jueves, 2 de julio de 2015

Unreflecting - Capitulo 157

Dedicado a Sabrina que hace poco fue su cumpleaños!! Te Quiero!!! y sigo esperando mi comida XD

Capitulo 157

"Te Necesito"

Me había llevado literalmente en su corazón. Sentí que el mío se partía mientras pasaba el dedo sobre las vistosas y floridas letras.
—León... —Mi voz se quebró y tuve que tragar saliva.
Él apoyó su mano sobre la mía y retiró mis dedos de su piel, ocultando de nuevo el tatuaje. Luego, entrelazó nuestros dedos y los oprimió de nuevo sobre su pecho al tiempo que apoyaba su frente en la mía.
—De modo que... sí, aún te quiero. Nunca he dejado de quererte. Pero... Violetta...
—¿Has estado con alguna otra mujer? —musité, aunque no estaba segura de querer conocer la respuesta.
Él se apartó un poco y me miró como si acabara de preguntarle algo que le parecía inconcebible.
—No... No he deseado... —Movió la cabeza en sentido negativo y preguntó—: ¿Y tú?
Me mordí el labio y negué también con la cabeza.
—No. Yo... sólo te deseo a ti. Estamos hecho el uno para el otro, León. Nos necesitamos. Te necesito
Ambos avanzamos al mismo tiempo, hasta que cada centímetro de nuestros cuerpos se tocaba, de la cabeza a los pies. Él apoyó su otra mano en mi cadera mientras yo lo abrazaba por la cintura. Sin pensar, nos atrajimos el uno al otro aún más. Mis ojos no se apartaban de sus labios, y, por fin, los alcé para mirarlo a los ojos. Él también me miraba la boca, y, cuando se pasó la lengua por el labio inferior y luego se pasó los dientes lentamente sobre éste, mis ojos se fijaron de nuevo en sus labios y dejé de tratar de apartar la vista de ellos.
—Violetta —volvió a decir mientras agachaba la cabeza hacia mí y yo la alzaba hacia él—. Pensé que podría abandonarte. Pensé que la distancia borraría mis sentimientos hacia ti, que me resultaría más fácil, pero no fue así. —Negó con la cabeza y empecé a sentirme abrumada por el maravilloso olor que emanaba y me envolvía—. El estar separado de ti me está matando. Me siento perdido sin ti.
—Yo también —murmuré.
Él suspiró de manera entrecortada. Nuestras bocas casi se rozaban. Nuestros dedos entrelazados sobre su pecho se soltaron y apoyé los míos sobre su hombro. Él movió los suyos lentamente hasta detenerse de nuevo en mi collar. Murmuró:
—No he dejado de pensar en ti un solo día. —Contuve el aliento mientras las yemas de sus dedos descendían hasta mi pecho y mi sujetador—. Sueño contigo todas las noches.
Sus dedos siguieron descendiendo sobre mis costillas, mientras los míos le rodeaban el cuello para enroscarse en el pelo de su cogote. Ambos seguíamos acercándonos más y más mientras hablábamos, atraídos mutuamente, casi de forma inconsciente.
—Pero... no sé cómo dejar que vuelvas a formar parte de mi vida. —Su mano apoyada sobre mi cadera ascendió por mi espalda y la mía descendió por la suya. Sus ojos, fijos en mi rostro, traslucían nerviosismo, ansiedad, incluso temor. Su expresión reflejaba lo contrario de lo que sentía yo. Sus labios se acercaron más a los míos, hasta que prácticamente sentí el calor que exhalaban. Mi corazón se aceleró y cerré los ojos cuando murmuró—: Pero tampoco sé cómo permanecer alejado de ti.
En ese momento, alguien lo empujó por detrás. Durante una fracción de segundo, creí oír la risa gutural de mi hermana, pero no pude concentrarme lo suficiente para estar segura. Mis pensamientos racionales habían desaparecido. Quienquiera que lo había empujado contra mí había cerrado la distancia entre nosotros, y los labios de León se oprimieron contra los míos. Durante diez segundos, permanecimos inmóviles, y luego dejamos de negar lo que ambos deseábamos y empezamos a movernos simultáneamente, besándonos con ternura, unos besos dulces, suaves, persistentes, que me abrasaban los labios y hacían que mi respiración se acelerara. No ofrecí ninguna resistencia, sino que me entregué a él sin reservas. En cualquier caso, era suya...
—Dios —musitó él con los labios sobre los míos—. Echaba de menos... —Se apretó más contra mí y gemí al sentir su cuerpo—. No puedo... —Su mano ascendió sobre mi pecho y me tomó por el cuello—. Yo no... —Nuestros labios se separaron y metió su lengua en mi boca, apenas rozando la mía—. Deseo... —Emitió un profundo gemido y yo hice lo propio—. Dios..., Violetta.
Alzó las manos hacia mi rostro, acariciando suavemente mis mejillas, por las que caía un río de lágrimas, antes de estrecharme contra él. Se apartó un poco para mirarme a los ojos. Le devolví su intensa mirada, respirando trabajosamente. Sus ojos me abrasaban de tal forma que me sentí débil.
—Me matas —gimió, oprimiendo sus labios con fuerza contra los míos.
Era como si alguien hubiera accionado en nosotros un resorte. Me empujó contra la pared, apretando su cuerpo con fuerza contra el mío. Alcé las manos y enrosqué los dedos en su pelo, mientras él las deslizaba sobre mis pechos hasta posarlas en mis caderas. Yo estaba segura de que habíamos superado las simples muestras de cariño, y, aunque sabía que aún había algunas personas en el pasillo, entre ellas posiblemente mi hermana, el hecho de sentir las manos, el cuerpo y la lengua de León hacía que me olvidara de todo y ni siquiera me sentía abochornada.
Saboreé su calor, su pasión, la aspereza de su incipiente barba sobre mi delicada piel, y los sonidos guturales que emitía de vez en cuando, tan seductores y sensuales. Me apreté contra él, deseando que estuviéramos solos en el cuarto del personal. Cuando sus manos me rodearon la cintura, jugueteando con la depresión en la parte baja de mi espalda que tanto lo atraía, comprendí de pronto que eso era lo que yo había querido evitar al principio cuando Anna me había llevado allí. No es que no deseara tener un contacto físico con él, pues lo anhelaba con cada célula de mi cuerpo, pero ése no era el momento adecuado.
El contacto físico nunca había sido nuestro problema. Era el temor a que nuestra pasión se enfriara, a mantener con él una relación seria, lo que me había inducido a cometer un estúpido error. Con firmeza, pero suavemente, apoyé las manos en sus hombros y lo aparté. Él me miró perplejo, con ojos centelleantes, pero no protestó. En sus ojos vi casi de inmediato dolor, como si de pronto lo comprendiera. Yo estaba segura de que estaba equivocado, por lo que me apresuré a decir:
—Te quiero. Te he elegido a ti. Esta vez será distinto, todo será distinto. Quiero que nuestra relación funcione.
Él se relajó, me miró los labios; luego los ojos y de nuevo mis labios.
—¿Cómo vamos a conseguirlo? Siempre estamos igual, nuestra relación es un continuo vaivén: me deseas, lo deseas a él, me amas, lo amas a él. Me quieres, me odias, me deseas, no me deseas, me amas..., me abandonas. Hemos cometido tantos errores en el pasado...
Apoyé una mano en su mejilla y me miró. Entonces lo vi: la confusión, la constante amargura, el rechazo, el dolor y, debajo de todo ello, una profunda inseguridad. Tenía muchos conflictos internos. Dudaba de sí mismo. Dudaba de su bondad, y yo tenía la culpa, yo y nuestra tumultuosa relación. Estaba cansada de complicarle la vida, de hacerle polvo. Quería ser buena con él. Aportarle alegría. Quería que tuviésemos un futuro juntos. Pero, por más que él lo negara, si seguíamos así acabaríamos quemándonos.
—León, soy ingenua e insegura. Tú eres un artista temperamental. —Al oír eso torció el gesto, pero sonreí suavemente y continué—: Nuestra historia es un amasijo de emociones contrapuestas, celos y complicaciones; nos hemos hecho daño y atormentado mutuamente..., y a otros. Ambos hemos cometido numerosos errores. —Me aparté de él y sonreí más animada—. ¿Qué te parece si nos lo tomamos con calma? ¿Por qué no nos limitamos a... salir juntos... para ver cómo nos va?
Durante un momento, me miró sin comprender, tras lo cual se pintó en su rostro una expresión maliciosa. Era una expresión que hacía tanto tiempo que no veía que me produjo un agradable pellizco en el corazón. Me sonrojé y noté que la temperatura de mi cuerpo aumentaba cinco veces al recordar lo que León interpretaba como «salir juntos».
Bajé la vista, abochornada.
—Me refiero a salir juntos simplemente, León. Como hacían las parejas antes.
Él se rió de mi ocurrencia y lo miré. Su sonrisa se suavizó dando paso a una expresión sosegada al tiempo que decía con ternura:
—Eres la persona más adorable que conozco. No imaginas cuánto te he echado de menos.
Yo sonreí también mientras le acariciaba su incipiente barba.
—Entonces, ¿estás dispuesto a salir conmigo? —pregunté con un tono insinuante, y él arqueó una ceja.
Esbozó una sonrisa socarrona.
—Me encantaría... salir contigo. —Luego se puso serio y añadió—: Lo intentaremos..., intentaremos no lastimarnos mutuamente. Nos lo tomaremos con calma. Iremos despacio.
Yo no pude más que asentir en respuesta.


 ULTIMOS CAPITULOS!!

Gracias chicas del grupo de Unreflecting por sus palabra! Las necesite mucho, enserio miles de gracias!! Espero que les aya gustado. Tambien agradecerle a @Valuherondale (De Wattap)Por haber avisado que esta novela yo la subia y no otras cuentas. ¡Gracias!.
A las chicas de Wattap, si no sabian, hay un grupo de WhatsApp donde subo adelantos o noticias sobre esta novela, si estan interesadas en entrar, no olviden dejar su numero. Eso es todo. Gracias! y las AMO!!

Jany

Acto De Iniciación - Capitulo 44 - ULTIMO CAPITULO

CAPITULO 44; FINAL


(Violetta)
Las manos me temblaban sobre mi regazo mientras esperaba alguna reacción por parte de Mechi. No hacía más de veinte segundos que yo había acabado con mi explicación acerca de cómo empezara mi relación con Leon, y acerca de todo lo sucedido después. Y cuando digo «todo» me refiero a omitir apenas lo que podría significar un cinco por ciento de detalles, los más personales e incómodos, que tampoco tendría sentido comentarle a tu hermana mayor. Más que nada conociéndola como yo la conocía a ella.
Viéndola tan seria y sumida en sus pensamientos, con los ojos más oscuros que de costumbre y la mandíbula apretada, yo habría preferido que se soltara gritando y diciéndome el montón de cosas que seguro le pasaban por la cabeza. Porque casi era mejor que descargara algo de su furia conmigo, en vez de guardarla para muy probablemente ir en busca de un buen blanco…
Continué rezando interiormente por haber hecho lo correcto. ¡No quería que fuera a matar a Leon!
—Así que… —habló, al fin, y, por su tono, supe que vendría el comentario que más me esperaba que hiciera— te acostaste con él.
Sintiéndome avergonzada y tonta, fui incapaz de seguir mirándolo a la cara, y mis ojos también quedaron fijos en mi regazo.
—Sí —confirmé, aunque ninguno necesitaba realmente que yo repitiera lo que ya le había dicho antes—. Un montón de veces.
Mechi de nuevo guardó silencio, pero no duró tanto como esperaba.
—Violetta…
—Tengo dieciocho años —interrumpí, imaginando la sarta de reproches y su sermón sobre la virginidad y tal y cual—. Ya no soy una niña.
Ni una monja, debí haber añadido. Por mucho que ella se empeñase en creerlo. Y probablemente también pese a lo que a mí me habría convenido, en realidad. Casi mejor habría sido no saber de hombres en toda mi vida, si el único resultado que iba a obtener, una vez tras otra, sería alguno parecido a éste o al de Tomas. Incluso «casarme con Dios» tenía mejor pinta que eso.
La voz de mi hermana me sonó cansada cuando me contestó.
—No pensaba decirte nada sobre eso. En realidad, iba a hacer un comentario sobre lo de tu «amigo imaginario», pero me parece que ya no viene al caso.
Recordando mi estúpida excusa de aquella vez, el rostro se me volvió fuego. Y Mechi debió de haberlo notado, incluso cuando yo intenté esconderme tras el pelo que me caía en la cara, porque suspiró pesadamente.
—Lo sabía —rezongó.
—El caso es —repunté yo, intentando cambiar un poco el camino de la conversación— que se acabó. Así que ya no tienes que preocuparte más por lo que yo pueda hacer con Leon. Él es historia para mí.
Ante tamaña mentira, no tuve el valor de alzar la mirada para enfrentar a mi hermana. Sin embargo, aun rehuyéndole como lo hacía podía sentir sus ojos fijos en mí, analizando cada gesto y seguramente adivinando gran parte de mis verdaderos pensamientos.
—Si te has olvidado tanto de él como aseguras —dijo bajito— ¿por qué estabas llorando cuando entré hace un rato, Violetta? Y no me vengas con cuentos sobre que se te metió una basurita en el ojo justo cuando mirabas la foto en la cámara, porque no me lo voy a creer.
Como supe que me quedaba sin el único pobre argumento a mi alcance, de repente me sentí muy frustrada. Reuní el valor necesario para mirarla, y me esforcé por hacer como si su comentario de antes me hubiera molestado, en lugar de haberme dejado acorralada ante la verdad.
— ¿Te estás burlando? —me defendí hoscamente.
Pero Mechi no se inmutó.
—Violetta —insistió—, no tienes por qué hacerte la fuerte conmigo.
Bastaron unos pocos segundos de contacto visual para que yo me rindiera, y se me aflojaron los hombros al tiempo que empezaba con la otra parte de la confesión; quizá la peor de todas, porque era la que más evidenciaba mi debilidad. La misma que poquísimas veces me había atrevido a hacerme incluso en mi fuero interno.
—Me muero de ganas de creerle a Leon —revelé—. De hecho, tengo que luchar mucho conmigo misma para no hacerlo, porque con tres palabras que me diga ya me tiene comiendo de la palma de su mano. —Agaché la cabeza y empecé a juguetear con mis dedos nerviosamente—. Hoy mismo estuve a un paso de olvidarme de todas mis convicciones y simplemente dejarme llevar, porque es lo que quiero. —Me mordí la boca—. Pero es que ¿por qué tiene que hacerme sentir tan mal? No puedo estar cerca de él sin que la culpabilidad acabe destrozándome. Veo sus ojos y… y casi me convenzo por completo de que en verdad le duele lo que está pasando. Oh, Mechi, si tú hubieras estado allí y lo hubieras oído suplicar… suplicarme. Suplicarme que no lo dejara. —Noté el sabor a sangre en mi boca, pero no detuve la presión, porque era lo único que me separaba del llanto. Echar un puñado de sal en las heridas abiertas por milésima vez era justamente lo mismo que yo estaba haciendo ahora—. Si él no estuviera siempre tan solo y cabizbajo… Si al menos se hubiera buscado a alguna otra chica, o me permitiera olvidarlo y no tener más dudas sobre si es sincero o se lo está inventando todo…
Me detuve cuando sentí la mano de Mechi posarse sobre mi cabeza, y recordé que aquél era un gesto que no tenía para conmigo desde hacía muchos años. Solía darme palmaditas siempre que me veía triste por no saber freír las croquetas, o dejarla tan quieta como ahora cuando yo me enfermaba y ella se quedaba horas sentada al borde de la cama, vigilándome.
—No puedes seguir así, Bichito —dijo—. A mí me has perdonado algo peor. ¿Te parece que es tan… imposible reconsiderarlo y darle otra oportunidad al mocoso ése?
Si lo de antes me había sorprendido, sus últimas palabras hicieron que me quedara casi completamente petrificada y con la boca abierta en un intento de decir algo, sin querer decir nada.
Estupefacta, conseguí girar el rostro de nuevo hacia ella, y me encontré con su gesto serio y paciente, con aquel deje de preocupación haciendo sombra en sus ojos castaños.
— ¿Qu… qué dices? —tartamudeé.
¡Y es que Mechi defendiendo a Leon era algo que ni en sueños habría esperado ver!
Ella soltó un bufido y rompió el contacto visual, cruzándose de brazos.
—Violetta, sé objetiva —casi gruñó—. ¿Tú te crees que él se pasearía por ahí como un fantasma porque no lo perdonas, o te andaría suplicando que no lo dejaras, sólo por poder seguir acostándose contigo? ¿O te crees que no se habría buscado ya a otra para reemplazarte? No le importarían tanto tus rechazos si únicamente te quisiera para eso. —Hizo una pausa, y yo continué asombrándome más y más—. Además, me daban ganas de partirle la cara cada vez que se te quedaba mirando como un tonto, porque se le notaba que le gustas. De hecho, ni con amenazas se alejó, e ignoró cada una de las cosas que le dije, ese tipo. —Me miró de reojo—. En especial un punto; el de no ponerte una mano encima.
Por varios segundos, a mí me faltó el aire. No podía tener los ojos más abiertos, la mente trabajando más aprisa o los latidos del corazón más acelerados.
De repente, era como si una puerta se hubiera abierto ante mí.
Porque, créanme, una cosa es que esos mismos pensamientos te revoloteen en la mente una y otra vez, aun cuando te esfuerzas en ocultarlos por puro miedo, y otra es que alguien ajeno, y, sobre todo muy inmune a los encantos de Leon, te dice exactamente lo mismo que acrecienta tus dudas a la hora de diferenciar las verdades de las farsas.
¿Todas esas cosas no eran simples esperanzas que yo tenía porque eran lo que quería ver?
¿Mis ideas sobre que él no me estuviera mintiendo no eran sólo cosa mía?
¿Existía la remota posibilidad de que…?
Un mareo fortísimo me hizo cerrar los ojos y ver manchitas de luz blanca en medio de aquella oscuridad.
Jo… der. ¡Mierda!
— ¿Entonces era cierto? —Titubeé, sudando frío—. ¿Leon estaba siendo sincero cuando decía que me quería y que todo eso de la apuesta no tenía importancia para él? —Tomé aire, aguantando las náuseas—. ¿No me estaba usando?
—Teniendo en cuenta cómo están las cosas —farfulló mi hermana—, yo diría que no. —Yo no pude evitar volverme loca de felicidad y mirarla con una sonrisa radiante, a punto de lanzarme sobre ella para abrazarla y gritarle que le debía lo mismo que la vida. Viendo eso, ella frunció el ceño y añadió, con tono enfadado—: Aunque todavía le debo una buena paliza por no haberme hecho caso, y por sus intenciones del principio. ¿Quién se cree que es para haberte puesto las manos encima, ese…?
Sin poder aguantarlo más, me lancé en un salto sobre ella, y casi la ahorco cuando le pasé los brazos alrededor del cuello.
— ¡Oh, Mechi, Mechi, muchísimas gracias! —Chillé, casi en su oído, ignorando sus protestas cuando intentó apartarme y desparramando un montón de besos sonoros en la mejilla que me quedaba más cerca—. ¡Eres la mejor hermana del mundo!
— ¡Quítate de encima, enana! ¡No me impedirás que lo mate, por muy cariñosa que te pongas!
Separándome un poco de ella, me encargué de hacer unos pucheros bastante convincentes y lo miré con reproche.
—No tienes que hacerle nada; ya le diste una paliza por anticipado cuando me encontraste en su apartamento ¿o no te acuerdas? —Pestañeé adrede, y mi hermana se puso en pose todavía más defensiva—. Además, me obligarías a estar en el hospital todavía más días, si lo llegas a lastimar, y sabes que odio los hospitales… Por favor, Mechi… Leon ya lo pasó muy mal con todo esto, estoy segura.
Ella masculló una retahíla de cosas que no entendí.
—De acuerdo —aceptó, pero, como me retuvo cuando quise volver a abrazarla, tuve que conformarme con palabras.
— ¡Gracias, Mechi, gracias!
Hice una pequeña reverencia, y ella puso los ojos en blanco.
—Ya está bien —se quejó, algo roja de más—. No me molestes, que todavía puedo cambiar de opinión.
Asentí con la cabeza, eufórica.
— ¡Sí! No te molestaré más. Aunque —añadí— no sabía que Leon te cayera bien.
Como si le hubiera soltado el peor insulto del mundo, mi hermana me dirigió una mirada que bien podría haberme chamuscado en mi sitio.
— ¡Por supuesto que no me cae bien! —casi gritó. Yo sonreí nerviosamente—. El problema aquí es que a ti si te agrada ese sujeto (si bien no acabo de entenderlo). Y, sobre todo después de cómo te tomaste tú todo el asunto de Tomas, también quiero hacer algo por ti. —Mechi debió notar que estaba diciendo algo demasiado tierno, porque, antes de que yo ignorase cualquier protesta que pudiera soltarme y la abrazara otra vez, añadió—: Además, no es que a mí me guste verte esa cara de Bichito amargado todos los días, cada vez que vengo del trabajo. ¡Te pones todavía más horrible que de costumbre!
Yo miré con renovado enfado su sonrisita burlona. ¡Ya tenía que salir con algún comentario de ésos!
— ¡Yo no soy un Bichito, ni soy horrible! —me quejé.
Pero ella no parecía escucharme, porque continuó:
—Y, sí, supongo que tener que volver a soportar a un Bichito como tú debe ser suficiente castigo para el mocoso.
Enfurecida, le di una patada en el tobillo, y ella se retorció de dolor.
— ¡Que no le digas «mocoso»!

(Leon)
Mis dedos tamborileaban sobre la mesa, una y otra vez, mientras observaba en la distancia mi maltratado florero del salón. Parecía tan triste y estúpido como yo, allá solo, con sólo tres rosas rojas clavándole espinas por todo su interior, y también medio resquebrajado por fuera desde que se había caído al suelo aquella vez. No muy resquebrajado, de acuerdo, pero sí lo suficiente como para haber tenido que sellar una grieta para que el agua no se escurriera por allí.
Suspiré.
Fuera, el enorme ventanal me confesaba que continuaba lloviendo de la misma forma deprimente que durante todos estos días.
Suspiré otra vez.
La expresión de «tirar la toalla», según creí siempre, no había sido hecha para mí. En serio, ya lo habrán supuesto, soy tan persistente que puedo resultar hasta pesado. Soy ese tipo de personas que no se rinden ni cuando están encerrados desde cuatro ángulos diferentes, y se dan de topetones contra la pared hasta que ésta se caiga. O al menos confiando en que algún día caerá y que ellos vivirán para verlo.
Aun así, lo he estado pensando mucho, y no encuentro una solución aparte de la retirada. Y puedo seguir dándole vueltas al tema todas las veces que quiera, pero mi parte sensata me ha alertado lo suficiente de que no por ello voy a conseguir cambiar la realidad.
Y, sí, es una realidad triste y jodida, una realidad gris y asquerosa y patética. Pero es la realidad que me tocará vivir, me guste o no, porque ya no hay remedio.
Maxi tenía razón. ¿Qué podía hacer yo, si ella había decidido no creerme?
Pues eso; nada.
Volví a suspirar, preguntándome cuántos suspiros llevaría en mi haber. Y luego dejé mi mente divagar otro rato sobre cómo soportaría los días de ahora en adelante. Desde luego, me iba a doler mucho. Pero mucho, mucho, sentirme tan inútil y tan hijo de puta como ahora, porque sabía que me sobraban los motivos para pensar de mí ambas cosas. Pero eso no era algo que tampoco pudiera evitar.
Mis ojos se deslizaron sobre la mesa, e incluso imaginar el frío del metal de las tijeras, que había abandonado sobre ella luego de usarlas para arreglar el jarrón, hizo que me subiera por la espalda un escalofrío terrible.
No había nada que hacer para arreglar las cosas… ¿o sí?
De pronto, el brillo plateado se volvió atrayente, y me vi acercando la mano, tanteando sobre la madera hasta dar con aquellas hojas afiladas. Y se me ocurrió que pasar por la piel un filo tan ardientemente congelado tenía que doler horrores.
A veces, bajo mucha presión, uno se hace preguntas. Preguntas raras o tontas, pero interesantes.
¿El dolor físico podría eclipsar el otro dolor?, era la mía. Y la respuesta automática: Quizá sí, si era uno muy fuerte.
«¡Ojalá desaparecieses de mi vista!»
«Me estás matando…»
«Sólo consigues hacerme daño…»
O, lo que era mejor: si había algo más que dolor muy fuerte, y conseguía pagar mi culpa de alguna forma… Si conseguía dejar de ser como esas espinas enterrándose en la piel de ella…
¿No merecería la pena un «cambio»? ¿No merecería la pena simplemente pasar las hojillas por mi piel para que causaran su efecto? ¿Para dejar de causarle sufrimiento a Violetta? Total, la vida sin ella; sería igual al resultado de pasarme las filosas hojas por la piel…

(Violetta)
La lluvia continuaba cayendo con tanta fuerza que parecía incluso que el cielo se cayera a pedazos. Pero yo corría bajo ella, sin importarme ni un poquito estar mojada de pies a cabeza, o que mis pies pudieran resbalar sobre un suelo tan enlodado e inestable. De hecho, en mi cabeza sólo había sitio para una sola idea. La misma bendita y hermosa idea frustrante que ocupaba mi cabeza, día y noche, desde que algo o alguien había entrecruzado nuestros caminos. Mi idea más preciada, la única verdadera:
Leon Vargas.
Por Dios. ¿Cuánto de mí misma se resumía en ese nombre?
El corazón me galopaba dentro del pecho a la misma velocidad de mis pasos, y estaba segura de haber dejado de llorar. No podía esperar a alcanzar mi destino. ¡Necesitaba decirle tantas cosas!
Sólo esperaba que él supiera ver mi verdad en todo esto. Que me creyera cuando yo le asegurase que no volvería a dudar, y que dejara de estar tan enfadado y dolido conmigo como sabía que lo estaba, por no haber confiado en él y dejado cegarme, aun con todos esos precedentes que me aseguraban que Leon no podía haberme seguido mintiendo y haberse portado conmigo como lo hacía, al mismo tiempo. Era consciente de haberlo lastimado una barbaridad al considerarlo incluso una bestia sin sentimientos y capaz de hacer las peores cosas, cuando se había entregado a mí tanto como podía. Cuando se había vuelto tan transparente para que yo pudiera verlo, como nunca había hecho con nadie…
Que él también supiera entender por qué yo tenía tanto miedo a confiar. Ésa era mi plegaria en el camino.
—Por favor —susurré a la lluvia—. Tengo que llegar a tiempo.
(Leon)
Un sonido que no reconocí me hizo brincar en mi sitio, y tuve que adaptarme poco a poco a la realidad antes de identificar el molesto timbre del teléfono, resonando en toda la habitación. Sin aterrizar todavía por completo, me alejé de la mesa y avancé hasta el recibidor, en donde levanté el auricular y una conocida voz cálida devoró el aturdimiento.
—¡¡¡Feliz cumpleaños, Leon!!!
Bueno, corrijo: Al menos parte del aturdimiento.
Evitando la pregunta sobre si era de verdad mi cumpleaños hoy y yo no me había ni enterado, preferí saludar:
—Hola, Mariana.
No pude evitar sonreír levemente, agradeciendo por primera vez en mi vida aquel sentido de la interrupción que mi prima tenía. Podría decirse que acababa de salvarme el pellejo. Porque no sé en qué mierda piensas cuando tu mente está perdida a kilómetros de ti, cargas una depresión tan importante que poco te falta para no saber cómo te llamas, tienes un par de tijeras a mano y, simplemente, no sabes pensar.
— ¡Hola, Leon! —se alegró ella, y no me costó imaginar su cara al otro lado de la línea: La sonrisa enorme y los ojos rojizos tintineándole, como siempre que estaba con ese buen humor que parecía impulsarla a gritar más de lo acostumbrado—. ¡Ha pasado mucho tiempo!
—Eso creo.
—Pues claro que sí. ¿Qué tal estás?
Yo cerré los ojos, acallando el suspiro que quiso escapar de mi garganta. Qué pregunta tan simple, y tan enrevesada a la vez. ¿Por qué la gente tiene que decir las cosas menos adecuadas en los momentos menos adecuados? ¿Por qué no pueden simplemente preguntar acerca del tiempo?
—Bien —mentí, intentando sonar natural.
—Eso es genial. —Mariana no pareció notar el tono fingido, así que los hombros se me destensaron un poco con el alivio—. ¿Vas a salir por ahí hoy, a celebrar?
—Puede —me escabullí—. Todavía no estoy muy seguro. Llueve tanto que hasta da miedo pisar una calle.
Sobre todo si hay un montón de coches dispuestos a atropellarte, debí haber añadido.
— ¿En serio? —pareció sorprenderse ella—. ¡Y mira que estamos en pleno invierno en México! Aquí no llueve. —Se rió—. ¿No será que la nube de tormenta está sólo sobre tu cabeza, Leon? Con ese humor que tienes, no me extrañaría.
A mí tampoco. Pero no precisamente por el humor.
Carraspeé.
—Da igual.
—En fin. —Mariana exhaló una bocanada de aire tan cerca del tubo del teléfono que me dejó un poco sordo—. Oye, también llamaba para preguntarte una cosa —añadió—. Supongo que te habrás dado cuenta de que hablé con tu madre al volver, y tengo entendido que te invitó a venir aquí. ¿Es cierto? ¿Vendrás a visitarnos?
Su tono parecía el que usaba de pequeña, cuando me arrastraba de la mano por todos los rincones de la casa, hasta que yo conseguía escapar con alguna excusa o librándome gracias a las peleas. Así que me invadió la nostalgia.
—Sí —aseguré—. En vacaciones, si no es que antes…
Antes…
—Y —continuó insistiendo— ¿te va a acompañar Violetta? Sabes que aquella invitación de tía Alondra también va extendida a ella ¿no? ¡Con las ganas que tengo de verla!
Bajando la cabeza, tuve que obligarme a la resignación una vez más.
—No creo que pueda —dije.
Mariana guardó silencio durante un tiempo demasiado largo, y a mí se me ocurrió que mi respuesta había salido demasiado cortante como para no resultar sospechosa. Cosa de la que no me quedó ninguna duda cuando oí su titubeante añadido.
—Oye… ¿de verdad que va todo bien?
—Claro que sí —volví a intentar, esta vez más convincentemente. Incluso la sonrisa pintada en el espejo parecía casi tan creíble como las ojeras bajo mis ojos y aquella palidez enfermiza—. Bueno, nos vemos dentro de algunos meses ¿sí? Avísame si pasa algo, y vigila a mi madre por mí mientras no estoy. ¡Que no se te olvide!
Ella bufó.
—Y tú, procura llamar más seguido.
—De acuerdo. Adiós, Mariana.
—Adiós.
Tardé unos cuantos minutos más en colgar el teléfono, aún cuando oía la línea muerta al otro lado. Luego de eso, el espectro reflejado en el cristal distrajo mi atención otro rato, y no fue hasta después de haberme recordado que no tenía remedio que avancé lentamente hacia el salón. Rebusqué en uno de los revueltos cajones del mueble con la vajilla y los libros, y por fin encontré el triste resto de alguna diversión pretérita.
Cuando llegué a la cocina, volví a sentarme en el mismo sitio de antes, coloqué los pies sobre la mesa y me hamaqué en la silla mientras hacía sonar un réquiem con la pequeña corneta recién hallada y me deseaba a mi mismo un: «Feliz cumpleaños, zoquete».
Segundos después me fui demasiado hacia atrás, y finalmente acabé impactando contra la alfombra en lo que me pareció una de tantas bromas de mal gusto sufridas durante mis últimos tiempos.
Oh, sí. Realmente una escena patética.
Pero qué se le va a hacer. Al fin y al cabo, siempre que no ocurriera el milagro de Navidad y me encontrara con que Violetta llamaba a mi puerta y me decía que me perdonaba todo, cualquier cosa resultaría patética. Porque ése sería el único remedio posible.
Riendo mi humor negro, suspiré por enésima vez.
Había que ser muy idiota como para guardar, todavía, semejante esperanza.

(Violetta)
No me molesté siquiera en acercarme al ascensor, y pronto mis piernas estuvieron casi volando por encima de todos esos escalones que precedían la cuarta planta. El sonido de mis zapatos mojados al pisar me llenaba la cabeza entre tanto silencio, y lo agradecí, porque era otra de las señales que me indicaban estar tan cerca de la meta. Eso, como el rellano, como las paredes con el revestimiento de madera, el enorme espejo, las macetas en las esquinas y la luz parpadeante del tercero. Por último, el número cuatro en el pequeño cartel.
Y aquella puerta.
Conocía aquella puerta. Había cruzado su umbral un centenar de veces; la primera tan empapada por la lluvia como ahora, aunque definitivamente demasiado triste como para haber reparado en ella demasiado. Tras esa misma puerta había llorado todo mi dolor una vez, y había empezado a reconstruirme. También tras ella me habían dado el primer beso de amor real, y ni hablar de todo lo que pasó después. Tras ella se podría resumir toda una etapa de mi vida; en el mismo sitio en donde me esperaba el destino que había elegido luego de renunciar a otro diferente. A otro que simplemente no era tan para mí como éste.
Sosteniendo mi alma en mis puños apretados con fuerza, esperé a que alguien atendiera a mi desesperados tres timbrazos.
Y los segundos parecieron transcurrir con inexorable eternidad entonces, pero acabé viéndome recompensada en cuanto el sonido del picaporte girando disparó los latidos en mi pecho hasta lo más alto del cielo, y el nudo en la garganta me dejó muda apenas apareció ante mí lo que era el mismísimo rostro de la tristeza y el asombro en un único ente.
¡Leon Vargas!
—Violetta —casi se atragantó, con los ojos desmesuradamente abiertos. Yo continué chorreando agua fría y jadeando de cansancio mientras también lo miraba—. ¿Qué… se supone que haces aquí?
—Es que… es que yo…
Frustrada, supe que el nudo me había permitido tartamudear aquello, pero no estaba demasiado segura de sí la enorme madeja en la que se convirtiera mi cerebro cooperaría también. Mis emociones eran demasiado fuertes como para poder hablar con sentido, aunque quisiera hacerlo.
Así que alcé una mano hasta que el calor de su mejilla se traspasó a mi piel, y dibujé una sonrisa rota.
Leon seguía congelado en su sitio.
Bien ¿qué esperaban que hiciera el pobre? Después de todo, él no podía saber cuánto lo había echado de menos.
Cerré los ojos, concentrándome en aquel contacto. Podía sentir la corriente eléctrica viajando desde la punta de mis dedos hacia el resto de mi cuerpo, llenándome de recuerdos que no iba a poder enterrar jamás.
Oh, Dios. No vuelvas a separarme de él.
— ¿Por qué? —le oí insistir, y me obligué a olvidar un poco mi egoísmo.
Esperaba que me permitiera seguir recordando lo que era tenerle cerca durante mucho tiempo después.
—Quizá he tardado demasiado —murmuré, apartando lentamente la mano—, pero te creo. —Extendí los brazos hacia él, en una clara súplica de bienvenida, y esperé otro poco. El hilo del que pendía mi corazón parecía balancearse de un lado a otro, en el punto exacto entre la resistencia y el último tirón que lo desgarraría—. Vuelve conmigo, Leon.
Un segundo, dos segundos.
Tres, cuatro.
Cinco.
¿Seis?
Hasta nueve.
Como él continuó sin hacer nada, me atreví a abrir los ojos y alzar la cabeza.
Y por fin nuestras almas se encontraron, con una mirada.
***
De un tirón, haces que Violetta traspase el umbral, y cierras la puerta tras ella. Sus ojos marrones brillan con tanta intensidad que simplemente tienes que enterrar la nariz contra su pelo, escondiéndote o inundándote de su esencia.
De repente, sabes que no necesitas más palabras.
Y que nunca, nunca, vas a permitirle escapar otra vez.
***
Te ves envuelta en su abrazo asfixiante antes de poder siquiera seguir explicándole nada, y la fuerza con la que te retiene acalla todos tus intentos. Casi literalmente, te desarmas entre aquellos brazos.
Quiero estar así, contigo. Siempre.
***
Comienzas a andar hacia atrás, arrastrándola contigo. Y supones que se dirigen hacia el salón, pero tampoco te importa. Lo único verdaderamente importante está justo apretado contra ti.
Cedes a la tentación, e intentas mirarla de nuevo.
Y es entonces cuando no puedes evitarlo más.
***
Los ojos de Leon fulguran en verdes y esmeraldas un momento, y luego te devasta aquel escalofrío demencial, cuando sientes su boca robándote todo el aire.
Le respondes como puedes, torpemente, mientras él retrocede y tú avanzas. Así van atravesando la habitación.
Y sus manos deshaciéndose de cada prenda. Lo recuerdas.
Imparable. Impredecible. Justo como tiene que ser. Es eso lo que piensas.
***
Te voy a amar como nadie ha llegado a hacerlo nunca. Ni siquiera yo, hasta ahora.
Esta noche.
***
Esa camisa tuya me molesta, Leon. Tendré que quitártela.
Toda tu ropa me molesta.
***
¿Cuándo hicimos que el florero se cayera?
Ahora las rosas rojas están regadas por el suelo. Cuidado, Violetta, con el…
***
Tonto ¿es que te acaso importa?
No me toques ahí, que me haces cosquillas.
¡Que no me hagas cosquillas te he dicho!
***
Lo sabes ¿no?, que te adoro.
***
Como hiciste tantas veces, llenas de besos toda su piel, con su calor inundándote los labios y sin dejar de suspirar cada vez que él te acaricia la espalda. Y de repente quieres besar su hombro, pero lo que ves allí te deja pasmada.
Leon, dices, con los ojos llenándosete de lágrimas.
***
Tú, que no entiendes, dejas de devorar su cuello y te separas un poco, porque la sientes temblar y te das cuenta de que está llorando. Te preocupas del mismo modo inevitable de siempre, apoyas las manos en sus delicados hombros y haces la pregunta del millón.
¿Qué ocurre?
Y ella continúa con esa mirada tan repleta de cosas que te mueres por descifrar.
***
No puedo creerlo, vuelves a sollozar. En realidad, detestas ponerte tan emotiva y pesada con las lagrimitas, porque sabes que estás inquietándolo, pero también sabes que tienes un motivo.
Oh, por Dios. Leon ¿por qué no me lo dijiste? Te has tatuado mi nombre.
***
Tú dejas escapar ese jodido suspiro, sintiendo que vuelves un poco a la vida. Se te habían subido hasta la garganta ¿eh? Creíste que de pronto se había arrepentido, o algo así. Pero está llorando porque acaba de descubrir el tatuaje.
Y, claro ¿cómo no? Si está mirando tu hombro. Siempre tardas tanto en darte cuenta de las cosas obvias.
¿Por eso lloras?, inquieres, casi como un regaño.
¿O es un regaño en toda ley?
Ah, sí. Es que no soportas verla llorar.
***
Desesperada porque él entienda, te lanzas a sus brazos otra vez y conduces una de sus manos hasta tu cadera. Das un tirón a la gasa, un tirón que te duele un poco, pero no te dejas amainar.
¡Mira!, le ordenas.
Ya no entiendes del todo cómo en tan poco tiempo pudiste haberte vuelto tan ciega.
***
Obedeces, aunque sea para que se tranquilice. Pero también recibes un impacto igual de fuerte cuando te encuentras con la tinta negra destacando en la piel de ella, justo con una forma que conoces perfectamente.
Sí. Son tus iniciales.
Violetta… sólo consigues decir. Tienes la voz demasiado ronca.
***
¡Perdóname!, casi gritas, aferrándote a él como si de ello dependiera tu vida. Y quizá sea cierto. ¡Perdóname por no haberte creído antes, pero tenía muchísimo miedo! Pero ahora… ahora, yo, te juro que nunca más… Oh, Leon, nunca más…
***
Sabes lo que quiere decirte, así que la acallas con un beso suave. Y es tu turno de disculparte.
Perdóname por haberte mentido así al principio, ruegas. Y por no haberte dicho nada después. Yo también me moría de miedo.
***
Su boca busca la tuya con toda el hambre retenida hasta entonces, y la fuerza de su cuerpo los hace rodar por el suelo, un tramo. Pero después se incorpora y te levanta un poco a ti también.
Anda, el cristal de la ventana está frío. Tu espalda se congela unos instantes.
Pero no importa.
***
Con una sonrisa inevitable, tanteas todo su cuerpo, oyendo sus suspiros entrecortados cuando trazas cada contorno, re explorando sus caminos. Es curioso ver cómo te los has sabido de memoria desde siempre.
Pero entonces das con su mano.
Y, no, no puedes luchar contra eso, ni quieres. Así que entrelazas sus dedos con los tuyos y empujas un poco, hasta que su mano queda apoyada en el cristal de la ventana.
Sabes que está de vuelta.
***
Te quiero tanto.
***
Ssssh.
***
Y lo sientes en ti, después de lo que te pareció demasiado tiempo para ser soportado. Entonces descubres que esa forma de enroscar tus piernas alrededor de él, prácticamente sentada en sus muslos, es la misma que recuerdas.
Sonríes al tiempo que lo besas con desenfreno.
Nada bueno ha cambiado. Porque es lo auténtico.
***
Estás desnudo y el agua del jarrón que se desparramó por la moqueta te empapa las rodillas, pero no tienes frío. Ella te abraza ¿cómo vas a tenerlo? Es tan cálida.
Te escapas de su beso al primer descuido, para poder jugar. Pero en cuanto empiezas a acariciarle el cuello oyes su protesta.
Leon, suspira. ¡No hagas eso!
Y tú te ríes entre dientes antes de volver a lo de antes.
Y te encanta. Porque te encanta fastidiarla. Y, sobre todo, te encanta que ella siga siendo como siempre. Incluso a pesar de todo.
Y tienes la certeza de que, de pronto, estás en casa.
***
El agua golpea los cristales, y las manos de ambos, también. Una vez, tras otra. Con cada lento y desquiciante envite.
Es una tempestad, fuera. Y crees que ustedes son la otra tempestad.
Y la música.
***
¿Otra vez la estúpida radio?
***
Te ríes. Leon gruñe.
¿Es que tú no te lo esperabas?

Tanto tiempo caminando junto a ti
Aún recuerdo el día en que te conocí
El amor en mi nació
Tu sonrisa me enseño
Tras las nubes siempre va a estar el sol

Te confieso que sin ti no se seguir
Luz en el camino tu eres para mi
Desde que mi alma te vio
Tu dulzura me envolvió
Si estoy contigo se detiene el reloj

Lo sentimos los dos
El corazón nos hablo
Y al oído suave nos susurro

Quiero mirarte
Quiero soñarte
Vivir contigo cada instante
Quiero abrazarte
Quiero besarte
Quiero tenerte junto a mí
Pues amor es lo que siento
Eres todo para mí

Quiero mirarte
Quiero soñarte
Vivir contigo cada instante
Quiero abrazarte
Quiero besarte
Quiero tenerte junto a mí
Tú eres lo que necesito
Pues lo que siento es...
Amor...

En tus ojos veo el mundo de color
En tus brazos descubrí yo el amor
¿Verá en mi ella lo mismo?
¿Querrá el estar conmigo?
Dime que tú lates por mí también

Lo sentimos los dos
El corazón nos hablo
Y al oído suave nos susurro

Quiero mirarte
Quiero soñarte
Vivir contigo cada instante
Quiero abrazarte
Quiero besarte
Quiero tenerte junto a mí
Pues amor es lo que siento
Eres todo para mí

Quiero mirarte
Quiero soñarte
Vivir contigo cada instante
Quiero abrazarte
Quiero besarte
Quiero tenerte junto a mí
Tú eres lo que necesito
Pues lo que siento es...
Amor...

***
Y te das cuenta de que juntos pueden hacer y pasar por lo que sea.
***
Y entonces entiendes que siempre estuvieron destinados a estar juntos, a pesar de todo lo que pudiera suceder.
- Leon – le dices tomándole la cara con las manos; para besarlo tiernamente después de decirle – Te amo
***
Sonríes como un idiota al escucharla decir eso; porque te quemas por decírselo también; para que esas palabras se queden tan tatuadas en su corazón, como las letras en sus pieles.
- Y yo te amo a ti, Violetta.




Se acabo :(... Espero de todo corazón que les aya gustado! a mi se me salieron las lagrimas! Gracias a todas las lectoras de esta novela por estar siempre pendientes. Las Amo!!

Jany