domingo, 19 de octubre de 2014

El Niñero 2 - Capitulo 1

Capítulo 1




Momentos tan divinos que te regala la vida, te los otorga sin pedir nada a cambio...o tal vez sí. No siempre se vivirá en un cuento de hadas. No todo se te dará en bandeja de plata, aún me cuesta aprenderlo...tendré que aprender a vivir con ello o afrontarlo de una buena vez. ¿Quieren saber de qué hablo? Claro, eso vendrá mas tarde. Prosigamos.

Me encontraba en la amplia limosina negra, no me agradaban los lujos pero en este caso era Jorge quien insistió. Realmente anhelaba este día tanto como yo. Cada vez era menor la distancia hacia mi destino. Tenía cierto nerviosismo, realmente no sabía por qué. Tal vez el hecho de que por fin seré la Señora de Blanco, que sus parientes y los míos estarán presentes, sí. Eso es. Llegué a mi destino. La limosina paró por completo. Tenía el corazón que se me salía. Todos voltearon hacia mí. Abrieron mi puerta y me recibió mi padre tendiendo su mano hacia mí, la acepté gustosa y salí de la limosina. Al final de mi recorrido se daba la vuelta mi futuro esposo, sonriendo sin despegar sus hermosos labios rosas que parecieran querer seducirme sin motivo alguno. Sonreí también. Mi padre me encaminó; al llegar, Jorge me recibió tendiendo su mano, entrelazó nuestros dedos y me susurró al oído.

—Te amo —me estremecí. ¿Acaso esto podía ser más perfecto?

El padre comenzó con sus diálogos, agradecí lo que tenía a Dios, y después de la típica misa; me di cuenta que siendo yo la protagonista hacia todo "menos aburrido". Al lado de mí veía a Jorge quien tenía cara de estar más aburrido que nunca. Ligeramente le pegué en su mano y volteó a verme, sonriente. Después de seguir con sus platicas, oí lo que tanto esperé...

—Martina Stoessel: ¿Aceptas a Jorge Blanco como tu legítimo esposo, para amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe? —Dios, quién diría.

—Acepto —respondí sin más rodeos.

—Jorge Blanco; ¿Aceptas a Martina Stoessel como tu legítima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

—Acepto —me guiñó el ojo.

—Si hay alguien que no esté de acuerdo con la unión de estos seres, en el sagrado matrimonio, hable ahora o calle para siempre —para mi suerte ni la estú.pida de Alice se molestó en aparecer— Entonces los declaro, marido y mujer. Señor Blanco, puede besar a la novia —al parecer eso fue lo único que escuchó claro; me tomó de la cintura y me atrajo hacia él, posando sus labios sobre los míos tiernamente, nos separamos y nos encaminamos hacia la limosina, y subimos en ella. Todo ahí era miel con hojuelas, hasta que llegamos a la fiesta. Todo estuvo como lo habíamos planeado, estuvieron Mechi y Xabi, todo estupendo, a pesar del apatismo en algunos momentos de parte de Xani y mi hermana.

Después nos tocaba ir a nuestro próximo destino... La luna de miel. Pero antes dormiríamos una última noche en casa de él. Todo estuvo exhaustivo por lo tanto nos fuimos temprano dejando a los "colados" disfrutar de la fiesta, junto con unos que otros conocidos.

Estábamos en la habitación de Jorge, lo primero que se me vino a la mente fueron mis perversiones.

Primera noche como esposos. Primera noche de pasión.

Al menos eso creí yo por un instante.

—Preciosa, ahora vuelvo. Tengo hambre —Jorge se levantó del acolchonado, yo lo tomé fuerte de la mano.

—Voy contigo —espeté.

—No, hermosa, no tardo —lo deje ir. Minutos después se abrió la puerta, esperaba que fuese Jorge pero era...¿Pablo?

—¿Qué haces aquí? —dije con cierto desagrado, cada vez se me hacían mas insoportables sus intentos de ligue.

—¡Sh! Calma, calma —dijo intentando tranquilizarme— No, no vengo a pedir perdón —rodé los ojos— Puedes ser la esposa de Jorge pero yo seguiré con mis intentos —lo interrumpí.

—Buscas un amor que no te será correspondido —dije, él iba acercándose cada vez más.

—Tal vez, eso nunca lo sabrás —ya estaba enfrente de mí. Por su bien y por el mío, él debía de irse.

—Pa...Pablo

—Shh...tranquila, no pasará nada —me acarició la mejilla.

—No, Pablo. Sí pasará y si Jorge te ve aquí ten por seguro que estarás muerto —dije temerosa.

—No, eso no sucederá —era más terco que el mismísimo Jorge., ¿Que acaso tenían que ser parecidos entre ellos? Por alguna jodida razón también Pablo tenía unos ojos de impacto, tan miel como su hermano. No mejor que este pero eran muy bellos.

—Pablo, te contaré hasta 3 —él se carcajeó.

—Unaa... —lo miré amenzante— Doooss...y...

—Tres —dijeron detrás de él. Cerré mis ojos no queriendo saber que pasaría. Escuché unos pasos salir de la habitación. Lo que más quería evitar eran peleas entre Jorge y yo. Ya acababa de aguantar a Ana en sus signos pubertos y cuando salí de la casa tendré una posible pelea con mi esposo. Esposo. ¿Existe una palabra más perfecta? Mis pensamientos fueron interrumpidos por unos gritos fuera de la habitación.

—¡Y a mí qué! ¡Pronto los separaré! —respondió agresivo Pablo. Jorge apretó los puños y cerró los ojos. No quería cometer un error.

—Mejor aprende a cerrar tu maldita boca o te la cierro yo —musitó levemente.

—¡No, Jorge, no! ¡Ella no es tuya!

—¡Y eso cómo lo sabes! ¡Claro que es mía! —gritaba— ¡Mía y solo mía!

—Pues eso lo veremos... —Pablo se retiró. De alguna forma me dieron miedo sus amenazas. ¿Y si Jorge y yo nos separamos? No, no y no.




Pablo deja a mis bebés >:(

Jany

Simplemente Tini - Capitulo 2

Capitulo 2

"Mi Secreto"

Les voy a contar un secreto;
Mamá siempre dice que yo de bebé era un amor. Era hipertranquila y dormía muchísimo. Y ahora soy igual, ¡Una morsa viviente! Me decís, dormite y acá, y listo; me duermo.nunca use una muñeca ni nada para dormirme. Eso sí, antes de dormirme necesitaba tomor mi mamadera. Esa, la de la mamadera, es toda una historia en mi vida.
Hasta los 7 años, cada vez que me quedaba a dormir en lo de una amiga tenía que tener una mamadera o tenía que llevar la mía, porque la necesitaba para dormirme. Obviamente me daba un poco de vergüenza, pero no lo podía evitar. Pese a que yo estaba con carteritas, adentro llevaba mi mamadera. La paseaba por todos lados, e incluso la tenía conmigo en la clase de gimnasia deportiva.
Me la recuerdo: azul, con dibujitos y tapita. Creo que fue siempre la misma.
Para mí era lo más.
Papá y mi hermano Francisco me volvían loca. Me mostraban la taza y me decían "¡Mmm, que rica es la leche en taza!", pero a mí no me convencían. Yo estaba re pegada a mi mamadera y no la podía dejar. Hasta que un día, misteriosamente, mi papá la hizo desaparecer.
Aunque deje la mamadera, para dormir me chupé el dedo hasta los 12 años. De mal en peor. ¡No me imiten chicas!
A mi mamá le dijeron que me iba a arruinar los dientes y deformarme el paladar, así que me ponía esmaltes asquerosos en la uña para que me diera hasco. Finalmente, lo lograron: lo dejé.
Eso si, nunca usé chupete.
Mucha gente criticaba a mi mamá por dejarme tomar la mamadera hasta los 7 años y chuparme el dedo, pero ella, muy sabiamente siempre dijo: "¿Alguien vio alguna vez una chica de 15 tomando mamadera o chupándose el dedo? Ya los va a dejar"

¡SOY UNA MORSA VIVIENTE! ME DECÍS, DORMITE Y ACÁ, Y LISTO: ME DUERMO





Saben.... Mis amigas de donde vivo también me dicen morsa viviente, si no me creen pregúntenles.

Jany

Acto De Iniciación - Capitulo 5

CAPITULO 5

"Amigos Extraños Y Novios Poco Celosos"

(Violetta)

Los bomboncitos de licor que habíamos encontrado Francesca y yo aquella tarde estaban haciendo mella en nuestro cerebro más pronto y fuertemente de lo que esperamos, y ya nos hallábamos en la fase de las risitas tontas y los cuchicheos sin sentido. Era una suerte que nuestros padres estuvieran en el piso de abajo charlando y no en la habitación de mi prima, o se habrían topado con un panorama un tanto extraño: las dos luchando con las almohadas, encima de la cama y borrachas de tanto reír. Y he de aclarar que estábamos en paños menores, no por ser adeptas al exhibicionismo, sino porque habíamos pasado horas probándonos ropa viejísima y riéndonos con las combinaciones payasas que conseguíamos.
— ¡Toma! — se asombró Francesca, luego de pegarme con el almohadón en toda la cara y ver que había dado en el blanco… cosa que llevaba varios minutos sin ocurrir porque las dos estábamos bien atontadas—. Quién diría que iba a acertarle.
Y cuando volvió a comprobar su nueva precisión, yo alcé las manos en señal de que me rendía y me dejé caer sobre el colchón sin poder parar de reír. La cabeza me daba vueltas y casi no podía respirar. Francesca bajó la almohada y me imitó, también golpeando el colchón con todo su peso y respirando agitadamente mientras intentaba aplacar las carcajadas.
— ¿Hace cuánto… que no teníamos una pelea… de éstas? —conseguí preguntar.
Fran había quedado boca arriba, pero giró la cabeza para mirarme. Tenía los ojos verdes muy brillantes, las mejillas sonrosadas por el ejercicio y el pelo negro y liso completamente revuelto y esparcido sobre el colchón. Su pecho blanco subía y bajaba, intentando recobrar el ritmo normal, y tenía la boca entreabierta como para poder respirar mejor.
—Creo que la última vez fue… cuando estábamos de vacaciones.
Yo de inmediato supuse que se refería a las vacaciones que habíamos pasado juntas en las cabañas cerca de la playa que había organizado el colegio. Aquélla había sido una auténtica guerra de almohadas, y creo que nunca en mi vida he tragado tantas plumas.
La verdad es que daba gusto poder comportarse con alguien tal y como uno quiere; como uno es; sin ataduras, sin apariencias y sin tener que fingir porque esa persona, ese amigo, te conoce lo suficiente como para ver a través de todos tus gestos. Y, de momento, Francesca era la única con quien me sentía así, probablemente porque era casi como una hermana para mí. Nos criamos juntas y conocemos absolutamente todo la una de la otra… y eso es estupendo, de verdad.
—Oye —la oí decirme justo en el momento en que la habitación dejó de dar vueltas para mí y pude volver a sentirme integrada en el mundo real, más o menos—, te aviso que vas a ser tú quien me ayude a limpiar este alboroto ¿eh? Porque como mamá suba y vea la que montamos, a mí me va a caer un buen castigo.
Yo, aún algo aturdida, alcé un poco la cabeza para estudiar el estado de la habitación… y entonces me reí. El cuarto seguía siendo tan amplio como siempre, pero el hecho de que el suelo estuviera inundado de las plumas de los almohadones y de todas las revistas de la estantería que había sido derribada de un golpe propiciado por mí, hacía que todo se hubiera reducido. Los cajones de ropa estaban abiertos por la mitad y algunas prendas escapaban de su interior, al igual que sucedía con las puertas del armario antiguo en el que mi amiga guardaba sus vestidos más bonitos. Ni siquiera él se había salvado del huracán, pensé con sorpresa.
—Ah, de acuerdo, de acuerdo —dije, y me incorporé. Un mareo repentino casi me tumba otra vez, pero me sobrepuse y avancé a rastras por encima de la cama, haciendo que Francesca riera. Para llegar al suelo tuve que dejarme caer, pues estaba exhausta luego de la lucha, y he de decir que el golpe fue algo doloroso por haber calculado mal las distancias.
—Violetta, pareces borracha.
—Y tú, con ese peinado, pareces el Tío Cosa.
Como si de repente me hubieran amputado las piernas, trepé el mueblecito junto a la cama únicamente ayudándome con las manos, apoyándolas en los cajones abiertos, y quedé medio colgada de él. Al asomarme, descubrí que se trataba del cajón de la ropa interior…
Mi prima también bajó de la cama, aunque ella lo hizo con más cuidado y como si siguiera notando las piernas —cosa que a mí no me pasaba, de momento—. Y mientras ella se ponía a ordenar y apilar las revistas y a arrejuntar el mar de plumas blancas, yo empecé a guardar las prendas y también a curiosear otro tanto.
— ¡Oh! — Exclamé, divertida, al encontrarme con algo muy interesante oculto al final del cajón—. Mira nada más lo que tenemos aquí, Francesca, pervertida…
Ella se giró a verme y noté que las mejillas se le coloreaban en cuestión de segundos al encontrarse con que yo sostenía en una mano el provocativo conjunto en color turquesa.
—Deja eso, Violetta —suplicó, completamente abochornada.
Pero yo no iba a abandonar la victoria tan fácil, no señor. Era la perfecta venganza a sus aciertos en el duelo de almohadas de hacía un rato.
—Vaya, vaya —me burlé, agitando el conjunto—, no sabía que tuvieras estos gustos. ¿Para usarlo con quién lo compraste, Francesca? Porque supongo que no te atreverás a decirme que te apetece dormir con una cosa como ésta…
—No lo compré —murmuró—, me lo regalaron. Y ahora, guárdalo.
Miré la prenda en mis manos y no pude evitar preguntarme quién le había regalado algo así a Francesca y cómo era que lo había aceptado. De repente me sentía infantil, pequeña y atolondrada comparada con ella. ¿Quién me regalaría a mí algo como eso ¿Y yo lo conservaría si me lo obsequiaran?
Recién acababa de encontrar una brecha entre ella y yo cuyas orillas parecían distar kilómetros; exactamente la distancia que me separaba de la madurez y de la sexualidad.
Aquella idea me asustó e hirió a la vez, así que guardé el conjunto en donde estaba y Francesca volvió a tranquilizarse y a ordenar las revistas. Yo, mientras tanto, me ocupaba de guardar lo demás sin mirar ya nada, y pensaba en lo que había descubierto.
Así estuvimos durante algún tiempo, y cuando terminé me limité a mirarla, apoyada contra la cama y con las piernas casi tocándome el pecho. Francesca estaba de rodillas en el suelo e inclinada hacia adelante porque seguía recogiendo montones de plumas y los amontonaba a un lado de la pila de revistas. El pelo oscuro le caía por los hombros y la espalda desnuda tan suave y delicadamente como si estuviera hecho de seda, y creaba un bonito contraste contra la blancura nívea de su piel. Estudiándola detenidamente, Francesca parecía mucho mayor que yo también en el aspecto exterior, no porque estuviera mucho más desarrollada —de hecho, estábamos más o menos en lo mismo—, sino porque su propio espíritu irradiaba esa serenidad y adultez a las expresiones de su cuerpo, armonizando perfectamente.
Era curioso que nunca me hubiera dado cuenta de cosas como ésta hasta que vi aquella prenda, pero es que probablemente sí existían más secretos entre nosotras de los que yo creía, y era obvio que algo en ella me estaba dejando un poco atrás para poder crecer… Y no tendría que resultarme doloroso… de hecho, lo entendía. Pero simplemente el problema era que me sería complicado adaptarme a eso de tener que comenzar a madurar yo sola en cosas que mi amiga no viviría conmigo, como cuando éramos niñas.
— ¡Oh, mira, mira —me llamó de pronto, al parecer habiendo encontrado un artículo interesante en una de las revistas que tenía por ahí—, éste era el chico que quería enseñarte, Violetta!
Mi cuerpo ya estaba bastante recuperado para entonces, y sin la necesidad de arrastrarme, gateé hasta ella y me coloqué a su lado. En la página de la revista que me señalaba aparecía un tal Ruggero, que a mí no me sonaba de nada pero que, según Francesca, era un cantante italiano bastante excéntrico… y guapo.
Y pese a que a mí no me parecía que fuera para tanto, miré la foto un buen rato porque ella había estado buscándola alrededor de veinte minutos apenas había llegado yo a su casa.
— ¿A que está bueno? —me preguntó, comiéndose al chico con la mirada. Yo me encogí de hombros.
—No sé, Francesca, no me ando fijando demasiado en…
Ella se rió y me atacó con una mirada elocuente y una sonrisa incrédula en los labios.
—Ah, vamos, ahora me dirás que no te fijas en ningún chico sólo porque estás de novia con Tomas. ¿Tener novio significa quedarte ciega, entonces?
Yo sonreí un poco y negué con la cabeza.
—Si quiero a Tomas ¿por qué tendría que andar buscando nada en otras personas? Tengo lo que necesito… y me gusta estar así.
Francesca suspiró y cerró la revista, para luego dejarla a un lado, encima de todas las demás. Giró todo su cuerpo en mi dirección y yo supe que se venía una charla o al menos algo importante por su forma de mirarme. Y también supe que se estaba debatiendo en su fuero interno entre contarme algo o no hacerlo, seguramente por miedo a que yo me enfadara.
—Entonces ¿qué hay con Leon Vargas?
Yo creo que me sonrojé, sabiendo que Francesca se refería al incidente de tres días atrás… y es que mi amiga tiene la extraña habilidad de llegar siempre en los momentos más oportunos.
El martes me había tocado servicio, y como nos sentábamos en la misma fila, le tocó ayudarme. Por extraño que parezca, yo había llegado un poco antes que él, seguramente para evitar las burlas de algunas veces, y después de que Leon atravesara el umbral de la puerta y fingiera asegurarse que yo era real —cosa que hizo tocándome la punta de la nariz—, se inclinó sobre mí y me dio un beso prolongado en la comisura de los labios. Y yo ya me había acostumbrado a su trato tan cercano y a sus «besos de amigo» desde el día posterior al experimento de Biología, porque no llegaba a hacer nada que me molestara demasiado y tampoco quería rechazarlo de pleno ni herirlo… pero el problema fue que Francesca había llegado a la clase justo en ese instante y lo había visto.
Y aunque yo sabía que aquello no significaba nada, no habría manera de conseguir que ella no se pusiera a sacar sus propias conclusiones, tal y como había hecho.
—No hay nada con él —protesté, abochornada—. Sólo somos amigos, ya te lo he dicho.
—Pues es un amigo muy cariñoso ¿no? —se mofó—. Te trata y te mira como si esperara algo de ti muy diferente a la amistad, Vilu… y lo más sorprendente es que parece que no te incomoda excesivamente.
Yo suspiré.
—Él me dijo que le gusto, Francesca, pero aceptó ser amigo mío si era la única opción —le expliqué brevemente, sin ganas de ahondar en el tema—. Y ya ves que no se porta exactamente como un amigo, pero no voy a darle otro bofetón y mandarlo a tomar viento porque es un chico estupendo… De todas formas no quiero hablar de eso ¿de acuerdo? Me harta.
Pero me di cuenta de que aquello no era suficiente para apagar el creciente interés de mi amiga, que se había inclinado en mi dirección para poder oír mejor y tenía los ojos abiertos como platos.
— ¿Leon Vargas se te declaró y tú lo rechazaste… por Tomas? —Dedujo con viva incredulidad—. Es decir ¿vas a ser sólo su amiga porque tú prefieres a Tomas?
Yo sentí que comenzaba a enfadarme. Siempre era lo mismo; Francesca nunca había aceptado mi relación con Tomas Heredia. Ni en un primer momento, cuando se lo comuniqué, se había alegrado de ello. Me había felicitado, pero se notaba que no era lo que ella esperaba para mí, por algún motivo que yo aún no alcanzaba a entender, y quizá por eso me hacía enojar tanto.
Bueno, eso, quitando el hecho de que incluso Tomas parecía querer arrojarme a los brazos de Leon en cuanto tuviera oportunidad.
— ¿Y tú me estás diciendo —repliqué, furiosa— que debería haber aceptado a Leon cuando tengo un novio a quien quiero y que me quiere también? Dime, Francesca ¿por qué iba a hacerlo? ¡Porque todo el mundo parece tomarse mi decisión como algo incorrecto? ¿Qué tiene de malo Tomas? —Los ojos comenzaban a arderme y la cabeza me latía a martillazos—. ¿Qué es lo que tiene para que no te guste, para que él mismo no se guste, y para que los dos prefieran que esté con Leon Vargas antes que con él? ¡No lo entiendo, sinceramente!
Llegados a este punto, los sollozos habían ganado la batalla y algunas lágrimas conseguían resbalar por mis mejillas, pero al instante las apartaba con rabia. No quería llorar; lo único que quería era que alguien me explicara qué demonios estaba pasando a mi alrededor y de qué no me estaba dando cuenta y todos los demás sí. Porque es horrible sentir que las cosas cambian sin que puedas entenderlas ni adaptarte a ellas.
Sentí que las manos de Francesca se apoyaban en mis hombros y pronto colocó su frente contra la mía, como hacía cuando éramos niñas y quería calmarme. No hacíamos más que permanecer quietas entonces, llorando, hablando o respirando, pero la compañía cercana resultaba enormemente reconfortante. Era como si alguien te entendiera y te transmitiera sus pensamientos, o simplemente te dijera que estaba ahí, aunque no siempre pudiera mostrarse, y lo único que quería era ayudarte.
—Tomas no tiene nada de malo —murmuró suavemente, con aquel tono sedante que guardaba para estas ocasiones—, y no tengo nada en su contra, amiga. De hecho, me parece una persona excelente y no tengo idea de si Leon será o no mejor que él. En todo caso, no se trata de eso… No es por eso por lo que nunca me pareció buena idea lo vuestro.
— ¿Entonces?
Mi voz era débil, poco más que un quejido, y Francesca no habló hasta un rato después, como si hubiera estado sopesando sus palabras.
—Es que tengo la impresión de que no te quiere de la misma forma que tú lo quieres a él, Violetta —dijo finalmente—. Es simplemente eso.
Yo sentí que la garganta se me cerraba y no pude evitar derramar unas cuentas lágrimas más. Y esta vez no las aparté. Dejé que salieran y se llevaran un poco de mi dolor, de mis miedos, de mis dudas y de mi rabia por no entender lo que me rodeaba, ni lo que era, ni lo que quería, ni en lo que me estaba convirtiendo mucho más rápidamente que antes… porque el tiempo parecía avanzar demasiado rápido, la gente cambiar, los sentimientos mudarse y volverse un caleidoscopio de colores indescifrables para mí.
Aunque una cosa sí que tenía clara ahora, sin saber muy bien cómo. Supongo que es de esas cosas que simplemente se saben y ya está. Y la dije.
—Yo también lo creo… ¡Yo también lo creo, y no sé qué hacer!
Francesca sólo guardó silencio y acabó abrazándome.
No era una solución, pero me ayudaba a soportar la carga de la inseguridad y el desconcierto mucho mejor que la soledad y mi mente trabajando a su máxima capacidad para no llegar a ningún punto… nunca.

(Leon)

Tal y como yo lo esperaba, al igual que todos los meses, apenas fui al cajero esta mañana me encontré con que mi madre había depositado un montón de dinero nuevo en mi cuenta corriente. Era más de lo necesario para hacer las compras durante muchos, muchos días, aun si derrochaba el dinero en productos de marca y bastantes tonterías, y, aunque no necesitaba tal cantidad de ingresos, no podía quejarme.
Mi madre no se molestaba en hablar conmigo, pero había quedado muy claro desde el momento en que dije que me vendría a Argentina el hecho de que ella se ocuparía de mi manutención, probablemente para vivir con la conciencia tranquila, y se ocupaba de ello más que sobradamente. Yo no debía retrucar ninguna decisión de ese tipo, además, o no me daría el permiso que necesitaba para quedarme, así que mantenía mi boca cerrada.
A veces me pregunto qué pensaría mi padre al respecto, pero la verdad es que no tengo ni idea. Nunca nadie me habló demasiado de él, y yo era muy pequeño cuando murió en el accidente, así que no recuerdo nada. A veces me pregunto, digo, qué haría él conmigo y cómo sería mi vida si mi padre siguiera vivo… pero como no llego nunca a nada, prefiero no alimentar fantasías que, al fin y al cabo, no me sirven, porque Luis Vargas está muerto y enterrado y no va a resucitar para saciar mi curiosidad, por más que me agradase la idea a mí, y vaya uno a saber si también a mi madre.
Nunca sabré si pude haber tenido una familia o no, como la mayoría de la gente. Nunca sabré si de verdad pudo haber alguien en el mundo que me rodeaba y que me rodea que de verdad se interesara por mí y me quisiera, de modo que no tiene sentido darle más vueltas al asunto, y lo mejor es aprovechar lo que a uno se le brinda de la mejor manera que puede.
Maxi alzó el porro que tenía en una mano y me miró con los ojos perdidos en medio de la nada y una sonrisa amplia y tonta bailoteándole en los labios… una exactamente igual a la que tenían todos mis amigos.
—Eres el mejor, Leon —me dijo—. ¿Dónde conseguiste esta maravilla?
Yo sonreí un poquito mientras los veía dar caladas al cigarro, que pasaba de mano en mano y de boca en boca, de un lado al otro, pero nunca llegaba hasta mí. No solía fumar casi nunca.
—Tengo contactos y mucha pasta —dije escuetamente. No pensaba revelar nada—. Limítate a agradecer las dos cosas… y acábate el puto cigarro antes de que venga algún profesor y vea lo que estás fumando.
Mi amigo asintió con la cabeza y aspiró tan largamente el papelito que se consumió casi hasta la mitad. Al exhalar el humo, los ojos verdes de Broadway volaron al cielo, A lanzó una risita y Marco siguió con los párpados bajados y deleitándose con el aroma en el ambiente. De verdad que lo estaban disfrutando, me dije, y entonces valía la pena ser un poco generoso… Eran mis amigos, después de todo. Quizá los únicos que me aceptaban. Y no quería perderlos, ni que nos dispersáramos, como parecía querer ocurrir…
Aunque, ahora que lo pienso, mi actitud suena a medida patética y desesperada ¿verdad que sí…?
No, no me respondan, en serio.
El timbre de salida sonó, y yo recordé que la hora libre que disfrutábamos, gracias a que el profesor de Educación Física había faltado por tercera o cuarta vez en lo que iba de trimestre, había acabado… y que tenía cosas que hacer.
Me levanté con pesadumbre de la hierba y coloqué mi mochila bajo el brazo. Los chicos casi ni se dieron cuenta de que yo me iba, estando como estaban, y sólo me saludaron lentamente con la mano cuando le di un coscorrón a uno en la cabeza y los demás también parecieron reaccionar, quizá por miedo a que les hiciera lo mismo.
Perseguir a Violetta Castillo era un trabajo realmente extenuante para mí, si he de ser sincero, y no me apetecía nada ponerme a ello luego de haberme pasado alrededor de cincuenta minutos mirando las musarañas mientras mis amigos se ponían de maría hasta las orejas. Sin embargo, no podía permitirme descansos en mi ritual de conquista o acabaría perdiendo puntos y pronto estaría otra vez como al principio, cuando ya estaba consiguiendo, al menos, poder charlar con ella sin que quisiera colocarse a tres metros de distancia de mí o saliera corriendo con cualquier excusa… o me pegara, je.
Cuando me la encontré, en la entrada, estaba despidiéndose de Francesca. Como estaba de espaldas a mí, no me había visto, así que aproveché el momento y me quedé mirándola yo. Detenida y concienzudamente estudié los mechones de fino pelo, corto y castaño bailar con el viento, al igual que lo hacía su falda negra con líneas rojas. La tela tableada acariciaba las piernas, y yo me quedé con las ganas de saber qué podría verse un poco más arriba.
La curiosidad me estaba matando, ahora que lo pensaba.
¿Cuánto tiempo tendría que esperar para saberlo? Me entraban ganas de acelerar el proceso, y eso no era productivo, porque sabía que, si me lanzaba demasiado, Violetta se echaría atrás y todos mis esfuerzos se irían al garete.
Carraspeé para llamar su atención y desviar mis pensamientos a la vez, y ella se giró luego de un pequeño brinco de susto. Sus ojos marrones brillaban más a esta hora, con el sol dando de lleno en ellos y creando un montón de matices diferentes.
—Leon, eres tú —pareció aliviarse—. Siempre me estás asustando.
Yo sonreí un poco y me coloqué justo a su lado. Otra vez noté que su cabeza apenas sobrepasaba la altura de mi nariz, y aquello se me hizo gracioso, simpático. No era una chica muy alta, la verdad, pero probablemente el hecho ayudara a su encanto en vez de restarle puntos. Al igual que la forma en que se le ponían las mejillas del color de un tomate maduro cuando me le acercaba demasiado o le decía cualquier cosa que le recordara a lo que presuntamente sentía por ella.
— ¿Esperas a alguien? —le pregunté, y Violetta negó con la cabeza.
—No, ya me voy a casa. Creí que Francesca iba a acompañarme, pero al parecer tiene cosas que hacer.
A mí se me ocurrió lo obvio en ese momento, luego de decirme mentalmente que su amiga andaría con Marco por alguna parte.
—Bueno, entonces podría acompañarte yo ¿no?
Sus ojos me miraron con una mezcla de sorpresa y duda, como si esperara que le dijera que era broma. No obstante, se dio cuenta de que hablaba en serio cuando no acoté ninguna de las posibilidades que debían flotar en su magín.
—Pero ¿no vas a tener problemas para volver después?
— ¿Qué problema puedo tener? —La agarré con cuidado del antebrazo—. Además, quiero acompañarte.
Violetta sólo me miró con desconcierto, pero luego de unos segundos volvió la vista al frente y entendí por qué se había sonrojado ligeramente. Tiré un poquito de su brazo para que empezáramos a caminar y pronto estuvimos camino a su casa, yo sin soltarla y ella seguramente demasiado cohibida y contrariada como para quejarse, cosa que más bien me convenía.
No hablamos más, exceptuando algún «por aquí» o «hacia allá» de Violetta. Pero tampoco hacía falta: lo único que yo quería era que ella notara mi presencia constantemente, hasta que se acostumbrase.
Varios minutos después llegamos a un barrio de callecitas casi peatonales, aunque estaban habilitadas para el tránsito de automóviles también, y casas de dos pisos con jardines plagados de arbustos.
—Ahí es —me dijo mi compañera, y señaló una casa parecida a las demás, de estilo minimalista.
Un escalofrío de incomodidad me trepó por la espalda al comprobar que, efectivamente, aquello era justo tal y como yo lo esperaba; una casita de familia, donde de seguro ya nadie quedaría despierto después de las diez de la noche, cuando la deliciosa cena, preparada por una madre amorosa, ya había terminado, el padre estaba agotado por el trabajo y los hijos ya habían acabado sus deberes… Violetta tenía que pertenecer a ese ambiente, y yo lo sabía desde el primer momento. ¿Por qué, sino, iba a ser siempre tan cálida e incauta? Y adorable.
Dios, tener que usar a una chica como ella era todavía más horrible que usar a cualquier otra.
—Bonita casa —murmuré.
Ella me sonrió y yo la seguí hasta el porche, intentando retrasar el momento de volver a actuar.
— ¿Quieres pasar? —Me preguntó, seguramente por cortesía—. Podemos tomar algo.
Negué con la cabeza.
—Será mejor que me vaya, no quiero molestarte.
—Tú no me molestas, Leon.
Sabía que no estaba siendo sincera, pero preferí no darle importancia a eso, y, en cambio, decidí acabar con el jueguito de esa mañana de la única manera que se me ocurrió; me acerqué un poco más y la abracé, enterrando mi rostro en su cuello y sintiendo cómo se estremecía.
—Hueles raro —apuntó tímidamente—, como a tabaco, pero también a otra cosa…
Yo me reí un poco y la apreté más fuertemente contra mí.
—Échale la culpa de ello a lo que fuman mis amigos, Violetta.
—Oh —dijo, seguramente entendiendo mis palabras…
Bien, quizá no.
—Gracias por dejarme acompañarte —le dije—. No tienes idea de cuánto me gusta estar contigo.
Bueno, eso no era del todo verdad, pero tenía que aprender a mentir descaradamente si quería conseguir algo de ella…
Aunque no fuera una mentira tan grande tampoco. Es decir, estar con Violetta e intentar persuadirla era todo un reto y no disfrutaba engañándola, pero también era agradable estar con ella, porque, a diferencia de otras chicas, ni se me acercaba. Era incluso mucho mejor que estar con Mariana que, pese a ser mi prima, era como una sanguijuela y tampoco resultaba tan… dulce. Había algo diferente en esta chica que la hacía especial, pese a que yo no supiera de qué se trataba exactamente. Quizá de que no se portara como una acosadora, y me dejara ese papel a mí.
Mis palabras parecieron surtir el efecto esperado, y pronto noté sus manos temblorosas posarse inseguramente en mi espalda y corresponder el abrazo. Justo como sabía que haría.
—Eres un buen chico —la oí susurrar—, de verdad… Y me gustaría…
Pero la puerta de la casa se abrió en ese instante, interrumpiéndonos. Al otro lado del umbral apareció un sujeto igual de alto que yo, aparentemente mayor también, de cabellos negros y amables ojos azules. Se había quedado algo desconcertado al encontrarse con la escena, aparentemente, pero luego había sonreído y mirado a Violetta con algo que no supe identificar, pero que me sonaba a alivio.
Sin embargo, ella no pareció tan aliviada y pronto sentí que todo su cuerpo se tensaba y paralizaba contra el mío al encontrarse con aquel intruso en mis planes.
—Tomas —jadeó, intentando apartarse. No la dejé.
—Hola, pequeña —la saludó él. Su voz también era amable y estaba llena de cariño. ¿Sería su padre? Parecía demasiado joven para ello, pero uno nunca sabe—. Veo que tienes compañía.
—Es un amigo… Leon Vargas. —Me miró. La luz en sus ojos temblaba, como si estuviera en medio de un auténtico lío—. Leon, éste es Tomas Heredia… mi novio.
Bien, en ese momento yo entendí lo de sus ojos.
Y también entendí que no pensaba dejarme ganar por nadie.


(Violetta)

Francesca otra vez se había ido sola a hacer cosas que yo no sabía qué eran exactamente, y yo me había quedado de pie, viéndola desaparecer y preguntándome qué era lo que me estaba ocultando para comportarse de aquella forma tan esquiva y extraña, cuando Leon Vargas apareció y dijo eso de acompañarme a casa.
Y yo había creído, en mi ingenuidad exagerada, que darle el gusto a ese chico no me traería demasiados problemas… aunque ahora ya no estaba para nada segura de ello. Porque él podía ser todo lo buena persona, amable y dulce conmigo que quisiera, pero eso no iba a cambiar el hecho de que yo ya tenía alguien a quien querer… y que ese alguien estaba a escasos centímetros de nosotros… ¡mientras nos estábamos abrazando como si aquello significara algo más y muy diferente a una simple amistad, cariño o como quieran llamarlo!
—Es un amigo… Leon Vargas —le dije a Tomas. Cuando me giré para ver a Leon, sentía que me temblaba todo el cuerpo, y no sólo por la situación en la que Tomas nos había encontrado, sino porque no quería lastimar a mi amigo… algo que sin duda haría de forma inevitable—. Leon, éste es Tomas Heredia… mi novio.
Si alguien le hubiera pedido que se quedara más quieto de lo que se quedó entonces, no habría podido hacerlo. De repente, Leon era lo más parecido a una estatua de granito, con los ojos verdes brillantes fijos en mí y aquel gesto entre decidido y fastidioso que transformaba su rostro en una máscara de dureza.
—Ah —dijo, luego de segundos y segundos de horrible silencio.
— ¿Por qué no entran a tomar algo? —preguntó alegremente Tomas, ganándose una mirada incrédula de mi parte, no porque invitara a Leon a mi casa como si fuera suya, sino porque dudaba de cuáles eran sus intenciones… ¿Qué haría cualquier otro novio en una situación como ésa? Yo no tenía idea, y las variantes de seguro serían muchas, pero dudaba que de verdad existiera aquella de tratar al rival como si te alegrases de su presencia.
—No, yo ya me iba. —Me quedé tiesa cuando sentí a Leon todavía más cerca que antes, y quizá fue lo mejor, después de todo, porque me dio un beso tan cerca de los labios que, si me hubiera movido entonces, no me cabía la menor duda de que los habría alcanzado sin problemas—. Nos vemos mañana, preciosa —susurró, todavía con la boca contra mi piel, haciéndome cosquillas y volviendo gelatina mis piernas—. No llegues tarde ¿de acuerdo? Te estaré esperando.
No pude respirar cuando se alejó de mí y lo vi marcharse sin mirar atrás ni una sola vez, tremendamente seguro de sí mismo y sin ninguna preocupación, aparentemente. Aquello había sido increíble: Leon estaba compitiendo abiertamente por mí, aunque yo siguiera con mi negativa y él lo supiera, pero lo más impresionante de todo era que los celos que intencionadamente él buscaba despertar en mi novio jamás hicieron milagro de aparición.
— ¿Ése era el chico del que me habías hablado; el que se te declaró? —me preguntó Tomas dulcemente, mientras que yo todavía no me separaba de la pared y luchaba por volver a entrar aire en mis pulmones.
—Sí.
—Se nota que le gustas mucho —apuntó, feliz.
De verdad que la cabeza me daba vueltas. ¿Por qué se alegraba? ¿Por qué no se ponía celoso? Hasta Mechi se pondría celosa y tendría ganas de matar a Leon si hubiera visto lo cariñoso que se había puesto conmigo, y eso que Mechi era mi hermana y no mi novio.
—Tomas —lo llamé, volviéndome a mirarlo— ¿no te molesta?
Su expresión seguía siendo tan amable y cálida como lo era siempre que estaba conmigo, aunque probablemente no fuera demasiado normal en esas circunstancias… No, definitivamente no lo era. Ni ahora, ni en un millón de años, porque algo pasaba con él y conmigo. Y yo no sabía de qué se trataba.
— ¿Por qué iba a molestarme, pequeña?
Sí ¿por qué iba a molestarle, si yo sólo era su novia y otro chico estaba intentando quedarse abiertamente conmigo, delante de sus narices? ¿Por qué iba a evitar alegrarse por ello, como si fuera algo malo, y se molestaría en espantar a Leon Vargas de alguna manera?
¿Verdad que todo eso sería muy extraño…?
Agotada y con ganas de morirme, me abracé a Tomas en cuanto conseguí despegar mi espalda de la pared.
— ¿Me quieres, Tomas?
Necesitaba saberlo.
Él me acarició el pelo.
—Por supuesto que te quiero, Violetta —me susurró—. Te quiero muchísimo, pequeña, y me gustaría que no dudaras nunca de eso.
Me quería… sí, me quería… pero nunca, jamás, me había dicho que me amara. Y querer, se puede querer de muchas maneras y a muchas personas.
No dije más. De verdad, no podía decir nada.




Jejeje Tomas no se puso celoso XD

Jany

Dangerous Obsession - Capitulo 25

Capitulo 25 


—¿Por qué me despertaste? —le pregunté mientras lograba sentarme —Te estaba por hacerte mía en mis sueños…
Entrecerró los ojos y me miró mal.
—Eres un sucio —me acusó.
Me ayudó a salir del auto, y me ayudó a caminar hasta mi departamento. El sabor de sus labios había sido tan real, que puedo jurar que eso no había sido un sueño. Llegamos y ella abrió la puerta. Al parecer no había nadie.
—¿Dónde está Mechi? —le pregunté.
—Debe estar por ahí, no lo se —me dijo ella con dificultad ya que casi podía decirse que me estaba arrastrando hacia dentro —¿Podrías ayudarme un poco? Si no te has dado cuenta pesas el doble de lo que peso yo, y no puedo cargarte…
Me incorporé bien y ella suspiró. Caminamos hasta el cuarto. Al fin iba a dormir en mi cama. Entramos y ella me ayudó a acostarme. Suspiré aliviado.
—Bueno, ya estas sano y salvo en casa. Ya me voy —me dijo.
—No, no te vayas —le pedí.
—Tengo que irme, Jorge…
—Quédate hasta que me duerma, por favor —le rogué.
—Está bien —dijo soltando un suspiro.
Se sentó en el suelo, justo a mi lado. La miré fijo a los ojos, y traté de entender mi necesidad de que se quedara.
—¿Puedes darme tu mano?
Despacio levantó su mano y tomó la mía. Sus fríos dedos se entrelazaron con los míos, que estaban calientes. Su mano era el doble más pequeña que la mía, el doble de frágil y el doble de suave…
Cerré los ojos y acerqué nuestras manos a mi pecho. Quizás así no se pueda ir cuando me duerma, o quizás si.

************
Comencé a despertarme porque mis ganas de ir al baño me estaban llamando. Cuando sentí que mi cabeza despertaba, sentí un terrible dolor allí. Cerré los ojos con fuerza, para persuadir un poco al dolor. Y entonces sentí que algo estaba entrelazo con mi mano. Abrí un ojo y miré que era. Era otra mano. Entonces levanté la cabeza y la vi allí.
Sentí como mi corazón se aceleraba al ver que ella estaba allí, con la cabeza apoyada sobre el borde del colchón, y con los ojos cerrados. Se quedó, no se fue. Me puse a mirarla fijamente, me puse a observar las delicadas líneas de su rostro. Intenté buscarle algún defecto, como tantas veces, pero no lo tiene. Ella simplemente es perfecta. Levanté mi otra mano y con cuidado acaricie su mejilla. Se movió un poco y arrugó la nariz, pero no se despertó.
—Arriba Jorge, ya traje a Betty y...
—Shhhhhhh —le dije cuando lo vi entrar. Xabiani me miró bien – Cállate que vas a despertar a la bella durmiente.
—¿Qué hace ella ahí? —me preguntó en voz baja.
—Me cuida —le dije con una pequeña sonrisa.
Soltando su mano con cuidado me levanté de la cama. La alcé en brazos y la acosté en la misma, para que pudiera seguir durmiendo, un poco más cómoda. Salimos con Xabiani del cuarto y caminamos hasta la cocina. Fruncí el ceño extrañado al no ver a Rose por ahí.
—¿No has visto a Rose? —le dije a mi amigo.
—¿Sabes que hora es? —me dijo él. Negué con la cabeza —Jorge, son casi las 5 de la tarde. Rose se fue hace una hora.
—¿Qué? ¿Las 5? —dije sin poder creerlo.
—Si, dormiste como nunca —dijo divertido.
Nos acercamos a la mesada y nos preparamos un café. Tal vez con eso, este terrible dolor de cabeza se me iría de una vez. Estuvimos hablando un poco más, hasta que los dos sentimos los pasos de alguien. Miramos hacia el pasillo y venía caminando hacia la sala. Sonreí levemente…
—Adiós —dijo por lo bajo y pasó de largo hasta llegar a la puerta.
La abrió y salió dejándome totalmente desconcertado.
Me puse de pie, y me estaba por salir detrás de ella, hasta que Xabi me detuvo.
—Oye, oye —me dijo haciendo que lo mirara —Si se fue así es por algo… déjala.
—Pero… no, no puedo dejarla…
Intenté caminar de nuevo, pero Xabiani me volvió a detener.
—Déjala… se fue, ya esta. Ella necesita pensar… déjala —me dijo.
Gruñí por lo bajo y volví a sentarme para terminarme el café. Luego de unas dos horas Xabi decidió irse. Y en esas dos horas, Martina no había salido en ningún momento de mis pensamientos. La forma en la que se había ido me tenía bastante confundido. Tomé mi teléfono y marque el número de su celular.
—Soy Martina, y en este momento no puedo atenderte. Deja tu mensaje, que luego de que lo escuche te devuelvo la llamada…
Colgué y maldije por lo bajo. Tenía el celular apagado. Volví a darle tono al teléfono y marqué el número de su casa. Sonó, sonó y sonó, pero nadie contesto. Al parecer tampoco estaba en casa.
—¡¿Dónde diablos estas?! —dije algo nervioso. Entonces volví a darle tonó al teléfono y marqué el número de mi prima. Sonó una, sonó otra.
—¿Hola? —me dijo al atender.
—Mercedes —le dije.
—¡Al fin tienes la consideración de llamarme! —me dijo elevando un poco la voz —¿Por qué demonios haces esas cosas Jorge? ¿Cuántas veces te dije que embriagarse por ahí no es la solución a ningún problema?
—¿Acaso la privacidad de una borrachera ya no existe? —le dije. Ella me dijo unas cuantas cosas más, pero que las pasé por alto.
Lo único que quería era saber de ella 

—¿Sabes donde esta Martina?
—¿Martina?
—Si, Martina—dije algo nervioso.
—Se fue a un spa con Mariana, estaba bastante estresada —me dijo. Suspiré aliviado. Ella estaba bien…
—Pero ella, ¿está bien, verdad? —le dije.
—Si, estaba un poco con dolores de nuca, pero por lo demás estaba bien —dijo ella. Y si, durmió sentada —Dijo que mañana iría a la Universidad un poco más tarde, ya que se quedarían toda la noche allí.
—Bueno prima, gracias por la información —le dije.
—De nada primito, dentro de un rato voy a casa. Estoy con Lodo haciendo unas cosas, ¿sabías que tu amiguito Ruggero le pidió de ser la novia? —me dijo. Entonces sentí mi corazón detenerse.
—¡¿Qué?! —le pregunté sin poder creerlo.
No podía creer lo que Mechi me estaba diciendo. Rugge no pudo haber hecho una estupidez como esa.
—Si, ya tenemos una parejita formada, ¿no son lindos? —me preguntó ella.
—Tengo que hablar con Rugge, estoy completamente seguro de que tú me estas mintiendo.
—No, no te estoy mintiendo, ¿Por qué lo haría?
—Porque eres… una…
—¿Una que tonto? Yo no soy nada, y si no me crees llámalo y verás que tengo razón.
—¡Eso mismo haré!
—¡Perfecto! ¡Adiós!
—¡Adiós! ¡Y no llegues muy tarde! —le seguí gritando
—¡Está bien! ¡Cuídate! —utilizó el mismo tono que yo.
Colgó el teléfono y no pudo evitar reír. Mercedes siempre encontraba la forma de hacerme reír, hasta en el momento menos pensado.
Como dije que iba a hacerlo, llamé a Ruggero y lo llené de preguntas. Al final, lo que mi loca prima dijo era verdad. Uno de mis mejores amigos estaba de novio.
¿Entienden eso? ¡DE NOVIO! Y es más, de novio con un angelito diabólico. Pobre de él, el mini infierno que lo espera.
Al día siguiente me levanté con tiempo de sobra para ducharme y desayunar. El maldito lunes ya había llegado, y con el un nuevo comienzo de semana.
Salí de mi departamento y me estaba por prender un cigarrillo. Pero me detuve al recordarla.
—No vuelvan a fumar sin antes haber desayunado…
Como si ella estuviera por ahí, guardé el cigarrillo en la caja y me subí a mi moto para llegar al purgatorio, o sea a la Universidad. Divisé a mis amigos y me acerqué a ellos.
—¿Cómo están? —les pregunté.
—Mejor que tú —dijo Xabi.
—¿Por qué? —dije sin entender.
—Por tu cara —me dijo Pasquarelli —Tienes cara de estar muy perturbado…
—No, estoy bien. No tengo nada —dije.
Aunque ellos tenían razón, ayer había estado demasiado preocupado y pensando demasiado en Martina. Tal vez yo no me sentía tan así, pero mi rostro demostraba lo contrario.
Divisamos como dos chicas llegaban a las risas. Eran Lodo y Mechi. Los ojos de Ruggero se iluminaron y su cara de idiota apareció de inmediato. La diminuta de anteojos y ojos verdes se sonrojo un poco al verlo. ¡Oh dios santo, esto era demasiado cursi!
Ruggero se acercó a ella y la besó cortamente en los labios.
—Buen día bonita —la saludó.
—Buenos días bonito —le dijo dulce.
—¿Ya dejaron la cursilería? —les pregunté. Mercedes rió divertida.
—Te mata la envidia —me dijo mi rubia prima.
—Si no sabes, estoy muriendo —dije irónico.
Todos rieron y comenzamos a caminar para entrar. Miré para mis costados y me faltaba la morena. Me faltaba ella…
Llegamos al salón. Lodo se fue para su clase avanzada y nosotros cuatro entramos. Nos acomodamos y luego de unos minutos el profesor entró. El profesor de estadística era el hombre más sucio y ordinario que alguna vez yo haya visto en mi vida. De verdad era repugnante. La clase comenzó y traté de concentrar mi atención en otra cosa. No estaba Martina para molestarla, así que me quedaba Mercedes para hacerlo. Pero no era lo mismo molestar a mi prima, que molestar a Martina.
La puerta del salón se abrió y dirigí mi vista hacia allí. Una radiante Martina entró con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía un aura muy distinta al de los otros días. Parecía estar relajada y en completa armonía. Se veía realmente hermosa…
—Tarde señorita Stoessel —le dijo el profesor.
—Lo siento —se disculpó ella —Aquí tiene mi permiso por la llegada tarde.
Le tendió el papel y caminó hasta tomar asiento al lado de Mechi. La rubia le dijo algo y ella asintió. Esperé a que se girara a verme, pero no lo hizo.
¿Qué diablos le sucede? ¿Qué fue lo que hice para que ni siquiera me dedicara una mirada?




Ahbckhjjkaja se pone bueno!!

Jany

Hush Hush - Finale - Capitulo 12

Capítulo 12
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Poco después del desayuno, me encontré con Marcie en el porche delantero. Ella estaba saliendo por la puerta, hablando por su celular, y yo estaba a punto de entrar, buscándola.
—Tu 4Runner está bloqueando mi coche —dije. Ella levantó un dedo, señalándome que esperara. Agarré su celular, terminé la llamada, y repetí más fuerte: —Estás bloqueando mi coche.
—No te enojes. Y no me molestes. Si tocas de nuevo mi teléfono, me haré pipí en tus Cheerios.
—Eso es asqueroso.
—Era Scott al teléfono. No tiene práctica hoy, y quiere ayudarme a mover unas cajas.
Genial. Podía pasar peleándome sobre esto con Mechi, quien no me creería cuando dijera: “Lo intenté”.
—Tanto como me gustaría sentarme aquí y disfrutar de la brisa, tengo clases. Así que… —Gesticulé dramáticamente al 4Runner de Marcie, que estaba inconvenientemente encajando al Volkswagen.
—Sabes, si necesitas un justificante de asistencia por un desliz, tengo unos extras. Trabajo en la oficina de enfrente, y ahora y entonces encuentran una manera de llegar a mi bolso.
—¿Por qué crees que necesito un justificante de asistencia por un desliz?
—El encargado de la oficina de asistencia dejó un mensaje en tu teléfono —empezó Marcie, claramente sin impresionarse de mi fingida inocencia—. Te saltaste las clases, ¿verdad? —En realidad no era una pregunta.
—Bien, quizás necesito un justificante de asistencia de la enfermera —admití.
Marcie me dio una mirada condescendiente.
—¿Usaste la vieja excusa de “Tengo dolor de cabeza”? O quizás el clásico: SPM. Y, ¿por qué te saltaste las clases?
—Nada de tu incumbencia. Puedo tener el justificante de asistencia, ¿sí o no?
Ella abrió su bolso, revisó en el interior, y sacó un papel rosado que tenía el logo de la escuela. Y como podía decir, no era una reproducción.
—Tómalo —dijo ella.
Dudé.
—¿Es esta una de esas cosas que vas a regresar a cobrarme?
—Oh, no somos así de susceptibles.
—Parece demasiado bueno para ser verdad…
—Toma el papel —dijo ella, moviéndolo en mi rostro.
Tenía el mal presentimiento de que este era un favor que me ataba.
—Dentro de diez días, ¿vas a necesitar que te regrese el favor? — presioné.
—Tal vez no dentro de diez días…
Levanté mi mano.
—Entonces, olvídalo.
—¡Solo estoy bromeando! Caray. No eres divertida. Aquí está la verdad. Estaba tratando de ser linda.
—Marcie, tú no sabes cómo ser linda.
—Considéralo un intento sincero —dijo ella, y puso el papel rosa en mi palma—. Tómalo, y moveré mi coche.
Guardé el papel y dije: 

—Mientras seguimos en los términos civilizados de hablar, tengo una pregunta. Tu papá es amigo de un hombre
que se llama Blakely, y necesito encontrarlo. ¿Te suena su nombre?
Su rostro era una máscara. Era difícil decir si tuvo alguna reacción.
—Depende. ¿Me vas a decir por qué necesitas encontrarlo?
—Tengo que hacerle unas preguntas.
—¿Qué clase de preguntas?
—Preferiría no compartirlas.
—Entonces tampoco yo.
Tragué unos cuantos comentarios desagradables e intenté de nuevo.
—Me encantaría decirte, Marcie, de verdad que sí, pero hay algunas cosas que es mejor no conocerlas.
—Eso es lo que mi papá siempre me dice. Creo que él me miente cuando me dice eso, y creo que tú me mientes ahora. Si quieres mi ayuda para encontrar a Blakely, necesito que me digas todo.
—¿Y cómo sé si tienes algo siquiera de Blakely? —protesté. Marcie era una buena jugadora, y yo no podía pasarla de largo.
—Mi papá me llevó una vez a la casa de Blakely.
Brinqué con la información.
—¿Tienes la dirección? ¿Podrías llevarme y regresar tú sola?
—Blakely ya no vive ahí. Él se estaba divorciando en ese tiempo, y mi papá lo puso temporalmente en un apartamento. Pero vi unas fotografías en la repisa de la chimenea. Blakely tiene un hermano menor. Lo conoces, porque él va a la escuela con nosotros. Alex Blakely.
—¿El jugador de fútbol?
—La estrella corredora16.
Estaba anonadada. ¿Esto significaba que Alex también era un nephilim?
—¿Son Blakely y su hermano cercanos?
—Blakely alardeaba sobre Alex todo el tiempo que estuve ahí. Lo que era como estúpido porque nuestro equipo de fútbol apesta. Blakely dice que él nunca se ha perdido un juego.
Blakely tenía un hermano. Y su hermano era la estrella corredora de la Secundaria Coldwater.
—¿Cuándo es el siguiente partido de fútbol? —le pregunté a Marcie, tratando de contener mi emoción.
—El viernes, duh. Los partidos siempre son los viernes.
—¿En casa o afuera?
—En casa.
¡Un partido en casa! Blakely presumiblemente trabajaba alrededor de los prototipos de mejora de relojes, más razón para que quisiera dejar su laboratorio por unas cuantas horas e hiciera algo que realmente disfrutara.
Una oportunidad de que estuviera fuera unas cuantas horas este viernes para ver a su hermano menor jugar fútbol. Desde que Blakely se divorció, Alex es toda la familia que le queda. Ir al partido de Alex era importante para él.
—Crees que Blakely va a ir al partido —dijo Marcie.
—Sería útil que lo hiciera.
—Esta es la parte donde tú me dices qué es lo que le vas a preguntar.
Me encontré con los ojos de Marcie y le mentí en la cara.
—Quiero saber si él tiene idea de quién mató a nuestro padre.
Marcie casi se encogió, pero la atrapé en el último momento. Sus ojos miraron adelante sin parpadear, hundiéndose en sus pensamientos.
—Quiero estar ahí cuando le preguntes.
—Claro —le mentí de nuevo—. No hay problema.
Miré a Marcie ir a la calle. Tan pronto quitó el freno, metí la llave en la ignición del Volkswagen. Seis intentos después, todavía no había vuelto a la vida. Dejé a un lado la impaciencia; nada podía amargar mi humor, ni
siquiera este Volkswagen. Acababa de encontrar la correa que desesperadamente necesitaba.
Después de clases manejé a la casa de Jorge. Hice la cosa de tener en cuenta la seguridad y rodeé la manzana unas cuantas veces antes de aparcar en el estacionamiento recientemente pavimentado con espacios
extra grandes. No sentía como si constantemente debería revisar mi espalda, pero no me gustaban las visitas sorpresas de nephilim antipáticos y mucho menos de los retorcidos arcángeles. Y tanto como sabía el mundo
exterior, Jorge y yo estábamos Splitsville. Usando mi llave, entré.
—¿Hola? —dije. El lugar se sentía vacío. Los sillones no parecían haber sido usados recientemente, y el control remoto no había sido movido desde ayer. No es que yo me hubiera podido imaginar a Jorge sentado
viendo ESPN toda la tarde. Si tenía que adivinar, probablemente había pasado el día tratando de encontrar al verdadero chantajista de Pepper o estaba siguiendo la senda a Cowboy Hat y Compañía.
Caminé al interior de la casa. El medio baño estaba a la derecha, el cuarto de invitados a la izquierda, el dormitorio principal al fondo. El lecho de Jorge.
Su cama tenía un edredón de tema marino con sábanas también de tema marino que combinaban y cojines decorativos que tampoco parecían haber sido usados. Abrí las contraventanas y me hundí en el panorama que
me dejaba sin aliento, de la vista de Casco Bay y de Peaks Island debajo de un cielo con nubes. Si Marcie se volvía un problema, siempre podía mudarme con Jorge. A mi mamá le encantaría eso.
Le envié a Jorge un mensaje: 

«¿Adivina dónde estoy?»
«No tengo que adivinarlo. Estás usando un dispositivo de rastreo», respondió él.
Miré hacia abajo. Seguro, estaba usando la chaqueta vaquera hoy.
«Dame 20 minutos y estaré ahí, escribió Jorge. ¿En qué habitación en concreto estás?»
«En tu dormitorio».
«Entonces, serán 10 minutos».
Sonreí y metí el teléfono dentro de mi bolso. Luego me acosté en la cama tamaño XXL. El edredón era suave, pero no demasiado suave. Me imaginé a Jorge acostado aquí, estirado en su propia cama, usando quién
sabe qué. ¿Bóxers? ¿Calzoncillos? ¿Nada en absoluto? Tenía los medios y los métodos para averiguarlo, pero ir por esa ruta no parecía la opción más segura. No cuando estaba poniendo todo el esfuerzo para que mi relación con Jorge fuera lo menos complicada posible. Necesitaba que nuestras vidas se calmaran antes de que averiguara si quería dar el siguiente gran paso…
Diez minutos después, Jorge me encontró cambiando los canales en el sofá. Apagué la televisión.
—Cambiaste de habitación —dijo él.
—Es más seguro de esta manera.
—¿Doy tanto miedo?
—No, pero quizás si las consecuencias. —¿A quién estaba engañando? Sí, Jorge daba tanto miedo. Con uno noventa de altura, él era la personificación de la perfección física masculina. Yo tenía una figura delgada, bien proporcionada, sabía que era atractiva, pero no era una súper diosa. No tenía una autoestima baja, pero era susceptible a la intimidación, gracias.
—Escuché sobre Jeshván —dije—. Escuché que fue un poco decepcionante.
—No creas todo lo que escuchas. Las cosas todavía están tensas ahí afuera.
—¿Tienes alguna idea de lo que esperan los ángeles caídos?
—¿Quién quiere saber?
Peleé contra la urgencia de rodar mis ojos.
—No estoy espiando para Dante.
—Estoy feliz de oírlo.
El tono de Jorge era cuidadosamente evasivo. Suspiré, odiando esa tensión entre nosotros.
—En caso de que te lo estés preguntando, he hecho mi elección. Soy tuya —le dije en voz baja—. Toda tuya.
Jorge tiró sus llaves en el plato.
—¿Pero?
—Pero esta mañana, le dije a Dante básicamente la misma cosa. Pensé en lo que dijiste, que tenemos que encontrar a Blakely y erradicar el devilcraft. Decidí que Dante era probablemente mi mejor oportunidad de
llegar a ninguna parte cerca de Blakely, así que más o menos… —Era difícil decirlo en voz alta y no sentirlo como total fango.
—Lo estás engañando.
—Suena horrible cuando lo pones de esa manera, pero sí. Supongo que eso es lo que estoy haciendo. —Confesarme no me hizo sentir mejor.
Dante y yo no siempre coincidíamos en las cosas, pero él no merecía ser manipulado, tampoco.
—¿Sigue fingiendo salir contigo? —El tono de Jorge se enfrió un grado.
—Si tuviera que adivinar, ha estado plantando semillas de duda sobre nuestra relación desde hace días. De cualquier manera, es un engaño, y él lo sabe mejor que nadie.
jorge se sentó a mi lado. A diferencia de lo habitual, no entrelazó sus dedos con los míos.
Traté de no dejar que me molestara, pero un bulto se atoró en mi garganta.
—¿Jeshván? —le pregunté de nuevo.
—Sé tanto como tú. He dejado claro a los ángeles caídos que no quiero tener nada que ver con esta guerra. Están molestos conmigo y se callan cuando estoy cerca. Pronto no voy a ser la mejor fuente de información sobre la actividad de los ángeles caídos.
Inclinó la cabeza hacia atrás para aprovechar el apoyo para la cabeza del sofá y se cubrió la cara con su gorra de béisbol. Yo casi esperaba que empezara a roncar, se veía tan cansado.
—¿Largo día? —le pregunté.
Hizo un gruñido de asentimiento.
—Seguí algunas pistas sobre Pepper, con la esperanza de arrojar algo de luz sobre la identidad de su chantajista, pero terminaron de vuelta al principio. Puedo manejar un montón de cosas, pero un día improductivo
no es uno de ellos.
—Eso de la persona que está constantemente tratando de convencerme para pasar el día en la cama con él —me burlé, con la esperanza de aligerar el ambiente.
—Ángel, ese sería un día muy productivo.
Sus palabras eran juguetonas, pero su tono sonaba más desgastado que nada.
—¿Hay posibilidad de que Dabria sea el chantajista? —pregunté.
—La otra noche en Devil’s Handbag, la vi discutiendo con Pepper en el callejón. No se veía feliz. —Jorge se quedó inmóvil, reflexionando sobre esta noticia

—. ¿Crees que sea posible? —insistí.
—Dabria no está chantajeando a Pepper.
—¿Cómo lo sabes?
No me gustaba que él se hubiera tomado solo dos segundos para decidirse. El chantaje parecía encajar con Dabria a la perfección.
—Solo lo sé. ¿Cómo estuvo tu día? —preguntó, claramente no yendo a lo complicado.
Le hablé de la decisión ejecutiva de Marcie de mudarse, y sobre la sumisión de mi madre. Cuanto más hablaba, más me emocionaba.
—Ella tiene un gran interés en esto —le dije a Jorge—. Tengo la sensación de que Marcie sospecha que sé quién mató a su padre. Y mudarse es una estratagema para espiarme.
Jorge apoyó su mano en mi muslo, y sentí una oleada de esperanza. Odiaba sentir que había una brecha entre nosotros.
—Solo hay dos personas en el mundo que saben que mataste a Hank, y es un secreto que me llevaré al infierno y de regreso si tengo que hacerlo. Nadie se enterará.
—Gracias, Jorge —le dije con sinceridad—. Lo siento si herí tus sentimientos anteriormente. Siento lo de Dante, y sobre todo este lío. Solo quiero sentirme cerca de ti otra vez.
Jorge besó la palma de mi mano. Entonces la puso sobre su corazón, sosteniéndola allí. «Te quiero cerca también, Ángel», murmuró a mi mente.
Me acurruqué a su lado, apoyando mi cabeza en su hombro. Tan solo tocarlo hacía que la cuerda de nudos dentro de mí se aflojara. Había estado esperando todo el día por este momento. Podía soportar la tensión entre
nosotros casi tan bien como podía tolerar estar lejos de él. «Algún día será solo Jorge y tú», me dije. «Algún día escaparás del Jeshván, la guerra, los ángeles caídos, y nephilim. Algún día… solo los dos».
—Me enteré de algo interesante —dije, y le conté a Jorge sobre el hermano menor estrella del futbol de Blakely, y el récord perfecto de asistencia de Blakely en los juegos locales.
Jorge se quitó la gorra y me miró a los ojos.
—Buen trabajo, Ángel —dijo, claramente impresionado.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—La noche del viernes, nos presentamos en el juego.
—¿Crees que vamos a asustar a Blakely si nos descubre?
—Él no va a pensar que es extraño si estás en el juego, y voy a estar disfrazado. Voy a agarrarlo y llevarlo a alguna propiedad que tengo cerca de Sebago Lake. Está vacío en esta época del año. Malo para Blakely, bueno
para nosotros. Voy a lograr que me hable de los prototipos, donde los está fabricando, y vamos a encontrar una manera de desactivarlos. Entonces le voy a mantener permanentemente bajo mi mirada. Va a ser el final de sus días trabajando con devilcraft.
—Debo advertirte que Marcie piensa que va a estar involucrada en su interrogatorio.
Jorge levantó sus cejas.
—Era el precio que tenía que pagar para obtener esta información — expliqué.
—¿Hiciste un juramento de dejarla ir también? —preguntó Jorge.
—No.
—¿Tienes una conciencia?
—No. —Me mordí el labio—. Tal vez. —Una pausa—. Está bien. ¡Sí! Sí, tengo conciencia. Si apartamos a Marcie, voy a pasar toda la noche sintiéndome culpable. Le mentí a la cara esta mañana, y me ha
atormentado todo el día. Vivo con ella ahora, Jorge. Tengo que mirarla. Tal vez podamos usar esto a nuestro favor. Si le mostramos que puede confiar en nosotros, nos podría dar más información.
—Hay maneras más fáciles de obtener información, nena.
—Le dije que la dejaríamos ir también. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
—Ella podría entender que en realidad no terminamos y decirle a los nephilim.
Yo no había pensado en eso.
—O podemos dejarla ir, y puedo borrar su memoria después. —Él se encogió de hombros—. No habría culpa.
Reflexioné sobre esto. Parecía un plan viable. Asimismo, casi me hacía un hipócrita. Un atisbo de sonrisa asomó a la boca de Jorge.
—¿Vas a ser parte de la operación, o vas a cuidar a Marcie?
Negué con la cabeza.
—Tú haces el trabajo sucio, y yo voy a vigilar a Marcie.
Jorge se inclinó hacia un lado y me besó.
—Por mucho que vaya a disfrutar interrogar a Blakely, me decepciona no llegar a verte batallar con Marcie.
—No va a ser una batalla. Voy a explicarle con calma que ella puede venir con nosotros durante el camino, pero tendrá que esperar conmigo en el coche mientras te enfrentas con Blakely. Esa es nuestra última oferta.
Ella puede tomarlo o dejarlo. —Cuando lo dije, me di cuenta de lo estúpido que sonaba creer que en realidad sería tan fácil. Marcie odiaba recibir órdenes. En su libro, la única cosa peor que recibir órdenes era recibirlas de
mí. Por otro lado, ella podría muy bien resultar útil en el futuro. Ella era la hija legal de Hank, después de todo. Si Jorge y yo íbamos a construir una alianza, ahora era el momento.
—Voy a ser firme —le prometí a Jorge, adoptando una expresión sin sentido—. No hay marcha atrás.
Ahora Jorge estaba sonriendo completamente. Me besó de nuevo, y sentí mi boca suavizar su resolución.
—Te ves linda cuando estás tratando de ser dura —dijo.
¿Tratando? Podía ser dura. ¡Yo podía! Y la noche del viernes, me gustaría probarlo. Cuidado, Marcie.

************
Estaba a pocos kilómetros de casa cuando pasé un coche-policía escondido fuera de la vista en una calle secundaria. No había llegado quince metros más allá de la intersección cuando el policía encendió la sirena y se lamentó detrás de mí.
—Genial —murmuré—. ¡Simplemente genial!
Mientras esperaba que el oficial se acercara a la ventana, mentalmente conté mi dinero por ser niñera, preguntándome si tendría suficiente para pagar la multa.
Golpeó su pluma en mi ventana y me hizo señas para bajarla. Me miró a través del cristal a la cara, y se quedó mirando. No era cualquier policía, si no mi menos favorito. El detective Basso y yo teníamos una larga
historia de desconfianza mutua y una fuerte aversión. Bajé mi ventana.
—¡Iba despacio, oficial! —discutí antes de que dijera una palabra. Estaba mordiendo un palillo de dientes.
—No te detuve por exceso de velocidad. La luz trasera izquierda está rota. Eso es una multa de cincuenta dólares.
—Tiene que estar bromeando.
Él escribió en su libreta y pasó la multa a través de la ventana.
—Un peligro a la seguridad. No hay nada con que bromear.
—¿Usted me sigue buscando maneras de atraparme? —pregunté, medio sarcástica, medio en voz baja.
—Ya quisieras. —Con eso, regresó de nuevo a su coche patrulla. Lo vi dirigirse a la carretera y pasar el cruce. Me saludó cuando lo hizo, pero no me atreví a hacer un gesto grosero en respuesta. Algo no estaba bien.
Mi columna hormigueó, y mis manos se sentían como si las hubiera sumergido en agua helada. Había sentido una vibración helada viniendo del detective Basso, helada como una ráfaga de aire de invierno, pero tenía que
haberlo imaginado. Me estaba volviendo paranoica. Porque…
Porque solo me sentía así en torno a los no humanos.




«Dame 20 minutos y estaré ahí, escribió Jorge. ¿En qué habitación en concreto estás?»
«En tu dormitorio».
«Entonces, serán 10 minutos».




Jejejej ame esa parte XD

Jany

sábado, 18 de octubre de 2014

El Amor Es Su Mayor Tragedia - Capitulo 23

Capitulo 23

La mayor parte de la tarde se pasó jugando con la nueva adición a la familia.
—Tengo que admitir que es lindo —anuncia su padre esa noche observando a Cooper moviéndose hacia atrás en el piso con su trasero elevado en el aire, su pequeña cola meneándose.
Martina estaba sentada al estilo indio enfrente de Cooper corriendo sus manos a lo largo del piso. El cachorro ladró numerosas veces lanzando su cabeza, un sonido que aún no era un ladrido. Saltó en su mano e hizo un espectáculo de morderla con una agresividad que no estaba cerca de poseer. Eventualmente se rindió y giró sobre su espalda rogando por que le acariciaran la panza en su lugar. Martina miró arriba desde el piso para encontrar a su padre mirándola de cerca desde su mecedora. La profunda línea normal entre sus cejas estaba suave y estaba sonriendo, genuinamente sonriendo, algo que no lo había visto hacer desde que regreso a casa.
—Entonces, ¿puedo conservarlo? —Martina llevó a Cooper a su regazo—. Fran no va a estar feliz. Va a pensar que es debido a… —Su mirada se deslizó hacia Jorge inclinándose hacia adelante en el sofá. La mecedora de su padre se deslizó, sus polvorientas pantuflas azules contra el piso manteniéndola moviéndose.
—Fran estará bien. Estoy dispuesto a admitir que debí dejarlos a ustedes dos tener una mascota mientras crecían. Estaba equivocado. —Su sonrisa se había ido y la línea profunda estaba de regreso.
Martina temía que Francisco se enterara. Afortunadamente, no vio a Fran esa noche y se había ido a la cama más feliz de lo que había estado en un tiempo. Jorge la hacía feliz. No sabía qué pensar de eso. Acurrucándose en sus mantas, Cooper se envolvió junto a ella, Martina no podía borrar la sonrisa de su rostro al quedarse dormida. Tantas cosas eran inestables. Ciertamente ya no sabía cómo se sentía. Sin duda el que soñara:
—Martina, toma asiento —dijo la mujer señalando la silla de cuero posicionada frente al escritorio. La mujer era delgada y atractiva de una manera profesional. Su cabello oscuro estaba torcido atrás, colocado en su lugar por el lápiz clavado a través del centro de su moño. Reorganizo carpetas antes de reclinarse ligeramente en la silla dándole a Martina completa atención—. Pensé que podrían hacer algo nuevo hoy.
Martina hizo lo que se le pidió y se sentó en la silla, sus manos dobladas en su regazo.
La oficina era familiar: un reloj hecho a mano sonaba en uno de los estantes que alineaban las paredes y había un olor a canela, recordándole a Martina los bastones de dulce de canela que su madre siempre traía a casa alrededor de la época de Navidad.
—Voy a decir una palabra y quiero que digas la primera palabra que te venga a la mente. No quiero que expliques por qué elegiste esa palabra. No hay correcto o incorrecto. Después, quiero que uses las técnicas de relajación en las que hemos estado trabajando y luego te daré las mismas palabras y tú me darás una palabra, como antes. ¿Suena lo suficientemente fácil?
—¿Es esto como hipnosis? —Martina se removió en su asiento sintiéndose incomoda acerca de abrirse en un asunto tan impredecible.
La mujer se sentó hacia adelante, cruzó sus brazos en su escritorio, sus labios pálidos curvándose.
—Me gusta pensar más en que es como un ejercicio para el inconsciente. ¿Lista?
Martina asintió.
—Decepción —la mujer lanzó.
—Vida —respondió Martina.
—Control.
—Jorge.
—Respeto.
—Padres.
—Familia.
—Hermano.
—Muerte.
—Vacío.
—Culpa.
—Sin sentido.
—Perdida.
—Madre.
—Confiable.
—Automóvil.
—Fuerza.
—Amor.
—Bien, Martina. Ahora cierra tus ojos y práctica tus técnicas de respiración. Escucha el silencio, vuélvete cómoda con él. Respíralo dentro de tu vida. Exhala la tensión de adentro.
—Decepción.
—Martina.
—Control.
—Enfermedad.
—Respeto.
—Perdida.
—Familia.
—Trágico.
—Muerte.
—Permanente.
—Culpa.
—Mercedes.
—Pérdida.
—Pena.
—Confiable.
—Decepción.
—Fuerza.
—Jorge.
Martina despertó con una mejilla mojada. La cálida lengua de Cooper se movió sobre su piel. Estaba lloriqueando, suplicando atención. El reloj junto a su cama decía medio día. Saltó de la cama y fue directo a su armario.





Todo se va a aclarar al final...Tranquilos

Jany

Loca De Amor - Capitulo 15

Capitulo 15

"Locura De Media Noche"

Me duché para quitarme la Coca-Cola ligth de encima. Luego me tumbé en mi cama y me quedé mirando el techo. Luchando contra las imágenes de Star y Jorge. En mi mente ellos se volvían Barbie y Kent, luego volvían otra vez. Los veía en sus pantalones caqui y camisas blancas a juego sacadas de la portada de Teens Idols, y en la parte posterior de la revista él con su bazo en la cintura, con el pulgar enganchado en su cinturón. La voz de M. S. sonaba en mi cabeza y desee que el dedo de en medio de Star se quedara atorado en la puerta del auto de Jorge. No que quedara fracturado pero que sí tuviera que usar al menos una férula en él. Y todos verían el tipo de chica que realmente es. Debí de haber caído dormida, porque me despertó de un golpe el himno. Es el tono que elegí para mi teléfono. Además del hecho de que nadie más lo tenía, pensé que si estaba en clase y recibía una llamada, el maestro puede que sea menos probable que le grite a una real patriota. Estaba oscura mi habitación, así que agarré a tientas mi teléfono. Lo cogí justo antes de que entrara al buzón.
―¿Hola? ―Mi voz sonaba como si tuviera la boca llena de pelusa marrón, que era exactamente como se sentía. No me cepillé los dientes antes de dormir.
―Martina ¿Te desperté? Las telarañas de mi cabeza se despejaron y me senté derecha, era Jorge. ―¿Jorge? ¿Qué hora es? ―Esa era una de mis muchas ideas en la cabeza pero fue la primera en salir. ―Un poco después de medianoche, lo sé, es tarde, pero necesito hablar contigo.
―¿Hablar conmigo? ―Otra vez repetía.
―Sí, ¿podemos hablar? ―Hizo una pausa―, por favor Martina.
―¿Por qué debería querer hablar contigo? ―pregunté.
―Porque te lo estoy pidiendo amablemente ―respondió. Debí haberle colgado en ese momento después de todo lo que me hizo pasar. ―Porque no dormiré hasta poder hablar contigo ―siguió él.
―Por qué debería creer cualquier palabra que me digas. Estoy tratando de estar totalmente enojada con él. Pero no puedo parar de pensar en sus ojos cafés enrojecidos... debido a mí.
―Entiendo por qué no quieres oírme hablar ―dijo―. Pero te lo estoy pidiendo de todas maneras. ¿Por favor? Cinco minutos. ¿Me das cinco minutos? Escuché las voces en mi cabeza y me pregunté si aún seguían dormidas.
―Haré lo que sea Martina ―suplicó. Por lo menos podía escucharlo y luego, pedir que llame a todos los chicos en Attila Ill en una campaña masiva sin chismes.
―¿Solo cinco minutos? ―planteó. Suspiré en el teléfono. Voy a escucharlo ¿Qué daño podría hacer? ―Está bien. Tienes cinco minutos. ―Miré el reloj de mi muñeca, pero está muy oscuro para ver la manecilla de los minutos.
―¡Bien! Estoy afuera. Apúrate a salir ―dijo y colgó.
―¿Afuera? ―Alcancé a pararme y me dirigí a la ventana de mi dormitorio y jalé la única cortina de mi dormitorio. El Jeep Cherokee de Jorge está afuera debajo de nuestro árbol de maple. Él está fuera. Por un segundo me quedo donde estoy. Entonces agarro mi bata de lana azul, me pongo las zapatillas azules a juego y bajo las escaleras a la velocidad de la luz. Até el cinturón de la bata dando los últimos pasos. Solo después de que cerrará la puerta principal y me golpeara una ráfaga de viento fresco empecé a oír la discordancia de voces en mi cabeza.
Plain Tini: ¡Esto es una locura incluso para ti! Hizo que su novia tomara una decisión en el centro comercial ―Star Simons― ¿Qué puede decirte posiblemente ahora?
M.S.: Dale la posibilidad al chico de explicarse, tal vez ahora sea consciente.
Plain Tini: ¿Hola? ¡Estás en bata! Tu cabello es un desastre. Y ¡no estás usando un sostén!
M. S.: ¡No estás usando un sostén! Ah la libertad…
De algún modo mis zapatillas de peluche siguieron avanzando al familiar Jeep Cherokee negro. Mi aliento se convertía en frías nubes. Metí mis manos en los bolsillos y sentí un paquete de Kleenex. ¿Por qué no me puse ropa? ¿O cepillé mis dientes? Plain Tini tenía razón. Esto era un golpe. Jorge escogió a Star sobre mí y eso es todo. No tengo ningún asunto pendiente aquí en medio de la noche. No puedo ni siquiera imaginar lo que me harían mis padres si me vieran. Me encerrarían en mi habitación y a través del agujero de la cerradura mi madre me daría la charla de los pájaros y las abejas otra vez. Fui desacelerando conforme me acercaba al auto. La puerta del pasajero estaba abierta y Jorge sacó la cabeza.
―Gracias por venir Martina. Te has de estar congelando.
Él tenía razón. Me estaba congelando, pero no me había dado cuenta hasta ahora. Me deslice al asiento de enfrente tomando la bata por abajo. Está caliente dentro, y puedo ver el motor encendido. Casi me disculpo por verme así, pero me contuve. No soy la que debería disculparse. Giré mi cabeza y mordí el interior de mi mejilla esperando a que hablara.
―Escucha ―empezó―, gracias por venir. Acabo de tener ganas de un pretzel y…
Ya tenía una mano en la puerta. Plain Tini tenía razón, sólo se estaba divirtiendo conmigo. Me largo de aquí. Él agarra mi brazo.
―¡Espera! estaba bromeando Martina. Lo siento. ¡Por favor! Déjame empezar de nuevo.
Plain Tini está gritándome que me valla y nunca miré atrás.
Pero M. S. está susurrando sobre el olor a bosque de Jorge y lo bien que se siente su mano alrededor de mi brazo. Dejé de luchar pero no lo miré. Jorge empezó otra vez.
―Martina sé que es una locura sacarte así a media noche pero no podía dormir hasta no verte otra vez.
Tomé aliento y me volví hacía él. Solo hay una pequeña parte de la luna en el cielo, pero es suficiente para arrojar luz al rostro de Jorge. Sus ojos verdes son intensos. Nunca había notado lo perfectas que sus orejas eran.
―No manejé muy bien lo del centro comercial hoy ―comenzó el. No se lo discutí. ―Cuando Star me dijo que si nos reuníamos en el Mahoney's, no me dijo que estarías ahí. Acordé verla porque quería hablar con ella. Entonces cuando te vi en la mesa... Bueno, como dije, no lo manejé muy bien. Y me quiero disculpar.
―No te tienes que disculpar conmigo ―dije―, no soy tu novia.
No bromees, murmuró Plain Tini. Como su novia serías atrapada muerta con una bata de baño y unas zapatillas. Y sin sujetador M.S. agrega alegremente. Sus manos seguían en mi brazo, subieron por mis hombros y me estremecí.
―Estaba tratando de romper con ella Martina, pero cuando le dije que las cosas no estaban funcionando para nosotros ella me atacó. Necesito más tiempo.
Quería creerle. No era difícil imaginarse a Star atacándole, pero también me podía equivocar. ―¿Martina por qué crees que hoy seguí yendo a Pretzel Twisted?
―The Twisted Pretzel ―corregí. Porqué seguía yendo yo era lo que siempre me preguntaba a mí misma.
―Porque disfruto estar contigo Martina ―dijo―. Porque lo pasamos bien.
¿La pasamos bien? Me imaginé el graffiti en la pared del baño. Tire su mano lejos de mi brazo.
―¿Es eso lo que le dices a los chicos? ¿Con Martina pasa bien el tiempo? Él se echó para atrás.
―Te dije que yo no dije…
―Bueno alguien lo hizo. Mi teléfono no ha parado de sonar, todos los chicos en Attila piensan que Martina Stoessel está esperando para mostrarles como pasarla bien.
Sus labios temblaron y sus ojos brillaron, se estaba riendo, a pesar de tratar de no hacerlo.
―¿Crees que esto es gracioso? ―le solté. Dejo de reírse.
―Lo siento Martina pero nosotros no hicimos nada.
―¡Ya lo sé! Pero nadie más lo sabe.
Él regresa a su asiento y me pregunta:
―¿Y qué quieres que haga? ―Me mira y creo que lo está pidiendo, él está serio.
―¡Arréglalo! ―lloré exasperada. Él tamborileó el volante por un minuto. Luego dijo:
 ―Voy a decirle a todo el mundo que es una mentira, que no ha pasado nada entre nosotros.
―¿Lo harás? ―Siento como si estuviera peleando con toda la escuela sola y la idea de tener a alguien de mi lado hace que me den ganas de llorar.
―Absolutamente ―promete sin quitarme la mirada de encima. He venido a este coche para una pelea, pero es difícil permanecer enojada con él.
―¿Todo el mundo? ¿Le dirás a todo el mundo? ¿Cómo? ¿Cómo se puede llegar a todo el mundo? Él parece estar pensando sobre esto. Luego dice:
―¿Carteles?
La visión de carteles proclamando mi inocencia en los salones de Attila Ill casi me hace sonreír, pero me quedo con la sonrisa para mí misma.
―Carteles ―dije en el mismo tono que mi último maestro de ciencias utilizó cuando le dije que quería volar una cometa para mi proyecto de ciencias―. ¿Qué tipo de carteles? Él arrugó su frente y traté de no pensar en el hecho de que su rostro todavía se ve muy bien, incluso cuando se arruga. ―¡Ya lo tengo! ―exclama―. ¡No carteles de se busca, quiero carteles! ―Sonríe, satisfecho, como si acabara de resolver el problema del hambre mundial―. ¡Vamos a poner tu cara en el cartel y una X gigante sobre ella! Y a continuación, se leerá: MARTINA STOESSEL: NO HA QUERIDO. No puedo contenerme a mí misma. Me hace reír. No estaba segura de que la risa alguna vez fuera una opción más, pero aquí está. Y se siente muy bien.
―Todavía no es divertido ―insisto pero lo digo con una sonrisa tonta en la cara. Él se acerca y toca mi mejilla. Su mano cubre todo el lado izquierdo de mi rostro, por lo que es mil grados más caliente que el lado derecho de mi rostro.
―Lo siento mucho por todo esto, Martina. Pero vamos a hacer las cosas bien. Lo arreglaremos juntos. ¿De acuerdo? No puedo hablar. No quiero correr el riesgo de sacudir su mano de mi rostro. Sus dedos se mueven bajo mi cabello, a la parte de atrás de mi cuello. Puedo sentir cada dedo. ―Nunca he conocido a nadie como tú, Martina.
―Es probablemente la bata ―le digo asombrada de que pueda hablar, cuando cada neurona de mi cuerpo está enviando impulsos salvajes a todas sus compañeras neuronas.
―La bata es sin duda parte de la atracción ―dice y la luz de la luna ilumina sus hoyuelos. No puedo pensar con claridad. Mis oídos están zumbando. Pero de alguna manera, las voces en mi cabeza todavía se las arreglan para salir adelante. Así que lo único que puedo hacer es repetir lo que dicen, más o menos:
Plain Tini: ¿Hola? ¡Estás en tu bata de baño! ¡No deberías estar sentada aquí con él!
―Mira, Jorge ―empiezo―. No debería estar sentada aquí contigo en mi bata de baño.
―¿Contigo en tu bata de baño? ―Jorge repite―. No creo que entre. Además, se ve muy linda en ti.
Plain Tini: ¡Ahora sabes que está mintiendo! Te ves como una fugitiva de una institución mental. Tu cabello está desordenado y no tienes maquillaje. Esta bata te hace ver gorda ¡No eres tan linda! ―Jorge, mi cabello es un desastre. No estoy usando maquillaje. Y me veo como una fugitiva de una institución mental. Lo último que parezco ahora es linda.
Se escabulle más cerca de mí y desliza todo su asiento hacia atrás, así quedamos uno al lado del otro. ―Mírame, Martina. No puedo dejar de pensar en ti.
M.S: ¿Sí? Y ¿qué pasa con la Bruja Malvada del Oeste?
―Jorge, no lo entiendo ―me las arreglo para decirle―. Sigues siendo el novio de Star. Hasta que rompas con ella, yo no puedo…
Yo me inclino hacia abajo en el preciso momento que él levanta la cabeza. Entonces bloquea mis palabras con sus suaves y carnosos labios. Y me besa lentamente por mucho tiempo.






awww.... Kiss Leonetta  Digo, JorTini, estoy trumada con Leonetta xD

Jany