaste pasar una semana en tu apartamento, dormir en tu cama y llorar cuanto quisiera, sabiendo que iba a tener quien me escuchara. O que al menos fingiera hacerlo —agregó. Yo preferí guardar silencio—. No me corresponde a mí menos, ahora que eres quien necesita ayuda. Marco fue a buscarme a casa para avisarme de todo esto, así que… aquí me tienes.
Yo abrí los ojos desmesuradamente. Al menos, eso creo.
— ¿Marco? —casi me atraganté—. ¿Cómo que Marco?
Violetta afirmó con un único y poco perceptible movimiento de su cabeza.
—Es su forma particular de pedirte perdón por haberte jodido tanto la vida. —Se encogió de hombros, mientras yo todavía luchaba contra la locura y la falta de entendimiento. ¿Que él había hecho qué? Costaba esperar cualquier ayuda por parte de Marco, quien se había convertido, dentro de mi mente, en una mezcla peligrosa entre Poncio Pilato y villano de película—. Y supongo que ésta es mi forma particular de hacer lo que no debo, en nombre de lo que yo consideraba, como mínimo, una amistad.
Olvidé en un segundo cualquier pregunta sobre lo que hubiera hecho mi antiguo mejor amigo, y me enfrenté a la mirada vacía y acuosa de Violetta en un arrebato que me costó espetar el comentario sin siquiera pensarlo:
— ¿Me estás diciendo que, para mí, lo nuestro no llegaba a ser ni una amistad?
— ¿Y tú me estás diciendo que lo que oí de boca de tus amigos era mentira?
Mierda.
—No —contesté, viendo su ceño marcarse más y más—, pero…
—Déjalo. —Antes de que pudiera volver a alzar la guardia para evitar que se fuera, Violetta se separó de mí y se puso de pie, dándome la espalda—. No tiene importancia, después de todo. Vine porque Ponce me trajo, y porque era casi un deber moral para mí saber si estabas bien, o si necesitabas algo. —Suspiró—. Quizá sea mejor que me vaya y vuelva mañana, ya que estás despierto. Puede que hayas entendido, para entonces, que no he venido a que juegues conmigo ni una sola vez más.
— ¡No pretendo jugar contigo! —reclamé, incorporándome hasta quedar apoyado en los codos, soportando el peso de mi cuerpo como podía. El dolor en los músculos fue intenso, e incluso el suero se me enterró en la piel otro tanto, pero había cosas peores—. Además, te encuentro durmiendo abrazada a mí, después me sacas el tema ¿y ahora quieres hacer como que no te importa lo más mínimo?
La forma en que apretó sus puños me indicó que el comentario no le había sentado nada bien, así que me preparé para lo que fuera que quisiera soltarme en cuanto dio un rápido giro y sus ojos se clavaron en los míos casi lanzando rayos. No obstante, su furia pareció menguar de repente, distraída por alguna otra cosa, y tan sólo avanzó hacia mí con gesto preocupado para colocar las manos en mis hombros y hacer fuerza hacia abajo.
— ¡Acuéstate! —Ordenó, usando un tono más suplicante que duro—. ¡No deberías esforzarte! ¿Acaso no te dijo nada el médico o la enfermera sobre guardar reposo absoluto? ¿Quieres ponerte peor y morirte de una vez, o qué es lo que buscas?
La angustia exagerada que se translució en su rostro fue suficiente para hacerme entender que de verdad la había asustado con todo esto, y que probablemente continuaba asustándola, sin pretenderlo en serio. Así que dejé de hacer fuerza en sentido contrario y le permití tumbarme otra vez. Incluso sabiendo que mi vida no correría peligro tan sólo por sentarme en la camilla.
Conforme, asintió y hasta acomodó un poco las sábanas. Por mi parte, procuré aferrarme a su brazo antes de que se alejara otra vez, sintiendo a Violetta paralizarse completamente, a pocos centímetros.
—Te sigues preocupando por mí —acusé, sin dejar de mirar fijamente los dos orbes estupefactos—. No puedes fingir que lo que me pase, o lo que tengo que explicarte, no te interesa. ¿«Deber moral», dices? —Eso fue casi una burla, aun sabiendo que ponerme sarcástico era lo que menos me convenía—. Perdona, pero no me lo creo. —Hice que se acercara todavía más; hasta que su respiración chocó con la mía. En un último susurro, añadí—: Porque tú sigues queriéndome, a pesar de todo.
Quería besarla. Jurarle que todo estaba bien. Abrazarla y tumbarla conmigo para tenerla así todo el día y toda la noche.
Y tal parecía que de verdad mi corazón estaba exigiendo moverse y hacer algo más que lamentarme, al fin. Aunque tampoco sabía cuánto me duraría el arrebato de conciencia y desesperación por solucionarlo todo antes de volverme completamente inútil otra vez. ¿No había ido y venido mi ánimo, conforme las horas pasaban?
Tragué pesado, deseando que siguiera así el tiempo suficiente para poder hacer algo, mientras continuaba acercándome.
Cuando Violetta entornó los ojos apenas, no me hizo falta más señal. Desaparecí las distancias que separaban aún nuestras bocas y no tardé en sentir el estallido de calor dentro del pecho con lo que apenas fue un roce. Una caricia aparentemente demasiado suave, pero que encerraba la intensidad de un cataclismo para mí. Me parecía ya tan lejana la última vez, que sería capaz de matar porque el momento se hubiese prolongado hasta el infinito.
Por eso mismo intenté profundizar aquel beso, pero, en cuanto llevé ambas manos a los lados de su rostro y tiré un poco hacia abajo, Violetta se apartó bruscamente. Yo quise quejarme del dolor que aquello me ocasionó, como si se hubiera llevado algún órgano vital mío consigo, pero opté por observarla en silencio. Supe que la súplica en mis ojos fue captada, porque negó con la cabeza una y otra vez, palpándose los labios con los dedos nerviosamente.
—No —dijo—. No puedes. No podemos… Quedamos en que esto se había acabado.
Retrocedió unos pasos, temerosa, sin desviar la mirada de mí. Igual que si creyera que me abalanzaría sobre su cuello en cuanto se le ocurriera darse la vuelta. Probablemente, pensando en que sería mejor huir de alguien con tan pocos escrúpulos como yo, que no tenía la bondad ni la misericordia suficientes para dejarla vivir en paz e ir a desflorar a alguna otra.
¿No me había prometido ignorar a Marco y lo que pudiera decirle sobre mí? Al parecer, también se había olvidado de aquello. Y de toda su supuesta confianza.
El estallido de rabia e impotencia me obligó a incorporarme otra vez, hasta quedar sentado en la cama. Y Violetta dio un nuevo paso hacia atrás, empeorándolo todo.
— ¡Nosotros no quedamos en nada! —le grité—. ¡Tú fuiste la única que quedó en que esto se había acabado, porque ni siquiera me dejaste decir una palabra al respecto de toda esta basura!
Apenas unos instantes fue lo que duró su boca entreabierta y la cara de profunda sorpresa.
— ¡¿Y qué esperabas?! —Respondió, en el mismo tono—. ¡¿Que, después de lo que sé, corriera a tus brazos para suplicarte seguir siendo tu muñeca hinchable!? ¡Por supuesto que se acabó! —Meneó la cabeza—. ¡No tienes idea de lo que duele saber qué me hiciste durante todo este tiempo!
Si tan sólo fuera la verdad lo que supiera, tendría derecho a reclamarme cuanto le diera la gana. Pero no era el caso, así que me enfurecí más. No me importó demasiado la vocecita que me alertaba de estar embarrándolo todo, todavía otro poco. Ni los comentarios de la misma acerca de que la estaba tomando injustamente con Violetta, o que debería comprender sus motivos.
¿Sus motivos?
¿Y qué pasaba con los míos?
¿No tenía derecho a defender mi parte de la verdad yo también?
Violetta exhaló el aire rabiosamente, y yo continué respirando de la misma forma agitada que antes. Si las miradas mataran, supuse que ambos estaríamos muertos y enterrados mil veces.
— ¡Duele porque no quieres escucharme!
— ¡Escuchar ¿qué?! —volvió a chillar—. ¡No me muero de ganas por saber qué vas a inventarte ahora! ¡¿Por qué no te buscas otra y te dejas de tantos teatros conmigo?! ¡Ojalá desaparecieses de mi vista! —La voz le tembló, y mi alma se tambaleó con ella—. Te odio. ¡Te odio por lo que me hiciste, y por lo que me estás haciendo ahora!
Por supuesto, mi parte racional no la culpaba. Pero había otra que me arañaba con comentarios acerca de cómo podía dudar así de mí, siendo que, al menos antes, parecía conocerme tan bien. La misma que me recordaba una y otra vez que ella estaba rompiendo la promesa que me había hecho sobre no creer nada de lo que Marco pudiera decirle.
Y, para bien o para mal, esa segunda parte me estaba rigiendo demasiado.
—No es cierto que me odies —repliqué, controlando la voz y atreviéndome a alzar los ojos a ella otra vez.
Violetta apartó un montón de lágrimas mediante un movimiento brusco de su mano, y su mirada destiló tantas cosas que yo deseé no haber despertado nunca hoy.
—Por supuesto que no te odio —masculló, dándome la espalda otra vez. Entonces me percaté de que casi la prefería gritando que hablando como si estuviera herida de muerte y demasiado resignada como para querer luchar por más tiempo—. No era yo quien mentía cada vez que decía amar.
Mastiqué las palabras, tan sólo para después poder escupirlas.
—Yo tampoco mentía cuando te lo decía a ti.
Ella encaminó sus pasos hacia la puerta de salida.
—No quiero que me hables más de esto, aunque venga a visitarte —declaró, con la misma monotonía de antes—, imagina que por respeto a mí. Si me quieres tanto como dices, entonces sabrás callártelo, porque no haces más que humillarme. —Iba a replicar, pero algo que calificaría como mi yo lógico, y que comenzaba a ganar terreno otra vez, me selló la boca para impedirlo. O quizá eran los primeros indicios de que el letargo estaba regresando a mí, luego del pequeño período de euforia, percepción de la realidad y sinceridad poco considerada—. Vendré mañana, y esta conversación nunca habrá tenido lugar.
Al instante siguiente, desapareció tras el umbral de la puerta. Y yo fui más consciente que nunca de que acababa de portarme como un idiota.
— ¡Violetta! —llamé. Pero ella no volvió—. ¡Joder!
Me dejé caer en la cama con un golpe seco y pesado, resoplando y apretando las sábanas entre los dedos.
Mierda.
Mierda, mierda, mierda.
¿Hasta dónde pretendía arruinar las cosas? Nunca había tenido una pelea como ésta, con Violetta. ¿Cómo era que nos habíamos acabado gritando así? ¿Cómo se me había ocurrido, no sólo permitirlo, sino provocarlo?
Mierda.
Me pasé una mano por el pelo, apenas notando el aguijonazo del suero en el brazo. Tenía que tranquilizarme. Y, sobre todo, pensar en alguna solución diferente a continuar metiendo la pata hasta que esto se volviera más irreversible todavía.
Pero de nuevo me sentí superado.
¿Cuántas formas, cuántas posibilidades podía tener, de que ella me entendiera y volviera a confiar en lo que pudiera decirle? La verdad, casi prefería no pensarlo.
Y pronto el sopor, el aturdimiento de autodefensa dañina, volvió a hacer presa de mí.

(Violetta)
Me quedé en el parque hasta que se hizo de noche, viendo la lluvia caer. Como había una especie de mesa, me senté sobre ella para que el agua que entraba no me mojase, y así pasé las horas, sumida en lo más profundo de mis pensamientos y más que ahogada en una tristeza que parecía no querer terminar. Cada pequeña palabra, cada pequeño detalle permanecía grabado a fuego en mi memoria, lastimándome con tanta crueldad como podía. Y yo me dejaba herir, sin ánimos para escapar de mi propio subconsciente siquiera.
Y si ahora me hallaba frente a la puerta de mi propia casa, a las diez y media de la noche, mojada como un pollo y esperando a que alguien me recibiera con nada de palabras, era porque había recordado el examen de matemáticas que tendría mañana. La verdad, tenía más que asumido que no tendría remedio el enorme cero que sacaría como nota máxima, pero seguramente habría algo más en mi conciencia que me haría sentir incluso culpable si no asistía a clases un día más.
Sí, continuaba sintiéndome enferma. Sí, apenas conseguía mantener los ojos abiertos sin echarme a llorar como una idiota. Pero no, no quería dejarme vencer así de fácil, por muchas veces que fallara. ¿O es que Leon se merecía que yo me derrumbara por él?
Oí un coche pasar a mis espaldas, y la ráfaga de aire que arrastró me hizo temblar de frío. Rogué que alguien atendiera rápido a mi llamada, porque no quería quedarme tan sola y desamparada ante mis pensamientos, que hablaban, una y otra vez, de lo mismo. Y fue justamente por eso que casi se me escapa un suspiro de alivio en cuanto vi que la puerta se abría y mi hermana se asomaba tras ella, mirándome reprobadoramente.
—Estás empapada —anunció, como si yo no lo hubiera notado—. ¿Qué haces afuera a estas horas, y en ese estado? Estabas supuestamente enferma hasta esta mañana, y se te ocurre dar un paseo.
—Lo siento —fue todo cuanto pude decir.
Mechi sólo se hizo a un lado, y yo me aferré al calor de mi hogar como si de ello dependiera mi vida, cerrando incluso los ojos y aspirando el familiar aroma que el ramillete de lavanda junto a la puerta desprendía.
—Y —continuó— ¿por qué llamaste al timbre, si la puerta estaba abierta?
¿Por qué tenía Leon que saber cómo pegar tan fuerte?
—No me di cuenta —murmuré, apenas girando un poco la cabeza para mirar a Mechi y comprobar que, tal y como sospechaba, mi hermana continuaba con aquel gesto severo y desconfiado en su rostro, ya de por sí arisco diariamente—. Y como no me llevé las llaves conmigo, al salir…
Su bufido me interrumpió, y me quedé algo desconcertada al ver que se cruzaba de brazos.
—Bichito —dijo, sin que yo me alterase como de costumbre— ¿hasta cuándo vas a estar así?
El corazón me tembló de miedo.
— ¿Así? —Repetí, sólo por ganar tiempo—. ¿A qué te refieres?
Mechi agudizó su expresión todavía más, presentándoseme casi implacable.
—Sabes bien de lo que te hablo. Has ido al hospital a verle ¿cierto?
Yo abrí los ojos como platos, incapaz de creer lo que oía, e incapaz de encontrarle algún sentido a todo esto. ¿Se estaba refiriendo a lo mismo que yo pensaba? Y ¿cómo era que estaba al tanto de la situación?
—No me molestes, Mechi. —Intenté sonar tan brusca como me fue posible, y le di la espalda nuevamente, para que no pudiera ver el trasfondo de mi actuación tan fácilmente. Aunque, desde luego, yo no tenía ninguna duda de que él no podía estar creyéndoselo ahora—. Estoy cansada, y mañana tengo un examen de matemáticas. Debería ir a estudiar.
—De acuerdo —accedió, con voz tranquila pero recelosa—, vete a estudiar, si quieres. Pero —añadió— que sepas que no voy a pasarte por alto nada, y que tenemos una charla pendiente, tú y yo.
Por poder huir, dije que sí con la cabeza, y al segundo siguiente ya estaba prácticamente corriendo escaleras arriba, intentando olvidar la sensación de aquella mirada penetrante clavándose en mi nuca, casi leyendo mis pensamientos. No me gustaba aquella especie de don que tenía mi hermana, sobre todo conociéndola tan bien, y tan consciente como lo estaba yo de lo dispuesto que estaría a tomar justicia por mano propia, en mi nombre, si se enteraba de lo que Leon había hecho. O incluso si únicamente se enteraba de las cosas que había dicho hoy, sería suficiente.
Y es que todavía no podía acabar de creerme del todo la falta de escrúpulos de Leon. ¿No le remordía ni un poquito intentar jugar así conmigo, sabiendo cómo me había dejado enterarme de lo que había ocurrido a mi costa? Bien podía simplemente ignorarme, dejarme vivir tranquila y pensando que él ya no existía del todo en mi universo, al menos para ir reponiéndome poco a poco mientras él se entretenía con alguna otra. Pero, no, no parecía demasiado dispuesto a ser tan considerado. De hecho, se estaba regodeando en mi dolor de una forma que yo no era capaz de entender.
¿Por qué, sino, insistiría con sus mentiras con tanto ímpetu? Por supuesto, no porque creyera que de verdad yo fuera a volver a caer.
Y, por si fuera poco, también estaba el tema de su accidente. Me habría costado creer, si no me conociera lo suficiente, que pudiera seguir preocupándome por él tan estúpidamente como lo hacía, delatándome irremediablemente y dándole una ventaja que Leon no desaprovechó. Y era consciente de que metía la pata más y más, cada vez que no conseguía ponerme un pañuelo en los ojos y hacer de cuenta que nada ocurría, pero angustiarme tampoco era algo que pudiera evitar. El muy idiota me había asustado demasiado; a tal punto de no poder controlar mi alivio cuando simplemente lo vi allí, débil pero vivo, manteniendo encendida esa llama insensata que me ataba a las esperanzas más absurdas.
¿Cómo podía ser tan descuidado?, me había preguntado, una y otra vez, mientras vigilaba su sueño. No tendría ni la más mínima idea de lo mucho que me preocupaba que algo malo pudiera pasarle. De que, si de mí dependiera, lo encerraría en una burbuja en donde nada pudiera tocarlo.
Y me encerraría con él. Incluso ahora.
Porque lo peor era que todavía tenía demasiadas ganas de que se tratara simplemente de una pesadilla, y que, al despertarme, me lo encontrara al otro lado de mi cama, rodeándome con sus brazos mientras dormía.
Abracé la almohada, cerrando los ojos, y aspiré fuertemente contra la tela. Para empeorarlo todo otro poco, Sebas maulló al otro lado de la puerta, y yo deseé desaparecerlo como fuera.
¿Cuándo se iba a acabar todo esto?

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