jueves, 23 de octubre de 2014

Walking Disaster - Capitulo - 62 - Ultimo Capitulo

Ultimo Capitulo

Capitulo 62

Me preguntaba si debería haber esperado otra semana antes de añadir el estrés de un nuevo auto. Los sabíamos que para el final del día que el rumor de la escuela estaría esparciendo la noticia de nuestro matrimonio, junto con uno o dos escándalos ficticios. Tini, adrede, se puso unos jeans muy ajustados y un sweater al cuerpo para despejar las inevitables dudas sobre un embarazo. Quizás nosotros nos casamos repentinamente pero hijos era todo un nuevo nivel, y ambos estábamos dispuestos a esperar.

Algunas gotas cayeron del cielo gris de la primavera mientras comenzamos nuestra caminata hacia nuestras clases en el campus. Puse mi gorra de béisbol roja bien bajo en mi frente, y Tini abrió su paraguas. Los dos nos quedamos mirando al edificio Keaton cuando pasamos, tomando nota de la cinta amarilla y el ladrillo ennegrecido por encima de cada ventana.

Tini agarró mi abrigo, y yo la abracé, tratando de no pensar en lo que había sucedido.

Xabi se enteró de que Adam había sido arrestado. Yo no le había dicho nada a Tini, temeroso de ser el siguiente, y causarle una preocupación innecesaria.

Una parte de mí pensó que la noticia sobre el incendio mantendría la atención indeseada lejos del anillo de Tini, pero yo sabía que la noticia de nuestro matrimonio sería una distracción bienvenida de la triste realidad de perder compañeros de clase en una forma tan horrible.

Como lo esperaba, cuando llegamos a la cafetería, mis hermanos de la fraternidad y del equipo de fútbol fueron a felicitarnos por nuestra boda y nuestro inminente hijo.
— No estoy embarazada—dijo Tini, sacudiendo la cabeza.
— Pero... ustedes están casados, ¿verdad? —dijo Lexi, dudosa.
— Sí—dijo Tini con sencillez.
Lexi levantó una ceja.
— Supongo que averiguaremos la verdad muy pronto.
Giré mi cabeza hacia un lado.
— Asúmelo, Lex.

Ella me ignoró.
— Supongo que los dos ¿Se enteraron del incendio?
— Un poco— dijo Tini, claramente incómoda.
— Escuché que estudiantes estaban haciendo una fiesta allí. Que se han estado metiendo a escondidas en los sótanos durante todo el año.

— ¿Tan así?—le pregunté. Por el rabillo del ojo pude ver a Tini mirándome, pero traté de no parecer muy aliviado. Si eso era cierto, tal vez estaría fuera del gancho.

El resto del día lo pasamos siendo observado o felicitados. Por primera vez, no fui detenido entre las clases por diferentes chicas que querían saber sobre mis planes para el fin de semana. Ellas sólo me veían mientras pasaba caminando, reacias a acercarse al marido de otra persona.

En realidad era un poco agradable.

Mi día iba bastante bien, y me preguntaba si Tini podría decir lo mismo. Incluso mi profesora de psicología me ofreció una pequeña sonrisa y asentimiento cuando ella escuchó mi respuesta a la pregunta sobre si el rumor era cierto.
Después de nuestra última clase, me encontré con Tini en el Camry, y tiré las mochilas en el asiento trasero.

— ¿Fue tan malo como pensabas?
— Sí—Ella suspiró.
—Supongo que hoy es un buen día para caer en lo mi papá, ¿no?
— No, pero debemos. Tienes razón, yo no quiero que se entere de la noticia por alguien más.

Su respuesta me sorprendió, pero no la cuestioné. Tini trató de conseguir que yo conduzca, pero me negué, insistiendo en tome confianza detrás volante.

El viaje hacia lo de papá desde el campus no tardó mucho tiempo, pero más que si yo hubiera conducido. Tini obedeció todas las leyes de transito, sobre todo porque ella estaba nerviosa por ser detenida y entregarle accidentalmente al policía la Identificación falsa.

Nuestro pequeño pueblo parecía diferente, mientras lo atravesábamos, o tal vez era yo quien no era el mismo. No estaba seguro de si era por ser un hombre casado que me hacia sentir un poco más relajado, moderado, o si finalmente me había asentado en mi propia piel. Ahora estaba en una situación en la que no tenía que probarme a mí mismo, porque la única persona que me aceptaba completamente, mi mejor amiga, ahora era un elemento permanente en mi vida.

Parecía como si hubiera completado una tarea, superado un obstáculo. Pensé en mi madre, y las palabras que ella me dijo hace casi una vida atrás. Fue entonces cuando lo entendí: ella me había pedido que no me asentara, que peleara por la persona que amaba, y por primera vez, hice lo que ella esperaba de mí. Finalmente había llegado a ser quien ella quería que fuera.

Respiré hondo, y llegué a descansar mi mano sobre la rodilla de Tini.
— ¿Qué pasa?—preguntó.
— ¿Qué pasa con qué?
— La mirada en tu cara.

Sus ojos se movieron entre mí y la carretera, muy curiosa. Me imaginé que era una expresión nueva, pero no podría empezar a explicar lo que podría parecer.
— Estoy feliz, bebé.
— Yo también—Tini medio tarareó, medio rio.

Es cierto que estaba un poco nervioso por decirle a mi padre acerca de nuestra escapada memorable a Las Vegas, pero no porque él se fuera a enojar. No podía poner mi dedo en eso, pero las mariposas en mi estómago se arremolinaban más rápido y más fuerte con cada cuadra más cerca que estábamos de la casa de papá.

Tini se detuvo en el camino de grava, empapada por la lluvia, y se detuvo junto a la casa.
— ¿Qué crees que va a decir?—preguntó.
— No lo sé. Él va a estar feliz, eso si lo sé.
— ¿Eso crees?—preguntó Tini, sosteniendo mi mano.
Apreté sus dedos entre los míos.
— Lo sé.

Antes de que pudiéramos llegar a la puerta principal, papá salió al porche.
— Bueno, hola, chicos—dijo, sonriendo. Sus ojos se arrugaron mientras sus mejillas hicieron subir las bolsas hinchadas bajo sus ojos. —No estaba seguro de quien estaba aquí. ¿Tienes un coche nuevo, Martina? Es bonito.
— Hey, Jim—Tini sonrió.—Jorge lo hizo.
— Es nuestro—le dije, quitándome mi gorra—Pensamos en pasarnos por aquí.

— Estoy feliz de que lo hayan hecho… feliz. Estamos teniendo un poco de lluvia, supongo.
— Supongo—dije, mis nervios sofocaron cualquier habilidad que tenía para una pequeña charla. Lo que pensé que eran los nervios era realmente la emoción de compartir la noticia con mi padre.

Papá sabía que algo nos traíamos.
— ¿Tuviste unas buenas vacaciones de primavera?
— Fueron... interesantes— dijo Tini, apoyándose en mi costado.
— ¿Ah, sí?
— Hicimos un viaje, papá. Nos escapamos a las Vegas por un par de días. Decidimos uh... nosotros decidimos casarnos.

Papá hizo una pausa durante unos segundos, y luego sus ojos rápidamente buscaron la mano izquierda de Tini. Cuando encontró la validación que buscaba, miró a Tini, y luego a mí.

— ¿Papá?—le dije, sorprendido por la expresión en blanco de su rostro.

Los ojos de mi padre brillaban un poco, y luego las comisuras de su boca lentamente subieron. Él extendidas su brazos y me envolvió a mi y a Tini, al mismo tiempo.

Sonriendo, Tini miró hacia mí. Le guiñé un ojo.
— Me pregunto qué diría mamá si estuviera aquí—dije.
Papá se echó hacia atrás, con los ojos húmedos de lágrimas de felicidad.
— Ella diría que hiciste bien, hijo—. Él miró a Tini. — Ella te daría las gracias por darle a su hijo de vuelta algo que lo había abandonado cuando ella lo hizo.
— Yo no sé nada de eso—dijo Tini, secándose los ojos. Era evidente que estaba abrumada por el sentimiento de papá.

Él nos abrazó de nuevo, riendo y apretándonos al mismo tiempo.
— ¿Quieres apostarlo?



FIN!



Bueno, llego el fin de esta hermosa novela, Gracias a todos los que me acompañaron todo este tiempo, Las Amodoro!!!


Jany

miércoles, 22 de octubre de 2014

¿El Amor O La Amistad? - Capitulo 14

Capitulo 14

Solo que ahora Lodo le hace mimitos a Liam.
Todavía no me lo puedo creer. A pesar de haberle conocido. ¿Cómo les habrá ido en su paseo? ¿Y cómo lo habrán pasado Mechi y Greg?
Me repito a mí misma: Lodo y Liam, Mechi y Greg, Tini y... nadie.
Nadie de nadie.
Por fin me quedo dormida. Y sueño. Sueño con Jorge. No con el Jorge de México, sino con el que me inventé. El guapo de pelo rubio y ojos castaños, con el que me crucé al ir al colegio.
Me está esperando a la salida del colegio y vamos a pasear al río. Me coge de la mano por la calle, pero al llegar a la orilla que está muy tranquila y solitaria, me coge en sus brazos y me dice un montón de cosas bonitas. Luego me acaricia el pelo y me besa en la nuca, en las
orejas, en el cuello. Nos besamos de verdad. Es maravilloso. Después nos tumbamos en la hierba abrazados. Jorge es mío y yo soy suya. Me dice que me quiere desde el primer momento en el que me vio. Cuando casi chocamos por culpa del coche mal aparcado. Yo le contesto que yo
también le quiero. Entonces me despierto. Ha sido el sueño más real que nunca he tenido. Tan real que siento todavía el solecillo en la piel, el olor a miel de mi chico y el calor de su cuerpo. Ahí es donde quiero estar: junto a él. Ese es mi sitio.
Soy una extranjera en este mundo rutinario de duchas y desayunos. Me siento a la mesa como un autómata. Sorbo el café y los cereales. Los cuatro lados de una mesa: papá, Anna, Eggs y yo. Cuatro miembros de una familia. Siento que no tengo nada que ver con ellos. Me parece muy
raro que solo porque compartimos un porcentaje de algo en la sangre, tenga yo nada que ver con mi padre. Nada que ver. No es nada más que un señor gordinflón, de mediana edad, con un corte de pelo horroroso, barba y una camiseta que no le va. No tengo nada que ver con él. Ni con
ese niño que se muere de la risa y tose sobre su tazón de cereales. Y con la mujer de la camisa blanca, menos todavía. Por cierto que ella me está diciendo que voy a perder el autobús, y tiene razón.
Yo, aún en mitad de la calle, y el autobús, ya en la parada. Hubiera podido echarme a correr, pero no quiero que se me suba la falda todavía más. Ni sé tampoco si quiero coger el maldito autobús.
Así que decido que iré al colegio andando. Paso por la parada, bajo la calle, doblo la esquina y el coche que aparca en medio de la acera no está, ni tampoco él. ¿Qué? ¡Pues sí! ¡Está! Al final de la calle. ¡Y viene hacia mí!
El chico de mi sueño está allí y mi sueño es tan real que me parece conocerle. Y viene hacia mí. Y yo siento como si hubiéramos paseado junto al río y hubiéramos estado el uno en brazos del otro, pero en la realidad.
Se acerca. Lleva una camisa vaquera azul pálido. Le favorece. Está estupendo. Me mira. ¿Me está mirando? ¿Me estará buscando? ¿Habrá soñado él también? ¿Conmigo? ¿Será posible?
Sigo andando. Él también. Se acerca a mí. Le veo perfectamente: la nariz recta, los ojos castaños y una boca muy dulce. Además sonríe. Me sonríe. Yo también le sonrío. Con algo de misterio porque compartimos un secreto y quiero que se dé cuenta.
—¡Hola! —dice cuando está a dos pasos de mí.
¿Está hablándome? ¡No es posible! ¡Estará hablándole a otra! Miro a mi alrededor: no hay nadie. Me habla a mí. ¡Oh, Señor! ¡Soy una imbécil!



Perdon por no estar tan On, esque las tareas :(

Jany

lunes, 20 de octubre de 2014

Unreflecting - Capitulo 84

Capitulo 84

"No Tocar"

León cumplió su palabra; no volvió a comportarse de forma indecorosa conmigo. De hecho, jamás trató de tocarme. Cuando estábamos en la misma habitación, se mantenía tan alejado de mí como era posible, procurando que no se notara. Se las arreglaba para que no nos rozáramos nunca, y cuando nos tocábamos sin querer se disculpaba. Sin embargo, seguía pendiente de todos mis movimientos. Yo sentía siempre su intensa mirada fija en mí. En cierto sentido, habría preferido que me tocara a la intensidad de esas miradas.
Traté de concentrarme en mis estudios, pero me distraía con facilidad. Las clases, aunque seguían siendo interesantes y me hacían reflexionar, no eran tan fascinantes como antes, y mi mente se ponía a divagar con frecuencia. Traté de concentrarme en Tomas. Se mostraba más animado desde nuestra velada en la discoteca, lo cual hacía que me sintiera terriblemente culpable, pero él seguía soportando como podía sus ingratas jornadas laborales. Yo lo escuchaba cuando me hablaba continuamente de Max y las absurdas tareas que le encomendaba, pero lo cierto es que no oía una palabra de lo que me decía. Mi mente no cesaba de divagar. Traté de concentrarme en Ludmila y Camila, procurando estrechar mis lazos de amistad con ellas. A veces, nos reuníamos para tomar café antes de trabajar, y ellas charlaban sobre los chicos con los que salían. Como yo no tenía mucho que añadir a ese tipo de conversación, las escuchaba a medias, mientras mi mente volaba..., pensando en León.
Incluso traté de concentrarme en mi familia, en llamarles con más frecuencia. Mi madre captó mi estado de ánimo, y enseguida trató de convencerme para que regresara a casa y hablara con ella. Mi padre culpaba a Tomas por haberme partido el corazón al marcharse, por más que le aseguré que no era cierto. En todo caso, yo le había partido el suyo al romper con él por haberme abandonado, aunque no había sido ésa su intención. Y mi hermana..., todavía me sentía incapaz de hablar con ella. No es que estuviese enfadada con ella. Incluso había perdonado en mi fuero interno, a regañadientes, a León. Bueno, quizá no lo había perdonado, pero había apartado el recuerdo al fondo de mi mente. Pero todavía no me sentía con ánimos de hablar con Anna. No habría soportado oírle mencionar el nombre de León. Todavía no..., o quizá nunca.
A medida que transcurrían los días, comprobé que añoraba a León: añoraba sus caricias, nuestras tranquilas conversaciones sentados en la cocina mientras nos tomábamos el café, añoraba su risa cuando me contaba una divertida anécdota mientras me acompañaba en coche a algún sitio. Empecé a pensar en si no deberíamos intentarlo de nuevo. Quizás hallaríamos la forma de que funcionara...
—León —dije con tono quedo una mañana, cuando bajó a tomarse el café—. Por favor, no te vayas. Debemos encontrar la forma de estar juntos a solas.
Él se detuvo y me miró; sus ojos verdes expresaban tristeza.
—Es preferible evitarlo, Violetta. Es más prudente.
Yo arrugué el ceño.
—¿Prudente? Lo dices como si fuéramos unas bombas de relojería o algo por el estilo.
Esbozó una media sonrisa y arqueó las cejas.
—¿Acaso no lo somos? —La sonrisa se borró de su rostro; de pronto parecía cansado—. Recuerda lo que pasó. Jamás me perdonaré por haberte dicho esas cosas.
Me sonrojé al evocar el espantoso recuerdo y bajé la vista.
—No te atormentes. Tenías razón. Estuviste muy grosero, pero tenías razón. —Alcé la vista y lo miré tímidamente.
Él se estremeció y avanzó un paso hacia mí.
—Violetta, no...
Lo interrumpí, pues no deseaba iniciar de nuevo esa desagradable conversación.
—¿No podemos recuperar en parte nuestra amistad? ¿No podemos conversar? —Me acerqué un poco a él, hasta casi quedar a un paso el uno del otro—. ¿No podemos siquiera tocarnos?
León retrocedió de inmediato dos pasos y tragó saliva, sacudiendo la cabeza.
—No, Violetta. Tú tenías razón. No podemos volver a esos tiempos. Fue una estupidez intentarlo.
Sentí que se me saltaban las lágrimas. Echaba de menos la relación que habíamos tenido.
—Pero deseo intentarlo. Quiero tocarte, abrazarte..., nada más. —Padecía el síndrome de abstinencia. Deseaba sentir sus cálidos brazos rodeándome. Deseaba apoyar la cabeza sobre su hombro. Era lo único que deseaba.
Él cerró sus cansados ojos y respiró hondo antes de abrirlos.
—No debes hacerlo. Debes abrazar sólo a Tomas. Es un buen chico y te conviene... Yo no.
—Tú también eres un buen chico. —No pude evitar recordar cómo había llorado en mis brazos. Jamás había visto a nadie tan arrepentido por lo que había hecho.
—No lo soy —murmuró, y sin decir nada más salió de la habitación.







¿50 Sombras de Vargas? Jejejejeokno xD Bueno...León tiene un pasado muy...interesante xD y es todo lo que les puedo decir.... XD AMO dejarlas con la intriga XD

PDT: ¿Ya les aburrieron mis novelas? XD jejejeokno Bueno, queria decirles a ustedes, mis hermosas, sexys, locas y acosadoras lectoras xD Que lean esta hermosa novela: http://www.wattpad.com/60670384?utm_source=android&utm_medium=link&utm_content=share_published

Enserio la van amar tanto como yo la amo, la escritora es una crack XD jejejeje no enserio, la van a amar. LEANLA o no subo XD jajaja mentira, pero enserio, leanla <3

Jany

domingo, 19 de octubre de 2014

El Niñero 2 - Capitulo 1

Capítulo 1




Momentos tan divinos que te regala la vida, te los otorga sin pedir nada a cambio...o tal vez sí. No siempre se vivirá en un cuento de hadas. No todo se te dará en bandeja de plata, aún me cuesta aprenderlo...tendré que aprender a vivir con ello o afrontarlo de una buena vez. ¿Quieren saber de qué hablo? Claro, eso vendrá mas tarde. Prosigamos.

Me encontraba en la amplia limosina negra, no me agradaban los lujos pero en este caso era Jorge quien insistió. Realmente anhelaba este día tanto como yo. Cada vez era menor la distancia hacia mi destino. Tenía cierto nerviosismo, realmente no sabía por qué. Tal vez el hecho de que por fin seré la Señora de Blanco, que sus parientes y los míos estarán presentes, sí. Eso es. Llegué a mi destino. La limosina paró por completo. Tenía el corazón que se me salía. Todos voltearon hacia mí. Abrieron mi puerta y me recibió mi padre tendiendo su mano hacia mí, la acepté gustosa y salí de la limosina. Al final de mi recorrido se daba la vuelta mi futuro esposo, sonriendo sin despegar sus hermosos labios rosas que parecieran querer seducirme sin motivo alguno. Sonreí también. Mi padre me encaminó; al llegar, Jorge me recibió tendiendo su mano, entrelazó nuestros dedos y me susurró al oído.

—Te amo —me estremecí. ¿Acaso esto podía ser más perfecto?

El padre comenzó con sus diálogos, agradecí lo que tenía a Dios, y después de la típica misa; me di cuenta que siendo yo la protagonista hacia todo "menos aburrido". Al lado de mí veía a Jorge quien tenía cara de estar más aburrido que nunca. Ligeramente le pegué en su mano y volteó a verme, sonriente. Después de seguir con sus platicas, oí lo que tanto esperé...

—Martina Stoessel: ¿Aceptas a Jorge Blanco como tu legítimo esposo, para amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe? —Dios, quién diría.

—Acepto —respondí sin más rodeos.

—Jorge Blanco; ¿Aceptas a Martina Stoessel como tu legítima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

—Acepto —me guiñó el ojo.

—Si hay alguien que no esté de acuerdo con la unión de estos seres, en el sagrado matrimonio, hable ahora o calle para siempre —para mi suerte ni la estú.pida de Alice se molestó en aparecer— Entonces los declaro, marido y mujer. Señor Blanco, puede besar a la novia —al parecer eso fue lo único que escuchó claro; me tomó de la cintura y me atrajo hacia él, posando sus labios sobre los míos tiernamente, nos separamos y nos encaminamos hacia la limosina, y subimos en ella. Todo ahí era miel con hojuelas, hasta que llegamos a la fiesta. Todo estuvo como lo habíamos planeado, estuvieron Mechi y Xabi, todo estupendo, a pesar del apatismo en algunos momentos de parte de Xani y mi hermana.

Después nos tocaba ir a nuestro próximo destino... La luna de miel. Pero antes dormiríamos una última noche en casa de él. Todo estuvo exhaustivo por lo tanto nos fuimos temprano dejando a los "colados" disfrutar de la fiesta, junto con unos que otros conocidos.

Estábamos en la habitación de Jorge, lo primero que se me vino a la mente fueron mis perversiones.

Primera noche como esposos. Primera noche de pasión.

Al menos eso creí yo por un instante.

—Preciosa, ahora vuelvo. Tengo hambre —Jorge se levantó del acolchonado, yo lo tomé fuerte de la mano.

—Voy contigo —espeté.

—No, hermosa, no tardo —lo deje ir. Minutos después se abrió la puerta, esperaba que fuese Jorge pero era...¿Pablo?

—¿Qué haces aquí? —dije con cierto desagrado, cada vez se me hacían mas insoportables sus intentos de ligue.

—¡Sh! Calma, calma —dijo intentando tranquilizarme— No, no vengo a pedir perdón —rodé los ojos— Puedes ser la esposa de Jorge pero yo seguiré con mis intentos —lo interrumpí.

—Buscas un amor que no te será correspondido —dije, él iba acercándose cada vez más.

—Tal vez, eso nunca lo sabrás —ya estaba enfrente de mí. Por su bien y por el mío, él debía de irse.

—Pa...Pablo

—Shh...tranquila, no pasará nada —me acarició la mejilla.

—No, Pablo. Sí pasará y si Jorge te ve aquí ten por seguro que estarás muerto —dije temerosa.

—No, eso no sucederá —era más terco que el mismísimo Jorge., ¿Que acaso tenían que ser parecidos entre ellos? Por alguna jodida razón también Pablo tenía unos ojos de impacto, tan miel como su hermano. No mejor que este pero eran muy bellos.

—Pablo, te contaré hasta 3 —él se carcajeó.

—Unaa... —lo miré amenzante— Doooss...y...

—Tres —dijeron detrás de él. Cerré mis ojos no queriendo saber que pasaría. Escuché unos pasos salir de la habitación. Lo que más quería evitar eran peleas entre Jorge y yo. Ya acababa de aguantar a Ana en sus signos pubertos y cuando salí de la casa tendré una posible pelea con mi esposo. Esposo. ¿Existe una palabra más perfecta? Mis pensamientos fueron interrumpidos por unos gritos fuera de la habitación.

—¡Y a mí qué! ¡Pronto los separaré! —respondió agresivo Pablo. Jorge apretó los puños y cerró los ojos. No quería cometer un error.

—Mejor aprende a cerrar tu maldita boca o te la cierro yo —musitó levemente.

—¡No, Jorge, no! ¡Ella no es tuya!

—¡Y eso cómo lo sabes! ¡Claro que es mía! —gritaba— ¡Mía y solo mía!

—Pues eso lo veremos... —Pablo se retiró. De alguna forma me dieron miedo sus amenazas. ¿Y si Jorge y yo nos separamos? No, no y no.




Pablo deja a mis bebés >:(

Jany

Simplemente Tini - Capitulo 2

Capitulo 2

"Mi Secreto"

Les voy a contar un secreto;
Mamá siempre dice que yo de bebé era un amor. Era hipertranquila y dormía muchísimo. Y ahora soy igual, ¡Una morsa viviente! Me decís, dormite y acá, y listo; me duermo.nunca use una muñeca ni nada para dormirme. Eso sí, antes de dormirme necesitaba tomor mi mamadera. Esa, la de la mamadera, es toda una historia en mi vida.
Hasta los 7 años, cada vez que me quedaba a dormir en lo de una amiga tenía que tener una mamadera o tenía que llevar la mía, porque la necesitaba para dormirme. Obviamente me daba un poco de vergüenza, pero no lo podía evitar. Pese a que yo estaba con carteritas, adentro llevaba mi mamadera. La paseaba por todos lados, e incluso la tenía conmigo en la clase de gimnasia deportiva.
Me la recuerdo: azul, con dibujitos y tapita. Creo que fue siempre la misma.
Para mí era lo más.
Papá y mi hermano Francisco me volvían loca. Me mostraban la taza y me decían "¡Mmm, que rica es la leche en taza!", pero a mí no me convencían. Yo estaba re pegada a mi mamadera y no la podía dejar. Hasta que un día, misteriosamente, mi papá la hizo desaparecer.
Aunque deje la mamadera, para dormir me chupé el dedo hasta los 12 años. De mal en peor. ¡No me imiten chicas!
A mi mamá le dijeron que me iba a arruinar los dientes y deformarme el paladar, así que me ponía esmaltes asquerosos en la uña para que me diera hasco. Finalmente, lo lograron: lo dejé.
Eso si, nunca usé chupete.
Mucha gente criticaba a mi mamá por dejarme tomar la mamadera hasta los 7 años y chuparme el dedo, pero ella, muy sabiamente siempre dijo: "¿Alguien vio alguna vez una chica de 15 tomando mamadera o chupándose el dedo? Ya los va a dejar"

¡SOY UNA MORSA VIVIENTE! ME DECÍS, DORMITE Y ACÁ, Y LISTO: ME DUERMO





Saben.... Mis amigas de donde vivo también me dicen morsa viviente, si no me creen pregúntenles.

Jany

Acto De Iniciación - Capitulo 5

CAPITULO 5

"Amigos Extraños Y Novios Poco Celosos"

(Violetta)

Los bomboncitos de licor que habíamos encontrado Francesca y yo aquella tarde estaban haciendo mella en nuestro cerebro más pronto y fuertemente de lo que esperamos, y ya nos hallábamos en la fase de las risitas tontas y los cuchicheos sin sentido. Era una suerte que nuestros padres estuvieran en el piso de abajo charlando y no en la habitación de mi prima, o se habrían topado con un panorama un tanto extraño: las dos luchando con las almohadas, encima de la cama y borrachas de tanto reír. Y he de aclarar que estábamos en paños menores, no por ser adeptas al exhibicionismo, sino porque habíamos pasado horas probándonos ropa viejísima y riéndonos con las combinaciones payasas que conseguíamos.
— ¡Toma! — se asombró Francesca, luego de pegarme con el almohadón en toda la cara y ver que había dado en el blanco… cosa que llevaba varios minutos sin ocurrir porque las dos estábamos bien atontadas—. Quién diría que iba a acertarle.
Y cuando volvió a comprobar su nueva precisión, yo alcé las manos en señal de que me rendía y me dejé caer sobre el colchón sin poder parar de reír. La cabeza me daba vueltas y casi no podía respirar. Francesca bajó la almohada y me imitó, también golpeando el colchón con todo su peso y respirando agitadamente mientras intentaba aplacar las carcajadas.
— ¿Hace cuánto… que no teníamos una pelea… de éstas? —conseguí preguntar.
Fran había quedado boca arriba, pero giró la cabeza para mirarme. Tenía los ojos verdes muy brillantes, las mejillas sonrosadas por el ejercicio y el pelo negro y liso completamente revuelto y esparcido sobre el colchón. Su pecho blanco subía y bajaba, intentando recobrar el ritmo normal, y tenía la boca entreabierta como para poder respirar mejor.
—Creo que la última vez fue… cuando estábamos de vacaciones.
Yo de inmediato supuse que se refería a las vacaciones que habíamos pasado juntas en las cabañas cerca de la playa que había organizado el colegio. Aquélla había sido una auténtica guerra de almohadas, y creo que nunca en mi vida he tragado tantas plumas.
La verdad es que daba gusto poder comportarse con alguien tal y como uno quiere; como uno es; sin ataduras, sin apariencias y sin tener que fingir porque esa persona, ese amigo, te conoce lo suficiente como para ver a través de todos tus gestos. Y, de momento, Francesca era la única con quien me sentía así, probablemente porque era casi como una hermana para mí. Nos criamos juntas y conocemos absolutamente todo la una de la otra… y eso es estupendo, de verdad.
—Oye —la oí decirme justo en el momento en que la habitación dejó de dar vueltas para mí y pude volver a sentirme integrada en el mundo real, más o menos—, te aviso que vas a ser tú quien me ayude a limpiar este alboroto ¿eh? Porque como mamá suba y vea la que montamos, a mí me va a caer un buen castigo.
Yo, aún algo aturdida, alcé un poco la cabeza para estudiar el estado de la habitación… y entonces me reí. El cuarto seguía siendo tan amplio como siempre, pero el hecho de que el suelo estuviera inundado de las plumas de los almohadones y de todas las revistas de la estantería que había sido derribada de un golpe propiciado por mí, hacía que todo se hubiera reducido. Los cajones de ropa estaban abiertos por la mitad y algunas prendas escapaban de su interior, al igual que sucedía con las puertas del armario antiguo en el que mi amiga guardaba sus vestidos más bonitos. Ni siquiera él se había salvado del huracán, pensé con sorpresa.
—Ah, de acuerdo, de acuerdo —dije, y me incorporé. Un mareo repentino casi me tumba otra vez, pero me sobrepuse y avancé a rastras por encima de la cama, haciendo que Francesca riera. Para llegar al suelo tuve que dejarme caer, pues estaba exhausta luego de la lucha, y he de decir que el golpe fue algo doloroso por haber calculado mal las distancias.
—Violetta, pareces borracha.
—Y tú, con ese peinado, pareces el Tío Cosa.
Como si de repente me hubieran amputado las piernas, trepé el mueblecito junto a la cama únicamente ayudándome con las manos, apoyándolas en los cajones abiertos, y quedé medio colgada de él. Al asomarme, descubrí que se trataba del cajón de la ropa interior…
Mi prima también bajó de la cama, aunque ella lo hizo con más cuidado y como si siguiera notando las piernas —cosa que a mí no me pasaba, de momento—. Y mientras ella se ponía a ordenar y apilar las revistas y a arrejuntar el mar de plumas blancas, yo empecé a guardar las prendas y también a curiosear otro tanto.
— ¡Oh! — Exclamé, divertida, al encontrarme con algo muy interesante oculto al final del cajón—. Mira nada más lo que tenemos aquí, Francesca, pervertida…
Ella se giró a verme y noté que las mejillas se le coloreaban en cuestión de segundos al encontrarse con que yo sostenía en una mano el provocativo conjunto en color turquesa.
—Deja eso, Violetta —suplicó, completamente abochornada.
Pero yo no iba a abandonar la victoria tan fácil, no señor. Era la perfecta venganza a sus aciertos en el duelo de almohadas de hacía un rato.
—Vaya, vaya —me burlé, agitando el conjunto—, no sabía que tuvieras estos gustos. ¿Para usarlo con quién lo compraste, Francesca? Porque supongo que no te atreverás a decirme que te apetece dormir con una cosa como ésta…
—No lo compré —murmuró—, me lo regalaron. Y ahora, guárdalo.
Miré la prenda en mis manos y no pude evitar preguntarme quién le había regalado algo así a Francesca y cómo era que lo había aceptado. De repente me sentía infantil, pequeña y atolondrada comparada con ella. ¿Quién me regalaría a mí algo como eso ¿Y yo lo conservaría si me lo obsequiaran?
Recién acababa de encontrar una brecha entre ella y yo cuyas orillas parecían distar kilómetros; exactamente la distancia que me separaba de la madurez y de la sexualidad.
Aquella idea me asustó e hirió a la vez, así que guardé el conjunto en donde estaba y Francesca volvió a tranquilizarse y a ordenar las revistas. Yo, mientras tanto, me ocupaba de guardar lo demás sin mirar ya nada, y pensaba en lo que había descubierto.
Así estuvimos durante algún tiempo, y cuando terminé me limité a mirarla, apoyada contra la cama y con las piernas casi tocándome el pecho. Francesca estaba de rodillas en el suelo e inclinada hacia adelante porque seguía recogiendo montones de plumas y los amontonaba a un lado de la pila de revistas. El pelo oscuro le caía por los hombros y la espalda desnuda tan suave y delicadamente como si estuviera hecho de seda, y creaba un bonito contraste contra la blancura nívea de su piel. Estudiándola detenidamente, Francesca parecía mucho mayor que yo también en el aspecto exterior, no porque estuviera mucho más desarrollada —de hecho, estábamos más o menos en lo mismo—, sino porque su propio espíritu irradiaba esa serenidad y adultez a las expresiones de su cuerpo, armonizando perfectamente.
Era curioso que nunca me hubiera dado cuenta de cosas como ésta hasta que vi aquella prenda, pero es que probablemente sí existían más secretos entre nosotras de los que yo creía, y era obvio que algo en ella me estaba dejando un poco atrás para poder crecer… Y no tendría que resultarme doloroso… de hecho, lo entendía. Pero simplemente el problema era que me sería complicado adaptarme a eso de tener que comenzar a madurar yo sola en cosas que mi amiga no viviría conmigo, como cuando éramos niñas.
— ¡Oh, mira, mira —me llamó de pronto, al parecer habiendo encontrado un artículo interesante en una de las revistas que tenía por ahí—, éste era el chico que quería enseñarte, Violetta!
Mi cuerpo ya estaba bastante recuperado para entonces, y sin la necesidad de arrastrarme, gateé hasta ella y me coloqué a su lado. En la página de la revista que me señalaba aparecía un tal Ruggero, que a mí no me sonaba de nada pero que, según Francesca, era un cantante italiano bastante excéntrico… y guapo.
Y pese a que a mí no me parecía que fuera para tanto, miré la foto un buen rato porque ella había estado buscándola alrededor de veinte minutos apenas había llegado yo a su casa.
— ¿A que está bueno? —me preguntó, comiéndose al chico con la mirada. Yo me encogí de hombros.
—No sé, Francesca, no me ando fijando demasiado en…
Ella se rió y me atacó con una mirada elocuente y una sonrisa incrédula en los labios.
—Ah, vamos, ahora me dirás que no te fijas en ningún chico sólo porque estás de novia con Tomas. ¿Tener novio significa quedarte ciega, entonces?
Yo sonreí un poco y negué con la cabeza.
—Si quiero a Tomas ¿por qué tendría que andar buscando nada en otras personas? Tengo lo que necesito… y me gusta estar así.
Francesca suspiró y cerró la revista, para luego dejarla a un lado, encima de todas las demás. Giró todo su cuerpo en mi dirección y yo supe que se venía una charla o al menos algo importante por su forma de mirarme. Y también supe que se estaba debatiendo en su fuero interno entre contarme algo o no hacerlo, seguramente por miedo a que yo me enfadara.
—Entonces ¿qué hay con Leon Vargas?
Yo creo que me sonrojé, sabiendo que Francesca se refería al incidente de tres días atrás… y es que mi amiga tiene la extraña habilidad de llegar siempre en los momentos más oportunos.
El martes me había tocado servicio, y como nos sentábamos en la misma fila, le tocó ayudarme. Por extraño que parezca, yo había llegado un poco antes que él, seguramente para evitar las burlas de algunas veces, y después de que Leon atravesara el umbral de la puerta y fingiera asegurarse que yo era real —cosa que hizo tocándome la punta de la nariz—, se inclinó sobre mí y me dio un beso prolongado en la comisura de los labios. Y yo ya me había acostumbrado a su trato tan cercano y a sus «besos de amigo» desde el día posterior al experimento de Biología, porque no llegaba a hacer nada que me molestara demasiado y tampoco quería rechazarlo de pleno ni herirlo… pero el problema fue que Francesca había llegado a la clase justo en ese instante y lo había visto.
Y aunque yo sabía que aquello no significaba nada, no habría manera de conseguir que ella no se pusiera a sacar sus propias conclusiones, tal y como había hecho.
—No hay nada con él —protesté, abochornada—. Sólo somos amigos, ya te lo he dicho.
—Pues es un amigo muy cariñoso ¿no? —se mofó—. Te trata y te mira como si esperara algo de ti muy diferente a la amistad, Vilu… y lo más sorprendente es que parece que no te incomoda excesivamente.
Yo suspiré.
—Él me dijo que le gusto, Francesca, pero aceptó ser amigo mío si era la única opción —le expliqué brevemente, sin ganas de ahondar en el tema—. Y ya ves que no se porta exactamente como un amigo, pero no voy a darle otro bofetón y mandarlo a tomar viento porque es un chico estupendo… De todas formas no quiero hablar de eso ¿de acuerdo? Me harta.
Pero me di cuenta de que aquello no era suficiente para apagar el creciente interés de mi amiga, que se había inclinado en mi dirección para poder oír mejor y tenía los ojos abiertos como platos.
— ¿Leon Vargas se te declaró y tú lo rechazaste… por Tomas? —Dedujo con viva incredulidad—. Es decir ¿vas a ser sólo su amiga porque tú prefieres a Tomas?
Yo sentí que comenzaba a enfadarme. Siempre era lo mismo; Francesca nunca había aceptado mi relación con Tomas Heredia. Ni en un primer momento, cuando se lo comuniqué, se había alegrado de ello. Me había felicitado, pero se notaba que no era lo que ella esperaba para mí, por algún motivo que yo aún no alcanzaba a entender, y quizá por eso me hacía enojar tanto.
Bueno, eso, quitando el hecho de que incluso Tomas parecía querer arrojarme a los brazos de Leon en cuanto tuviera oportunidad.
— ¿Y tú me estás diciendo —repliqué, furiosa— que debería haber aceptado a Leon cuando tengo un novio a quien quiero y que me quiere también? Dime, Francesca ¿por qué iba a hacerlo? ¡Porque todo el mundo parece tomarse mi decisión como algo incorrecto? ¿Qué tiene de malo Tomas? —Los ojos comenzaban a arderme y la cabeza me latía a martillazos—. ¿Qué es lo que tiene para que no te guste, para que él mismo no se guste, y para que los dos prefieran que esté con Leon Vargas antes que con él? ¡No lo entiendo, sinceramente!
Llegados a este punto, los sollozos habían ganado la batalla y algunas lágrimas conseguían resbalar por mis mejillas, pero al instante las apartaba con rabia. No quería llorar; lo único que quería era que alguien me explicara qué demonios estaba pasando a mi alrededor y de qué no me estaba dando cuenta y todos los demás sí. Porque es horrible sentir que las cosas cambian sin que puedas entenderlas ni adaptarte a ellas.
Sentí que las manos de Francesca se apoyaban en mis hombros y pronto colocó su frente contra la mía, como hacía cuando éramos niñas y quería calmarme. No hacíamos más que permanecer quietas entonces, llorando, hablando o respirando, pero la compañía cercana resultaba enormemente reconfortante. Era como si alguien te entendiera y te transmitiera sus pensamientos, o simplemente te dijera que estaba ahí, aunque no siempre pudiera mostrarse, y lo único que quería era ayudarte.
—Tomas no tiene nada de malo —murmuró suavemente, con aquel tono sedante que guardaba para estas ocasiones—, y no tengo nada en su contra, amiga. De hecho, me parece una persona excelente y no tengo idea de si Leon será o no mejor que él. En todo caso, no se trata de eso… No es por eso por lo que nunca me pareció buena idea lo vuestro.
— ¿Entonces?
Mi voz era débil, poco más que un quejido, y Francesca no habló hasta un rato después, como si hubiera estado sopesando sus palabras.
—Es que tengo la impresión de que no te quiere de la misma forma que tú lo quieres a él, Violetta —dijo finalmente—. Es simplemente eso.
Yo sentí que la garganta se me cerraba y no pude evitar derramar unas cuentas lágrimas más. Y esta vez no las aparté. Dejé que salieran y se llevaran un poco de mi dolor, de mis miedos, de mis dudas y de mi rabia por no entender lo que me rodeaba, ni lo que era, ni lo que quería, ni en lo que me estaba convirtiendo mucho más rápidamente que antes… porque el tiempo parecía avanzar demasiado rápido, la gente cambiar, los sentimientos mudarse y volverse un caleidoscopio de colores indescifrables para mí.
Aunque una cosa sí que tenía clara ahora, sin saber muy bien cómo. Supongo que es de esas cosas que simplemente se saben y ya está. Y la dije.
—Yo también lo creo… ¡Yo también lo creo, y no sé qué hacer!
Francesca sólo guardó silencio y acabó abrazándome.
No era una solución, pero me ayudaba a soportar la carga de la inseguridad y el desconcierto mucho mejor que la soledad y mi mente trabajando a su máxima capacidad para no llegar a ningún punto… nunca.

(Leon)

Tal y como yo lo esperaba, al igual que todos los meses, apenas fui al cajero esta mañana me encontré con que mi madre había depositado un montón de dinero nuevo en mi cuenta corriente. Era más de lo necesario para hacer las compras durante muchos, muchos días, aun si derrochaba el dinero en productos de marca y bastantes tonterías, y, aunque no necesitaba tal cantidad de ingresos, no podía quejarme.
Mi madre no se molestaba en hablar conmigo, pero había quedado muy claro desde el momento en que dije que me vendría a Argentina el hecho de que ella se ocuparía de mi manutención, probablemente para vivir con la conciencia tranquila, y se ocupaba de ello más que sobradamente. Yo no debía retrucar ninguna decisión de ese tipo, además, o no me daría el permiso que necesitaba para quedarme, así que mantenía mi boca cerrada.
A veces me pregunto qué pensaría mi padre al respecto, pero la verdad es que no tengo ni idea. Nunca nadie me habló demasiado de él, y yo era muy pequeño cuando murió en el accidente, así que no recuerdo nada. A veces me pregunto, digo, qué haría él conmigo y cómo sería mi vida si mi padre siguiera vivo… pero como no llego nunca a nada, prefiero no alimentar fantasías que, al fin y al cabo, no me sirven, porque Luis Vargas está muerto y enterrado y no va a resucitar para saciar mi curiosidad, por más que me agradase la idea a mí, y vaya uno a saber si también a mi madre.
Nunca sabré si pude haber tenido una familia o no, como la mayoría de la gente. Nunca sabré si de verdad pudo haber alguien en el mundo que me rodeaba y que me rodea que de verdad se interesara por mí y me quisiera, de modo que no tiene sentido darle más vueltas al asunto, y lo mejor es aprovechar lo que a uno se le brinda de la mejor manera que puede.
Maxi alzó el porro que tenía en una mano y me miró con los ojos perdidos en medio de la nada y una sonrisa amplia y tonta bailoteándole en los labios… una exactamente igual a la que tenían todos mis amigos.
—Eres el mejor, Leon —me dijo—. ¿Dónde conseguiste esta maravilla?
Yo sonreí un poquito mientras los veía dar caladas al cigarro, que pasaba de mano en mano y de boca en boca, de un lado al otro, pero nunca llegaba hasta mí. No solía fumar casi nunca.
—Tengo contactos y mucha pasta —dije escuetamente. No pensaba revelar nada—. Limítate a agradecer las dos cosas… y acábate el puto cigarro antes de que venga algún profesor y vea lo que estás fumando.
Mi amigo asintió con la cabeza y aspiró tan largamente el papelito que se consumió casi hasta la mitad. Al exhalar el humo, los ojos verdes de Broadway volaron al cielo, A lanzó una risita y Marco siguió con los párpados bajados y deleitándose con el aroma en el ambiente. De verdad que lo estaban disfrutando, me dije, y entonces valía la pena ser un poco generoso… Eran mis amigos, después de todo. Quizá los únicos que me aceptaban. Y no quería perderlos, ni que nos dispersáramos, como parecía querer ocurrir…
Aunque, ahora que lo pienso, mi actitud suena a medida patética y desesperada ¿verdad que sí…?
No, no me respondan, en serio.
El timbre de salida sonó, y yo recordé que la hora libre que disfrutábamos, gracias a que el profesor de Educación Física había faltado por tercera o cuarta vez en lo que iba de trimestre, había acabado… y que tenía cosas que hacer.
Me levanté con pesadumbre de la hierba y coloqué mi mochila bajo el brazo. Los chicos casi ni se dieron cuenta de que yo me iba, estando como estaban, y sólo me saludaron lentamente con la mano cuando le di un coscorrón a uno en la cabeza y los demás también parecieron reaccionar, quizá por miedo a que les hiciera lo mismo.
Perseguir a Violetta Castillo era un trabajo realmente extenuante para mí, si he de ser sincero, y no me apetecía nada ponerme a ello luego de haberme pasado alrededor de cincuenta minutos mirando las musarañas mientras mis amigos se ponían de maría hasta las orejas. Sin embargo, no podía permitirme descansos en mi ritual de conquista o acabaría perdiendo puntos y pronto estaría otra vez como al principio, cuando ya estaba consiguiendo, al menos, poder charlar con ella sin que quisiera colocarse a tres metros de distancia de mí o saliera corriendo con cualquier excusa… o me pegara, je.
Cuando me la encontré, en la entrada, estaba despidiéndose de Francesca. Como estaba de espaldas a mí, no me había visto, así que aproveché el momento y me quedé mirándola yo. Detenida y concienzudamente estudié los mechones de fino pelo, corto y castaño bailar con el viento, al igual que lo hacía su falda negra con líneas rojas. La tela tableada acariciaba las piernas, y yo me quedé con las ganas de saber qué podría verse un poco más arriba.
La curiosidad me estaba matando, ahora que lo pensaba.
¿Cuánto tiempo tendría que esperar para saberlo? Me entraban ganas de acelerar el proceso, y eso no era productivo, porque sabía que, si me lanzaba demasiado, Violetta se echaría atrás y todos mis esfuerzos se irían al garete.
Carraspeé para llamar su atención y desviar mis pensamientos a la vez, y ella se giró luego de un pequeño brinco de susto. Sus ojos marrones brillaban más a esta hora, con el sol dando de lleno en ellos y creando un montón de matices diferentes.
—Leon, eres tú —pareció aliviarse—. Siempre me estás asustando.
Yo sonreí un poco y me coloqué justo a su lado. Otra vez noté que su cabeza apenas sobrepasaba la altura de mi nariz, y aquello se me hizo gracioso, simpático. No era una chica muy alta, la verdad, pero probablemente el hecho ayudara a su encanto en vez de restarle puntos. Al igual que la forma en que se le ponían las mejillas del color de un tomate maduro cuando me le acercaba demasiado o le decía cualquier cosa que le recordara a lo que presuntamente sentía por ella.
— ¿Esperas a alguien? —le pregunté, y Violetta negó con la cabeza.
—No, ya me voy a casa. Creí que Francesca iba a acompañarme, pero al parecer tiene cosas que hacer.
A mí se me ocurrió lo obvio en ese momento, luego de decirme mentalmente que su amiga andaría con Marco por alguna parte.
—Bueno, entonces podría acompañarte yo ¿no?
Sus ojos me miraron con una mezcla de sorpresa y duda, como si esperara que le dijera que era broma. No obstante, se dio cuenta de que hablaba en serio cuando no acoté ninguna de las posibilidades que debían flotar en su magín.
—Pero ¿no vas a tener problemas para volver después?
— ¿Qué problema puedo tener? —La agarré con cuidado del antebrazo—. Además, quiero acompañarte.
Violetta sólo me miró con desconcierto, pero luego de unos segundos volvió la vista al frente y entendí por qué se había sonrojado ligeramente. Tiré un poquito de su brazo para que empezáramos a caminar y pronto estuvimos camino a su casa, yo sin soltarla y ella seguramente demasiado cohibida y contrariada como para quejarse, cosa que más bien me convenía.
No hablamos más, exceptuando algún «por aquí» o «hacia allá» de Violetta. Pero tampoco hacía falta: lo único que yo quería era que ella notara mi presencia constantemente, hasta que se acostumbrase.
Varios minutos después llegamos a un barrio de callecitas casi peatonales, aunque estaban habilitadas para el tránsito de automóviles también, y casas de dos pisos con jardines plagados de arbustos.
—Ahí es —me dijo mi compañera, y señaló una casa parecida a las demás, de estilo minimalista.
Un escalofrío de incomodidad me trepó por la espalda al comprobar que, efectivamente, aquello era justo tal y como yo lo esperaba; una casita de familia, donde de seguro ya nadie quedaría despierto después de las diez de la noche, cuando la deliciosa cena, preparada por una madre amorosa, ya había terminado, el padre estaba agotado por el trabajo y los hijos ya habían acabado sus deberes… Violetta tenía que pertenecer a ese ambiente, y yo lo sabía desde el primer momento. ¿Por qué, sino, iba a ser siempre tan cálida e incauta? Y adorable.
Dios, tener que usar a una chica como ella era todavía más horrible que usar a cualquier otra.
—Bonita casa —murmuré.
Ella me sonrió y yo la seguí hasta el porche, intentando retrasar el momento de volver a actuar.
— ¿Quieres pasar? —Me preguntó, seguramente por cortesía—. Podemos tomar algo.
Negué con la cabeza.
—Será mejor que me vaya, no quiero molestarte.
—Tú no me molestas, Leon.
Sabía que no estaba siendo sincera, pero preferí no darle importancia a eso, y, en cambio, decidí acabar con el jueguito de esa mañana de la única manera que se me ocurrió; me acerqué un poco más y la abracé, enterrando mi rostro en su cuello y sintiendo cómo se estremecía.
—Hueles raro —apuntó tímidamente—, como a tabaco, pero también a otra cosa…
Yo me reí un poco y la apreté más fuertemente contra mí.
—Échale la culpa de ello a lo que fuman mis amigos, Violetta.
—Oh —dijo, seguramente entendiendo mis palabras…
Bien, quizá no.
—Gracias por dejarme acompañarte —le dije—. No tienes idea de cuánto me gusta estar contigo.
Bueno, eso no era del todo verdad, pero tenía que aprender a mentir descaradamente si quería conseguir algo de ella…
Aunque no fuera una mentira tan grande tampoco. Es decir, estar con Violetta e intentar persuadirla era todo un reto y no disfrutaba engañándola, pero también era agradable estar con ella, porque, a diferencia de otras chicas, ni se me acercaba. Era incluso mucho mejor que estar con Mariana que, pese a ser mi prima, era como una sanguijuela y tampoco resultaba tan… dulce. Había algo diferente en esta chica que la hacía especial, pese a que yo no supiera de qué se trataba exactamente. Quizá de que no se portara como una acosadora, y me dejara ese papel a mí.
Mis palabras parecieron surtir el efecto esperado, y pronto noté sus manos temblorosas posarse inseguramente en mi espalda y corresponder el abrazo. Justo como sabía que haría.
—Eres un buen chico —la oí susurrar—, de verdad… Y me gustaría…
Pero la puerta de la casa se abrió en ese instante, interrumpiéndonos. Al otro lado del umbral apareció un sujeto igual de alto que yo, aparentemente mayor también, de cabellos negros y amables ojos azules. Se había quedado algo desconcertado al encontrarse con la escena, aparentemente, pero luego había sonreído y mirado a Violetta con algo que no supe identificar, pero que me sonaba a alivio.
Sin embargo, ella no pareció tan aliviada y pronto sentí que todo su cuerpo se tensaba y paralizaba contra el mío al encontrarse con aquel intruso en mis planes.
—Tomas —jadeó, intentando apartarse. No la dejé.
—Hola, pequeña —la saludó él. Su voz también era amable y estaba llena de cariño. ¿Sería su padre? Parecía demasiado joven para ello, pero uno nunca sabe—. Veo que tienes compañía.
—Es un amigo… Leon Vargas. —Me miró. La luz en sus ojos temblaba, como si estuviera en medio de un auténtico lío—. Leon, éste es Tomas Heredia… mi novio.
Bien, en ese momento yo entendí lo de sus ojos.
Y también entendí que no pensaba dejarme ganar por nadie.


(Violetta)

Francesca otra vez se había ido sola a hacer cosas que yo no sabía qué eran exactamente, y yo me había quedado de pie, viéndola desaparecer y preguntándome qué era lo que me estaba ocultando para comportarse de aquella forma tan esquiva y extraña, cuando Leon Vargas apareció y dijo eso de acompañarme a casa.
Y yo había creído, en mi ingenuidad exagerada, que darle el gusto a ese chico no me traería demasiados problemas… aunque ahora ya no estaba para nada segura de ello. Porque él podía ser todo lo buena persona, amable y dulce conmigo que quisiera, pero eso no iba a cambiar el hecho de que yo ya tenía alguien a quien querer… y que ese alguien estaba a escasos centímetros de nosotros… ¡mientras nos estábamos abrazando como si aquello significara algo más y muy diferente a una simple amistad, cariño o como quieran llamarlo!
—Es un amigo… Leon Vargas —le dije a Tomas. Cuando me giré para ver a Leon, sentía que me temblaba todo el cuerpo, y no sólo por la situación en la que Tomas nos había encontrado, sino porque no quería lastimar a mi amigo… algo que sin duda haría de forma inevitable—. Leon, éste es Tomas Heredia… mi novio.
Si alguien le hubiera pedido que se quedara más quieto de lo que se quedó entonces, no habría podido hacerlo. De repente, Leon era lo más parecido a una estatua de granito, con los ojos verdes brillantes fijos en mí y aquel gesto entre decidido y fastidioso que transformaba su rostro en una máscara de dureza.
—Ah —dijo, luego de segundos y segundos de horrible silencio.
— ¿Por qué no entran a tomar algo? —preguntó alegremente Tomas, ganándose una mirada incrédula de mi parte, no porque invitara a Leon a mi casa como si fuera suya, sino porque dudaba de cuáles eran sus intenciones… ¿Qué haría cualquier otro novio en una situación como ésa? Yo no tenía idea, y las variantes de seguro serían muchas, pero dudaba que de verdad existiera aquella de tratar al rival como si te alegrases de su presencia.
—No, yo ya me iba. —Me quedé tiesa cuando sentí a Leon todavía más cerca que antes, y quizá fue lo mejor, después de todo, porque me dio un beso tan cerca de los labios que, si me hubiera movido entonces, no me cabía la menor duda de que los habría alcanzado sin problemas—. Nos vemos mañana, preciosa —susurró, todavía con la boca contra mi piel, haciéndome cosquillas y volviendo gelatina mis piernas—. No llegues tarde ¿de acuerdo? Te estaré esperando.
No pude respirar cuando se alejó de mí y lo vi marcharse sin mirar atrás ni una sola vez, tremendamente seguro de sí mismo y sin ninguna preocupación, aparentemente. Aquello había sido increíble: Leon estaba compitiendo abiertamente por mí, aunque yo siguiera con mi negativa y él lo supiera, pero lo más impresionante de todo era que los celos que intencionadamente él buscaba despertar en mi novio jamás hicieron milagro de aparición.
— ¿Ése era el chico del que me habías hablado; el que se te declaró? —me preguntó Tomas dulcemente, mientras que yo todavía no me separaba de la pared y luchaba por volver a entrar aire en mis pulmones.
—Sí.
—Se nota que le gustas mucho —apuntó, feliz.
De verdad que la cabeza me daba vueltas. ¿Por qué se alegraba? ¿Por qué no se ponía celoso? Hasta Mechi se pondría celosa y tendría ganas de matar a Leon si hubiera visto lo cariñoso que se había puesto conmigo, y eso que Mechi era mi hermana y no mi novio.
—Tomas —lo llamé, volviéndome a mirarlo— ¿no te molesta?
Su expresión seguía siendo tan amable y cálida como lo era siempre que estaba conmigo, aunque probablemente no fuera demasiado normal en esas circunstancias… No, definitivamente no lo era. Ni ahora, ni en un millón de años, porque algo pasaba con él y conmigo. Y yo no sabía de qué se trataba.
— ¿Por qué iba a molestarme, pequeña?
Sí ¿por qué iba a molestarle, si yo sólo era su novia y otro chico estaba intentando quedarse abiertamente conmigo, delante de sus narices? ¿Por qué iba a evitar alegrarse por ello, como si fuera algo malo, y se molestaría en espantar a Leon Vargas de alguna manera?
¿Verdad que todo eso sería muy extraño…?
Agotada y con ganas de morirme, me abracé a Tomas en cuanto conseguí despegar mi espalda de la pared.
— ¿Me quieres, Tomas?
Necesitaba saberlo.
Él me acarició el pelo.
—Por supuesto que te quiero, Violetta —me susurró—. Te quiero muchísimo, pequeña, y me gustaría que no dudaras nunca de eso.
Me quería… sí, me quería… pero nunca, jamás, me había dicho que me amara. Y querer, se puede querer de muchas maneras y a muchas personas.
No dije más. De verdad, no podía decir nada.




Jejeje Tomas no se puso celoso XD

Jany

Dangerous Obsession - Capitulo 25

Capitulo 25 


—¿Por qué me despertaste? —le pregunté mientras lograba sentarme —Te estaba por hacerte mía en mis sueños…
Entrecerró los ojos y me miró mal.
—Eres un sucio —me acusó.
Me ayudó a salir del auto, y me ayudó a caminar hasta mi departamento. El sabor de sus labios había sido tan real, que puedo jurar que eso no había sido un sueño. Llegamos y ella abrió la puerta. Al parecer no había nadie.
—¿Dónde está Mechi? —le pregunté.
—Debe estar por ahí, no lo se —me dijo ella con dificultad ya que casi podía decirse que me estaba arrastrando hacia dentro —¿Podrías ayudarme un poco? Si no te has dado cuenta pesas el doble de lo que peso yo, y no puedo cargarte…
Me incorporé bien y ella suspiró. Caminamos hasta el cuarto. Al fin iba a dormir en mi cama. Entramos y ella me ayudó a acostarme. Suspiré aliviado.
—Bueno, ya estas sano y salvo en casa. Ya me voy —me dijo.
—No, no te vayas —le pedí.
—Tengo que irme, Jorge…
—Quédate hasta que me duerma, por favor —le rogué.
—Está bien —dijo soltando un suspiro.
Se sentó en el suelo, justo a mi lado. La miré fijo a los ojos, y traté de entender mi necesidad de que se quedara.
—¿Puedes darme tu mano?
Despacio levantó su mano y tomó la mía. Sus fríos dedos se entrelazaron con los míos, que estaban calientes. Su mano era el doble más pequeña que la mía, el doble de frágil y el doble de suave…
Cerré los ojos y acerqué nuestras manos a mi pecho. Quizás así no se pueda ir cuando me duerma, o quizás si.

************
Comencé a despertarme porque mis ganas de ir al baño me estaban llamando. Cuando sentí que mi cabeza despertaba, sentí un terrible dolor allí. Cerré los ojos con fuerza, para persuadir un poco al dolor. Y entonces sentí que algo estaba entrelazo con mi mano. Abrí un ojo y miré que era. Era otra mano. Entonces levanté la cabeza y la vi allí.
Sentí como mi corazón se aceleraba al ver que ella estaba allí, con la cabeza apoyada sobre el borde del colchón, y con los ojos cerrados. Se quedó, no se fue. Me puse a mirarla fijamente, me puse a observar las delicadas líneas de su rostro. Intenté buscarle algún defecto, como tantas veces, pero no lo tiene. Ella simplemente es perfecta. Levanté mi otra mano y con cuidado acaricie su mejilla. Se movió un poco y arrugó la nariz, pero no se despertó.
—Arriba Jorge, ya traje a Betty y...
—Shhhhhhh —le dije cuando lo vi entrar. Xabiani me miró bien – Cállate que vas a despertar a la bella durmiente.
—¿Qué hace ella ahí? —me preguntó en voz baja.
—Me cuida —le dije con una pequeña sonrisa.
Soltando su mano con cuidado me levanté de la cama. La alcé en brazos y la acosté en la misma, para que pudiera seguir durmiendo, un poco más cómoda. Salimos con Xabiani del cuarto y caminamos hasta la cocina. Fruncí el ceño extrañado al no ver a Rose por ahí.
—¿No has visto a Rose? —le dije a mi amigo.
—¿Sabes que hora es? —me dijo él. Negué con la cabeza —Jorge, son casi las 5 de la tarde. Rose se fue hace una hora.
—¿Qué? ¿Las 5? —dije sin poder creerlo.
—Si, dormiste como nunca —dijo divertido.
Nos acercamos a la mesada y nos preparamos un café. Tal vez con eso, este terrible dolor de cabeza se me iría de una vez. Estuvimos hablando un poco más, hasta que los dos sentimos los pasos de alguien. Miramos hacia el pasillo y venía caminando hacia la sala. Sonreí levemente…
—Adiós —dijo por lo bajo y pasó de largo hasta llegar a la puerta.
La abrió y salió dejándome totalmente desconcertado.
Me puse de pie, y me estaba por salir detrás de ella, hasta que Xabi me detuvo.
—Oye, oye —me dijo haciendo que lo mirara —Si se fue así es por algo… déjala.
—Pero… no, no puedo dejarla…
Intenté caminar de nuevo, pero Xabiani me volvió a detener.
—Déjala… se fue, ya esta. Ella necesita pensar… déjala —me dijo.
Gruñí por lo bajo y volví a sentarme para terminarme el café. Luego de unas dos horas Xabi decidió irse. Y en esas dos horas, Martina no había salido en ningún momento de mis pensamientos. La forma en la que se había ido me tenía bastante confundido. Tomé mi teléfono y marque el número de su celular.
—Soy Martina, y en este momento no puedo atenderte. Deja tu mensaje, que luego de que lo escuche te devuelvo la llamada…
Colgué y maldije por lo bajo. Tenía el celular apagado. Volví a darle tono al teléfono y marqué el número de su casa. Sonó, sonó y sonó, pero nadie contesto. Al parecer tampoco estaba en casa.
—¡¿Dónde diablos estas?! —dije algo nervioso. Entonces volví a darle tonó al teléfono y marqué el número de mi prima. Sonó una, sonó otra.
—¿Hola? —me dijo al atender.
—Mercedes —le dije.
—¡Al fin tienes la consideración de llamarme! —me dijo elevando un poco la voz —¿Por qué demonios haces esas cosas Jorge? ¿Cuántas veces te dije que embriagarse por ahí no es la solución a ningún problema?
—¿Acaso la privacidad de una borrachera ya no existe? —le dije. Ella me dijo unas cuantas cosas más, pero que las pasé por alto.
Lo único que quería era saber de ella 

—¿Sabes donde esta Martina?
—¿Martina?
—Si, Martina—dije algo nervioso.
—Se fue a un spa con Mariana, estaba bastante estresada —me dijo. Suspiré aliviado. Ella estaba bien…
—Pero ella, ¿está bien, verdad? —le dije.
—Si, estaba un poco con dolores de nuca, pero por lo demás estaba bien —dijo ella. Y si, durmió sentada —Dijo que mañana iría a la Universidad un poco más tarde, ya que se quedarían toda la noche allí.
—Bueno prima, gracias por la información —le dije.
—De nada primito, dentro de un rato voy a casa. Estoy con Lodo haciendo unas cosas, ¿sabías que tu amiguito Ruggero le pidió de ser la novia? —me dijo. Entonces sentí mi corazón detenerse.
—¡¿Qué?! —le pregunté sin poder creerlo.
No podía creer lo que Mechi me estaba diciendo. Rugge no pudo haber hecho una estupidez como esa.
—Si, ya tenemos una parejita formada, ¿no son lindos? —me preguntó ella.
—Tengo que hablar con Rugge, estoy completamente seguro de que tú me estas mintiendo.
—No, no te estoy mintiendo, ¿Por qué lo haría?
—Porque eres… una…
—¿Una que tonto? Yo no soy nada, y si no me crees llámalo y verás que tengo razón.
—¡Eso mismo haré!
—¡Perfecto! ¡Adiós!
—¡Adiós! ¡Y no llegues muy tarde! —le seguí gritando
—¡Está bien! ¡Cuídate! —utilizó el mismo tono que yo.
Colgó el teléfono y no pudo evitar reír. Mercedes siempre encontraba la forma de hacerme reír, hasta en el momento menos pensado.
Como dije que iba a hacerlo, llamé a Ruggero y lo llené de preguntas. Al final, lo que mi loca prima dijo era verdad. Uno de mis mejores amigos estaba de novio.
¿Entienden eso? ¡DE NOVIO! Y es más, de novio con un angelito diabólico. Pobre de él, el mini infierno que lo espera.
Al día siguiente me levanté con tiempo de sobra para ducharme y desayunar. El maldito lunes ya había llegado, y con el un nuevo comienzo de semana.
Salí de mi departamento y me estaba por prender un cigarrillo. Pero me detuve al recordarla.
—No vuelvan a fumar sin antes haber desayunado…
Como si ella estuviera por ahí, guardé el cigarrillo en la caja y me subí a mi moto para llegar al purgatorio, o sea a la Universidad. Divisé a mis amigos y me acerqué a ellos.
—¿Cómo están? —les pregunté.
—Mejor que tú —dijo Xabi.
—¿Por qué? —dije sin entender.
—Por tu cara —me dijo Pasquarelli —Tienes cara de estar muy perturbado…
—No, estoy bien. No tengo nada —dije.
Aunque ellos tenían razón, ayer había estado demasiado preocupado y pensando demasiado en Martina. Tal vez yo no me sentía tan así, pero mi rostro demostraba lo contrario.
Divisamos como dos chicas llegaban a las risas. Eran Lodo y Mechi. Los ojos de Ruggero se iluminaron y su cara de idiota apareció de inmediato. La diminuta de anteojos y ojos verdes se sonrojo un poco al verlo. ¡Oh dios santo, esto era demasiado cursi!
Ruggero se acercó a ella y la besó cortamente en los labios.
—Buen día bonita —la saludó.
—Buenos días bonito —le dijo dulce.
—¿Ya dejaron la cursilería? —les pregunté. Mercedes rió divertida.
—Te mata la envidia —me dijo mi rubia prima.
—Si no sabes, estoy muriendo —dije irónico.
Todos rieron y comenzamos a caminar para entrar. Miré para mis costados y me faltaba la morena. Me faltaba ella…
Llegamos al salón. Lodo se fue para su clase avanzada y nosotros cuatro entramos. Nos acomodamos y luego de unos minutos el profesor entró. El profesor de estadística era el hombre más sucio y ordinario que alguna vez yo haya visto en mi vida. De verdad era repugnante. La clase comenzó y traté de concentrar mi atención en otra cosa. No estaba Martina para molestarla, así que me quedaba Mercedes para hacerlo. Pero no era lo mismo molestar a mi prima, que molestar a Martina.
La puerta del salón se abrió y dirigí mi vista hacia allí. Una radiante Martina entró con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía un aura muy distinta al de los otros días. Parecía estar relajada y en completa armonía. Se veía realmente hermosa…
—Tarde señorita Stoessel —le dijo el profesor.
—Lo siento —se disculpó ella —Aquí tiene mi permiso por la llegada tarde.
Le tendió el papel y caminó hasta tomar asiento al lado de Mechi. La rubia le dijo algo y ella asintió. Esperé a que se girara a verme, pero no lo hizo.
¿Qué diablos le sucede? ¿Qué fue lo que hice para que ni siquiera me dedicara una mirada?




Ahbckhjjkaja se pone bueno!!

Jany