domingo, 25 de enero de 2015

Agradecimientos

Bueno, les quería agradecer por todas las felicitaciones de cumpleaños que me mandaron por Facebook, Twitter y WhatsApp, leí todos los mensajes, vi todas las fotos y videos.
Gracias por tomarse su tiempo y a las que hicieron los videos, me hicieron llorar con sus palabras. Ustedes son las personas más hermosas que puedan existir, tiene un corazón enorme que hacen que cada día las ame más.
Ustedes me admiran, pero en realidad yo las admiro mucho más a ustedes, por entregarle tanto amor a una persona que nunca han visto, las admiro demasiado, oficial mente soy su fan,
Agradezco a cada una de ustedes por haberse tomado el tiempo para felicitarme.
Desafortunada mente "Unreflecting" esta por acabar, pero no esten tristes, va a ver nuevas novelas y espero que me sigan acompañando en cada una de ellas.
Las amo como no tienen idea.

Siempre estan en mi corazón, mente y alma.

Las ama...

Jany

Unreflecting - Capitulo 135

Capitulo 135

"¿Soy Tu Premio De Consolación?"

Una leve caricia en mi mejilla me sacó de mis angustiosos pensamientos. Creyendo que Tomas había regresado, se me cortó la respiración al contemplar los ojos verdes e intensos de León observándome. Su rostro era un poema: tenía un corte en el labio, que empezaba a cicatrizar; su mejilla estaba surcada por una línea rosácea rodeada de un moratón amarillo azulado, y tenía un par de tiritas sobre la herida. El corte sobre el ojo derecho estaba también cubierto con una venda, y el izquierdo estaba tan magullado que mostraba un color casi negro. Entre eso y su brazo en cabestrillo, aparte de algunas costillas que supuse que le habían vendado, estaba hecho unos zorros.
Pero al verlo el corazón me dio un vuelco. Literalmente, oí el enojoso pitido del monitor junto a mí. Me sonrió con calidez y ternura cuando se sentó en el lugar que Tomas había dejado vacante. Entonces, comprendí que era él quien había permanecido todo el rato junto a la puerta de mi habitación y había hablado con Tomas cuando éste se había marchado. Me pregunté si había escuchado nuestra conversación, si sabía que Tomas había roto conmigo.
—¿Estás bien? —preguntó con voz grave y ronca que denotaba una profunda preocupación.
—Supongo que sí —murmuré—. Los analgésicos han empezado a hacer efecto, y tengo la sensación de que peso quinientos kilos, pero supongo que me recuperaré.
Sonrió más animado y meneó la cabeza.
—No me refería a eso. Te aseguro que he hablado con todas las enfermeras que hay aquí, conozco tu situación..., pero ¿estás bien? —Dirigió la vista hacia la puerta y comprendí que sabía lo de Tomas. Quizás había escuchado nuestra conversación, o quizá no, pero en cualquier caso lo sabía.
Lo miré mientras una lágrima rodaba por mi mejilla.
—Pregúntamelo de nuevo dentro de un par de días.
Asintió con la cabeza y se inclinó para besarme suavemente en los labios. Los pitidos del estúpido monitor junto a mí se intensificaron un poco y León se rió por lo bajo.
—Supongo que no debo hacer eso.
Cuando se apartó, apoyé una mano en su mejilla y deslicé un dedo sobre el moratón que tenía debajo del ojo.
—¿Estás bien?
Me tomó la mano y la retiró de su rostro.
—Estoy bien, Violetta. No te preocupes por eso ahora. Me alegro de que tú no... —Tragó saliva y calló, como si se sintiera incapaz de continuar.
Sostuvo mi mano en las suyas y yo le acaricié la piel de la muñeca, donde desaparecía debajo del yeso.
—¿Tú y Tomas estuvieron aquí?
—Por supuesto. Los dos te queremos, Violetta.
—No —dije meneando la cabeza—, me refiero a si estabais juntos en la habitación, charlando con calma, cuando me desperté. ¿No trataron de mataros el uno al otro?
Sonrió con ironía y desvió la mirada.
—Con una vez basta. —Luego se volvió de nuevo hacia mí—. Has estado medio inconsciente durante un par de días. Tomas y yo... hemos tenido varias conversaciones. —Se mordió el labio pero se detuvo al comprobar que le dolía—. Esas primeras conversaciones no fueron tan... sosegadas. —Alargó la mano para apartar unos mechones de mi rostro—. Pero al fin nuestra preocupación por tu bienestar suavizó las aristas, y hablamos sobre lo que debíamos hacer en lugar de sobre lo que estaba hecho.
Abrí la boca para decir algo, pero León me interrumpió.
—Me dijo que había aceptado el trabajo en España, y, cuando le pregunté si tú lo acompañarías, me dijo que no. —Me acarició la mejilla mientras mis lágrimas seguían deslizándose por ella.
—¿Sabías que iba a romper hoy conmigo?
Asintió observándome con profunda tristeza.
—Sabía que iba a hacerlo pronto. Cuando te despertaste y me miró..., deduje que quería hacerlo cuanto antes. —Apartó la vista y añadió en voz baja—: Arrancarse la tirita...
Sus ojos adoptaron una expresión pensativa mientras miraba un punto en el suelo durante largo rato. Cuando habló, sin levantar la mirada, extendí de nuevo la mano hacia su rostro.
—¿Qué planes tienes, Violetta?
Su pregunta me sorprendió y dejé caer la mano. De pronto, me pareció que el golpe que había recibido en la cabeza era insignificante comparado con el lacerante dolor que sentía en el corazón.
—¿Planes? No..., no lo sé. La universidad..., el trabajo...
«Tú», quise decir, pero sabía que sonaría fatal.
Pero él pareció oírlo, y, cuando sus ojos se fijaron de nuevo en los míos, sus pupilas verdes e intensas mostraban frialdad. Una frialdad que yo había visto en muchas ocasiones cuando lo había herido.
—¿Y yo? ¿Crees que podemos seguir a partir de cuando lo dejamos? ¿Antes de que me abandonaras... una vez más... por él?
Cerré los ojos y traté de obligar a mi cuerpo a sumirse de nuevo en la inconsciencia. Como de costumbre, mi cuerpo no me hizo caso.
—León...
—No puedo seguir así, Violetta.
Al percibir el dolor en su voz, abrí los ojos. Los suyos se humedecieron mientras me miraban.
—Esa noche iba a dejar que me abandonaras. Te dije que renunciaría a ti, si eso era lo que deseabas, y cuando dijiste...
Cerró los ojos y suspiró.
—A partir de ese momento, ni siquiera fui capaz de mentirle a Tomas cuando nos descubrió. —Abrió los ojos y miró nuestras manos, sin dejar de acariciarme la piel con el pulgar—. Sabía que me atacaría cuando averiguara la verdad..., pero no podía pelear con él. Lo había herido en lo más profundo y no quería herirlo físicamente.
Anhelaba abrazarlo con tal desespero que me producía un dolor más intenso que la herida en la cabeza.
—Lo que le hicimos... —León sacudió la cabeza, con los ojos nublados por las lágrimas al recordar esa noche—. Es el tipo más bondadoso que he conocido en mi vida, lo más parecido a un hermano que he tenido, y nosotros lo convertimos en mi... —Cerró los ojos unos instantes mientras el dolor se reflejaba en su rostro.
»Creo que en parte deseaba que me hiciera daño... —Hablaba en tono quedo, revelando sin tapujos qué había pensado esa noche, su sentimiento de culpa y su dolor. Sus ojos se posaron de nuevo en los míos—. Debido a ti, debido a que siempre lo elegiste a él. En realidad, nunca me has querido, y tú eres lo único que yo...
Tragó saliva y desvió la mirada.
—¿De modo que... ahora que te ha dejado, ahora que ya no tienes que elegir, quieres quedarte conmigo? —Volvió a mirarme y vi de nuevo furia en sus ojos—. ¿Soy tu premio de consolación?
Lo miré boquiabierta. ¿Un premio de consolación? Qué disparate. Jamás había ocupado un segundo lugar, pero yo estaba demasiado asustada para tomar una decisión. Dios mío, estaba aterrorizada...
Abrí la boca para decir algo, para decirle que todo lo que había hecho había sido por temor. Que lo había rechazado en numerosas ocasiones porque el amor tan fuerte que había entre nosotros me aterrorizaba. Temía confiar en él, temía abandonar el confort que me procuraba Tomas. Pero no pude. Mis labios no podían articular las palabras. No sabía cómo decirle que me había equivocado..., que nunca debimos despedirnos en el aparcamiento.
Él asintió al interpretar mi silencio.
—Es lo que supuse. —Suspiró y bajó de nuevo la cabeza—. Violetta..., ojalá... —Alzó la vista y me miró; la furia que había observado antes en sus ojos había dado paso a la tristeza—. He decidido quedarme en México. —Cerró los ojos y meneó la cabeza—. No imaginas el sermón que me largó Broduey cuando le dije que iba a abandonar a la banda. —Abrió los ojos y escrutó mi rostro, deteniéndose en el punto sensible junto a mi oreja—. Con todo este follón, no me había parado a pensar en mi banda. Cuando averiguaron que iba a marcharme de la ciudad, se llevaron un disgusto tremendo. —Sacudió la cabeza con tristeza y suspiró mientras yo me devanaba los sesos en busca de algo que decir.
Por fin, suspiró de nuevo suavemente y murmuró:
—Lo siento. —Se inclinó sobre mí para volver a rozar mis labios con los suyos. Exhaló un poco de aire y me besó desde la mejilla hasta la oreja. El monitor reveló la reacción de mi cuerpo al sentirlo tan cerca, a su olor, al tacto de su piel, y él suspiró al besar el punto sensible debajo de mi oreja. Luego, se apartó un poco y apoyó la cabeza contra la mía—. Lo siento, Violetta. Te amo..., pero no puedo seguir así. Necesito que dejes el piso.
Antes de que yo pudiera reaccionar a sus palabras, antes de que pudiera romper a llorar y decirle que no, que quería quedarme junto a él, que quería tratar de solucionar las cosas, se levantó y salió de la habitación sin volverse.
Por segunda vez ese día, sentí que se me partía el corazón, y lloré con tal desconsuelo que me quedé dormida.


Bueno todo mal con leonetta, tomletta y TODO, lo siento no me odien, pero...nose que decir XD. Odio poner lo siguiente....

ULTIMOS CAPITULOS.
Jany las ama y espera que no la odien XD

Jany

Unreflecting - Capitulo 134

Capitulo 134

"¿Cómo Pudiste Hacerme Eso"

Lo primero que percibí fueron unos sonidos, un insistente pitido junto a mi oído que no cesaba, y unas voces quedas masculinas que resonaban en el fondo de mi mente, como si hablaran a través de un túnel. Traté de centrarme en esas voces, acercarlas a mí para entender lo que decían. Capté algunos fragmentos, pero no los suficientes para comprender el significado de las palabras.
—...ahora..., marcharme..., ella..., herida..., lamento..., ella..., matarla..., ya sabes...
De pronto, oí una suave risa en la habitación que me pareció familiar, pero nada en mi mente o mi cuerpo me parecía realmente familiar en esos momentos. Sentía la cabeza ligera como un globo sujeto a mi cuerpo que flotaba. Entonces, me moví, y un dolor agudo me dijo a gritos que no lo volviera a hacer. Agucé el oído y me quedé inmóvil hasta que experimenté de nuevo la sensación de flotar. Un dolor sordo en mi cabeza confirmó el alivio que experimentó mi cuerpo ante esa decisión.
Mientras me preguntaba por qué me dolía tanto la cabeza, mi mente empezó a inundarse de recuerdos. Unos recuerdos angustiosos que deseé poder eliminar, que deseé que se hubieran marchado de mi cabeza cuando el dolor penetró en ella. Recuerdos de mi dolorosa despedida de León. Recuerdos del rostro de Tomas al descubrirnos. Recuerdos de Tomas golpeando a León, descargando todas sus frustraciones sobre él, tratando de matarlo. Alzando el pie para asestarle un golpe mortal en la cabeza...
—¡No!
Mi recuerdo de la agresión evocó la imprudencia que yo había cometido para impedirlo. Me incorporé en la cama y grité «¡no!», pero enseguida volví a desplomarme sobre las almohadas, agarrándome la cabeza y boqueando ante el lacerante dolor que me recorría el cuerpo.
El rostro preocupado de Tomas apareció ante mi borrosa visión. Me acarició los pómulos con los pulgares y se volvió para murmurar algo a otra persona que estaba en la habitación. Ésta respondió algo en un murmullo y oí unos pasos que se alejaban mientras el intenso dolor que sentía en la cabeza remitía, dando paso a un dolor sordo. Tomas se volvió de nuevo hacia mí y siguió acariciándome las mejillas, enjugando algunas lágrimas que habían alcanzado sus dedos.
—Tranquilízate, Violetta... Estás bien. Todo irá bien..., cálmate.
Me di cuenta de que lo agarraba por la pechera de la camiseta con fuerza y traté de calmarme. Mis ojos perdían y recuperaban la visión y pestañeé varias veces seguidas para tratar de ver con más nitidez.
—¿Tomas? —Mi voz sonaba ronca, tenía la garganta seca y me dolía debido a la sed—. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?
Tomas suspiró y apoyó la frente suavemente contra la mía.
—¿Que qué ha pasado? Que creí que te había perdido. Creí que te había matado. No puedo creer que yo... —Su acento sonaba tenso, como le ocurría a veces cuando estaba disgustado o en un estado emocional muy alterado. Suspiró de nuevo y tragó saliva antes de darme un casto beso en la frente. Cuando se apartó, vi que tenía los ojos húmedos—. Estás en el hospital, Violetta. Durante un par de días, has perdido y recobrado el conocimiento constantemente. Te has salvado de milagro. Hemos tenido mucha suerte; sufriste unas contusiones pero perdiste poca sangre. Te pondrás bien.
Alcé la mano y me palpé la sien con cuidado. Los dedos de Tomas rozaron los míos y ambos tocamos la delicada zona sobre mi oreja derecha.
—Estuvieron a punto de tener que operarte para aliviar la presión, pero por fin lograron reanimarte con medicamentos... —murmuró, mientras me acariciaba el dorso de la mano con su pulgar. Sentí una crispación en el estómago al pensar que casi habían tenido que quitarme un trozo del cráneo. Gracias a Dios, no habían tenido que hacerlo. Cerré los ojos y dejé caer la mano, aferrando la de Tomas con fuerza.
—Perfecto..., se ha despertado. Probablemente sufre fuertes dolores.
Una enfermera rolliza y jovial, con una sonrisa kilométrica, entró en la habitación. Yo me estremecí al oír su retumbante y animada voz y traté de forzar una sonrisa.
—Me llamo Susie y hoy cuidaré de ti. —Con aire autoritario, obligó a Tomas a levantarse de mi cama, por más que yo traté de retenerlo, e inyectó con una jeringuilla un líquido en el gotero. Fue entonces cuando me fijé en la aguja que tenía clavada en la mano y sentí de nuevo una crispación en el estómago. La enfermera comprobó mis constantes vitales y sonrió satisfecha—. ¿Necesitas algo, cariño?
—Agua... —respondí con voz ronca.
Ella me dio una palmadita en la pierna.
—Desde luego. Enseguida vuelvo.
Se volvió para marcharse, y mis ojos, que veían con más nitidez, la siguieron, enfundada en su uniforme, hasta que desapareció a través de la puerta. Tomas se sentó al otro lado de la cama y tomó mi mano en la que no tenía clavada la aguja. Apenas me percaté de nada más. No porque los analgésicos empezaran a hacer efecto. No, ellos sólo aliviaron el dolor que sentía en la cabeza. Pero mi corazón... De pronto, sentí que se aceleraba. Los pitidos junto a mi cama se intensificaron.
Mientras observaba a la enfermera alejarse, mis ojos se fijaron en la persona que había ido en su busca. Una persona que seguía de pie junto a la puerta, apoyada contra la pared, manteniéndose a una distancia prudencial de Tomas y de mí. Una persona que tenía el brazo izquierdo escayolado desde la muñeca hasta el codo y cuyo rostro mostraba un mosaico de colores desde el amarillo al negro..., pero que seguía siendo perfecto.
Cuando nos miramos a los ojos sonrió, y yo retiré sin querer la mano de la de Tomas. Éste observó que yo miraba a León y se volvió hacia él. Me chocó que estuvieran los dos en mi habitación..., sin tratar de matarse mutuamente. Ambos se miraron, León hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y, tras dirigirme una última sonrisa, salió de la habitación.
Quise gritarle que se quedara, que me hablara, que me contara lo que pensaba, lo que sentía, pero Tomas carraspeó para aclararse la garganta. Lo miré con evidente perplejidad. Tomas me sonrió cariñosamente y mi perplejidad aumentó.
—¿No estás furioso? —fue cuanto se me ocurrió decir.
Él bajó la vista un momento y vi que crispaba la mandíbula debajo de su barbita rubia, una barbita algo más larga y desaliñada que de costumbre, como si no se hubiera apartado de mi lado el tiempo suficiente para arreglarse. Me miró de nuevo y observé que en sus ojos se reflejaban múltiples emociones antes de que su rostro se relajara.
—Sí..., estoy furioso. Pero... he estado a punto de matarte, lo cual hace que vea las cosas desde otro ángulo. —Esbozó una sonrisa de tristeza y luego arrugó el ceño—. No sé qué habría hecho si no hubieras sobrevivido. —Se pasó la mano por la cara—. No sé cómo habría podido soportarlo. Me habría destrozado...
Alcé la mano en la que tenía clavado el gotero para acariciarle el rostro; la sentí pesada y sólida, como el resto de mi cuerpo. Tomas me miró mientras yo deslizaba mis dedos sobre su barbilla. Suspiró y esbozó una pequeña sonrisa.
—Habría preferido que me lo dijeras, Violetta..., desde el primer momento.
Retiré mi mano, que de pronto me pareció como si me abrasara. Mi corazón empezó a latir con fuerza y procuré calmarme: los pitidos del monitor registraban mi estado de excitación. Tomas se percató de mi reacción y suspiró.
—Habría sido duro..., pero habría preferido saberlo.
Bajó la cabeza y se pasó una mano por el pelo; observé que tenía todavía los nudillos llagados e hinchados por haberle pegado a León.
—Por supuesto, debí hablar contigo cuando empecé a sospechar. No debí tenderos una trampa. Pero confiaba en que... Deseaba estar equivocado.
Alzó la cabeza y sus ojos mostraban una expresión de profundo cansancio, como si no hubiera pegado ojo en varios días.
—Jamás pensé que me lastimarías, Violetta. —Ladeó la cabeza y me mordí el labio para no romper a llorar—. No me esperaba eso de ti... —Hablaba tan bajo que tuve que acercarme a él para oír lo que decía—. Pensé que León quizá trataría de echarte los tejos. Incluso le hice prometerme que no te tocaría cuando me marché. Pero jamás pensé que tú... —Desvió la mirada y percibí en su acento una nota de amargura que jamás había oído en él—. ¿Cómo pudiste hacerme eso?
Se volvió de nuevo hacia mí y abrí la boca para tratar de hablar. Pero, antes de que pudiera decir algo racional, la enfermera regresó y me ofreció con gesto jovial un vasito de cartón con una caña, de cuyo extremo pendía una gota de agua. No podía apartar los ojos de esa gota de agua, y, en cuanto me entregó el vasito, empecé a beber con avidez. Creo que murmuré una frase de agradecimiento antes de que la enfermera se alejara con aire alegre.
Tomas esperó pacientemente a que me bebiera la mitad del agua. Por fin, retiré la caña y fijé la vista en el vasito que sostenía en las manos, incapaz de mirarlo a los ojos.
—¿Qué vamos a hacer a partir de ahora? —pregunté en tono quedo, aterrorizada de su respuesta. Deposité con dedos temblorosos el vasito en la mesa junto a mi cama.
Él se inclinó sobre mí y me besó con dulzura en la sien que estaba ilesa.
—No vamos a hacer nada, Violetta —me susurró al oído antes de apartarse de mí.
Las lágrimas afloraron de inmediato a mis ojos mientras observaba su rostro apenado pero sereno.
—Pero yo iba a dejarlo. Te quiero a ti.
Él ladeó la cabeza y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Lo sé... y yo también te quiero. Pero no creo que nos queramos de la misma forma. Y... creo que retenerte a mi lado me destruiría. He estado a punto de mataros a León y a ti. De hecho, os he herido gravemente. —Fijó la vista y la fijó en las almohadas—. Jamás me perdonaré lo que he hecho..., pero pudo haber sido mucho peor, y creo que si permaneciéramos juntos esto acabaría mal.
Las lágrimas rodaban por mis mejillas y, cuando volvió a mirarme, vi que las suyas estaban también bañadas en lágrimas.
—¿Si permaneciéramos juntos? ¿Ya no estamos juntos?
Tomas tragó saliva bruscamente y me enjugó unas lágrimas.
—No, Violetta. Si piensas en ello, si lo analizas, te darás cuenta de que hace mucho que no estamos juntos. —Sacudí la cabeza para protestar, pero él continuó con sus terribles verdades—. No..., es inútil tratar de negarlo. Está muy claro, Violetta. En algún momento, tú y yo empezamos a distanciarnos. Incluso cuando estábamos juntos, no estábamos... conectados como antes. Ignoro si se debe sólo a León o si esto tenía que suceder en cualquier caso. Quizás él fue simplemente el detonante de una ruptura que se habría producido de todos modos.
Meneé de nuevo la cabeza, pero no podía negar lo que decía. Lo único que resonaba en mi cabeza era «tiene razón», y no podía decírselo. No podía confirmar lo que sin duda iba a ser el fin de nuestra relación.
Él sonrió un poco ante mi débil intento de contradecirlo.
—Creo que, en última instancia, te habrías quedado conmigo por obligación..., o quizá por comodidad. Quizá yo te ofrecía la seguridad que necesitabas. —Me acarició de nuevo la mejilla—. Sé que lo desconocido te asusta. Yo representaba para ti un manto protector.
Las lágrimas seguían resbalando por mis mejillas y deseé mostrarme al mismo tiempo de acuerdo y en desacuerdo con él, pero no sabía cuál era la respuesta correcta. ¿Qué era peor? Él pareció darse cuenta de mi confusión.
—¿Comprendes ahora por qué no puedo aceptar esto? No quiero ser la red de seguridad de nadie. No quiero seguir contigo porque te aterrorice la idea de que te abandone.
Apoyó una mano sobre mi pecho, sobre mi corazón.
—Quiero representarlo todo para alguien. Quiero fuego y pasión, y un amor correspondido. Quiero ser el corazón de alguien. —Retiró su mano y la miró. Reprimiendo un sollozo ante la inmensa pérdida que experimenté cuando apartó la mano, la miré. —Aunque esto me parta el mío —murmuró con un acento más marcado de lo habitual.
Con voz tensa y llena de emoción, pregunté con tono quedo:
—¿Qué pretendes decirme, Tomas?
Él se sorbió la nariz y un par de lágrimas cayeron de sus empañados ojos.
—He aceptado el trabajo en España. Regresaré a casa dentro de un par de semanas, cuando te hayas recuperado. Me voy a casa solo, Violetta.
En ese momento, perdí el control y rompí a llorar. Todas las emociones que sentía con respecto a Tomas y nuestra fallida relación estallaron de golpe, y comprendí que él tenía razón. Tenía que marcharse. Tenía que buscar la felicidad junto a otra persona, puesto que nunca la hallaría conmigo dado el giro que había tomado nuestra relación. Dada la forma en que yo le había traicionado. Dado el hecho de que, incluso mientras lo oía despedirse de mí, me preguntaba dónde estaba León.
Tomas me rodeó con cuidado con sus brazos y me abrazó con fuerza. Lloró apoyado contra mí, y yo lloré apoyada contra él. Me prometió que aún me amaba y que seguiríamos en contacto. Nunca dejaríamos de ser amigos, porque nuestra historia era demasiado importante, pero no podía seguir junto a mí. No mientras yo amara a otra persona. Quise asegurarle que no era cierto. Quise decirle que sólo lo amaba a él, que sólo deseaba estar con él. Pero era mentira, y no quería seguir mintiendo, ni a los demás ni a mí misma.
No sé cuánto tiempo me estrechó entre sus brazos. Me parecieron días. Cuando se apartó, traté de retenerlo, pero los analgésicos me habían hecho efecto y estaba demasiado débil y adormilada. Fue como algo simbólico, que me hirió profundamente. Me besó en la cabeza mientras mis dedos se deslizaban débilmente sobre su piel.
—Volveré mañana para ver cómo estás, ¿de acuerdo? —Asentí y él me besó por última vez antes de marcharse.
Lo vi detenerse en la puerta y hablar con alguien a quien no alcancé a ver. Se volvió hacia mí y luego siguió hablando con esa persona. Dijo unas pocas palabras en voz baja y extendió la mano. Parecía como si se disculpara. Arrugué el ceño, confundida, y me pregunté si los medicamentos que tomaba alteraban mi percepción aparte de hacer que me sintiera cansada. Tomas me dirigió una última sonrisa y se alejó de la persona con la que había estado conversando.
Lo vi desaparecer y sentí una opresión en el pecho al verlo marcharse. Sabía que ésa era la primera de muchas separaciones dolorosas entre nosotros, y que la última y más dolorosa sería la definitiva, cuando lo viera partir de nuevo a bordo de un avión, esa vez para siempre. Cerré los ojos, alegrándome durante unos instantes de que Tomas no hubiera cometido ninguna imprudencia que hubiera comprometido su futuro. En cualquier caso, al menos le aguardaba un excelente trabajo que le procuraría consuelo. Y sabía que, con el tiempo, conocería a una mujer digna de él. Dios, ese pensamiento me produjo un gran dolor. Pero él tenía razón, yo me había aferrado a él por motivos egoístas.



Su escritora (nuevamente desaparecida) Volvio!!! u.u Tomletta termino, lo siento (?
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Jany

lunes, 19 de enero de 2015

Acto De Iniciación - Capitulo 25

Capitulo 25: GRACIAS



(Leon)
Luego de que se hiciera el silencio en todas las habitaciones, supuse que la visita se habría marchado, así que me incorporé en la cama hasta quedar sentado en el borde, esperando algunos segundos más, para asegurarme. En cuanto la sospecha se transformó en certeza, me puse de pie y abrí la puerta. Quería ir a curiosear, probablemente porque me estaba aburriendo mucho, y preguntarle a Mariana quién había venido…
Pero me quedé quietecito y mudo al encontrármela a ella, de brazos cruzados, justo frente a mi puerta. Las cejas negras amenazaban con juntarse, y los ojos azules relampagueaban con algo que me pareció no demasiado agradable. Muy similar al enfado.
—Si quieres, puedo explicarte algo sobre tu madre.
Su voz me pareció tan fría que no pude evitar abrir los ojos de par en par. Además… ¿había dicho que pretendía explicarme algo sobre mi madre? ¿Qué mierda podría explicar ella sobre eso? ¿Qué podía saber Mariana, que yo no?
— ¿Por qué vas a hablarme de algo así ahora? —contraataqué—. No me interesa lo que puedas decirme, y mucho menos si tiene que ver con esa mujer a la que todos idolatran tanto.
—Puede que no te interese —respondió ella, sin inmutarse ni un poco, al contrario de quedarse en silencio y retirarse, como solía hacer. Me estaba extrañando bastante su comportamiento—. Sin embargo, hay alguien a quien sí le interesa mucho que te aclare lo que pasa ¿sabes?
— ¿Ah, sí?
—Violetta vino hoy aquí precisamente a preguntar eso, antes de quedarse dormida en la mesa de la cocina, en donde ahora sigue. —Yo me quedé mudo de asombro. ¿Violetta era la visita? ¿Y había venido por…?—. Está agotada, por si no lo has notado. No creo que esas ojeras sean cosa habitual en ella, y me temo que es culpa tuya que tenga el aspecto de un zombi.
Bajé la cabeza, por primera vez, ante Mariana. Aunque supuse que, más allá de que me estuviera sermoneando, por quien bajaba la cabeza era por Violetta. ¿Tan preocupada estaba?
—No sabe qué hacer contigo, así que vino a pedirme ayuda a mí, por si podía darle alguna pista para hacerte sentir un poco mejor —continuó, y su voz tenía un aire de reproche imposible de ignorar—. Así que le dije por qué era que estabas así, y también un secreto que se me había prohibido contar a nadie. —La miré—. Pero tuve que hacerlo, dadas las circunstancias, y supongo que la solución a todo esto es que tú también estés al tanto. Quizá te haga comprender muchas cosas.
Suspiré.
—Te escucho.
—Más te vale que, después de esto, dejes de portarte como un imbécil y le jures que estás mejor, o te lo haré pagar caro, Leon. No voy a arriesgarme a hablar para que luego no sirva en absoluto.
—Veamos si sirve. ¡Suéltalo de una vez!
—Bien. ¿Quieres saber por qué tía Alondra nunca fue afectuosa contigo?
La pregunta me tomó completamente desprevenido. No creí que cualquier cosa que pudiera decirme de mi madre tuviera que ver con eso.
Me encogí de hombros como toda respuesta. En realidad, me moría de curiosidad, e incluso el corazón me retumbaba como un tambor dentro del pecho. ¿De verdad iba a decirme por qué nunca había recibido un trato cercano de mi madre? ¿Iría a decirme que me detestaba porque nunca cumplía con mis obligaciones de la manera adecuada, o porque no era lo suficientemente bueno para la familia, aun cuando hacía lo que podía?
—Tía Alondra nunca se acercaba a ti porque eres el vivo retrato de tu padre, Leon —dijo, en cambio, y a mí se me cortó la respiración por un momento.
¿Qué estaba diciendo? ¡Aquello no tenía sentido!
— ¿Qué?
Mariana asintió con la cabeza, muy seria, antes de continuar.
—Mi madre me lo contó una vez, cuando prometí guardar el secreto, porque eran cosas privadas de tía Alondra, y nadie debería divulgarlas. Recuerdo que aquel día yo me había puesto furiosa al ver que te desvivías porque te mirara un poco y ella te ignoró. Fui a casa llorando y al final me lo dijeron.
¿Mariana había ido a casa llorando por algo como eso?
— ¿Qué fue lo que te dijo tu madre?
—Me explicó que, cuando el tío murió en aquel accidente, tía Alondra lo pasó muy mal, e incluso entró en un cuadro de depresión bastante grave. Tú y yo éramos pequeños, y por eso no nos acordamos, pero todos los demás en tu casa lo saben, porque lo vivieron siendo mayores. —Hizo una pausa, como retomando pensamientos—. Tu madre nunca se recuperó de eso, y desde entonces está enferma. Las recaídas se volvieron más frecuentes y peores a medida que tú ibas creciendo, porque, si comparas alguna foto de tu padre con una tuya, verías que son prácticamente idénticos… Y tía Alondra tiene que ser quien primero lo nota de todos nosotros, por haber sido su esposa y por ser tu madre.
La cabeza me latía a martillazos, y me apoyé un poco más contra la pared, cargando en ella todo mi peso.
Dios, creo que me estoy mareando.
—Sigue —pedí.
—Tía Alondra no puede verte sin recordar a tu padre, y por eso siempre te alejó constantemente de ella; para no sufrir recaídas que, en varias ocasiones, a punto estuvieron de llevarla a la tumba. Cuando te mandó a Argentina, todos supusimos que era por el bien de los dos; para que ella no volviera a estar con un pie en la tumba y pudiera recobrarse, y para que tú pudieras sentirte un poco mejor, lejos de tu casa y de tu familia. Es tu madre, Leon, y te quiere… No te habría dejado venir si no hubiera sabido que era absolutamente necesario para la supervivencia de ambos.
Luego de eso, el silencio se extendió sobre nosotros como un manto negro y espeso que me hacía presión en la nuca y me cerraba la garganta, casi haciendo que me doliera respirar.
—Tu madre no te odia, Leon —repitió Mariana, y su voz me sonó tan lejana que casi no me parecía real—. Ni tampoco nadie de tu familia. Pero las cosas son así, y por respeto a ella o por respeto al recuerdo de tu padre, creo que la mayoría no se atrevió nunca a acercarse demasiado a ti.
—Excepto tú —murmuré.
Mariana bajó la cabeza.
—Excepto yo —concedió.
— ¿Tú tampoco me odias?
Soltando un suspiro, volvió a mirarme. Tenía los ojos húmedos y estaba un poco sonrojada, pero no se estaba apabullando como de costumbre. Parecía haber sacado, en cinco minutos de conversación, todo el valor que yo sabía que tenía y escondía en cuanto yo me ocupaba de amedrentarla lo suficiente para hacerla callar.
¿Tanto me había pasado con ella?
—Yo te quiero, Leon —dijo al fin.
Me sonrojé un poco, pero supuse que lo mejor era soltarlo yo también. No tenía caso ocultar que la apreciaba, menos ahora que sabía que yo no le era tan indiferente como pensaba. Era un alivio saber que me estaba reconciliando con ella, después de tantísimo tiempo siendo enemigos mortales. Por extraño que pudiera parecer, me sentía bien sabiendo que había estado equivocado.
—Yo también te quiero a ti, Mel…
—No entiendes —interrumpió, y yo sentí que, efectivamente, acababa de perderme en medio de su comentario—. No estoy hablándote de ese querer.
Me encontré de nuevo cuando oí aquel agregado, y quedé patitieso.
¿Había entendido mal o Mariana estaba diciéndome algo completamente diferente a que me quería como una prima?
Las palmas de las manos empezaban a sudarme agua glacial.
— ¿Estás… estás loca…?
Mariana soltó una risita, sin mirarme.
—Nunca me había atrevido a decírtelo —musitó—. No quería que me rechazaras ni una vez más. Mucho menos por algo así, que yo no podía cambiar… Así que me lo guardé, al menos hasta ahora.
¡Joder, ella había hablado en serio antes!
—Lo… lo siento. —No tenía idea de qué decirle en un momento así—. Siento haberte tratado mal, y… Mierda, yo… ¡siempre creí que me odiabas, Mariana! Por eso nunca me porté bien contigo.
La vi sonreír con tristeza.
—Lo sé.
Me sentía tan estúpido y tan torpe que me parecía que la única forma de solucionarlo era disculparme un millón de veces, o dar un montón de excusas atropelladas. Nunca me había enfrentado a una situación similar. Nunca se me había declarado nadie que me importara.
—Es que… como siempre peleábamos… —continué.
—Era la única forma de que notaras que yo existía, Leon. No tenía más opciones, y sigo sin tenerlas. No es la más inteligente, pero es la que hay para mí. Sólo te acuerdas de mí cuando te fastidio… —Se le cortó la voz—. ¡Y no sabes cómo duele!
Cuando se llevó la mano a la boca para ahogar el par de sollozos, yo sentí lo mismo que habría sentido si alguien me hubiera pateado el hígado. La había visto llorar por mi culpa un montón de veces, pero nunca me había sentido mal, porque lo tomaba como una venganza luego de una larga discusión y palabritas hirientes por parte de los dos. No obstante, ahora que conocía sus motivos… Y que recordaba haberla hecho sentir como basura tantas y tantas veces…
Das asco.
Me encontré abrazándola antes de poder pensármelo, y Mariana se quedó tan tiesa como una vara, con los brazos apretados entre mi pecho y el suyo, en una pose casi defensiva. Ni siquiera la sentía respirar, y mucho menos seguir llorando. Lo único que delataba que seguía con vida era el leve temblequeo.
—Siento haberme portado como un idiota contigo —insistí, sin dejar que la incomodidad de saber que estaba siendo cariñoso con ella como nunca lo había sido me hiciera alejarme—. No se me da bien tratar con las chicas… Bueno, no se me da bien tratar con nadie. Y eso no me justifica, pero de verdad que lo siento mucho. Me arrepiento de todas las veces en que te hice llorar, y de las cosas que te dije. En serio.
Más o menos dos minutos después, noté que se aflojaba poco a poco y acabó apoyando la frente en mi pecho.
—No pasa nada, Leon. Estamos en paz.
Yo dije que sí con la cabeza, porque de verdad pensaba lo mismo.
Por primera vez en muchos años, estaba en paz con ella. Y con mi familia.

(Violetta)
Me había despertado algunas veces, sintiendo que era cargada por alguien en medio de una oscuridad casi absoluta, y luego me había vuelto a dormir. Sin embargo, ahora estaba despierta, aunque con los ojos cerrados, y podía sentir su respiración suave bajo mi oído derecho. Supe que era Leon en cuanto mi cerebro pudo procesar datos y hacer suposiciones obvias otra vez, y también me di cuenta, por la posición de los dos, de que él estaba sentado en el suelo y yo sobre sus rodillas.
Moví un poco los pies, y la hierba, empapada por el frío rocío de la noche, me mojó los tobillos. La brisa me hizo cosquillas en el rostro cuando movió algunos mechones de su pelo y el mío sobre mi frente, y también hizo más intenso el aroma delicioso de la chaqueta que él me habría puesto sobre los hombros para abrigarme.
Después de reparar en todos esos detallitos, comencé a preguntarme por qué estaríamos a la intemperie, en vez de en su apartamento, y por qué había salido de su habitación y estaba conmigo, cuando hacía una semana que no se me acercaba. Estaba tan acostumbrada a su contacto y tan deseosa de sentirlo, que no me fijé en que la situación era extraña, en el contexto concreto de ahora, hasta entonces. Porque no recordaba un abrazo tan cariñoso como éste en estos últimos días.
De hecho, no recordaba ningún abrazo en estos últimos días.
Me sobresalté un poco al oír cierto murmullo, pero abrí los ojos como platos y mi sorpresa fue miles de veces mayor al darme cuenta de lo que en realidad sucedía. ¿Leon estaba cantando?

Mi corazón busca sin parar, una estrella en lo alto de este mar.
Si pudieras alumbrarme un camino hacia ti
Es posible que te pueda encontrar.
Cada mañana pienso en tu voz
Y el momento en que te veo llegar.
Si esta vida se enamora de nuestra pasión
Algún día nos podrá juntar.

Me quedé escuchando atentamente, sonrojándome un poco con la letra. Después de todo, lo que realmente me interesaba era aquel fenómeno que se estaba dando. Y es que nunca, nunca lo había oído cantar.
¿Por qué cantaba? ¿Ya no estaba deprimido y furioso?
Recordaba haberme quedado dormida en la mesa, luego de la conversación con Mariana, y, aunque el recuerdo era bochornoso, sabía que mantenerme despierta durante más tiempo había resultado completamente imposible. Ella me había aclarado un montón de cosas sobre la madre de Leon antes… ¿Se las habría contado a él, después de que yo me hubiera quedado sopa?
El sonido de su voz empezó a relajarme, y tuve que poner toda mi fuerza de voluntad para no dormirme. Tenía la voz profunda, aunque casi cantaba en susurros. Una voz que de nuevo delataba que ya no era un niño. Una voz preciosa y querida, que me ponía el vello de los brazos, la nuca y la espalda de punta, además de lamentar profundamente tener que oírlo casi de contrabando, porque resultaba tan agradable que quería pedirle una serenata así para todas las noches de mi vida.
Sin poder aguantar por más tiempo, abrí los ojos y alcé la cabeza para decir:
—Cántame algo a mí, Leon.
Él se pegó tal susto que casi me caigo de su regazo. Cuando me miró, noté que tenía cara de asombro y se había puesto rojo, rojo, al punto de parecer un tomate.
¡Un tomate adorable!
— ¿Me… me estabas oyendo?
Asentí, y se puso todavía más incómodo que antes.
—Lo siento. Tienes una voz muy bonita ¿sabes? —Guardó silencio, desviando la mirada, y supe que no iba a aceptarme un elogio (para variar). Así pues, decidí cambiar un poco de tema, por ver si se tranquilizaba y se le pasaba el bochorno. A veces se me olvidaba lo tímido que podía llegar a ser—. Parece que ya estás de un mejor humor —comenté.
Durante su silencio, yo seguí el rumbo de sus ojos y me di cuenta de que estábamos en el Templo Japones, en aquel lugar secreto que yo le había enseñado tiempo atrás. Podía ver el lago y el puente que lo atravesaba, el pequeño altar en la isla al otro lado y los sauces que se agachaban hasta llenar el agua de sus ramas. Nosotros mismos estábamos contra el tronco de un árbol, aunque supuse que sería un cerezo. La noche era clara, despejada y hermosa, con la luz de una luna que comenzaba a menguar poco a poco y permitía la visión de algunas estrellas, las más alejadas de su halo.
—Siento haberte preocupado tanto —le oí decir, y volví a mirarlo—. Mariana me echó la bronca por eso hoy, y tenía mucha razón. Tienes unas ojeras horribles —apuntó, y acompañó sus palabras acariciando con el pulgar la zona hinchada bajo mis ojos—. Con lo que te gusta dormir, y yo impidiéndotelo… de forma poco agradable.
Su último añadido me hizo sonreír. Sospechaba que no se sentiría tan culpable si los motivos por los cuales no había podido pegar ojo hubieran sido otros, aunque siguiera siendo el responsable.
—Entonces ¿Mariana habló contigo?
—Sí.
— ¿Qué te dijo?
—Me explicó lo de mi madre, y luego hicimos las paces.
Yo me entusiasmé.
— ¿De verdad? —casi chillé, sonriendo de oreja a oreja. Él asintió—. ¿Ya no vas a pelear más con ella? —Ahora negó—. ¡Eso es genial! —De repente, recordé otra cosa y volví a ponerme seria—. ¿Y… también te dijo…?
La sonrisa de Leon se volvió triste.
—Sí. Eso también.
Yo bajé la cabeza otra vez, y apreté los puños sobre su camiseta mientras me mordisqueaba la boca con nerviosismo.
— ¿Qué… harás al respecto? —le pregunté.
—Nada. No hay nada que pueda hacer por ella, con respecto a ese punto, Violetta. —Su respuesta me supuso un alivio tan descarado que tuve que ahogar el enorme suspiro que se me arrejuntó en la boca. Leon se inclinó un poco para besarme la mejilla, y después dejó sus labios ahí—. ¿O ya no quieres que te espere más? Porque, si es así…
Supe que en su pregunta había mitad de broma y mitad de seriedad, así que me apresuré a espantar ideas estúpidas de su cabeza, antes de que se le ocurriera llevarlas a cabo, en algún momento de poca lucidez por su parte.
— ¡Que ni se te ocurra! —me quejé, y atrapé su rostro con mis manos para poder alcanzar su boca con la mía.
Y bien podría haberle dicho que no tenía que esperar nada, porque yo ya lo quería, pero preferí dejar esa confesión para otro momento, en el que los dos estuviéramos más cuerdos y menos presionados por las circunstancias. Ya había sido un día con bastantes confesiones complicadas, y no era como para agregar otra a la lista.
Así pues, me concentré en el calor que irradiaba su boca y en el aire circulando entre los dos mientras nuestras lenguas se buscaban. La intensidad de sensaciones que me atacó la boca del estómago y el pecho fue tal que me di cuenta lo mucho que había echado de menos la tibieza de sus besos, o la forma en que su mano me agarraba la cintura para apretarme contra él. No me extrañaba haber pasado tantas noches de insomnio, anhelando su contacto y jurándome que tendría que existir algún modo de que las cosas se solucionasen, porque extrañaba tanto su forma de comportarse habitualmente que la ausencia me había matado de dolor.
En algún momento, acabé sentada a horcajadas sobre sus piernas, y sus manos me elevaron un poco cuando se colaron bajo mi camiseta para trepar por mi espalda.
La chaqueta se deslizó por mis hombros y cayó en la hierba con un golpe pesado justo al mismo tiempo que Leon me besaba el cuello. Después enterró el rostro en mi pecho, y yo suspiré.
Las palpitaciones que empezaba a sentir por todo el cuerpo me alertaban de que estaba preparándome para él.
—Te quiero —dijo, con el rostro todavía oculto y sus manos robándome el aliento con cada caricia en mi espalda. Cuando respiró con fuerza contra mí, me recorrió un hormigueo de arriba a abajo. El rostro me ardió, lo mismo que el resto del cuerpo—. No te lo digo muy seguido, y pude haberme alejado de ti durante toda la semana, pero eso no va a cambiar. Y no sé cómo agradecerte lo que haces. —Me dio un beso en el pecho, justo en el medio, y se me volvieron las piernas de gelatina—. Te quiero, Violetta. Te quiero, te quiero…
Reprimí las ganas de decirle que me pasaba lo mismo, y, en vez de eso, le pasé las manos por el pelo, disfrutando con la sensación. Me encantaba hacerlo. Leon tenía el pelo liso, y castaño, que adquiría reflejos dorados con el sol, y se volvía casi negros con la luna.
—Aquí no, Leon —murmuré, intentando refrenarlo, sabiendo que nos estábamos incitando demasiado y eso no nos llevaría a ninguna parte, al menos en un sitio como aquél—. Yo también me estoy muriendo de ganas, pero no podemos… No trajimos nada, y…
No hizo falta que continuara explicando, porque rápidamente asintió y sus caricias se volvieron más tiernas que sugerentes. Acabó por bajarme y colocarme en la misma posición que al principio, acurrucada entre sus brazos, para después llenarme el rostro de besos.
Muy a mi pesar, se me escapó un bostezo, estimulada con sus mimos, y Leon se quedó quieto, escudriñándome.
—Será mejor que duermas otro rato —recomendó, y me puso un dedo en los labios cuando notó que iba a quejarme. En realidad, sus recomendaciones y sugerencias nunca lo eran del todo—. Te llevaré a tu casa después.
Resignada, porque sabía que no iba a convencerlo de lo contrario, acepté. Sin embargo, me di cuenta de que podía sacarle provecho a la situación, de modo que agregué con tono suplicante:
—De acuerdo… pero sólo si me cantas algo.
Él suspiró y se sonrojó, y yo creí que me saldría con alguna excusa para no tener que hacerlo, cuando se quedó callado tanto tiempo. Ya me estaba acomodando a la idea de quedarme sin canción, y cerrando los ojos, cuando sentí que se inclinaba sobre mí otra vez y su aliento me rozaba el oído y el cuello.

Mi corazón busca sin parar, una estrella en lo alto de este mar.
Si pudieras alumbrarme un camino hacia ti, es posible que te pueda encontrar.
Cada mañana pienso en tu voz y el momento en que te veo llegar.
Si esta vida se enamora de nuestra pasión algún día nos podrá juntar.

Tan solo dime donde yo estaré.
Entre mis brazos yo te cuidaré.
Como unir almas inseparables y soñar un beso sin final.
Dime si hay algo que yo pueda hacer
Para esconderte dentro de mi ser.
Yo se que sucederá
Tu mitad y mi mitad
Muy pronto ya se encontrarán.
No por casualidad.

Si siento frío en mi soledad, en mi pecho te busco lugar.
Si confío en que mis pasos conducen a ti tu calor un día me va abrazar.
Y con tu nombre grabado en mí, en la arena escribo sobre este amor.
Y si el mar se lleva cada palabra de hoy,
Gritaré más fuerte que este sol.

Tan sólo dime donde yo estaré.
Entre mis brazos yo te cuidaré.
Como mil almas inseparables
Y soñar un beso sin final.
Dime si hay algo que yo pueda hacer,
Para esconderte dentro de mi ser.
Yo se que sucederá
Tu mitad y mi mitad
Muy pronto ya se encontrarán.
No por casualidad.

Ahí estaré...
Siempre a tu lado.
Ahí estaré





Adsgisjisj LeonHermosoPErfectoBabyDeLaLife <3 2 días para mi cumple XD (Me hago viejita XD)

Jany

El Niñero 2 - Capitulo 23

Capítulo 23

*Narra Martina*

Entré en la casa seguida de Jorge. No había tardado más de dos horas con Charlie así que no entendia su muy notable enojo.

—¿Dónde estabas? —preguntó cerrando la puerta detrás de él.

—Con Mechi —mentí.

—¿Ah sí? ¿Y qué dice?

—Que eres un maldito infiel y que debería dejarte antes de que me mates —se acercó a mí amenazadoramente.

—Está en lo correcto —temblé como gelatina al sentir su tacto sobre mi hombro—. ¿Y qué más dice? —acarició lentamente mi cuello con la yema de sus dedos.

—¿Qu..qué? —suspiré. Besaba mi cuello con parsimonía. Sus manos se posaron sobre mi cintura, solté un suave gemido.

—Sé con quién estabas —besó mis labios—. Y te puedo demostrar que no necesitas un amante para disfrutar del sexo —me besó más apasionadamente. Lo detuve.

—Jorge, espera —trataba de calmar mi agitada respiración—. ¿De qué hablas? —pregunté confundida.

—Me han dicho que estabas con tu amante —abrí mis ojos como dos grandes platos. Luego deduje.

—¿Les creerás a Alice y a Pablo, antes que a mí? No sé por qué te empeñas en la estúpida idea de que te soy infiel...

—Porque ya no creo en ti.

*Narrador Universal*

—Era de esperarse. Jorge, YO NO ESTABA CON N-A-D-I-E —a pesar de que era mentira y realmente sí estaba con “alguien” sabía que esa persona solo era un amigo. Pero también sabía que si Jorge se enteraba de eso, no saldría con vida.

—¿Y entonces qué? ¿Pablo y Alice se lo inventaron?

—No los conoces de ayer —bufó—. No tengo por qué lidiar con esto, me duele la cabeza y tú me dices puras idioteces —comenzó a subir las escaleras mientras tomaba su cabeza con ambas manos. Realmente sentía un gran dolor en la cabeza, le punzaba y cualquier ruido —inclusive del viento— le molestaba. Llegó a su habitación y sacó una caja de aspirinas, tomó una y se recostó a dormir.

La alarma comenzó a timbrar, se sentía sumamente cansada cosa que se le quitó al ver la hora 11:00 am. Dio un brinco; normalmente se levantaba tarde pero no tanto, y se arregló, nada fuera de lo usual, andaría todo el día sola en casa, Cecilia se iba y Jorge y Diego tendrían que trabajar. Mientras se cepillaba el cabello notó que ese día no había tenido la misma pesadilla que últimamente frecuentaba. Sonrió pero rápidamente borró su sonrisa al sentir de nuevo un fuerte dolor de cabeza. “Migraña” pensó aunque nunca la había padecido, también pensó era el estrés. Tomó de nuevo el medicamento y bajó a desayunar.

—Qué día más aburrido —susurró mientras tomaba un último trago de su jugo de naranja. Y como si sus súplicas hubieran sido escuchadas timbró el teléfono.

—Buenos días, princesa —Martina se heló—. Soy Stanley —suspiró por un momento pensó que era ese tal Finker. Que raramente hace unos días había dejado de molestar.

—Hola, Charlie. No te digas Stanley, no me gusta —rió.

—Está bien. ¿Tienes qué hacer hoy?

—Nop —dijo con voz de pequeña—. Pero no creo poder salir, no me siento nada bien —dijo quejándose.

—¿Qué te sucede? —dijo preocupado.

—Tengo una migraña incesante. Y podría jurar que también nauseas...no volveré a salir contigo.

—¿Por qué? —preguntó con tono ofendido.

—Porque me siento mal desde que salí contigo —respondió—. Lo siento —rió por lo bajo—. Estoy delirando.

—Entonces no se diga más. Tendremos que colgar para que puedas descansar.

—Tengo que tomarte la palabra.

—Bien, nos vemos...

—Mañana, no creo que sea tan grave. Un desayuno no estaría mal.

—No puedo. Tengo una reunión en el trabajo pero te invito a cenar. ¿Te parece? —ella lo pensó.

—Está bien —y después colgaron. Tini se dirigió al refrigerador, buscó en él. Tomó lo primero que había —en este caso una rebanada de pastel de chocolate— y se lo metió a la boca. Lo saboreó, nunca había comido un pedazo de pastel más delicioso, tomó otro y después de haberse comido casi medio pastel —ni más ni menos— se fue a dormir. Minutos después; lo que realmente habían sido horas, escuchó ruidos. Se levantó y fue hacia donde los sonidos se escuchaban. Era Cecilia en la cocina.

—Buenas tardes, Tini.

—Buenas tardes, ¿Desde qué horas estás aquí?

—Hace como una hora llegué de hacer mis encargos, al rato volveré a irme.

—Ok —se tocó el estómago.

—¿Qué te pasa?

—No sé, tengo náus... —y rápidamente corrió al baño a vomitar.

—Tini, toma —le entregó un par de paños.

—Gracias, Cecilia —se limpió con ellos.

—De nada. ¿Te sientes mal?

—Sí, desde ayer tengo dolor de cabeza. Migraña.

—¿Y los vómitos? —Tini rió al recordar el pastel de la mañana. Del que ahora solo quedaba la mitad.

—Hoy comí mucho pastel que encontré en la nevera —Cecilia la miró divertida.

—Ay, niña. Pero ¿Tú? ¿Comiendo pastel?

—Tenía hambre y estaba ahí suplicándome a que lo comiera —se defendió.

—Dolor de cabeza, vómitos...pasteles que hablan. ¿Segura que estás bien? —ambas rieron.

—Por supuesto —luego de eso se dirigieron a la sala. Por alguna razón a Tini aún le retumbaba la cabeza. Fue a su habitación, tal y como lo predijo su día estuvo completamente aburrido.

Sintió unas manos acariciar sus hombros mientras ella se encontraba de espaldas. “Hombre, déjame. ¿No vez que soy débil ante ti?” Se decía a sí misma. Volteó y se encontró con su mirada, fría, profunda y penetrante.

Talvez la intención de Jorge siempre era tener un juguete en casa y otro en el trabajo; aunque la idea doliera, Tini no la descartaría. O talvez siempre estaba enfadado por el hecho de pensar que ella tenía un amante. No, eso era ridículo, si él no la amaba; al menos eso pensaba. Nunca lo sabría, o talvez sí. Mucho más para ellos venía...



Jejeje Tini XD

Jany

A Beautiful Wedding - Capitulo 10

Capitulo 10

Tini:

—Oh, ¿no luces preciosa? —dijo la conductora al deslizarme al asiento trasero del taxi. 
—Gracias —dije, sintiéndome aliviada de haber salido del casino—. Capilla Graceland, por favor. 
—¿Quieres comenzar el día casada, o qué? —dijo, sonriéndome por el espejo retrovisor. Tenía cabello gris, muy corto, y su espalda cubría todo el asiento, y un poco más por los costados. 
—Sólo parecía la manera más rápida en que podíamos hacerlo.
—Son terriblemente jóvenes para estar tan apurados. 
—Lo sé —dije, viendo a Las Vegas pasar al otro lado de mi ventana. 
Chasqueó su lengua. —Luces bastante nerviosa. Si estás teniendo dudas, sólo házmelo saber. No me molesta devolverme. Está bien, cariño. 
—No estoy nerviosa por casarme. 
—¿No?
—No, nos amamos. No estoy nerviosa por eso. Sólo quiero que él esté bien. 
—¿Crees que está teniendo dudas?
—No —dije, riéndome una vez. Encuentro su mirada en el espejo—. ¿Usted está casada? 
—Lo he estado una o dos veces —dijo, guiñándome—. La primera vez me casé en esa misma capilla donde te casarás tú. Pero bueno, ahí también lo hizo Bon Jovi. 
—¿Oh, sí?
—¿Conoces a Bon Jovi? ¡Tommy used to work on the docks! —cantó, para mi gran sorpresa. 
—¡Síp! He escuchado de él —dije, divertida y agradecida por la distracción. 
—Me encanta. ¡Mira! Tengo el CD. —Lo introdujo, y durante el resto del camino escuchamos los éxitos más famosos de Jon. Wanted Dead or Alive, Always, Bed of Roses, y I’ll Be There for You que just terminaba cuando nos detuvimos frente a la capilla. 

Saqué un billete de cincuenta. —Quédese con el resto. Bon Jovi ayudó. 
Me devolvió mi cambio. —Nada de propina, cariño. Me permitiste cantar. 
Cerré la puerta y la despedí con mi mano mientras se iba. ¿Ya había llegado Jorge? Caminé hasta la capilla y abrí la puerta. Una mujer mayor con un peinado enorme y demasiado brillo labial me recibió. 
—¿Tini?

—Sí —dije, jugueteando nerviosa con mi vestido. 
—Estás bellísima. Mi nombre es Chantilly, y yo seré una de tus testigos. Déjame tomar tus cosas. Las guardaré, y estarán a salvo hasta que termines.
—Gracias —dije, viéndola alejarse con mi cartera. Algo echaba chispas cuando ella caminaba, aunque no se me ocurría realmente qué podía ser—. ¡Oh, espere! El… —dije, mirándome mientras caminaba de vuelta hacia mí con el bolso—. El anillo de Jorge está allí dentro. Lo siento.

Sus ojos casi se cerraban por completo cuando sonreía, haciendo que sus pestañas postizas se notaran aún más. —Está bien, cariño. Sólo respira. 
—No me acuerdo cómo —dije, deslizando su anillo en mi pulgar. 
—Ven —dijo, estirando la mano—. Dame tu anillo y el suyo. Yo se los daré a ambos cuando sea el momento. Elvis estará aquí en un segundo para llevarte al altar. 
La miré con la boca abierta. —Elvis. 
—¿El Rey? ¿No lo conoces?
—Sí, sé quién es Elvis, pero… —Arrastré mis palabras mientras me quité el anillo con un pequeño jaloneo y lo coloqué en su palma junto al de Jorge. 
Chantilly sonrió. —Puedes usar esta habitación para refrescarte. Jorge está esperando, así que Elvis vendrá a tocar tu puerta en cualquier momento. ¡Nos vemos al otro extremo del altar!

Me miró al cerrar la puerta. Me di la vuelta, asustándome con mi propio reflejo en el enorme espejo detrás de mí. Se encontraba rodeado por unas luces grandes y redondas como esas que una actriz utilizaría en un show de Broadway. 
Me senté en el tocador, observándome en el espejo. ¿Eso es lo que era? ¿Una actriz? 
Él me esperaba. Jorge se encontraba al otro lado del altar, esperándome para que lo acompañara y así pudiésemos comprometer el resto de nuestra vida el uno al otro. 
¿Qué si mi plan no funcionaba? ¿Qué si va a prisión y todo esto fue inútil? ¿Qué si no le hacen absolutamente nada, y todo esto fue por nada? Ya no tendría la excusa de que me había casado porque lo salvaba, antes de siquiera tener la edad legal para beber alcohol. ¿Si lo amaba en verdad necesitaba una excusa? ¿Por qué se casaban las personas? ¿Por amor? De eso teníamos en cantidad. Al principio me sentía muy segura. Solía sentirme segura de muchas cosas. Ahora no me sentía así. 
No me sentía segura de nada. 
Pensé en la expresión en el rostro de Jorge si se enteraba de la verdad, y luego pensé en lo que dejarlo plantado causaría en él. Nunca querría que sufriera y lo necesitaba como si fuese una parte de mí. De esas dos cosas si me encontraba bastante segura.

Dos toques en la puerta casi me provocaron un ataque de pánico. Me giré, apretando la base de la silla. Era de hierro blanco, con remolinos y curvas que formaban un corazón en el medio. 
—¿Señorita? —dijo Elvis en una profunda voz sureña—. Es hora. 
—Oh —dije bajito. No sé por qué, ya que no podía escucharme. 
—¿Tin)? Tu pedazo enorme de intenso amor te está esperando. 
Rodé los ojos. —Sólo… necesito un minuto. 
El otro lado de la puerta se mantuvo en silencio. —¿Todo bien?
—Sí —dije—. Sólo un minuto, por favor. 
Luego de unos minutos, la puerta volvió a sonar. —¿Tini? —Era 
Chantilly—. ¿Puedo pasar, cariño?
—No. Lo lamento, pero no. Estaré bien. Sólo necesito un poco más de tiempo, y estaré lista.
Luego de otros cinco minutos, tres toques en la puerta causaron que gotas de sudor se formaran en mi nuca. Estos toques me eran conocidos. Más fuertes. Más confiados. 
—¿Pidge?



U.u esta dudando

Jany

¿El Amor O La Amistad? - Capitulo 25

Capitulo 25

"Primera Carta"

Querido Jorge:
El sábado por la noche fui a una fiesta maravillosa. Bailé, bebí, estuve con un montón de gente y no volví a casa hasta la madrugada.
Querido Jorge:
Soy una mentirosa que no veas. Tendrías que ver mi nariz. Ya sabes, igual que la de Pinocho, que crecía cuando decía mentiras. Yo la debo de tener larguísima. Fíjate lo horrorosa que fue la fiesta, que acabé llamando a papá para que me viniera a buscar antes de lo previsto, porque no aguantaba más. Me sentía como una perfecta imbécil. Con todos los artículos que hay en los periódicos sobre la gente joven de hoy en día, que dicen que todos son unos borrachos, o unos drogatas, que se
morrean con todo el mundo y en todas partes, ¿verdad? Pues, bueno, yo de eso no sé nada. Mi vida es un aburrimiento total.
Me encuentro fuera de todo. Como si no perteneciera a ningún sitio. ¿Te pasa eso a veces? Seguramente no, porque tú eres un chico y no sabes lo que quiero decir. Tú no tienes que preocuparte por tu aspecto, o por lo que te pones, o por si eres popular o no en el colegio.
No sé por qué te escribo todas estas tonterías. Es que es muy tarde y no puedo dormir. Y estoy hasta el gorro. Y no tengo a nadie con quien poder hablar. Así que, Jorge, lo siento pero te toca a ti.
Antes tenía a mis dos mejores amigas, Mechi y Lodo, pero ahora es muy diferente. Soy todavía amiga de Mechi, pero es una tía que siempre está de juerga y no entiende que pueda haber alguien tan deprimida como yo. Y luego tiene un novio que se llama Greg y siempre está con él.
No es que esté colada por él, aunque la verdad es que él no está mal.
Estaban en esa horrorosa fiesta, pero no lo pasaron tan mal como yo, claro, porque se sentaron en un rincón y se dedicaron a morrearse. Mechi fue la que empezó. Se tiró encima de Greg, y él no pudo hacer nada para impedirlo. Claro que no parecía importarle. ¿Por qué le iba a importar, si Mechi es una chica impresionante?
Cuando estoy hecha polvo, le hago confidencias a mi otra amiga, Lodo, una chica más bien melancólica. Somos las mejores amigas del mundo, desde que éramos bebés. Cuando éramos pequeñas, nos vestíamos lo más parecido posible, e intentábamos que todos creyeran que éramos
gemelas. Cosa imposible: ella era y es alta y esbelta, y yo he sido siempre gordita con el pelo rizado. Y Lodo tiene el pelo liso como una tabla. Pero nos daba igual. En cambio, ahora la tía va y se ha echado un novio que se llama
Liam. Un chico mucho mayor que ella. Y ella se piensa que Liam es fenomenal y al mismo tiempo que es un cara dura por cómo la trata. Es que el tío espera de ella que le haga todo tipo de cosas. Bueno, ya te imaginas.
Y Lodo me lo contó todo y yo se lo dije a Mechi. Y Mechi le dijo que era una imbécil, y Lodo dejó de hablarnos. Y sigue enfadada y yo estoy muy preocupada por ella. Y también estoy muy preocupada por mi padre y mi madrastra. En este mismo momento están teniendo una bronca en su cuarto. Puedo oírles aunque intenten hablar bajito. No sé por qué tienen todas estas peleas. Antes se llevaban estupendamente.
Cuando Anna vino a vivir con nosotros, yo esperaba que se pelearan cantidad e incluso hacía lo posible para ponerles en contra el uno de la otra. Le contaba rollos a Anna. Mentiras sobre mi padre y cosas así. No porque la odiara, al revés: es unachi bastante genial (por lo menos, la mayor parte del tiempo), sino porque era mi madrastra y yo no quería que sustituyera a mi madre. Es que mi madre era la mejor persona del mundo.
Pero no te voy a hablar de mi madre, porque si no me echo a llorar. Ahora me he acostumbrado a Anna. Es como si fuésemos amigas. No amigas amigas, sino amigas corrientes. Es tan tranquila, tan seria y tan feliz que es guay. Porque, lo que es yo, a veces me pongo rara y de mal humor. Y
encima tengo que aguantar a mi hermano Eggs, que es un horror, ya lo sabes, y encima está mi padre, que es el colmo cuando se pone histérico.
Anna sabe cómo calmarle. Es como si fuera su perro, un perro desasosegado y demasiado grande. Pero ella le tranquiliza de forma firme y luego le acaricia un poco como si fuese un cachorro. Pero ahora parece que ha perdido su varita mágica, o es que se ha hartado de jugar a este juego. Parece que quiera tener una vida más autónoma, sobre todo ahora que Eggs ha empezado a ir al colegio. Intentar volver a trabajar o algo así, pero no encuentra nada de momento, lo que la deprime bastante.
Y luego va la tía y ha empezado unas clases nocturnas, y el martes se organizó un jaleo tremendo, porque yo me iba a casa de Mechi y papá le había prometido quedarse en casa para cuidar de Eggs y que ella pudiera ir a su clase de italiano; pero no sé lo que pasó en la universidad que mi padre se retrasó. El caso es que llegó tarde y Anna no pudo ir a su clase. Y cuando volví vi que Anna había estado llorando. No sé por qué le importa tanto. Es solo una clase de conversación en italiano, y nosotrosnunca iremos a Italia. Seguiremos yendo a la aburrida y lluviosa Gales.
¿De verdad que te gusta Gales? A mí me encantaría ir a Italia y ver un montón de arte; además Mechi dice que los helados son increíblemente fantásticos, y ya se sabe que los chicos italianos son los más sexys del mundo. Supongo que a Anna le gusta el arte, porque estudió Bellas Artes, pero desde luego no toca un helado ni de broma. Le importa demasiado mantenerse delgada, y además tampoco pueden gustarle los italianos porque ya tiene a papá, digo yo.
Aunque... ¡oh, cielos, se me ha ocurrido una cosa! A lo mejor Anna tiene otro tío, un italiano sexy. O a lo mejor esto de las clases de italiano es una excusa y se va por ahí a ver a algún ligue misterioso.
A mí me parece una cosa rarísima que vea algo interesante en papá, que es mucho mayor que ella, para empezar. Además, Anna es muy guapa,mientras que papá tiene una barriga de esas que, cuando se mira en el espejo, encoge el estómago todo lo que puede y no hace más que decir
que esto es puro músculo. Y luego va y se pone vaqueros y camisas de crío. Como si fuera joven, solo que no lo es. Y, además, lleva una barba espantosa, y el pelo largo y esas sandalias tan horrorosas en verano, y tampoco tiene un carácter muy fácil que se diga.
Por cierto que acaba de entrar en mi habitación, porque ha ido al baño y ha visto la luz encendida en mi cuarto, y dice:
« ¿Qué haces, Tini?» Y va y me apaga la luz, así que supongo que la letra me estará bailando y no vas a entender nada, pero no importa. Porque no creo que te vaya a mandar esta carta. No es más que un montón de tonterías. Pensarías que estoy completamente loca.
Con cariño, Tini



Jany! <3