martes, 14 de abril de 2015

Acto De Iniciación - Capitulo 39

ACTO DE INICIACION:
CAPITULO 39; LA TORMENTA III

(Violetta)
«Estamos juntos en esto, Violetta. No pasa nada. Olvídate de ellos. No voy a dejar que nadie te lastime.»
—Aún no llueve.
La voz suave de Francesca me arrancó de los recuerdos de forma tan violenta que por poco dejo escapar un sollozo de protesta. Me encontré con que miraba por la ventana, al otro lado de la mesita de la cafetería en donde nos refugiábamos del fuerte viento que se había levantado, y aproveché su descuido para apartar de mis ojos los primeros asomos de agua tibia que habían acompañado, fatalmente, aquellas imágenes que ahora se me hacían tan lejanas.
Y apenas había pasado un mes y medio…
La frontera entre la concepción de la mentira y la percepción de la verdad se hacía cada vez más borrosa, por mucho que intentara diferenciarlas. Y me estaba esforzando, pero para lo único que estaba sirviendo era para deshacerme más y más, cachito a cachito. Hasta que, quizá, llegara un momento en que ya no quedara nada de mí.
Exhalé casi quejumbrosamente el aire, y Francesca me miró con desconcierto en cuanto me puse de pie.
—Necesito ir al baño —resumí, y agradecí mentalmente el instinto de mi prima en cuanto, en vez de proponer acompañarme y seguirme, se limitó a cabecear afirmativamente—. Enseguida regreso.
Tuve que preguntarle a una de las chicas en dónde estaban los baños, así que fue ella quien me indicó con un distraído ademán el piso de arriba. Subí las escaleras de caracol con los ojos fijos en cada uno de los escalones, y algunos segundos después me hallé en mitad de un corredor corto, angosto, desierto y un poco más oscuro, con dos puertas al final. Entré a la que tenía aquel cartelito con la silueta de una mujer en color negro, oyendo una última ráfaga de conversaciones que llegaban desde las mesas, abajo, y unas cuantas risas masculinas que vendrían del cuarto de al lado.
Física y psíquicamente agotada, fui directa a la pulcra pila de algo similar al mármol y mi mano abrió la llave de paso del agua casi antes de que pudiera llegar la orden desde mi cerebro. Perdí algún tiempo simplemente viéndola caer, colándose entre mis dedos cuando jugué un poco con ella, pero finalmente acabé sacándole algo más de provecho, y me empapé la cara. El frío me despabiló, o, al menos, se llevó una parte importante de aquel sopor y el atontamiento.
Cuando me pareció que mi mente estaba algo más clara, a ciegas arranqué una de las toallas de papel que había a mi derecha y vi apenas entré. Me sequé el rostro con torpeza, sintiendo la textura áspera rascarme la piel casi como una lija, y tiré los restos húmedos a la papelera.
Di un pequeño brinco de sobresalto, y, por qué no decirlo, de miedo, en cuanto mis ojos advirtieron una figura extraña delante de mí. A tan pocos centímetros, y con una expresión tan torturada que resultaba casi aterradora. Aunque supongo que lo más aterrador ocurrió cuando me tranquilicé y advertí, pasmada, que me había asustado de mi propio reflejo.
No me había vuelto a ver en un espejo en todo lo que llevábamos de tarde, ciertamente. Y la verdad es que casi preferiría no haberlo hecho jamás.
Mi mano estaba temblorosa cuando toqué el cristal frío con los dedos y recorrí pausadamente mis propios rasgos. Pasé por el flequillo, húmedo luego de haberme lavado la cara descuidadamente; por las cejas, por los ojos rojos e hinchados, por las bolsas bajo ellos, por los pómulos lívidos, por la boca entreabierta y lastimada. Mi aspecto era casi el de una muerta en vida, tan ajena a la realidad. Casi un completo cadáver andante. Y juro que jamás, en toda mi vida, me había encontrado con una imagen tan diferente a mí misma, reflejada en un espejo. Porque ni siquiera cuando ocurriera lo de Tomas se me notaba tan desmoronada.
Apoyé las manos en la losa, que era como hielo, sintiendo el torrente de sentimientos desfilar por mi pecho en un espiral difícilmente descifrable. Me dije que todo esto podía deberse, simplemente, a que éste fuera mi segundo y más importante desengaño amoroso en menos de dos meses, y que tenía motivos.
Primero, Tomas. Después, Leon.
El primero, porque en realidad estaba enamorado de mi hermana y sólo se había confundido conmigo, ilusionándome en el proceso y dándome tantas alas como yo misma me permitiera. Al menos, hasta que me topé con lo evidente, en un golpe que debería haberme costado una porción no poco importante de mi sobrada insensatez, y volverme más alerta y desconfiada… pero que no lo hizo.
El segundo…
Suspiré, intentando tragar el nudo de plomo trabado en mi garganta.
Era demasiado doloroso incluso tener que confesármelo a mí misma.
Cerrando los ojos con fuerza, me advertí que era menester terminar con todo esto, e hice otro esfuerzo por sobreponerme. No me estaba permitido evadirlo más. El momento de lucidez acababa de llegarme, y me tocaba dejar de ignorarlo y soportarlo como fuese posible.
Así que continué.
El segundo, porque simplemente había hecho toda aquella pantomima para conseguir que yo me acostara con él. No sé muy bien por qué exactamente yo, pero tampoco importaba demasiado; nada cambiaría. Decir que me había dado alas sería quedarme extremadamente corta con el comentario, y también lo sería decir que jugó conmigo sólo hasta la saciedad. Porque lo que me había hecho no tenía nombre. Me había mentido. Se había presentado como mi amigo cuando lo que pudiera pasarme, si estaba más que dispuesto a usarme y luego dejarme tirada, no tenía que importarle lo más mínimo. Me había asegurado que podía confiar en él. Me había jurado que me quería. Que me amaba.
Y, lo peor de todo, es que yo, a pesar de cualquier cosa anterior; a pesar de que debería haber sido suficiente con lo de Tomas, o incluso con oír sobre el asunto entre Francesca y Marco, le había creído cada una de sus palabras. Sin contar el hecho de que me había enamorado de él.
Yo no aprendía.
Yo era una tremenda imbécil.
—Y Leon… —me hablé a mí misma, sin atreverme a mirarme la cara siquiera en el espejo—. Y Leon, él…
Él tan sólo se había aprovechado de la estupidez que yo le brindaba.
Dejé que la ira me consumiera en un arrebato que, en lugar de llenarme los ojos de lágrimas, hizo que me temblara todo el cuerpo y me preguntara una y mil veces cómo había podido llegar a esto.
Pronto volví a enfrentarme a mi reflejo, y me descubrí frunciendo el ceño con lo que identifiqué como odio. Odio hacia quien me había herido así.
Odio hacia quien más quería yo en todo el mundo.
De verdad, deseé con todas mis fuerzas que aquello fuera odio. Lo deseé hasta reventar. Lo deseé aun cuando abría la puerta del baño bruscamente, mirando en derredor. Lo deseé mientras un mareo hizo que la cabeza me diera vueltas, me apoyase en la pared intentando volver a respirar y aguantando las náuseas al mismo tiempo.
—Leon…
—Oye ¿te encuentras bien?
Cuando alcé la mirada y me encontré con unos ojos castaños, lo primero que sentí fue el salto que me dio el corazón en el pecho, latiendo tan aceleradamente que quise gritarle que era un traidor. Luego, casi simultáneamente, el vértigo se volvió diez veces peor, tanto que creí que acabaría desmayándome o vomitando allí mismo. Pero mi cuerpo me dio una pequeña tregua en cuanto noté —todo esto en apenas un parpadeo— que aquella tonalidad de castaño ya no era exactamente la que yo recordaba de otros ojos. Éstos eran mucho más oscuros, casi negros. Hasta que finalmente se volvieron grises, y supe que había sido una alucinación de mi mente.
—Sí —mentí, sosteniéndome firmemente de la pared—. No es nada. Sólo estoy un poco mareada.
El desconocido, que era un chico aparentemente de mi misma edad, pareció poco convencido. Supuse que por eso fue que no se movió de delante de mí, y continuó observándome mientras yo esperaba a que se me pasara el efecto de lo que fuera que me hubiera hecho efecto y por poco me dejara inconsciente en el suelo. El dolor, quizá. O quizá la certeza de que mi mundo se había desmoronado en algún fatídico segundo de este día.
Pasó el tiempo, y paulatinamente fui dejando de ejercer tanta presión con los dedos sobre el marco de la puerta. Mi respiración se fue normalizando también, y el sudor frío desapareció casi por completo. Casi.
—Pero ya estoy mejor —añadí, consiguiendo dibujar una sonrisa cortés.
Él me correspondió el gesto.
—Pues me alegro mucho —dijo, con aquella chispa brillándole los ojos y la sonrisa ligeramente ladeada—. Chicas tan guapas no deberían ponerse así de pálidas. Aunque, claro, ahora tengo una buena excusa para invitarte a un café, a ver si te sienta mejor ¿no?
Todo mi cuerpo se tensó, captando las señales inequívocas de lo que era un flirteo en potencia. Por un momento, lo primero que hizo el instinto fue relacionar aquella sonrisa y aquella forma tan extraña y descarada de mirar con Marco, y sentí asco.
Pero después mi cerebro me alertó de que aquello me sonaba también de otra persona, en otro momento, mucho antes de haber conocido el arte de la conquista de Marco. Mucho antes de haber sido consciente de lo que era algún tipo de seducción tan malintencionada.
Y entonces fue cuando el dolor desapareció, arrastrado por un montón de rabia y adrenalina puras. Justo en el mismo preciso segundo en que decidí dar tres pasos rápidos al frente, pasar los brazos alrededor del cuello de aquel desconocido y tirar de él hasta que mi boca chocó con la suya en un golpe cargado de cualquier cosa.
¿Qué estás haciendo?
Al principio, él pareció sorprenderse, pero no tardó mucho en corresponderme con fuerza. Tal y como yo sabía que haría.
Después de todo, era lo que esperaba de mí.
Lo único que podía esperar de mí.
En cuanto colocó sus manos sobre mi cintura y mi espalda, yo comencé a retroceder, arrastrándolo conmigo hacia el interior del baño de mujeres, en donde ya antes tampoco había nadie más que yo. No opuse ninguna resistencia cuando él me insinuó abrir la boca para darle paso, y pronto sentí su boca enredarse con la mía insistentemente, sin pausas, con todo el deseo que debía de estarse permitiendo aflorar al entender que yo no pretendía ponerle pero alguno, o detener nada.
¡¿Qué estás haciendo?!
Leon no iba a torturarme más; ni un solo segundo.
Ya no estaba ligada a él, de ninguna manera.
Y Leon podía hacer lo que quería.
Y yo también.
Justamente como quería hacerlo ahora.
¡Pero si tú no quieres…!
Sentí ser acorralada contra los azulejos de la pared, y la sensación de frío en mi cuerpo se intensificó todavía más. Sin embargo, me obligué a ignorarla al igual que ignoraba la voz en mi cabeza, y correspondí a las caricias que pretendían ser ardientes y se repartían por cada rincón de mis muslos. Así, nos fuimos fundiendo y arrastrando tanto que quedé sentada en el suelo, con el chico prácticamente encima.
De pronto, nos estábamos mirando, y su respiración agitada me golpeó los labios en un toque tibio que no despertó nada dormido en mí. De la misma forma, tampoco conseguí que la imagen de su rostro, sus rasgos, los ojos grises o el pelo negro, o la nariz algo roma, me evocaran algún recuerdo. Nada extraño, por supuesto. Al fin y al cabo, era la primera vez en mi vida que me encontraba con este sujeto, fuese quien fuese.
No sabía su nombre.
No sabía su edad.
No sabía lo que pensaba.
No sabía de dónde venía, o adónde se dirigía.
No sabía si le apasionaba el chocolate, o si odiaba la gelatina de verduras.
No sabía absolutamente nada de él, porque no lo conocía.
Así que volví a besarlo.
Porque tampoco conocía al verdadero Leon ¿cierto? Y, aun así, le había entregado todo.
Él también me había usado. ¿Qué diferencia habría en que me usara uno u otro, para calmar pasiones? Yo sería la misma cosa, carente de significado, en manos de los dos. O en manos de cualquiera. Porque el problema era yo, y el hecho de estar enamorada de uno de tantos hijos de puta era lo único que pretendía echarme atrás y quería hacerme ver las cosas de modo diferente, incluso cuando yo sabía que poco importaba todo. Cuando yo sabía, porque era lógico pensarlo, que sería igual. Que sería exactamente lo mismo, con una cara diferente.
Que volvería a convertirme en un instrumento en manos del primero que me encontrara, para lo que le pudiera ser yo más útil.
Mi beso se volvió agresivo, mientras sentía que el chico tiraba de la camisa de mi uniforme, que aún traía puesto —aunque ya bastante revuelto—, para quitármela. Parecía haberse trabado un poco con los botones, antes, pero ya los retiraba con destreza luego de que yo guiara sus manos hacia donde debían ir, intentando no hacer que se tranquilizara, sino más bien que su excitación no fuera un obstáculo.
Quería acabar con esto cuanto antes.
Se lo había entregado todo, todo… y él…
¡¿Y qué se supone que haces ahora; abrirte de piernas al siguiente hijo de puta en la lista que se te cruce?!
…Pero yo ya no le pertenecería.
Pronto mi camisa estaba trabada en mis brazos, y el par de manos me tanteaban todo el pecho, por debajo del sostén, apretando y rozando. Con tan poca delicadeza y cuidado como seguramente solería ser.
En un momento, estuve apunto de pedirle que se detuviera y suavizara un poco aquellos toques, porque yo estaba acostumbrada a un trato mucho más afable. Pero rápidamente mi cerebro reaccionó con la advertencia de que eso se había acabado, y que tampoco tendría por qué echarlo de menos, o esperar de nadie nada similar.
Él separó mis piernas lo suficiente como para colocarse en medio, y la tela de sus vaqueros me raspó el interior de los muslos.
Pero no sería peor que otros, ni tampoco horrible, me prometí, cuando aquellas manos ajenas, extrañas, volvieron a arrastrarse por mi piel de tal manera que el estómago se me hizo un nudo y tuve que apretar los dientes con fuerza. Porque no me permitiría rechazar ese cuerpo que irradiaba un calor tan desconocido. No me lo permitiría, incluso aunque…
Sus manos comenzaban a jugar con mi ropa interior, y sus besos inundaban mi garganta.
Aunque…
—No me lo puedo creer —le oí decir roncamente, en medio de sus jadeos y con su aliento quemándome la piel hasta que me dolió—. Esto va a ser bestial. —Joroschó, corregí mentalmente, sin poder evitarlo—. Creo que nunca me había cruzado con una tía tan salida como…
Nunca acabó su frase, o quizá es que no la oí. Pero, además de que sabía a lo que se estaba refiriendo, pensaba de mí, y no me importaba, algo más me distrajo lo suficiente: Percatarme de que sus manos comenzaban a luchar con los botones de su pantalón.
Y me eché a temblar irremediablemente.
¿…Aunque no puedas soportarlo?
—Para…, para ¡por favor!
No me había dado cuenta de que aquel murmullo, aquella súplica había salido de mis labios hasta segundos más tarde, casi recibiendo el pensamiento a media luz de conciencia. Y supuse que lo había dicho lo suficientemente bajo como para que él ni me oyera. Pero también pensé, después, que probablemente continuara intentando acabar con los últimos obstáculos entre los dos porque no le importaba que yo pretendiera detenerme ahora.
Algo en el plan había fallado, y yo sabía exactamente qué. Algo tan absurdo, tan comprensible, tan degradante, obvio y desesperante como simple: él no era Leon.
Y maldita la hora en que había permitido que se apoderase de mí en todo sentido, pero era muy tarde como para engañarme creyendo que podría sacármelo de la cabeza de buenas a primeras, o que mi cuerpo podría aceptar a alguien más sin resistirse.
Y otra horrible certeza me golpeó con fuerza instantáneamente:
Estaba furiosa, decepcionada y un montón de cosas más, por lo que me había hecho. Tanto, que al verme reflejada en un espejo, convertida en un zombie, podía haber malinterpretado una mirada con toda intención. Pero no importaba. Después de todo, por mucho que quisiera, por mucho que me conviniera, era incapaz de odiar a Leon.
La pregunta aquí era ¿cómo iba a odiarlo?
Lo quería tanto, a pesar de cualquier cosa, que lo mío no tendría remedio. Había podido olvidar a Tomas, pero me había costado mucho, así que prefería no imaginar cuánto me tomaría olvidarme de Leon. Porque estaba tan enamorada de él, se había colado en mi sangre de tal forma, que no recordaba ni en qué momento había empezado a amarlo.
Quizá llevaba enamorada de él desde que lo conocí, cuando aún nos llevábamos como extraños. Quizá me había enamorado de él cuando me había besado por primera vez. Quizá me había enamorado de él cuando empezó a coquetearme y a enseñarme lo que era desear a alguien. Quizá me había enamorado de él cuando fingió consolarme y cuidar de mí. Quizá me había enamorado de él el mes pasado, o quizá había sido el amor más real que nunca, ayer.
Quizá llevaba enamorada de él toda la vida.
¿Quién sabía? Y ¿qué importaba ahora?
Un portazo y un grito me arrancaron de mis pensamientos en el mismo momento en que veía al desconocido alejarse de mí prácticamente dando un salto hacia atrás, y pude notar que apenas y había conseguido desabrochar la bragueta en lo que a mí me habían parecido horas y horas de tortura.
— ¡Violetta! —No me lo esperaba, pero fue Francesca a quien vi en el umbral, con la cara desencajada, indecisa entre mirarme a mí o a él. Cuando finalmente se decidió, le envió al chico una clara mirada de advertencia y rabia, antes de espetarle—: Tú, lárgate de aquí antes de que llame a la policía.
Obviamente, él obedeció, y no pasó mucho hasta que mi prima y yo quedamos solas, en medio de un silencio incómodo, extraño y viciado. La vi acercarse a paso lento, dudando, y se arrodilló en el suelo para quedar a mi altura. Tan de cerca, se veía todavía más pálida.
— ¿Estás bien? —preguntó, con la voz en un hilo. Yo sólo dije que sí con la cabeza, y sus ojos violetas se pasearon por mi desordenado atuendo—. Vine porque tardabas demasiado, y, menos mal… Dios mío ¿él te estaba…?
—No me estaba violando, si es lo que crees.
Mi tono fue lo más cortante y brusco posible, pero pronto se me cayó la mascarada al suelo, en forma de un torrente de agua tibia escapándose de mis ojos. Me incliné hacia delante, abrazándome las rodillas, furiosa, y el abrazo de Francesca no hizo que me tranquilizara.
Llevé una mano al lado derecho de mi cadera, por debajo de la camisa desordenada, y arranqué la gasa que protegía el tatuaje de forma tan brusca que, en otro momento más lúcido y humano, me habría hecho quejarme de dolor.
— ¡¿Por qué no puedo…?!
Francesca me estrechó con algo más de fuerza entre sus brazos, y se ocupó de quitar mi mano de allí en cuanto notó que me estaba enterrando las uñas en la piel. No me costó nada percibir su estremecimiento al descubrir, seguramente, el tatuaje, y su voz sonó cortada cuando susurró:
—Pero… si te tatuaste sus iniciales…
Me mordí el labio hasta sentir el sabor de la sangre, sufriendo con la idea de que el peor tatuaje lo llevaba dentro del pecho. ¿Qué era mi piel, comparada con eso?
—Por favor —supliqué, sollozando—, llévame a casa. Necesito irme a la cama.

(Leon)
Cuando desperté, por la mañana, me invadió aquella molesta sensación de no saber bien en dónde estaba. El techo, la mesita con el velador, la radio, las sábanas, las cortinas en la ventana; todo a lo que estaba acostumbrado, todos esos detalles que conocía de memoria y pertenecían a mi hogar, ahora se me hacían ajenos. Como si, de pronto, no significasen absolutamente nada.
El camino que hice, de la cama al baño, de la ducha al armario, y de la cocina a la puerta de salida, y luego a la calle, también pasó ante mí como algo extraño y sin importancia. E incluso el instituto se presentó ante mí con la misma apariencia lejana y sombría, nebulosa. Casi amedrentadora.
Los pasillos estaban repletos de gente, porque no era tan temprano y faltaba poco para que el timbre anunciara el inicio de las clases. No reconocí ninguno de los rostros que se me presentaron, ni siquiera los de aquellas personas a las que, seguramente, ayer habría podido corresponder los saludos. Y lo primero que hice, en cuanto llegué al aula habitual, fue dejar mi vista volar rápidamente hacia el pupitre que había delante del que me estaba asignado a mí.
Intenté tranquilizarme con el pensamiento de que Violetta no estaba allí porque se habría quedado dormida, y que en cualquier momento la vería cruzar el umbral de la puerta luego de haber corrido su acostumbrada carrera a contrarreloj. Sin embargo, algo en mí mismo me alertó de que aquello no tenía pinta de querer ocurrir hoy.
Casi me derrumbé sobre la silla, traspasando todo el peso de mi cuerpo cansado a otra cosa diferente de mis pies, y recosté el rostro en el hueco entre mis brazos y el escritorio, suspirando dolorosamente. Deseaba con todas mis fuerzas poder despertar de una vez, para reaccionar de alguna manera a lo que estaba pasando, pero no encontraba la forma.
Quería llorar. Hasta eso habría sido un consuelo; al menos significaría que continuaba siendo humano.
El sonido de las sillas y las mesas moviéndose me indicó que cada vez llegaba más gente, así que me esforcé un poco por mantener la compostura y volverme algo más que un muermo, aunque no sabía bien qué me impulsaba, a estas alturas, a mantener las apariencias. En cualquier caso, me incorporé un poco y observé distraídamente a los grupos que entraban por la puerta, conversando.
Pude ver a Francesca entrar también, y la ansiedad hizo que el corazón se me reanimara dolorosamente dentro del pecho. Pero volvió a morir en cuanto ella me miró esquivamente, sin ninguna expresión en particular, y yo me di cuenta de que, tal y como me negaba a querer saber, venía sola. Obviamente, no me saludó, y únicamente se sentó junto al pupitre vacío que debería ocupar Violetta, mirándolo ausentemente. Y por un momento estuve a punto de preguntarle si ella vendría, porque estaba seguro de que Francesca tendría la respuesta, pero no me atreví a hacer nada. No me sentía con derecho, ni con la suficiente valentía.
Así pues, volví a ocultar el rostro contra mis brazos, y me dejé estar durante lo que me pareció una eternidad completa.

Violetta)
Psicosomático… psicosomático… psicosomático…
Sentía la habitación dar vueltas sin parar, incluso en medio de la oscuridad de mi mente, y la cabeza latirme a martillazos. Me habría despertado el calor sofocante de las mantas, así que me las quité con molestia, suplicando un poco de piedad a quien fuera.
Pero pronto empecé a congelarme de nuevo, y a tiritar.
Cuando conseguí abrir los ojos, descubrí que todo continuaba siendo casi tan negro como segundos atrás. El aire estaba viciado, y parecía escasear el oxígeno. Aunque quizá eso se debía, más bien, a que yo misma no era capaz de respirar con normalidad. Me sentía enferma, enferma, cansada, melancólica y cuantas cosas negativas pudiera padecer una persona.
Ayer había llegado con Francesca hasta mi casa en el momento más indicado; es decir, cuando no había nadie, y se me había presentado la perfecta oportunidad de meterme a dormir en la cama sin tener que soportar preguntas que me harían deshacerme en lágrimas, acerca de si me ocurría algo, o comentarios sobre que tenía muy mala cara. Mi prima se había ido pocos minutos después de que yo le asegurara no hacer tonterías — ¿me consideraba una suicida en potencia, o algo así?—, y que únicamente pretendía descansar antes de que mi cerebro se volviera papilla.
En cuanto la puerta de mi habitación se había cerrado, mi sueño fue pesado y profundo, aunque cargado de pesadillas que ahora no recordaba. Incluso Mechi me había despertado, media hora antes, porque dijo que estaba gruñendo y quejándome como un Bichito. Yo no le respondí con los acostumbrados berrinches de cada vez que me llamaba así, y, en lugar de eso, farfullé algo sobre que no iría al instituto hoy porque tenía fiebre —lo cual era cierto—, y él se fue al trabajo sin decir más.
Volví a cerrar los ojos y otra vez me tapé con las mantas hasta el cuello. Sabía que mi hermana sospechaba algo, pero no tenía pensado decirle nada, si podía evitarlo. No iba a preocuparla por algo inútil, además de que no me costaba imaginar su reacción, y, por extraño que pudiera parecer, yo lo último que pretendía era ver a Leon tan muerto como Mechi gustosamente lo dejaría.
Esta vez, antes de que el calor volviera a sofocarme, me volví a dormir.
Y soñé que él me abrazaba todo el tiempo.

(Leon)
Jugueteaba con el cable de mi mp3 mientras andaba lentamente hacia el gran portón de salida, enredando mis dedos en él, tironeando otro poco, sin haberlo encendido todavía. Poco a poco, los engranajes de mi mente iban engrasándose y funcionando cada vez un tanto más, ahora mismo esforzándose por recordar las palabras exactas de mis amigos en cuanto me habían visto, y sus preguntas acerca de si no preferiría que ellos hablaran con Violetta sobre lo que había oído, para aclarárselo todo. Propuesta que, desde luego, decliné tan poco cortante como pude.
Y me había sentido agradecido, en esos momentos. Porque, salvando a Marco, tenía la absoluta certeza de que los demás se portaban así en alguna especie de luto solidario. Si yo estaba de funeral, velándome a mí mismo, entonces ellos también.
—Leon, espera.
En un principio, creí que había sido alguna especie de alucinación o una confusión por eso de tener los auriculares del mp3 en las orejas, pero, en cuanto giré sobre mis talones, me encontré con que Francesca realmente me había llamado, y ahora avanzaba hacia mí con pasos raudos, casi convertidos en zancadas.
Obedeciendo, me detuve, y pronto la tuve a menos de medio metro de distancia, regalándome la expresión más fría que hubiera visto en ella jamás. Sinceramente, se quedó tan silenciosa que ya me esperaba un sencillo pero certero golpe en la entrepierna, un rodillazo o algo parecido, pero pasaron los segundos y nada ocurrió.
Lo cual no fue un alivio. Casi prefería saber lo que se le pasaba por la cabeza, a su mutismo.
— ¿Jugaste con ella? —rompió el viento con su voz, cortante como un cuchillo, aunque igual de suave que siempre.
Yo respondí de la forma más obvia:
—Sí.
Cuando ella me cruzó la cara de un golpe que dejó mi mejilla izquierda ardiendo y palpitando, mi mirada se perdió en uno de los remolinos de polvo y hojas que se levantaban desde el suelo. El cielo se volvía cada vez más oscuro, a lo lejos.
— ¿Durante cuánto tiempo, Leon?
Lentamente, volví la mirada hacia ella, tan dócil y rendido como desde un principio. No me quedaba ni la timidez que encierra la cobardía, ni el llanto por el arrepentimiento, ni el odio hacia terceros. Daba la impresión de que sólo quedaba la verdad, cruda y sencilla, desclavada sin demasiados miramientos.
—Hasta que Violetta descubrió lo de su novio y su hermana —confesé, en tono monocorde.
Algo en los ojos de Francesca, y en todo su gesto tenso y severo, se suavizó notablemente.
—Lo sabía —murmuró, bajando los párpados un momento, y suspirando—. Sé que la quieres de verdad, pero, entiende, la que tiene que saberlo es Violetta. —Volvió a abrir los ojos, para después arrugar el ceño—. Y te juro que, como no le aclares las cosas y la recuperes, me las vas a pagar. Te advertí hace ya tiempo que no pensaba consentir que le hicieras daño, porque con Tomas tuvo más que suficiente, y pienso mantener mi palabra, así como tú debiste mantener alguna sobre darle una paliza a Marco por haber abierto la boca y dicho cosas que no le correspondían. Porque, fuiste tú quien le pegó así ¿verdad?
—Sí.
Ella asintió una sola vez con la cabeza.
—Arregla las cosas, Leon —repitió—. No soporto ver sufrir así a Violetta, y es tu culpa, de modo que asume los cargos y ponte a pensar en cómo hacer algo, en vez de llorar por los rincones.
— ¿Por qué no vino hoy?
Francesca tuvo que advertir el cambio de tema, pero no me lo hizo saber. En vez de eso, quizá comprendiendo que yo no tenía nada que acotar con respecto a lo anterior, se limitó a responderme.
—Está enferma. Ayer tenía fiebre, así que se quedó en casa.
Yo metí las manos en los bolsillos, y con la punta del zapato derecho removí un poco la gravilla del suelo, observando las diminutas piedras como si fueran verdaderamente trascendentales.
— ¿Mucha fiebre? —murmuré.
Como no me lo esperaba para nada, me quedé completamente tieso en cuanto sentí que Francesca me estaba abrazando de la misma forma en que lo había hecho ayer, con los brazos rodeándome la cintura y su cabeza rozándome el mentón. Sin entender nada, bajé un poco la cabeza, y me encontré con que, si bien aquélla no era su gran sonrisa de siempre, al menos era una sonrisa. Una muy triste, que acompañaba a sus ojos húmedos.
—Te vas a morir si no lo sueltas de una vez.
Su cuerpo se me hizo extremadamente frágil cuando, de repente, la envolví en un abrazo tan fuerte que imaginé que no haría falta mucho más para quebrarle todos los huesos. Me mantuve justo en el límite, apretándola contra mí, sin llegar a ser lo suficientemente brusco como para hacerle daño, y dejé que mi rostro se ocultara entre su cuello y su hombro. Sentí sus manos escalar hasta mi espalda y empezar a acariciarla en un gesto de consuelo que a mí me liberó de lo que me parecieron toneladas y toneladas de peso.
Fue entonces cuando mi mente pareció reaccionar por completo, y el golpe de la realidad fue tan duro que necesité intensificar el abrazo todavía un poco más para poder soportarlo. En cuestión de segundos, fui acribillado con todas esas cosas que, hasta el momento, no había sabido percibir, y el dolor fortísimo me quemó el pecho y la garganta, dejándome sin respiración.
Violetta se había enterado de cómo habían empezado las cosas, por boca de cualquiera. De alguien que no era nadie para explicarle nada, de alguien que no sabía ni entendía lo que yo pudiera sentir por ella. De alguien que, probablemente, se lo habría dicho de una forma lo suficientemente sádica como para asesinar toda esperanza, mía o de ella.
Violetta me había dicho que no volviera a tocarla, que creía que le había mentido siempre, y que esperaba que yo encontrase a alguna otra persona para «calentarme la cama», porque lo que teníamos se había acabado.
Violetta tenía que odiarme.
—La… la he perdido ¿verdad, Francesca?
Cuando ella detuvo las caricias sobre mi espalda, y también se aferró más fuerte, creí que no me contestaría. Pero luego me llegó su vocecita lacrimosa, casi hablándome al oído.
—No lo sé —dijo, mientras yo sentía que el mundo se desmoronaba.
Y, por fin, lloré.

(Violetta)
Desperté bruscamente, y me incorporé casi de un salto, quedando sentada sobre la cama. El dolor agudo que se extendió por todo el interior de mi pecho me hizo gemir, y me llevé una mano a la altura en donde mi corazón latía frenéticamente, con la forma de un presentimiento horrible y extraño.
Cerré el puño en torno a la tela del camisón, esperando y soportando las punzadas como podía, con las lágrimas que me provocaba el dolor amenazando con caer desde mis ojos hasta el edredón tibio. Mi mirada quedó fija en el cristal de la ventana, que era golpeado sin piedad por las gruesas gotas de lluvia, una y otra vez.
Un par de segundos después, con la misma rapidez con la que había llegado, aquella sensación se esfumó repentinamente, dejándome en medio de la oscuridad de mi habitación, desconcertada, asustada, sola y con una pregunta revoloteando dentro de mi cabeza incansablemente:
¿Qué había sido eso?

(Leon)
No fui consciente de cuánto tiempo había pasado, pero Francesca y yo rompimos el abrazo en cuanto la lluvia comenzó a caer sobre nuestras cabezas, sin piedad. Ella había insistido mucho preguntándome si de verdad estaba bien, o si no quería que llamara a alguien para que viniera a buscarnos y nos llevara en auto a su casa, para que yo pudiera cambiarme de ropa o al menos tomar algo caliente y tranquilizarme un poco, pero me mantuve tan firme como podía con las negativas. Luego de un rato, seguro notando que no acabaría de convencerme, había acabado por rendirse y aceptar que volviera a mi apartamento solo y a pie, pero no sin antes hacerme prometer que, en cuanto necesitara algo, la llamaría o iría a verla.
Francesca era una buena amiga.
El agua no había amainado ni un poco, sino todo lo contrario, con el transcurso de cada uno de los segundos. Por fin la tormenta se había liberado, y caía con fuerza sobre los cientos de paraguas que podía ver avanzando en un montón de direcciones, y sobre mi cabeza descubierta. La música del mp3 era lo único que acallaba un poco el fortísimo estruendo de las gotas chocando contra el suelo.
Jamás en mi vida había visto una lluvia semejante.
Alcé la cabeza al cielo, definitivamente negro, sintiendo que el agua me hería los ojos. Y ya no sabía si era yo quien lloraba todavía, o lo estaban haciendo las guitarras por mí, con sus aullidos, pero tampoco importaba mucho. Porque estaba destruido por dentro.
Porque ella, en realidad, no sabía nada.
No me di cuenta del momento en que crucé la calle, ni vi el semáforo. Si bien no podía dejar de caminar sin sentido, tampoco era consciente siquiera de que existiese aún un mundo a mi alrededor.
Por eso todo ocurrió muy rápido:
El grito, el bocinazo, los frenos chirriando, el sonido de las ruedas al resbalar sobre el asfalto mojado, el golpe, el silencio ensordecedor…
Y la oscuridad final.



LEONNNN

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Dangerous Obsession - Capitulo 57

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Capítulo 57 

Xabi comenzó a seguirla mientras le decía que no podía enojarse por ello. Reí por lo bajo al igual que Lodo y Ruggero
—Se pelean siempre, pero a los dos segundos están como si nada hubiese pasado —dijo el italiano divertido.
Mi celular comenzó a sonar. Detuve mi paso y lo busqué en mi mochila. Miré la pantalla y el número que aparecía era desconocido.
—Vamos Blanco, estamos por llegar tarde —dijo Rugge.
—Vayan yendo —les dije y me alejé un poco para contestar — ¿Hola?
—Lo intente, juro que lo intente —su voz paralizó mi cuerpo —Pero no lo comprendiste y no me hiciste caso.
— ¿Qué es lo que realmente quieres, maldita sea? —pregunté nervioso.
—Yo quise hacer las cosas por las buenas y tú me obligaste a hacerlas por las malas. Tú no la puedes dejar bueno, yo voy a ayudarte a hacerlo.
— ¿De qué estás hablando? —dije sin entender.
— ¿Dónde está Martina ahora, Jorge? —me preguntó.
Mi corazón se detuvo en ese mismo momento. Solté el teléfono y comencé a correr lo más rápido que pude hacia la salida. La luz de afuera se veía lejana y yo sentía que mis piernas jamás iban a llegar hasta allí. Salí casi volando hacia el exterior y miré hacia donde estaba el estacionamiento. Martina salía del auto.
—¡Martina! —le grité. Ella levantó la vista y me sonrió. Y entonces un auto negro salió de la nada y se detuvo a su lado. Unos hombres salieron de allí y colocaron sobre su nariz un pañuelo — ¡NO!
Corrí hacia ellos pero fue demasiado tarde. Se la llevaron.
Corrí hacia donde se había dirigido el auto, pero ya se había alejado demasiado.
— ¡NO! —volví a gritar mientras sentía aquella sensación de impotencia en mi pecho.
— ¡JORGE! —Me giré a verlos y Rugge y Lodo venían corriendo hacia mí — ¿Qué pasó?
—Se la llevaron —dijo mientras me daba cuenta de ello. Mis ojos se llenaron de lágrimas.
— ¿Y Martina? —preguntó a Lodo.
—A Martina—susurré.
— ¿Qué? —dijo ella sin poder creerlo.
—Tranquilo, Jorge… vamos a encontrarla. Necesitamos llamar a la policía y ¿Por qué se la llevaron? —dijo mi amigo.
—Mi padre —dije y lo miré a los ojos.
Rugge asintió levemente y estiró la mano para entregarme el celular que había tirado antes de salir corriendo. Lo tomé y sin pensarlo marqué el número de su celular.
— ¿Qué pasó, hijo? —me preguntó al atender.
— ¡¿Dónde está maldita sea?! ¡Por tu bien no le toques un pelo porque juro que voy a encontrarte y a acabar contigo! —dije mientras apretaba los dientes.
—Solo estoy intentando ayudarte. Quiero salvarte, aunque no lo creas.
— ¿Por qué no me dejas en paz? —Mi voz se quebró y las malditas lágrimas comenzaron a salir de mis ojos – No le hagas daño, por favor.
—Por eso mismo es que quiero alejarla de ti, hijo —susurró él como si estuviera con alguien – Ella es la que va a acabar contigo si no hago algo.
— ¡No, por favor, no le hagas nada! —grité.
—Me lo vas a agradecer algún día —dijo y colgó.
— ¡NO, MALDITA SEA, NO! ---- Rugge se acercó a mí y me abrazó mientras yo sentí que todo el mundo se venía sobre mi cabeza —Va a hacerle algo —dije sin dejar de llorar —Él está loco y va a lastimarla.
—Tranquilo, hermano, tranquilo —me dijo él y se alejó de mí —Vamos a llamar a la policía y hay que buscar a personas que hayan estado cerca de tu padre y que sepan lugares en los que pueda estar.
—Ya llamé a la policía —dijo Lodo —Están viniendo para acá.
—Stephie —dije y me alejé de ellos para correr de nuevo hacia la Universidad.
— ¡Jorge, espera! —me gritó Ruggero.
Aun así no me detuve. Ella debe saber algo de todo esto, ella debe tener una idea de a donde ese infeliz se llevó a Martina. Voy a matarla si no me lo dice.
Entré abruptamente al salón. Todos se giraron a verme. La busqué con la mirada y la encontré sentada casi al final del salón.
— ¿Dónde está? —le pregunté fuerte mientras me acercaba a ella.
Sus ojos se abrieron bien y se puso de pie para retroceder levemente. Me acerqué más y la toqué por los hombros.
— ¿Qué haces? —me preguntó nerviosa.
— ¡Dime donde diablos la tiene! —le grité.
— ¡Jorge, Jorge! —Ruggero me alejó de ella. Intenté soltarme, pero él me lo impidió.
— ¡Suéltame Ruggero! ¡Esta perra sabe donde la tiene! ¡Ella lo sabe! —dije mientras seguía haciendo fuerza para soltarme de mi amigo.
— ¡No sé de qué estás hablando! —me dijo ella mientras comenzaba a llorar.
— ¡Mentira, si lo sabes! ¡Lo sabes, maldita sea! —seguí gritando.
— ¡Sáquenlo de mi clase! —dijo el profesor.
Sentí las manos de Xabiani sobre mi otro brazo y me giré a verlo.
—Se la llevaron, hermano —dije mientras volvía a soltar un par de lágrimas —No sé donde está… tengo que encontrarla.
—Vamos afuera —dijo él un tanto confundido.
Salimos del salón y me solté de sus brazos.
— ¿Qué sucede aquí? —el rector preguntó y me giré a verlo.
—Necesito ayuda, señor. Se llevaron a Martina, la secuestraron aquí afuera, delante de mí. Necesito ayuda —le dije desesperado.
—Tranquilo, la policía ya está aquí —me dijo.
Mercedes se acercó a mí y me abrazó con fuerza. Apoyé la cabeza en su hombro y comencé a llorar de nuevo.
—Voy a morirme si le hace algo —le dije a mi prima.
—Tranquilo —susurró ella con voz queda —Todo va a estar bien.
—Blanco, la policía necesita de su declaración —me habló el rector.
Me alejé de Mercedes y sequé mi rostro antes de girar a verlo. Asentí y caminé con él hasta su despacho. Un hombre de pelo blanco me miró y me dio la mano.
—Ya hemos sido informados de lo sucedido. Pero necesitamos que nos diga cómo fueron las cosas.
—Primero en principal el que tiene a Martina se llama Fernando Blanco y es mi padre —le dije. Él asintió y tomó asiento mientras anotaba —Y… fue hace unos instantes… ella había ido a buscar algo a su auto y mi padre me llamó y me dijo que él iba a ser quien la alejara de mí. Y cuando salí un auto se detuvo a su lado y se la llevaron.
— ¿Recuerda como era el auto? —preguntó.
—No… solo sé que era negro. No pude distinguir ni la marca, ni nada.
—Bien, nosotros ya empezaremos con la búsqueda.
Se puso de pie y salió de allí. El rector se giró a verme.
—Es necesario que llames a sus padres —me dijo mientras apoyaba una de sus manos sobre mi hombro.
Asentí y él me dejó solo en su despacho. Me senté pesadamente en la silla y cubrí mi rostro con ambas manos. Esto no podía estar pasando, esto no era real.
Debe ser que estoy durmiendo y es una pesadilla como la de ayer. Solo una pesadilla. Martina esta durmiendo a mi lado. Solo necesito despertarme.
—Jorge—dijo ella entrando al despacho. Levanté mi cabeza y la miré —Ya llamé a Alejandro y Mariana. Están viniendo para acá.
—Les fallé —musité y mi mirada quedó clavada en la nada.
—No, no primito —dijo ella y se arrodilló frente a mí —Tú no les fallaste.
—Si les falle —la miré a los ojos y sus bellos ojos estaban llenos de lágrimas —Yo no la cuidé, es mi culpa. Solo tuve que haber hecho lo que él quería y ahora ella estaría aquí bien, sana y sin miedo.
—Las cosas pasan por algo, primito —dijo y acarició mi rostro. Se acercó a mí y me abrazó con fuerza. Todavía tengo la esperanza de que esté durmiendo.
Las horas comenzaron a pasar y con ellas la sensación de que era solo un sueño se había ido. Esto es real y está pasando. No habíamos tenido ninguna noticia de mi padre, ni nada por el estilo. Él no había vuelto a llamarme.
Miré a Mari y esta no dejaba de llorar mientras se encontraba acurrucada entre los brazos deAlejandro. Mi madre y Ryan habían venido hacia la Universidad al enterarse de lo sucedido.
Mi celular comenzó a sonar y todos se callaron para mirarme con expectación.
—Cuando yo te diga, atiende —me dijo el comisario. Asentí —Ahora.
— ¿Hola? —dije tratando de sonar lo más calmado posible.
— ¿Ya llamaste a todo el mundo, cierto? —Me preguntó él — ¿Qué necesidad había, hijo? Esto pudo haber sido un secreto entre nosotros.
— ¿Dónde la tienes? —le pregunté.
— ¡Jorge! —escuché su voz a lo lejos.
— ¡No, no, no! —dije mientras las lágrimas comenzaban a llenar de nuevo mis ojos —Por dios, suéltala.
— ¡Cállate, niña! —le gritó él.
—Por lo que más quieras, papá —le hablé sin dejar de llorar —Déjala en paz. Voy a hacer lo que quieras. Voy a dejarla, pero no le hagas daño.
—Eso lo tuviste que haber pensado ayer, hijo. Ahora es tarde… yo no puedo permitir que tú arruines tu vida.
—Por favor —musité y cerré los ojos con fuerza.
—Se que vas a odiarme al principio, pero después vas a ver que yo tenía razón. Esto es necesario.
—No, no es necesario.
—Adiós, dijo —colgó antes de que pudiera decirle algo más.
Me giré a ver al comisario y él sonrió levemente.
—Lo tenemos.



Un capitulo y se acaba!!!

Jany

Hush Hush - Finale - Capitulo 18

Capítulo 18
___________________________________________

Mis ojos se abrieron ante un repentino golpeteo en la puerta. Me senté, desorientada. La luz del sol se colaba por la ventana, indicando que era tarde por la mañana. Mi piel estaba húmeda de sudor, mis sábanas enredadas en mis piernas. En mi mesa de noche, una botella vacía yacía inclinada hacia un lado.
El recuerdo irrumpió de nuevo.
Apenas logré llegar a mi habitación antes de quitar la tapa, tirándola a un lado a toda prisa, y vaciar el devilcraft en segundos. Me ahogaba y atragantaba, sintiéndome como si me fuera a sofocar mientras el líquido
obstruía mi garganta, pero sabía que mientras más rápido tragara, más rápido acabaría. Una oleada de adrenalina como ninguna cosa que había sentido nunca se había expandido en mi interior, llevando mis sentidos a un máximo estimulante. Había tenido la urgencia tentadora de correr afuera y empujar mi cuerpo al límite, corriendo, saltando y esquivando todo en mi camino. Como volar, solo que mejor.
Y luego, tan rápido como el impulso se había disparado dentro de mí, colapsé. Ni siquiera recuerdo haber caído en mi cama.
—Despierta, dormilona —llamó mi mamá desde la puerta—. Sé que es fin de semana, pero no vas a dormir todo el día. Ya son más de las once.
¿Once? ¿He estado inconsciente durante cuatro horas?
—Estaré abajo en un segundo —respondí, todo mi cuerpo estaba temblando por lo que tenía que ser un efecto secundario del devilcraft.
Había consumido demasiado, muy rápido. Eso explicaba porque mi cuerpo se apagó durante horas, y la sensación peculiar y nerviosa pulsando dentro de mí.
No podía creer que le había robado el devilcraft a Dante. Peor, no podía creer que lo había tomado. Estaba avergonzada. Tenía que encontrar la forma de corregirlo, pero no sabía por dónde empezar. ¿Cómo podría decirle a Dante? Él ya pensaba que yo era tan débil como un humano, y si no podía controlar mis propios apetitos, eso solo probaba que estaba en lo cierto.
Debería solo habérselo pedido. Pero era desconcertante el pensar que disfruté robándolo. Había cierta emoción en hacer algo malo y salirme con la mía. Justo como había sido emocionante excederse con el devilcraft,
bebiéndolo todo inmediatamente y rehusándome a racionarlo. ¿Cómo podría estar teniendo estos horribles pensamientos? ¿Cómo podía haberme dejado actuar así? Esto no es lo que yo era.
Jurando que esta mañana sería la última vez que usaría el devilcraft, enterré la botella en el fondo del basurero y traté de sacar el incidente de mi cabeza.
Asumí que para esta hora estaría desayunando sola, pero encontré a
Marcie en la mesa de la cocina, tachando una lista de números telefónicos.
—He pasado toda la mañana invitando a la gente a la fiesta de Halloween —explicó—. Siéntete libre de incluirte en cualquier momento.
—Pensé que las invitaciones se enviarían por correo.
—No hay tiempo suficiente. La fiesta es el jueves.
—¿Una noche de escuela? ¿Qué hay de malo con el viernes?
—El juego de fútbol americano. —Mi rostro debió haberse visto confundido, porque ella dijo: —Todos mis amigos van a estar jugando en el juego o animándolo. Además, es un juego fuera de casa así que no podemos solo invitarlos para después del juego
—¿Y el sábado? —pregunté, incrédula de que íbamos a armar una fiesta entre semana. Mi mamá nunca estaría de acuerdo. Pero de nuevo, Marcie tenía una forma de convencerla de cualquier cosa estos días.
—El sábado era el aniversario de mis padres. No la haremos el sábado —dijo con una nota de carácter definitivo. Empujó la lista de números telefónicos hacia mí—. Estoy haciendo todo el trabajo, y
realmente esta empezando a sacarme de quicio.
—No quiero tener nada que ver con la fiesta —le recordé.
—Solo estás de mal humor porque no tienes una cita.
Era cierto. No tenía una cita. Había hablado sobre llevar a Jorge, pero eso requeriría que lo perdonara por ver a Blakely la noche anterior. El recuerdo de lo que había pasado vino rápidamente. Entre dormir anoche,
entrenar con Dante esta mañana, y caer inconsciente por varias horas, olvidé por completo comprobar mi teléfono por los mensajes.
El timbre sonó, y Marcie saltó de su asiento.
—Yo atiendo.
Quería gritarle: “¡Deja de actuar como si vivieras aquí!”, pero en lugar de eso, me deslicé pasándola y tomé las escaleras de dos en dos a mi cuarto. Mi cartera estaba colgada en la puerta de mi armario, y busqué en
ella hasta encontrar mi celular.
Tomé una profunda respiración. Ningún mensaje. No sabía lo que eso significaba, y no sabía si debía preocuparme. ¿Qué si Blakely había emboscado a Jorge? ¿O qué si su silencio era solo porque nos habíamos
separado en malos términos anoche? Cuando me enojaba, quería mi espacio, y Jorge lo sabía.
Le envié un mensaje texto rápido. «¿Podemos hablar?»
En la planta baja, oí a Marcie peleando nerviosa.
—Dije que iría por ella. Tienes que esperar aquí. ¡Oye! No puedes solo entrar sin ser invitada.
—¿Quién lo dice? —le respondió Mechi, y oí su bullicio en las escaleras.
Me reuní con ellas en el pasillo fuera de mi dormitorio.
—¿Qué está pasando?
—Tu amiga gorda se abrió paso a codazos sin ser invitada —se quejó Marcie.
—Esta vaca flaca está actuando como si fuera la dueña de este lugar —me dijo Mechi—. ¿Qué está haciendo aquí?
—Vivo aquí ahora —dijo Marcie.
Mechi soltó una carcajada.
—Siempre divertida —dijo, negando con el dedo.
La barbilla de Marcie se levantó.
—Si vivo aquí, vamos, pregúntale a Tini.
Mechi me miró y suspiré.
—Es temporal.
Mechi se balanceó en sus talones como si hubiese sido golpeada por un puño invisible.
—¿Marcie? ¿Viviendo aquí? ¿Soy la única que se da cuenta de que toda la lógica se levantó y se fue?
—Fue idea de mi mamá —dije.
—Fue idea mía y de mi mamá, pero la señora Stoessel estuvo de acuerdo en que era lo mejor —corrigió Marcie.
Antes de que Mechi hiciera más preguntas, la tomé por el codo y la arrastré dentro de mi dormitorio. Marcie avanzó hacia delante, pero le cerré la puerta en la cara. Estaba tratando con todas mis fuerzas de ser
civilizada, pero dejarla entrar en una conversación privada con Mechi era
llevar la idea de cortesía demasiado lejos.
—¿Por qué ella está realmente aquí? —exigió Mechi, sin molestarse en hablar en voz baja.
—Es una larga historia. La corta es que… no sé lo que está haciendo aquí. —Evasiva, sí, pero honesta también. No tenía idea de lo que Marcie estaba haciendo aquí. Mi mamá había sido amante de Hank, yo era el fruto de su amor, y era razonable que Marcie no querría tener nada que ver con nosotras.
—Vaya, todo está claro ahora —dijo Mechi
Es hora de darle una distracción.
—Marcie hará una fiesta de Halloween en la granja. Las citas sonobligatorias, al igual que los disfraces. El tema es “Parejas famosas de la historia”.
—¿Y? —dijo Mechi, sin importarle en absoluto.
—Marcie tiene los ojos puestos en Scott.
Mechi entrecerró los ojos.
—¡Claro que lo hace!
—Marcie ya le preguntó, pero él no sonaba muy comprometido —le ofrecí amablemente.
Mechi sonó sus nudillos.
—Es hora de hacer algo de la magia de Mechi antes de que sea demasiado tarde.
Mi celular sonó con un texto. «Tengo el antídoto. Tenemos que reunirnos». Un mensaje de Jorge.
Él estaba bien. La tensión en mis hombros se fue.
Discretamente, deslicé el teléfono en el bolsillo y le dije a Mechi: —Mi mamá necesita que recoja la ropa de la lavandería y que devuelva unos libros de la biblioteca. Pero puedo pasar por tu casa más tarde.
—Y entonces podemos planear como robarle a Scott a la puta —dijo Mechi.
Le di a MEchi una ventaja de cinco minutos y luego llevé el Volkswagen de vuelta al camino.
«Dejando la granja ahora», le escribí a Jorge. «¿Dónde estás?»
«Llegando a la casa adosada», respondió.
«Te veo ahí».
Me dirigí a Casco Bay. Demasiado ocupada formulando lo que le diría a Jorge para disfrutar del impresionante paisaje del atardecer. Era solo a medias consiente del agua azul oscuro brillando bajo el sol, y de las olas
salpicando y formando espuma cuando se estrellaban contra los acantilados escarpados. Me estacioné a pocas calles del lugar de Jorge y entré. Era la primera en llegar, y salí al balcón para organizar mis pensamientos por última vez.
El aire era frío y pegajoso con la sal, solo con la brisa suficiente para poner la piel de gallina, y esperaba que eso calmara mi enojo y la persistente punzada de la traición. Me gustaba que Patch siempre tuviera
mi seguridad en mente, me conmovía su preocupación y no quería parecer malagradecida de tener un novio que iría a cualquier extremo por mí, pero un trato era un trato. Acordamos trabajar en equipo, y él había roto mi
confianza.
Oí la puerta del garaje deslizarse al abrirse, seguido por la motocicleta de Jorge entrando. Un momento después, apareció en la sala de estar. Él mantuvo su distancia, pero sus ojos estaban sobre mí. Su
cabello era arrastrado por el viento, y una barba oscura salpicaba su mandíbula. Llevaba la misma ropa con la que lo había visto por última vez, y sabía que había estado fuera toda la noche.
—¿Una noche ocupada? —le pregunté.
—Tenía muchas cosas en mi mente.
—¿Cómo esta Blakely? —pregunté a Jorge con la indignación necesaria para que supiera que no había olvidado ni perdonado.
—Él hizo un juramento para mantener nuestra relación tranquila. — Una pausa—. Y me dio el antídoto.
—Así decía tu mensaje.
Jorge suspiró y pasó su mano por el pelo.
—¿Así es cómo va a ser? Entiendo que estés enojada, pero ¿podrías retroceder un minuto y ver las cosas de mi punto de vista? Blakely me dijo que fuera solo, y yo no confiaba en cómo reaccionaría si aparecía contigo a
mi lado. No me opongo a tomar riesgos, pero no cuando las posibilidades están claramente en mi contra. Él tenía la mejor mano, esta vez.
—Prometiste que seríamos un equipo.
—También juré hacer todo lo que estuviera en mi poder para protegerte. Quiero lo mejor para ti. Es tan simple como eso, Ángel.
—No puedes seguir haciéndote cargo y luego decir que es por mi seguridad.
—Asegurarme de que estás a salvo es más importante para mí que tu buena voluntad. No quiero pelear, pero si estás decidida a verme como el malo de la película, que así sea. Es mejor que perderte. —Se encogió de
hombros.
Di un grito ante su arrogancia, y entrecerré mis ojos rápidamente.
—¿Es eso realmente lo que sientes?
—¿Alguna vez me viste mentir, especialmente cuando se trata de mis sentimientos por ti?
Agarré mi bolso del sofá.
—Olvídate de esto. Me voy.
—Haz lo que quieras. Pero no vas a dar un paso fuera hasta que te tomes todo el antídoto. —Para probar su punto, se apoyó contra la puerta principal, cruzando los brazos sobre su pecho.
Mirándolo fijamente, dije: —Por lo que sabemos, el antídoto podría ser veneno.
Él sacudió su cabeza.
—Dabria lo analizó. Está limpio.
Apreté los dientes. Controlar mi temperamento estaba oficialmente fuera de cuestión ahora.
—¿Te llevaste a Dabria no? Supongo que eso significa que los dos son un equipo ahora —le espeté.
—Ella se mantuvo lo suficientemente lejos del radar de Blakely para no alertarlo, pero lo suficientemente cerca para leer fragmentos de su futuro. Nada allí indicó alguna jugada sucia con respecto al antídoto. Él hizo un trato justo. El antídoto es bueno.
—¿Por qué no intentas ver las cosas desde mi punto de vista? — Estaba furiosa—. Tengo que soportar que mi novio escoja trabajar cercanamente con su ex… ella sigue enamorada de ti, ¡lo sabes!
Jorge mantuvo su mirada fija en mí.
—Y yo estoy enamorado de ti. Incluso cuando eres irracional, celosa y voluntariosa. Dabria ha tenido una práctica más substancial en los trucos mentales, en las retiradas y la lucha de los nephilim en general. Tarde o
temprano vas a tener que comenzar a confiar en mí. No tenemos una gran cantidad de aliados, y necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. Mientras Dabria esté contribuyendo, estoy dispuesto a mantenerla a bordo.
Mis puños estaban apretados tan fuerte que mis uñas amenazaban con romper mi piel.
—En otras palabras, no soy lo suficientemente buena para ser tu compañera de equipo. ¡A diferencia de Dabria, no tengo ningún poder especial!
—No es eso en absoluto. Ya hemos pasado por esto: si algo llegara a pasarle, no me consideraría desafortunado. En cambio si a ti te pasara algo…
—Sí, bueno, tus acciones hablan por sí mismas. —Estaba herida y molesta, y decidida a mostrarle a Jorge que me estaba subestimando, y todo ello me llevó a mi siguiente declaración sorprendente—. Llevaré a los nephilim a la guerra contra los ángeles caídos. Es lo correcto. Me encargaré de los arcángeles después. Puedo vivir temiéndoles, o puedo superarlo y hacer lo que sé que es mejor para los nephilim. No quiero otro nephil
jurando lealtad para siempre. He tomado mi decisión, así que no te molestes en disuadirme —dije rotundamente.
Los ojos negros de Jorge me observaron, pero no dijo nada.
—Me he estado sintiendo así por un tiempo —dije, impulsada por su incómodo silencio y ansiosa por probar mi punto de vista—. No permitiré que los ángeles caídos sigan intimidando a los nephilim.
—¿Estamos hablando de los ángeles caídos y de los nephilim, o de nosotros? —finalmente Jorge preguntó en voz baja.
—Estoy cansada de jugar a la defensiva. Ayer un grupo de ángeles caídos vino por mí. Eso fue el colmo. Los ángeles caídos necesitan saber que nos hemos cansado de ser fastidiados. Nos han acosado el tiempo
suficiente. ¿Y los arcángeles? No creo que a ellos les importe. Si así fuera, ya habrían intervenido y habrían puesto fin al devilcraft. Tenemos que asumir que lo saben y están buscando otra salida.
—¿Dante tiene algo que ver con tu decisión? —preguntó Jorge, sin ni una sola grieta en su calmada compostura.
Su pregunta me irritó.
—Soy la líder del ejército de los nephilim. Tomo las decisiones. Esperaba su siguiente pregunta fuera: “¿Dónde nos deja esto?”, por lo que sus siguientes palabras me tomaron por sorpresa.
—Te quiero a mi lado, Martina. Estar contigo es mi prioridad. He estado en guerra con los nephilim por mucho tiempo. Eso me ha llevado por un camino que desearía cambiar. El engaño, los trucos baratos, incluso la fuerza bruta. Hay días en los que desearía volver atrás y tomar un camino diferente. No quiero que te arrepientas de lo mismo. Necesito saber que eres lo suficientemente fuerte físicamente, pero también necesito saber que
te mantendrás fuerte aquí. —Tocó mi frente con suavidad. Luego acarició mi mejilla, sosteniendo mi cara en la palma de su mano—. ¿De verdad
entiendes en lo que te estás metiendo?
Me aparté, pero no tan fuerte como pretendía.
—Si dejaras de preocuparte por mí, verías que lo sé.
Pensé en todo el entrenamiento que había hecho con Dante. Pensé en lo talentosa que él creía que era con los trucos mentales. Jorge no tenía ni idea de lo lejos que había llegado. Era más fuerte, más rápida y más
poderosa de lo que nunca me hubiera imaginado. También había pasado por lo suficiente en los últimos meses para saber que ahora estaba firmemente en su mundo. Nuestro mundo. Sabía en lo que me estaba metiendo, incluso si a Jorge no le gustaba.
—Puede que me hayas impedido reunirme con Blakely, pero no puedes detener la guerra que se avecina —señalé.
Estábamos en el borde de un conflicto mortal y peligroso. No iba a endulzarlo, y no estaba dispuesta a mirarlo de otra forma. Estaba lista para pelear. Por la libertad de los nephilim. Por la mía.
—Una cosa es pensar que estás lista —dijo Jorge en voz baja—. Saltar a una guerra y ver todo en primera fila es un juego diferente. Admiro tu valentía, Ángel, pero estoy siendo honesto cuando pienso que estás precipitándote sin pesar totalmente las consecuencias.
—¿Crees que no he pensado en esto? Soy la que dirige el ejército de Hank. He pasado muchas noches desvelada pensando en esto.
—Dirigir el ejército, sí. Pero nadie dijo nada acerca de pelear. Puedes cumplir con tu juramento y mantenerte lejos del peligro. Delegar las tareas más peligrosas. Para eso está tu ejército. Para eso estoy aquí.
Su argumento estaba comenzando a irritarme.
—No puedes protegerme siempre, Jorge. Aprecio que lo pienses, pero soy una nephilim ahora. Soy inmortal y necesito menos de tu protección. Soy un blanco de los ángeles caídos, de los arcángeles y de otros nephilim,
y no hay nada que pueda hacer al respecto. Excepto también aprender a pelear.
Su mirada era serena, su tono nivelado, pero sentí cierta tristeza detrás de su fachada.
—Eres una chica fuerte, y eres mía. Pero ser fuerte no siempre se reduce a la fuerza bruta. No tienes que patear traseros para ser una luchadora. La violencia no es el equivalente de fuerza. Por ejemplo: liderar tu ejército. Hay una mejor respuesta a todo esto. La guerra no va a solucionar nada, pero va a separar nuestros mundos, y habrá víctimas, incluyendo humanos. No hay nada heroico en esta guerra. Esto llevara a
una destrucción peor de la que tú o yo hemos visto. 

Tragué saliva. ¿Por qué Jorge siempre tenía que hacer esto? Decir cosas que sólo me hacían entrar en más conflicto. ¿Me estaba diciendo esto porque él honestamente lo creía, o estaba intentado alejarme del campo de
batalla? Quería confiar en sus intenciones. La violencia no era siempre la salida. De hecho, la mayor parte del tiempo no lo era. Lo sabía. Pero veía el punto de vista de Dante también. Tenía que luchar. Si pasaba por todo esto siendo débil, solo colgaba un blanco más grande en mi espalda. Tenía que 
demostrar que era fuerte y que podía tomar represalias. En el futuro previsible, la fuerza física era más importante que la fuerza de carácter.
Presioné los dedos en mis sienes, intentando alejar la preocupación que resonaba como un dolor sordo.
—No quiero hablar de esto ahora. Solo necesito… un poco de tranquilidad, ¿de acuerdo? Tuve una mañana agitada, y lidiaré con esto cuando me sienta mejor.
Jorge no parecía convencido, pero no dijo nada más sobre el asunto.
—Te llamo más tarde —dije con cansancio.
Él sacó un frasco de líquido blanco, lechoso, de su bolsillo y me lo extendió.
—El antídoto.
Estaba tan enfrascada en nuestra discusión, que me había olvidado completamente de esto. Escudriñé el vial con suspicacia.
—Me las arreglé para conseguir que Blakely me dijera que el cuchillo con el que te había apuñalado es el prototipo más potente que ha desarrollado. Esto puso veinte veces más devilcraft en tu sistema del que
Dante te había dado a beber. Esa es la razón por la que necesitas el antídoto. Sin él, desarrollarás una adicción inquebrantable al devilcraft. En dosis suficientemente altas, algunos prototipos de devilcraft te pudren de
adentro hacia afuera. Revolverá tu cerebro como cualquier otra droga letal.
Las palabras de Jorge me tomaron por sorpresa. ¿Me había despertado esta mañana con un apetito insaciable por devilcraft, porque Blakely había causado que lo anhelara más que comer, beber e incluso respirar?
El pensamiento de despertarme todos los días, movida por el hambre, ponía una sensación ardiente de vergüenza en mis venas. No me había dado cuenta de lo mucho que estaba en juego. Inesperadamente, me
encontré agradeciéndole a Patch por conseguir el antídoto. Haría cualquier cosa para no sentir esa necesidad invencible de nuevo.
Destapé el vial.
—¿Algo que debería saber antes de tomar esto? —Pasé el frasco por debajo de mi nariz. Sin olor.
—No va a funcionar si has tenido el devilcraft en tu sistema en las últimas veinticuatro horas, pero ese no debería ser un problema. Ha pasado más de un día desde que Blakely te apuñaló —dijo Jorge.
Tenía el frasco a centímetros de mis labios, cuando me detuve. Soloesta mañana había consumido una botella entera de devilcraft. Si tomaba el antídoto ahora, no funcionaría. Seguiría siendo adicta.
—Aprieta la nariz y empuja el líquido hacia atrás. No puede saber tan
mal como el devilcraft —dijo Jorge.
Quería contarle a Jorge sobre la botella que le había robado a Dante.
Quería explicarlo. Él no me culparía. Esto era culpa de Blakely. Era el devilcraft. Me había bebido una botella entera apenas había tenido la oportunidad. Estaba tan cegada por la necesidad.
Abrí mi boca para confesarlo todo, pero algo me detuvo. Una voz oscura, y extraña plantada en lo más profundo que me murmuraba que no quería ser libre del devilcraft. No todavía. No podía perder el poder y la fuerza que venía con él… no cuando estábamos al borde de una guerra.
Tenía que mantener esos poderes cerca, por si acaso. No se trataba deldevilcraft. Se trataba de protegerme.
La ansiedad comenzó, lamiendo mi piel, humedeciendo mi boca, haciéndome temblar de hambre. Empujé los sentimientos a un lado, orgullosa de mí misma cuando lo hice. No actuaría de la forma en que lo hice esta mañana. Robaría y bebería devilcraft cuando lo necesitara absolutamente. Y mantendría el antídoto conmigo siempre, así podía romper el hábito cuando quisiera. Lo haría a mi manera. Tenía una opción
en esto. Estaba en control.
Luego hice algo que nunca imaginé que haría. El impulso se encendió en mi conciencia, y actué sin pensar. Clavé mis ojos en Jorge por un breve instante, convocando toda mi energía mental, sintiéndola desplegarse
dentro de mí como un gran poder, desencadenante y natural, y lo engañé mentalmente haciéndole pensar que me había tomado el antídoto.
«Martina se lo bebió», susurré engañosamente a su mente, plantandouna imagen como soporte de mi mentira. «Hasta la última gota».Luego deslicé el frasco en mi bolsillo. Todo el asunto había
terminado en cuestión de segundos


Jany

¿El Amor O La Amistad? - Capitulo 29

Capitulo 29

"Ultimas Cartas"

Querido Jorge:
No, no vengas el próximo fin de semana. Es que es el cumpleaños de Mechi, y nos iremos por ahí el sábado a celebrarlo. Eso sí, seremos solo chicas. Lo siento, no puedo decirte que vengas. Además, no es una buena idea porque también nuestra única cama libre es horrorosa: Eggs rompió
los muelles, así que de repente se cierra cuando estás metido en ella. ¿Por qué no esperamos a vernos en Gales? ¿No te parece? ¿Vas en Navidades? Nosotros sí que vamos. Es una idea horrible, habrá que
ponerse seis jerséis encima por lo menos, y nieva todo el rato y dentro de las ventanas hay hielo; así que no te digo el frío que hace fuera. Pero es una especie de tradición familiar, así que, qué le vamos a hacer. Pero bueno, si estás allí podríamos jugar a que somos sir Edmund Hillary y el sherpa Tensing a la conquista del Everest.
Hasta pronto, Tini


Querida Tini:
No puedo esperar hasta Navidades. Llegaré el fin de semana, después
del próximo fin de semana. Todo mi amor.
Jorge


Jany

Unreflecting - Capitulo 150

Capitulo 150

"Días, Días y Más Días"

No sé como, conseguí llegar a casa. Logré no venirme abajo mientras conducía y estrellarme contra la parte posterior de un vehículo debido a mi empañada visión. No, decidí reservar mis lágrimas para la almohada en forma de corazón que mi hermana había encontrado para mí. Después de empaparla con mis lágrimas, me quedé dormida.
Mi mundo parecía algo más liviano cuando me desperté al día siguiente. Quizá se debía a que la cabeza me dolía menos y los moratones empezaban a cambiar de color, indicando que mi cuerpo comenzaba a sanar. O quizá se debía a que la ruptura con Tomas era definitiva, y ésta ya no me causaba ansiedad. Todo había terminado —nosotros habíamos terminado—, y, aunque esas palabras me partían el corazón, me sentí mejor.
El hecho de ducharme y vestirme también me reconfortó, y, mientras examinaba mi contusionado cráneo, me pregunté qué derroteros tomaría ahora mi vida. Tenía que buscar trabajo. Y tenía que reanudar mis estudios. Las vacaciones de invierno habían llegado mientras yo convalecía, pero, gracias a unas llamadas telefónicas de mi médico, de mí misma y, sorprendentemente, de Tomas, conseguí que ampliaran las clases que me había perdido. Y, si me ponía a estudiar con ahínco, estaba segura de que recuperaría el tiempo perdido antes del próximo trimestre.
Apreté la mandíbula y decidí emplearme a fondo. Puede que hubiera perdido mi empleo, mi novio y mi amante, pero, si me concentraba, podría conservar mi preciada beca. Y, si lo lograba..., quizá mi corazón sanaría lenta pero sistemáticamente como mi cabeza.
Tomas me llamó dos días más tarde, justo antes de que mi hermana y yo nos dispusiéramos a coger un avión a casa para pasar las Navidades con nuestra familia. Mis padres habían cambiado los billetes que habían adquirido para Tomas y para mí a nombre de mi hermana y yo. Se mostraron sinceramente apenados cuando les comuniqué que había roto con Tomas. Asimismo, me sometieron a un interrogatorio de dos horas sobre cuándo iba a regresar a la Universidad de Buenos Aires.
Tomas me habló sobre su nuevo trabajo y los planes que había hecho con su familia. Parecía sentirse feliz, y su buen humor me levantó el ánimo. Como es natural, su voz se quebró cuando me deseó feliz Navidad y a continuación me dijo «te quiero». Tuve la impresión de que se le había escapado sin querer, y durante el silencio que se hizo entre nosotros me devané los sesos en busca de algo que decir. Por fin, le dije que yo también lo quería. Y era cierto. Siempre existiría cierto grado de cariño entre ambos.
Al día siguiente, mi hermana y yo, haciendo de tripas corazón, regresamos a casa para las vacaciones. Anna disimuló con habilidad y maquillaje el leve color amarillento de mi cardenal y juró no mencionar el accidente a nuestros padres, porque si se enteraban no me dejarían regresar a México.
Antes de abandonar mi habitación, rebusqué en mi cómoda por enésima vez el collar que León me había dado. Cada día deseaba ponérmelo, lucir un objeto de él, pues hacía mucho que no lo veía, pero no había vuelto a ver el collar desde la noche que me lo había dado. En parte, temía haberlo perdido durante la pelea. En parte, temía que León hubiera decidido recuperarlo. Ése habría sido el peor escenario. Habría sido como si me hubiera arrancado un pedazo de su corazón.
Pero no lo encontré y tuve que partir de la ciudad sin el collar, que era como una parte de él, lo cual me dolió en lo más hondo.
Me sentí rara al regresar a casa de mi familia. Me produjo una sensación cálida y entrañable a la par que evocaba un montón de recuerdos infantiles, pero ya no me parecía que fuera mi hogar. Era más bien como entrar en casa de tu mejor amiga o de una tía. Un lugar confortable y familiar, pero que me resultaba un tanto extraño. Me ofrecía la sensación de seguridad que me había ofrecido de niña, pero no tenía el menor deseo de quedarme y dejarme envolver por esa sensación. Quería regresar a casa..., a mi hogar.
Nos quedamos un par de días más después de las fiestas y luego, puesto que mi hermana estaba aún más impaciente que yo por volver, nos despedimos con lágrimas en los ojos de nuestros padres en el aeropuerto. Mi madre no dejó de llorar al ver partir a sus dos hijas, y, durante unos instantes, me sentí fatal al pensar que mi corazón estaba arraigado en un lugar tan alejado de ellos. Me dije que era porque me había enamorado perdidamente de la ciudad..., pero una pequeña parte de mi cerebro, que traté de ignorar, sabía que no era así. Un lugar es sólo un lugar. Y no era la ciudad la que hacía que mi corazón y mi pulso se aceleraran. No era la ciudad la que hacía que me sintiera trastornada y rompiera a llorar en plena noche.
Después del esfuerzo que había hecho durante las vacaciones por ponerme al día en mis estudios, y de ver con nostalgia a mi hermana salir en Nochevieja para asistir a un concierto de los D-Bags, lo que me partió el corazón, me centré en el segundo objetivo importante que debía conseguir: un trabajo. A primeros de año, obtuve un empleo de camarera en un pequeño pero popular diner situado en Pioneer Square, donde trabajaba Rachel, la compañera de piso de Ludmila. Era famoso por los platos que servían durante toda la noche, y atraía a multitud de estudiantes universitarios. En mi primera noche allí, el local estaba abarrotado, pero Rachel se ofreció encantada a echarme una mano.
Rachel era una interesante mezcla de asiática y latina con una piel color café con leche, el pelo de color café oscuro y una sonrisa que seducía a un gran número de chicos universitarios, que le daban buenas propinas. Era tan dulce como Jenny, pero reservada como yo. No me preguntó por mis lesiones y, aunque supuse que estaba al corriente del tórrido triángulo amoroso (dado que era la compañera de piso de Ludmila), jamás hizo ningún comentario sobre mi vida amorosa. Su discreción era reconfortante.
Me aclimaté a mi nuevo trabajo con gran facilidad. Además de unos encargados afables y unos cocineros divertidos, las propinas eran más que generosas, las otras camareras muy simpáticas y los
clientes asiduos derrochaban paciencia. No tardé en sentirme relativamente cómoda en mi nuevo hogar.
Como es natural, añoraba el bar de Pete. Añoraba el olor del local. Añoraba a Scott en la cocina, aunque no pasara mucho tiempo con él. Añoraba charlar y reírme con Ludmila y Cami. Añoraba bailar al son de la música de la gramola. Incluso añoraba a la desvergonzada Rita y sus historias picantes que hacían que me sonrojara hasta la raíz del pelo. Pero, por supuesto, lo que más añoraba del bar de Pete era a la banda.
Veía a Diego con frecuencia, puesto que venía a menudo a pasar un rato con mi hermana. En realidad, lo veía con más frecuencia de lo que me habría gustado. De hecho, ahora sé que tiene un piercing en un lugar donde jamás habría imaginado que un chico fuera capaz de pedir a alguien que le clavara una aguja allí. Después de un breve encuentro con él desnudo en el pasillo, sentí deseos de lavarme los ojos hasta arrancármelos de las órbitas.
De vez en cuando, Maxi aparecía con él, y charlábamos tranquilamente. Yo le preguntaba cómo les iba a los chicos de la banda, y él me hablaba sobre instrumentos, equipo, canciones, melodías, actuaciones en las que habían tenido un gran éxito, locales con los que había firmado para actuar en ellos y demás aspectos comerciales. No era exactamente lo que yo quería que me contara, pero asentía educadamente y lo escuchaba, observando cómo sus pálidos ojos chispeaban cuando me hablaba sobre el amor de su vida. Después de hablar con él, me alegré de que León no hubiera abandonado México. Maxi se habría llevado un disgusto de muerte si el grupo se hubiera disuelto. Estaba convencido de que algún día se harían famosos. Al recordar sus actuaciones, sentía que se me encogía el corazón y no podía evitar estar de acuerdo con él. Con León como reclamo de la banda, no cabía duda de que algún día alcanzarían el estrellato.
A veces, Maxi y mi hermana charlaban sobre León, pero cambiaban de tema en cuanto yo entraba en la habitación. Una de esas conversaciones me produjo una opresión en la boca del estómago. Yo acababa de entrar en el apartamento y los oí hablar en la cocina. Oí la suave voz de Maxi terminar una frase diciendo:
—...sobre su corazón. ¿No te parece de lo más romántico?
—¿Qué es eso tan romántico? —pregunté al entrar en la habitación, suponiendo que hablaban sobre Diego, aunque no imaginaba qué había hecho que pudiera ser considerado «romántico».
Tomé un vaso y empecé a ponerme agua cuando me percaté del tenso silencio que se había producido.
Me detuve y observé que mi hermana fijaba la vista en el suelo, mordiéndose el labio. Maxi dirigió la vista hacia el cuarto de estar, como si deseara estar allí. Entonces, comprendí que no hablaban sobre Diego, sino sobre León.
—¿Qué es eso tan romántico? —insistí automáticamente, pese a la crispación que sentía en el estómago. ¿Acaso León tenía novia?
Anna y Maxi se miraron durante un segundo antes de responder a la vez: «Nada». Yo dejé el vaso y salí de la habitación. Fuera cual fuere el romántico gesto que había realizado León, no quería enterarme. No quería pensar con quién estaba en ese momento, en la chica con la que estaba saliendo. Al margen del detalle romántico que hubiera tenido con una chica —una chica que no era yo—, no quería saber nada al respecto.


Capitulo muuuuuuy largo xD

ULTIMOS CAPITULOS

Jany

¿Amor Olvidado? - Capitulo 13

{En el capitulo anterior}

Mis manos se congelaron cuando todo el recuerdo más importante, sacudo la caja hasta sacar todo su contenido y pude ver el pequeño centavo ovalado.
-Tú -digo acusadoramente tomándolo y rodándolo entre mis dedos.- Todo esto es tu culpa.

Capitulo 13

{PASADO}

-¡No voy a meterme a la piscina! ¡Esta helada!
-Vamos no seas aguafiestas. Se hombre
Jorge estaba en bóxer en la piscina del campus y yo hacía mi mayor esfuerzo por no ver sus músculos.
-No puedes manipularme que entre a la piscina haciendo un comentario sexista -dije, inclinándome para salpicarle agua en la cara. Él agarro mis muñecas antes de que yo pudiera evitarlo.
Nuestros ojos se encontraron.
-No -le advertí. Por un segundo pensé que no tenía las agallas, lo siguiente que supe es que estaba dentro del agua.
Jorge se alejo riéndose.
-¿No puedo creer que hicieras eso! -Lo empuje, pero no se movió ni un centímetro, era como empujar una pared.
-Te ves bien mojada -dijo él-. Nadarías mejor si te quitaras algo de ropa.
Le lance una mirada asesina.
-Oh, no estas de humor, ya veo -Dijo con un pequeño tono de desafió en el.
-Al diablo -murmure por lo bajo. Yo era ese tipo de persona que saltaría de un puente solo por divertir a sus amigos. Me desise de mi ropa, dejándome solo ropa interior, y se los lance a Jorge en su cara.
Inconscientemente el articulo un "Guau"
-Bonito encaje - Dijo mientras me miraba sin nada de disimulo.
-¿Puedes al menos disimular? Me siento violada.
-¿Que tiene de malo que te mire?
Ahora estábamos demasiado cerca para mi gusto, comencé a retroceder hacia atrás.
-Se te cayo algo.
-¿Que?
-Abajo, hay algo -Dijo mientras miraba hacia nuestros pies.
-Seguramente es una moneda.
Me sumergí y agarre el objeto. Cuando salí, Jorge de forma automática se movió rápidamente más cerca.
-¿Qué es? -pregunto curiosos.
Al abrir mi puño, estaba un centavo, pero no cualquier centavo, era uno todo viejo y feo, era... ¡Era el centavo de nuestra primera cita! apenas se apreciaba el texto que decía "¡Un Beso!"
-¿Esto es enserio?
En vez de responderme, él comenzó a reír a carcajadas.
-No tengo idea de que me hablas.
Antes de poder contestar algo ingenioso, Jorge extendió el brazo y me cogió por la cintura. Incluso con el agua helada, su tacto se sentía como fuego quemando mi piel. Él sonrió abiertamente, sus ojos se nublaron con lo que percibí lujuria en ellos. Rozo su lengua por el interior de mi labio inferior, yo me quede inmóvil. Jorge desconcertado por mi falta de entusiasmo se aparto de mi, aun sosteniéndome de la cintura y nuestras frentes pegadas.
-Devuélveme el beso Martina -Su voz era dominante. Cerre los ojos y trague fuerte.
Solo es un beso, he besado a otros chicos, es pan comido, como comer o caminar.
Sus labios se volvieron a acercar por segunda vez e incline mi cabeza. Sus labios se presionaron contra los míos y se estiraron formando una sonrisa de diversión, río en mi boca. Era exasperante e increíblemente sexy. Trate de alejarme pero el me volvió a jalar.
Nadie alguna vez me había besado así.
Entonces el hizo la cosa más extraña, me aparto y me sostuvo con los brazos extendidos. El hechizo se rompió.
-Me tengo que ir.-Dije saliendo lo mas rápido posible. Nos vemos luego Jorge. - Recogí mi ropa, y me la coloque, aún estaba mojada, pero era eso o irme en ropa interior. -Adiós.
Salí de su casa antes de que él me dijera algo.
¡¿Qué rayos había hecho?!



Vovli!!!

Jany

jueves, 9 de abril de 2015

"Ellos"

"Ellos"

No tenían nada en común, sus edades eran distintas, sus maneras de caminar no coincidían y mucho menos la estatura.
Nunca pensaban igual, tenían ideas muy diferentes.
Él era dueño de si mismo, ella era una niña insegura.
Sus manos parecían haber sido hechas como piezas exactas para encajar una con otra, con los dedos entrelazados y mirando a la misma dirección.

Jany