martes, 16 de diciembre de 2014

A Beautiful Wedding - Capitulo 4

Capitulo 4

"Afortunada"

Jorge:

Martina se inclinó con una sonrisa cuando besé su mejilla, y luego continuó con el registro mientras me giraba hacia el organizador para concretar una capilla. 
Miré en dirección a mi futura esposa, sus largas piernas apoyadas en un par de tacones de plataforma que hacían a un buen par de piernas lucir incluso mejor. Su ligera y delgada camisa, sólo lo suficientemente transparente, me sentí decepcionado de ver una camiseta sin mangas debajo. Sus gafas de sol favoritas estaban ajustadas al frente de su sombrero favorito y solo algunos mechones largos de su cabello caramelo, un poco ondulados después de secarlos naturalmente luego de su ducha, caían en cascada escapando de su sombrero. Mi Dios, esa mujer era jodidamente sexy. Ni siquiera tenía que intentarlo, y todo lo que yo quería era estar sumergido en todo su asunto. Ahora que estábamos comprometidos, no sonaba como un pensamiento tan bastardo.

—¿Señor? —dijo el organizador.
—Oh, sí. Hola —dije, dándole una última mirada a Martina antes de prestarle al tipo toda mi atención—. Necesito una capilla. Abierta toda la noche. Elegante.
Sonrió. 
—Por supuesto, señor. Tenemos varias para usted justo aquí en Bellagio. Son completamente hermosas y…
—¿De casualidad no tienes a Elvis en una capilla de aquí, cierto? Imagino que si vamos a casarnos en Las Vegas, deberíamos ser casados por Elvis o al menos invitarlo, ¿sabes?
—No, señor. Me disculpo, las capillas del Bellagio no ofrecen un impostor de Elvis. Sin embargo, puedo encontrar un par de números para que usted llame y pida esa aparición en su boda. También hay, por supuesto, la mundialmente famosa Capilla Graceland, si lo prefiere. Ellos tienen paquetes que incluyen un impostor de Elvis.
—¿Elegantes?
—Estoy seguro de que estará muy complacido.
—Muy bien, esa. Tan rápido como sea posible.
El organizador sonrió. 
—¿Tenemos prisa, cierto?
Comencé a sonreír, pero me di cuenta que ya estaba sonriendo, y probablemente lo había estado, como un idiota, desde que llegué al escritorio.
 —¿Ves esa chica de allí?
Él la miró. Rápidamente. Respetuosamente. Me agradaba.
—Sí señor. Es un hombre afortunado.
—Estoy seguro de que lo soy. Programa la boda para dos… ¿tal vez tres horas desde ahora? Necesitará tiempo para terminar algunas cosas y estar lista.
—Muy considerado de su parte, señor. —Cliqueó un par de botones en su teclado y luego agarró el ratón, moviéndolo alrededor y cliqueándolo un par de veces. Su sonrisa se desvaneció a medida que se concentraba y luego levantó su rostro de nuevo cuando terminó. La impresora zumbó, y luego me entregó un pedazo de papel—. Aquí tiene, señor. Felicitaciones. —Extendió su puño y lo choqué, sintiéndome como si me acabase de entregar un boleto ganador de la lotería.



Ajnakmnka se van a casar!!!

Jany

Unreflecting - Capitulo 117

Capitulo 117

"No Es Tan Fácil"

Más tarde, permanecimos acostados uno frente al otro, con nuestros cuerpos muy juntos. Cada vez que él respiraba se apretaba contra mi cuerpo, y cada vez que yo respiraba me apretaba contra el suyo. No hablamos. Simplemente, nos miramos. Él me acarició el pelo y, de vez en cuando, me besaba con ternura. Yo deslicé un dedo sobre su mejilla, su barbilla y por último sus labios, sintiendo que me perdía en sus ojos verdes y serenos. Permanecimos inmóviles, en silencio, desnudos y totalmente compenetrados, hasta que al fin León suspiró.
—Debes regresar a tu habitación —murmuró.
—No. —No quería alejarme de su calor.
—Está a punto de amanecer, Violetta.
Miré el reloj y me sobresalté al darme cuenta de que tenía razón, estaba a punto de amanecer. Pero lo abracé con empecinamiento más fuerte.
Me besó.
—Espera acostada una hora, luego baja y nos tomaremos el café juntos, como solíamos hacer. —Volvió a besarme y me apartó con suavidad. Yo hice un mohín de disgusto cuando me pasó mi ropa. Me resistía a moverme, y él, mirándome y meneando la cabeza, empezó a vestirme. Cuando terminó, me obligó a incorporarme y luego a levantarme de la cama—. Violetta... —me acarició la mejilla—. Debes irte..., antes de que sea demasiado tarde. Hemos tenido suerte, pero no tientes a la suerte.
Me besó en la nariz y yo suspiré resignada, ignorando su último comentario.
—De acuerdo. Nos veremos dentro de una hora.
No pude evitar contemplar una última vez y durante largo rato su cuerpo desnudo, tras lo cual suspiré de nuevo y abandoné su habitación.
Entré con mucho sigilo en mi habitación y cerré la puerta. Tomas no se movió; seguía profundamente dormido, tumbado de lado, de espaldas a mí, en su postura habitual. Lo observé un momento sumido en un apacible sueño, antes de meterme en la cama junto a él. Me volví hacia él y observé el movimiento de su camiseta cada vez que respiraba de manera acompasada. No sentí ganas de llorar, como antes. Aún experimentaba un sentimiento de culpa, pero no tan intensa como antes. Poco a poco, ésta se iba suavizando, lo cual me disgustó. Le acaricié con suavidad los pelos cortos de su cogote y él suspiró satisfecho. Tragué saliva al notar de pronto un nudo en la garganta y lo rodeé con los brazos, acurrucándome contra su espalda. Él se movió un poco y entrelazó nuestros dedos, tras lo cual volvió a dormirse. Lo besé en la nuca y apoyé la cabeza sobre su hombro. Entonces comenzaron a rodar lágrimas por mis mejillas.
Esto era más fácil..., pero no era fácil.




ADnljskiljasij esta cortito, pero bueno, lo hice a la carrera XD jejeje No olviden poner sus WhatsApp para ser parte del grupo y enterarse de los adelantos de esta novela. Las AMODORO <3

Jany.

domingo, 14 de diciembre de 2014

ANUNCIO MEGA IMPORTANTE

Lectoras hermosas!!! Se me ocurrio una idea!! (milagro) XD jejeje ¿tienen WhatsAppa? Porque se me ocurrio hacer grupos de cada novela,por ejemplo, las lectoras de unreflecting, comentan su WhatsApp y ponen "Unreflecting" Ejemplo; 5986362678283783 novela Unreflecting. o las de Acto de iniciacion ponen 848982833 novela acto de iniciación, y asi XD jejeje bueno en el grupo publicare avances del capitulo y así ustedes me dicen si les gusta o no ó que le puedo cambiar, poner etc.
Esta idea es para que ustedes puedan participar en la nove y me ayuden, y tambien para estar más en contacto con ustedes!!
Las que quieran, comenten sus WhatsApp y me agregan el mio es:
+523221551258 AGRENGENME y no olviden poner el nombre de la novela que quieran. Las amo!! 

Jany

Acto De Iniciación - Capitulo 16

CAPITULO 16

" DECISIONES OPORTUNAS I"




(Violetta)
La cuchara giraba dentro del tazón con cereales una y otra vez, revolviendo todo su aburrido contenido hasta la saciedad. Llevaba metida en casa cinco días, incluyendo éste, y ya casi no sabía cómo mantenerme despierta o entretenida con algo para no morir en la miseria de no tener absolutamente nada que hacer… salvo, bueno, ver la tele y revolver los estúpidos cereales.
El lunes pasado tuve la mala suerte de que se pusiera a llover a cántaros encima de mi cabeza. Me di cuenta de que el bus ya había pasado en cuanto llegué a la parada —en realidad, el parque de atracciones y toda esa zona no queda tan cerca de mi casa como parece—, así que no tuve la oportunidad de evitar empaparme al tener que regresar andando. La tormenta —salida de quién sabe dónde, en cinco minutos— me costó un buen resfriado, fiebre bastante alta y demás, todo prolongándose durante cuatro días…
Y, sí, he dicho cuatro. Hoy simplemente me había quedado dormida ¿de acuerdo?
Además, ya era sábado, así que no tenía mucho que hacer yendo al instituto el último día de la semana.
—Es curioso destacar que muchos de los considerados "fenómenos paranormales" tienen lugar en ambientes frecuentados por adolescentes…
Un escalofrío involuntario me trepó por la espalda al oír lo que la mujer estaba diciendo. Había puesto las noticias porque era lo único medianamente interesante en la tele a esas horas, pero no había esperado encontrarme con un reportaje sobre fenómenos paranormales en pleno mediodía… Y la verdad es que no me simpatizaba mucho la idea de tener que escuchar nada sobre eso, siendo que me entraba el mismo miedo de siempre.
Sin embargo, me abstuve de cambiar de canal y poner alguno de música al repetir en mi cabeza lo que antes había dicho la reportera.
Peculiarmente atenta, me acerqué un poco más a la pantalla. La mujer —morena, delgada y de buen ver— estaba sentada a la cabeza de una mesa redonda. Un hombre de avanzada edad y cabello plagado de canas, además de poseedor de un rostro con rasgos más bien occidentales, estaba sentado a al menos dos metros de distancia prudencial.
—El experto en parapsicología, el doctor Richard Stevenson, es nuestro invitado especial del programa de hoy. Su teoría sobre ciertos fenómenos paranormales resulta extremadamente interesante, teniendo en cuenta que, de ser acertada, podría explicar varios de estos casos aún sin una explicación lógica. Doctor Stevenson ¿podría hablarnos sobre ella?
»—Por supuesto. —El hombre se acomodó mejor, igual que yo—. Mi teoría, luego de tantos años estudiando casos aparentemente inexplicables, es que los mismos podrían ser provocados por la propia e inconsciente energía humana…
»— ¿"Energía"?
»—Sí. Verá: muchísimas de las consideradas "experiencias paranormales"… tales como el movimiento de objetos sin la actuación de ningún ente físico, supuestamente, ruidos, etcétera, tienen lugar en hogares o sitios en donde hay uno o más adolescentes. Como bien sabemos todos, durante la adolescencia, los jóvenes experimentan cambios muy fuertes al pasar de la infancia a la madurez. En esta etapa, los humanos tienen grandes excedentes de energía, y esto puede llegar incluso a reflejarse en el medio, alterándolo. —Hizo una pausa, y tanto la mujer como yo asentimos, intrigadas. ¿Por eso a veces se apagaban las luces cuando yo andaba cerca?—. Algunas veces, nos encontramos con que, en una casa con adolescentes, las luces se apagan o se funden las bombillas con más frecuencia de la habitual, los aparatos eléctricos fallan en cuanto los muchachos se acercan, o se comportan de forma extraña, incluso llegando a averiarse, se vuelcan objetos de las estanterías, se rompen cristales…
En ese momento, mi bochorno me impidió poder seguir oyendo lo que el hombre explicaba con tanta profesionalidad y soltura. La frase «romper cristales» —o cualquiera que se le pareciera— sólo traía un recuerdo a mi mente. Un recuerdo que no ayudaba a tranquilizarme mucho.
Me pregunté si lo de la energía en la adolescencia había tenido algo que ver con lo ocurrido, y me refiero a lo de que se hubiera roto en pedazos aquel espejo justo a nuestro lado…
Vaya explosión y arrejuntado de «energía» había habido entre Leon y yo esa tarde, me dije. La verdad es que no me extrañaría nada que se debiera a eso y no a un fantasma… o cualquiera de las tonterías que se me ocurrieron en un principio y que habían ayudado a arruinarlo todo.
Di un brinco en el sofá cuando el teléfono empezó a sonar como loco a mi izquierda, y maldije ser tan extremadamente asustadiza e impresionable. Con el corazón aún en un puño, alcé el auricular.
— ¿Diga?
— ¡Hola, Vilu! —Era Francesca, tan alegre como siempre… y pese a lo de Marco—. ¿Cómo estás, amiga? ¿Ya te sientes mejor?
—Estoy perfectamente —aseguré—. No tengo fiebre desde el jueves, y ayer ya estaba recuperada casi del todo. De hecho, tenía pensado asistir hoy a clases… Pero el problema fue que me quedé dormida.
Oí las risitas al otro lado de la línea.
—Bueno, hay cosas que no cambian… Pero ¡me alegra saber que estás recuperada! Por eso mismo te llamaba; para preguntarte si no necesitabas que fuera a verte, o algo así.
—Si es para cuidarme, no —suspiré, recordando mis días en cama y lo tedioso que me había resultado—. Estoy un poco cansada de tantas atenciones. Si supieras… ¡papa se pasó todos estos días llenándome de jarabes, mantas y bolsas de agua! Y Mechi también se puso muy pesada con eso de vigilarme, aún en la cama, como si creyera que pensaba escapar por la ventana.
—Es normal —apuntó Francesca. La sonrisa se le notaba en la voz, así que no me costaba imaginármela—. ¡Todos te queremos taaaanto que no puedes esperar que no nos preocupemos por ti, Vilu!
Suspiró soñadoramente.
—No exageres —me abochorné.
— ¡No exagero! Me tenías muy preocupada, y déjame decirte que yo no era la única. Natty, Cami y Lara también me preguntaron por ti. —Se rió—. Y tu Leon prácticamente me obligó a que te llamara hoy para saber si estabas bien.
Mi Leon…
—Y… y ¿por qué no llama él, si… si quiere saberlo? —inquirí.
Lo cierto es que me mostraba un poco hostil y a la defensiva porque, a la simple mención de su nombre, todo el cuerpo había empezado a temblarme. Y no sabía si no era mejor que no se hubiera atrevido a llamarme… por el motivo que fuera. Después de todo ¿qué podría decirle yo, si empezaba a tartamudear como estúpida con sólo oír la palabra «Leon»? Ni quería imaginarme cómo me dejaría oír su voz.
—De eso también quería hablarte —comentó mi amiga—. ¿Qué le hiciste al pobre chico, Violetta? Es como si te tuviera miedo… porque obviamente no tiene nada que ver con que se interese o no por ti, o esté menos preocupado.
—Yo… yo no le hice nada.
—Pero pasó algo ¿verdad?
Tragué pesado. ¿Si había «pasado algo», decía?
Ante la fuerza de aquel recuerdo que guardaba desde el lunes y en el cual intentaba pensar lo menos posible, empecé a sentir mucho calor. Un calor agobiante y húmedo, acompañado de ciertos hormigueos y palpitaciones en algunas partes del cuerpo… Las mismas que él había tocado y acariciado, y que ahora parecían pedirme un poco más de aquello.
Y lo cierto es que nunca antes me había pasado algo similar, ni siquiera estando con Tomas. Dejando de lado el hecho de que nunca me había tocado así, a mí tampoco se me había pasado por la cabeza la idea de tener algo más de intimidad con él fuera de lo que eran unos besos inocentes en los labios, sin pizca de la electricidad y el fuego que tenían los besos que yo conocía ahora. No me había planteado la idea de «hacer el amor» con Tomas, ni siquiera estando enamorada de él… pero con Leon sí que me lo había planteado. ¡Más de una vez, y casi desde el momento en que habíamos tenido aquel encontronazo en los baños!
¿Por qué? Yo lo deseaba, pero…
¡No, no podía!
Cerré los ojos fuertemente. Todavía podía sentir el calor de sus manos recorriéndome y ver el montón de luces de colores de cuando empecé a delirar en su abrazo. Aunque lo peor de todo era que me apetecía demasiado tenerlo cerca en estos mismos instantes, para poder continuar. Poder tocarlo yo también, ahora que no podría estar tan asombrada y ya más o menos sabía cómo funcionaba el asunto…
—Violetta ¿sigues ahí?
La voz de Francesca me trajo de vuelta a la realidad, pero sólo un poco. Las respuestas de mi piel erizándose y otras cosas no me dejaban pensar bien.
Como intentando asegurarme de que Mechi no había vuelto de donde quiera que estuviera en ese momento, que papá hubiera regresado antes del trabajo, o que lo hubiera hecho Angie, miré a mis espaldas antes de continuar.
—Sí pasó algo —murmuré—. O, bueno, al menos estuvo a punto de pasar…
— ¿Qué cosa?
—Fuimos a dar una vuelta el lunes por la tarde —empecé a explicar—. Leon estaba de un humor bastante malo, y lo empeoré todo cuando mencioné a Tomas…
—Ay, Violetta, es que…
—Déjame terminar —pedí, y mi amiga volvió a guardar ansioso silencio—. Estábamos justo frente al parque de atracciones que clausuraron hace poco, y sugerí entrar a echar un vistazo. Dimos alguna vuelta, y acabamos entrando en la casa de los espejos, que era lo único que estaba abierto… Supongo que fue la oscuridad, o los piques que llevábamos aguantando toda la tarde, pero lo cierto es que nosotros casi… lo hacemos.
Nadie dijo nada durante algunos segundos, y después vino el:

—¡¡¡¿¿¿QUÉÉÉÉÉ???!!! —Tuve que apartar el teléfono de mí, pero juraría que estaba una décima más sorda que antes luego de que mi oído tuviera que soportar semejante grito—. Violetta ¿hablas en serio? ¡No puedo creerlo!
Volví a sostener el auricular algo más cerca, aunque con cierto temor. Un alarido más de esos y mi capacidad auditiva estaba perdida definitivamente.
—Hablo en serio, Francesca…
—Pero ¿qué…? ¿Cómo…?
—Ya nos habíamos estado besando antes, y nos separamos cuando yo me asusté. Entonces, quise fijarme en lo que habías dicho tú sobre los chicos «entusiasmados»… —Yo sentí que me sonrojaba más que antes… si es que eso era posible—. E-el caso es que Leon se dio cuenta de que yo lo estaba mirando, y, bueno…
— ¿Qué? —insistió Francesca, toda emocionada—. ¿Qué pasó?
—Y-yo estaba contra la pared de espejos… así que s-simplemente se me acercó, nos besamos… y… e-empezó a… a… tocarme.
— ¿Tocarte qué?
Joder ¿qué tan específica pretendía que fuera?
¡Me estaba muriendo de vergüenza teniendo que contárselo a ella! Porque hacerlo, o dejar que te lo hicieran, era algo… y tener que hablar del tema —con terceros, además— era muy diferente.
—Todo —resumí, rogando porque entendiera.
Francesca jadeó… de la impresión, supongo.
— ¡Es que es genial! —chilló—. ¡No puedo creer que se diera tan pronto y…! Espera un momento —pareció dudar— ¿por qué dijiste que casi?
Mi dedo índice empezó a trazar circulitos y espirales sobre el almohadón del sofá, y clavé la mirada perdida en la alfombra. Llevaba seis días siendo todo un remolino de emociones que no acababa de entender y que me desconcertaban por completo, casi incapacitándome para pensar racionalmente al respecto de lo que me preocupaba.
—Porque no pasó nada —resoplé, sin saber si estaba enfadada o feliz por ello—. Uno de los espejos se rompió y aquello lo arruinó todo, porque hizo que nos diéramos cuenta de lo que estaba pasando en realidad… Aunque supongo que fue mi culpa, más que nada, lo de no continuar. Me asusté mucho…
— ¿Te asustaste ante la idea de querer tener algo con Leon? —interrumpió Francesca, entre sorprendida e indignada.
Yo negué con la cabeza, como si ella pudiera verme.
—Me asusté por lo del espejo. Leon ya me había gastado una broma antes y me había dejado sola (o al menos eso me hizo pensar) en medio de aquel sitio, y yo ya tenía los nervios de punta desde hacía rato. Ya sabes lo mucho que me desagrada el tema de los espíritus… El miedo se me había pasado mientras estábamos entretenidos, pero volvió todo junto cuando eso pasó.
La oí suspirar.
—Pero ¿no te fuiste a algún sitio para terminar lo empezado? —me acució—. ¿No te propuso ir a su apartamento, ni nada?
No, y es que ahí estaba el otro gran problema, mucho más importante que el de los fantasmas y mi pánico infantil a ellos.
—Cuando pude volver a pensar con claridad, me di cuenta de lo que estaba pasando realmente —confesé—. Y no es que a mí me faltaran ganas de seguir hasta que se me acabara la fuerza, pero no quiero usar a Leon. No de esa forma.
— ¿Por qué «usarlo»?
— ¡Leon me quiere, Francesca, y yo no puedo simplemente ir y acostarme con él, por mucho que me apetezca, sin devolverle ese sentimiento! ¡Sería horrible hacerle una cosa como ésa! —expuse—. ¡Sería como darle a entender que lo único que me importa de él es el sexo, y no es así!
Ciertamente, en el momento en que el mundo había dejado de girar y Leon ya no me tocaba de aquella forma tan enloquecedora, había empezado a sentirme todo un Bichito, ésta vez sin que el comentario tuviera nada que ver con mi hermana, y hablando seriamente. Porque me había dado cuenta de que estábamos a un paso de tener sexo allí mismo, sin que yo pudiera ofrecerle nada más que eso… Es decir, sin siquiera poder ofrecerle hacer el amor. Sólo un poco de carne, un rato de placer, y ya. Pero no los sentimientos que él esperaba de mí… y eso me parecía una gran putada.
Yo lo deseaba. Lo deseaba muchísimo. Quería tocarlo y besarlo por todas partes, tirarlo al suelo y seguir como fuera… ¡pero no podía hacerle eso!
Leon no era un cacho de carne a mi disposición, dispuesto a apaciguar a mis hormonas ofreciéndome un cuerpo de lo más apetecible. Yo no quería tratarlo como si pensara así de él, porque, antes que novia y antes que estúpida sobrehormonada, yo seguía siendo su amiga, y lo quería un montón.
—Violetta. —Nuevamente, la voz serena y reflexiva de Francesca, que parecía actuar como mi conciencia, volvió a sacarme de mis pensamientos—. Él te conoce, y sabe que, si estás dispuesta a que hagáis algo así, no será tu intención usarlo. ¡Ni él ni nadie que sepa cómo eres podría pensar una cosa así de ti!
—Pero… yo no lo amo… aún.
—Y Leon lo sabe —insistió—. Sabe perfectamente lo que piensas al respecto, porque nunca le mentiste, le dejaste las cosas bien claras desde el principio, y sabe que, si lo único que quisieras de él fuese pasar buenos ratos, ya te le habrías echado encima mucho antes. —Hizo una pausa antes de agregar—: Amiga… le dijiste que lo dejarías intentarlo, así que no le cierres las puertas por miedo a lastimarlo, porque acabarás evitando cualquier cosa que venga de él, al final, por pensar que, si lo tocas, se va a romper. Déjalo pelear por lo que quiere, déjalo que se equivoque, si es necesario, pero no le rehúyas.
— ¿Crees que hago mal al intentar protegerlo? —le pregunté, desanimada y confusa.
—Sí, Violetta. —No había ni rastro de duda en su voz—. Sé que lo haces porque te importa y porque no quieres hacerle daño, pero no es lo mejor en estos casos. Tiene que arriesgarse, y tú tienes que permitírselo… Salvo que no quieras o no te agrade lo que podría pasar, claro. Pero tú sí querías hacer el amor con él ¿verdad?¿Verdad que no te importó que fuera Leon quien se llevara tu primera vez?
Respiré profundamente, sintiendo que las cosas empezaban a acomodarse dentro de mi cabeza, mientras pensaba en muchos momentos vividos con Leon Vargas. Recordando su indiferencia cuando todavía no nos hablábamos, su extraña faceta de conquistador que no le iba nada, su cariño y su ternura cuando me quedé en su casa aquellos días, la forma en que sabía cuidar de mí y hacer cicatrizar las heridas más rápidamente de lo que yo, estando sola, podría. La forma en que había dejado que Mechi lo golpeara, sin defenderse, por no querer hacerle nada a mi hermana. Sus sonrojos y su soledad. Sus sonrisas poco habituales. Su timidez en público. Su reticencia ante los elogios. Su manera tan molesta de picarme cuando estaba enfadado por alguna cosa que yo no entendía, y de la que no era responsable, aunque se la tomara conmigo. Sus besos. Las veces en las que me había dicho que me quería, o que me había abrazado.
¿Quién podría negarle algo a Leon, siendo como era?
Yo, al menos, me sentiría incapaz. Y sabía que estaba dispuesta a darle cuanto pudiera de mí, si a él lo hacía feliz.
—Sigo queriendo hacerlo —contesté, por fin—. Confío en él… muchísimo.
— ¡Así se habla! —Se alegró Francesca, seguramente hasta saltando de su asiento, si es que estaba sentada—. ¡Ésa es la prima que yo conozco y de la que estoy orgullosa! ¡Ah, no tienes idea de lo mucho que me gustaría grabarte con mi cámara ahora… y cuando estuvieras demostrando tus palabras, también…!
Mi rostro se volvió fuego.
— ¡Fran, eres una pervertida! —me quejé—. ¡¿Cómo se te ocurre querer grabar…?!
Sus risas apagaron mis protestas de forma instantánea.
—Era una broma, tonta. A lo que voy es a que me parece que lo mejor que puedes hacer es ir y aclarar con él ese punto que tanto te cuesta decidir —añadió, algo más seria—. Leon tiene que estar bastante asustado, pensando que estás enfadada con él por lo que pasó, porque no tiene idea de que te gustó tanto como tuvo que gustarle a él.
— ¿Tú crees? —dudé.
¿Leon, asustado?
—Estoy segura. Y ya te sientes mejor ¿no? Pues hoy es un buen día para que le hagas una visita y tengáis una charla… Además de que mañana no hay clases, y, bueno, si las cosas salen bien, no estaría mal «dormir» en casa de un «amigo» ¿no?
Tengo que confesar que me hizo reír aquello último, y que Francesca, tanto como sabía hacerme rabiar y ponerme tan roja como un tomate con sus ocurrencias, también sabía relajarme y hacerme entender un montón de cosas.
—Qué haría yo sin ti —suspiré, más feliz—. Muchas gracias por todo, Fran. Ya te contaré qué tal me fue.
—Sin prisas, sin prisas, que lo importante es que aproveches para darte un banquete de ese bomboncito que tienes por novio —contestó alegremente, antes de abandonar la conversación.
Yo me quedé con el tubo en la mano algunos segundos, escuchando la señal de que la línea estaba cortada. Iría a hablar con Leon, aprovechando que no había nadie en mi casa hasta tarde hoy, y que no tendría que andar escapando de mi hermana para poder poner un pie en la calle. Esperaba poder aclarar las cosas con él, y, fuera cual fuera la decisión que tomáramos al respecto, la aceptaría.
Quería que estuviera bien, hacerlo feliz, como él hacía conmigo. Así pues, respetaría el acuerdo al que ambos llegáramos. Ya fuera teniendo que renunciar a tenerlo hasta que pudiera amarlo como algo más que un amigo muy querido, o dándole todo de mí durante el tiempo que fuera necesario, aun si me pasaba toda la noche en vela.
Aunque me había quedado algo desconcertada con una cosa… ¿Cómo era eso de que Leon tenía que estar asustado? ¿Por qué asustado, si la que había dudado y se había portado de forma indecisa y extraña, queriendo y no queriendo, había sido yo?
Levantándome del sofá y preparándome mentalmente para la ducha que iba a darme antes de salir, me dije que Francesca tenía que estar equivocada en eso último.
No me imaginaba a Leon teniendo miedo.




Francesca apoyando a Leonetta 100pre xD

Jany

Acto De Iniciación - Capitulo 15

CAPITULO 15

"Amistad y Tentacion II"




(Violetta)
Leon llevaba toda la tarde con un humor de perros, y metí la pata bastante hondo cuando mencioné a Tomas, y, más aún, mi declaración. Obviamente, a él no le había agradado el comentario, y no me extrañaba, pero mi atolondramiento natural había hecho que no me percatara de algo tan elemental como que no es bueno hablar de ex novios en una situación como la mía hasta que fue demasiado tarde. Sin embargo, de pronto se me ocurrió que, si había ido allí con Tomas y había resultado ser una Navidad tan especial, con Leon mi visita al parque no tenía por qué ser menos, pese a que estuviera clausurado y fuera primavera en vez de invierno.
Lo importante en casos así es la compañía, después de todo.
Él me miró con indecisión algunos segundos luego de oír mi propuesta, y después clavó sus ojos ámbares en la entrada al parque.
— ¿De verdad quieres entrar ahí? —preguntó, extrañado—. ¿Qué puede tener de divertido, si nada está en funcionamiento?
—Eso sólo lo sabremos si entramos —insistí—. ¡Ah, vamos, no seas aguafiestas! Además, nadie se va a dar cuenta… No hay nadie pasando por aquí ahora.
Leon echó una rápida mirada en derredor para asegurarse, y luego me tomó la delantera, tirando de mí de puertas adentro y alzando un poco las cintas para que pudiera pasar tras él casi sin tener que agacharme.
El panorama era algo lúgubre algunos metros más allá, cuando quedamos fuera de las miradas de la calle. Como hacía poco que lo habían clausurado, todavía quedaban algunas de las atracciones, aunque la gran mayoría estaban cubiertas con toldos y cosas similares. Sí se veía el carrusel, aunque los caballos parecían casi macabros sin luces y colores alrededor, algunas de las taquillas de boletos, la enorme montaña rusa con el tren estacionado justo al nivel en que los nuevos pasajeros inexistentes subirían, la rueda, parte del paseo con los botes de los cisnes en el que solían subir las parejitas, el tren fantasma, y la casa de los espejos.
Tragué pesado cuando Leon se acercó a estas dos últimas, que estaban pegadas la una a la otra, pensando que, sin funcionar, la primera de ellas daba todavía más miedo del acostumbrado.
—Bueno, ya que no podemos subir a la rueda… ¿qué te parece si damos un paseo en el tren fantasma?
Su sonrisita me dio a entender que sabía perfectamente del miedo que me daba tener que entrar ahí, y que, probablemente, se estaba vengando de que yo lo hubiera llamado aguafiestas antes.
Leon sabía de mi miedo a los fantasmas, al igual que… toda la clase. Y esto se debía, principalmente, al hecho de que, durante el curso anterior, hubiéramos celebrado una especie de semana de cine, y uno de los días tocara un filme de terror. Francesca había estado aguantando mis abrazos y lloriqueos toda la sesión, pero la hora y media que duró la película a mí se me había hecho todo un milenio, y no pude evitar continuar aterrada y plantada en mi sitio incluso cuando se encendieron las luces. Mis amigas instantáneamente se habían colocado alrededor de mi mesa, consolándome con chistes y otras cosas, y entonces Leon había murmurado aquel comentario tan fastidioso sobre que «algunas personas nunca crecen». Marco Ponce, que también rondaba la escena, había disculpado a su amigo con un agradable: «No le hagas caso», y yo me había olvidado del idiota sentado detrás de mí para el resto del día.
Y ese tipo de cosas son las que hacen pensar a una: las apariencias engañan. Engañan mucho. Porque el pesado, cargante e insociable Leon Vargas de comentarios hirientes era un cielo si le daba la gana, y Marco, con su galantería y palabras suaves, era un cerdo manipulador.
Ergo, cuanto más malos en apariencia, más buenos en el fondo.
Con esa lógica, harías de Hitler un mimoso gatito.
Cierto. Mejor dedicarse a otra cosa.
—No quiero subir a eso —casi lloriqueé, volviendo al tema—. Ni siquiera pagué por subir cuando funcionaba, así que no iré ahora.
— ¿Ni aunque sea gratis? —insistió Leon, acercándose al hueco de la izquierda, que hacía las veces de entrada al túnel. Pareció forcejear con alguna puerta que yo no veía, por estar entre las sombras y medio oculta por su cuerpo, de espaldas a mí. Los músculos de los brazos se tensaban con cada tirón, haciéndome notar especialmente la fuerza que parecían tener y… bueno, lo bonitos que eran. Porque de verdad lo eran.
—Ni aunque sea gratis.
Dejó de tironear en ese momento, y la cara que puso casi aseguraba que tenía ganas de patear alguna cosa.
—De todas formas —refunfuñó—, no podemos entrar. Hay una sola puerta, y está cerrada.
Yo sentí un alivio tan grande ante la noticia que no pude refrenar el suspiro. Leon se giró otra vez, aunque ahora riendo… ¡riéndose de mí!
—Podemos ir a la casa de los espejos —indiqué, cruzándome de brazos y mirándolo con todo el aplomo que tenía, para no darle el gusto de verme asustada—. No hay ninguna puerta, así que supongo que no tendremos problemas para colarnos.
Antes de que él pudiera adelantárseme, entré yo primero. Tuve que repetirme que todo fuera por demostrarle que no era una gallina en cuanto vi que todo estaba muy oscuro, tanto que casi no se podía ver. Armándome de valentía, di un paso adentro, y otro… pero no di el tercero hasta asegurarme de que Leon venía detrás.
—Tranquila, Violetta —me dijo burlonamente—, no voy a dejar que el Cuco te coma.
Mentecato.
Llevaba fastidiándome todo el día… ¿tanto se divertía haciéndome rabiar? No recordaba que se hubiera portado así desde nuestras competiciones atléticas, cuando, lo admito, se metía conmigo… ¡pero hoy estaba doblemente peor!
¿Qué mosca lo había picado?
Algo molesta, empecé a caminar más rápido, oyendo los pasos de Leon como música de fondo, acompañados por el ruidito metálico del forcejeo con una bolsa, o algo por el estilo.
No era que él hubiera dejado de caerme bien de repente, o que lo quisiera menos, pero puedo enojarme con Francesca también, y somos como hermanas. Después de todo, yo no tenía la culpa de que Leon estuviera pasando un mal día, y si se empeñaba en no decirme qué era lo que lo dejaba con ese humor, o no quería que lo ayudara, pues entonces no era mi problema…
Uno tras otro, los espejos comenzaron a sucederse, y yo me encontré con que el sitio era más grande de lo que parecía en un principio. No sabía muy bien de dónde entraba la poca luz que había, pero supuse que la única fuente eran los pequeños rayitos que se colaban por los agujeros del techo de tela… o alguna cosa similar, en color negro. Los mismos me permitieron ver que se abrían dos caminos ante mí, uno a la derecha y otro a la izquierda, y eran exactamente iguales al camino por el cual había llegado hasta ahí.
Opté por el de la derecha, seguramente guiada por algún instinto de superchería, y continué con mi marcha sin una meta clara. Mi imagen aparecía a mi alrededor de un montón de formas, reflejada en cristales muy diferentes el uno del otro. Podía verme tan gorda como una ballena, tan alta que podría llegar hasta el techo, o tan ondulada como una patata frita… de las onduladas.
Y hablando de papas fritas ¿y mi bolsa?
Realmente hubiera preferido un helado, pero, por algún motivo, cierta persona se había negado a comprármelo. Y, bueno, tenía más hambre ahora que antes, como para ponerme quisquillosa… además de que no me gustaba pelear con él y…
Suspirando y medio dispuesta a hacer las pases, me di la vuelta, esperando encontrarme con la sonrisa astuta de Leon.
Pero él no estaba ahí.
— ¿Leon? —llamé, asomándome hacia quién sabe dónde, porque la verdad era que ya no me ubicaba en ese sitio.
Seguramente andaría por los alrededores, me dije… porque a él no se le ocurriría dejarme a mí sola en ese lugar horrible y al cual había entrado únicamente por fastidiarlo ¿no?
—Oye, Leon… ¿en dónde estás?
De nuevo, no hubo respuesta… más que el aleteo de lo que seguramente sería un pájaro levantando vuelo desde el techo, y el sonido de pequeñas piedritas al caer ante el traqueteo.
— Le… Leon…
Di un giro completo sobre mí misma, pero no había nada más que oscuridad y silencio. Y todo un cuarto de espejos que dibujaban un montón de siluetas espantosas y tan aterrorizantes que se me estaba poniendo la piel de gallina, mirara a donde mirara…
¡¡¡El muy desgraciado me había dejado sola!!!
Calma, Violetta, calma. Respira hondo, cuenta hasta diez y piensa en las formas más crueles de asesinar a tu noviecito por haberse pirado. No puede ser tan difícil salir, si te calmas e intentas recordar el camino…
Aunque, claro, el problema era que todo allí era igual.
En un acto inconsciente, hice lo que cualquier ser humano desconcertado, en apuros y muerto de miedo haría: caminar rápidamente en la dirección que se me ocurriera, aunque no tuviera ni la más remota idea de hacia dónde me dirigía.
Iba a matarlo. Lo mataría tan lentamente, que se arrepentiría de haberme dejado allí, aterrada, en medio de la oscuridad. Se acordaría de lo que hizo hasta en la tumba, luego de rogar clemencia durante horas… Sí, eso haría. Leon no iba a sacar gratis lo que me había hecho.
Sí, claro, en el caso de que consigas salir.
Estúpida conciencia… ¿por qué tenía que matar los únicos pensamientos positivos que surgían en mi mente, ahora que conseguían distraerme del pánico y de empezar a correr y gritar como loca, llamando a mamá, a papa, a Angie, a Mechi, a los cazafantasmas o a quien se me ocurriera?
Lamentablemente, y como suele ocurrir en estos casos, recordé lo menos conveniente: la charla con aquella señora que me había encontrado con Francesca una vez, y que me alertara de que mi aura atraía a los espíritus de los difuntos…
¿Y si los difuntos me estaban siguiendo en ese momento?
¿Y si el parque había sido construido sobre las ruinas de un antiguo cementerio indio, y los espectros de los muertos querían venganza?
¡¿Y si querían que yo fuera su próxima víctima, y ya se habían llevado a Leon antes que a mí y por eso no aparecía?!
Sí, tengo la jodida imaginación más desarrollada. ¿Algún problema con eso?
¡Y es que Leon no me iba a dejar sola en un sitio como ése!, aunque casi era una idea menos alentadora que el hecho de pensar que se estaría divirtiendo mucho a mi costa. Porque, si lo habían secuestrado los fantasmas, seguramente planeaban que yo corriera la misma suerte…
Empezando ya a persignarme y notando la visión empañada por las lágrimas, apuré el paso y me adentré en los corredores oscuros. Tenía la espalda tan rígida que me dolía, y sentía una presión bastante molesta justo en la nuca, como si alguien me estuviera mirando.
Que tenía miedo, vamos. ¡Pero mucho, mucho miedo!
Cerré los ojos para poder invocar mejor a cuantos dioses se me ocurrieran, y mi hombro derecho fue tocando los espejos para no alejarme de la pared. Junté las manos en una pose de plegaria, y me disponía a empezar mis rezos cuando algo pesado cayó sobre mi hombro izquierdo y me heló la sangre…
Aunque no me impidió pegar el grito de mi vida.
—¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH!!!
Supongo que el fantasma tuvo que haber usado la cosa que me había apoyado en el hombro para taparse los oídos ante semejante alarido, pero yo me quedé demasiado paralizada del susto como para poder echarme a correr siquiera, pese a saber que, probablemente, ésa sería mi única forma de escapar. Completamente aterrorizada, me quedé temblando, apoyando el brazo derecho contra la superficie fría de uno de los espejos. No podía evitar sollozar, ni detener el temblequeo de mis piernas…
—Por favor —hipé, como última esperanza—, por favor, no me haga daño… ¡Prometo que ayudaré a vengar su muerte si me deja salir de aquí y me devuelve a Leon!
No oí nada por algún tiempo… pero después unas risitas rompieron el silencio.
Extrañada, me recordé que ningún fantasma se reiría así, ni en un momento como ése… Y que lo más normal hubiera sido: a) que ya me hubiera arrastrado al Inframundo, b) que hubiera aceptado mi oferta, c) que se hubiera ido, después de haberle provocado una sordera grave.
—Dios mío, Violetta —rió el «fantasma»—, de saber que te habrías asustado tanto, te habría llamado antes de ponerte un dedo encima…
Reconocí la voz al instante, y me juré matar a Leon en cuanto mi pobre corazón volviera a su sitio.
— ¡Eres un imbécil! —chillé, todavía con los nervios a flor de piel, al tiempo que me giraba. Leon se reía con ganas, apoyado en el espejo que estaba detrás del mío—. ¡Casi me matas del susto…!
—Lo… lo siento… ja, ja, ja, ja… —Se llevó la mano al estómago, probablemente porque le dolía, de carcajearse con tantas ganas. A mí me apetecía darle un golpe como el del día en que me había besado por primera vez, pero sabía que ni siquiera podría atinarle a la cara, teniendo en cuenta que las manos me temblaban tanto como el resto del cuerpo y las lágrimas casi no me dejaban ver—. Me distraje u-un poco… dejando un rastro de papas para no perdernos cuando quisiéramos volver, pero tú desapareciste y… ja, ja, ja…
—No me hace gracia —murmuré, con la voz estrangulada, en cuanto noté que se hubo hartado de reír. Todavía podía notar los latidos eufóricos de mi corazón golpeándome con fuerza el pecho.
Lo vi secarse las lágrimas de los ojos y enderezarse, para después avanzar hacia mí.
—Lo siento —se volvió a disculpar, pero no había quien le quitara la sonrisa—. No pretendía asustarte tanto.
— ¡Seguro!
Intentó abrazarme, pero estaba lo suficientemente asustada y enfadada con él como para permitírselo, de modo que lo aparté de un empujón…
Aunque no conté con que él se agarrara a mí y ambos acabáramos en el suelo, dando un giro que me hizo quedar con Leon encima y sin posibilidad de escaparme.
—Levántate —le exigí, intentando ver a través del agua en mis ojos.
La sonrisa de Leon se hizo más débil, y dejó de ser burlona. Su mirada se volvió más serena, y, sobre todo, culpable. Yo volteé el rostro hacia un costado, evitando el contacto visual apropósito.
—Te asustaste mucho ¿no? —preguntó mansamente.
—Quiero irme…
Lo oí suspirar contra mi oído, y sus dedos empezaron a apartar las lágrimas de mis mejillas y ojos con cuidado.
—Lo siento —dijo, por enésima vez—. Me estoy portando muy mal contigo hoy, Violetta, ya lo sé, pero créeme que no es mi semana.
—Eres un tonto —mascullé—, y no pienso volver a hablarte en mi vida si se te ocurre hacer algo así de nuevo.
—No lo haré.
Sus labios me estaban acariciando la mejilla al hablar, y el tono tan suave me aseguró que no mentía. Sin querer pelear con él, volví a girar el rostro y nuestras miradas entraron en contacto. Visto así de cerca, era un chico tan guapo…
Nuestras narices se rozaron cariñosamente, y aquello fue el detonante que necesitábamos. Nuestras bocas se encontraron en un segundo de distracción y de olvido por parte de ambos, y responsable de que las cosas comenzaran a volverse borrosas, lejanas y un eco de la realidad al mínimo contacto.
El beso fue tan cuidadoso, pero tan cargado de un montón de sensualidad, que la cabeza empezó a darme vueltas. No hacía falta que Leon fuera brusco para que se me encendiera todo el tembloroso cuerpo en respuesta. Sentía su peso y su calor pasando a mí, como si las pieles de ambos quisieran volverse una. Tan tranquilo y tan profundo.
Casi sin fuerza, conseguí que mis manos alcanzaran su pecho, y enredé mis dedos en la camiseta mientras un gemido suyo se apagaba en mi boca, muriendo en mi garganta y siendo devorado por mi respiración. Podía sentir la fuerza de sus músculos tensándose al paso de mis manos sobre la tela de la camiseta, y todo su cuerpo amoldándose sobre el mío para quedar en una posición más… cómoda. La tela de sus vaqueros era áspera contra mi piel.
Sin embargo, un ruido en el techo me hizo dar un respingo, todavía con el susto de antes encima, y aquello pareció alertar a Leon de que era hora de detenerse. Soltando un suspiro cansado, empezó a alejarse de mí, pese a que protesté con un gruñido trémulo, y quedó de pie en algunos segundos más. Me tendió la mano para que lo imitara, y yo contuve la respiración hasta que estuve de pie, sintiendo que todo daba vueltas a mi alrededor.
Para no perder el equilibrio, y en vez de apoyarme contra él, recosté la espalda en una de las paredes de espejos mientras intentaba volver a tomar aire normalmente.
Era increíble lo rápido que había olvidado mi enfado, y también lo poco que necesitaba hacer Leon para que mi cerebro se apagara. Porque no había hecho mucho más que rozar sus labios contra los míos, pero había sido una caricia tan explosiva y meticulosa que no hubo ningún punto nervioso de mi cuerpo que no respondiera de forma instantánea. Todo en mí parecía querer recibirlo.
Él no estaba muy lejos, y se mantenía de pie, rígido y expectante, como una fiera a punto de abalanzarse sobre su presa. Con los ojos verdes nublados de deseo, la respiración agitada, los labios entreabiertos y en guardia. Sin poder evitarlo, fui paseando la mirada sobre su rostro, intentando leer su expresión turbia, y fui bajando lentamente por el pecho que antes había tocado, los fuertes brazos cayendo a cada lado, los puños crispados, la cintura, las caderas y…
Ah, sí que era cierto que les pasaba eso algunas veces, me dije. Cuando se «entusiasmaban», como había dicho Francesca. Y la verdad es que seguramente tenía que resultar más incómodo ser un chico en momentos así, que una chica, porque…
De repente, mi cerebro reaccionó y mi rostro comenzó a arder.
¡¿Cuándo me había vuelto tan audaz?!
Retiré instantáneamente mi mirada de la entrepierna masculina, fijándola en el suelo, lo más lejos posible de Leon. Aquella imagen quedó grabada en mis retinas, sin embargo, alterando mi ritmo cardíaco y secándome la boca.
Lo oí reírse y sentí que me moría de vergüenza cuando preguntó astutamente:
— ¿Qué estabas mirando, eh?


(Leon)
No había planeado que nos besáramos cuando caímos al suelo, pero no había podido hacer otra cosa en cuanto me encontré con el par de ojos marrones a tan poca distancia, el rostro levemente sonrojado y la mirada dubitativa y anhelante. En ese momento, yo no pensaba con claridad, como solía pasarme cuando Violetta estaba implicada en el asunto, de modo que ni siquiera pude obligar a mi cuerpo a detenerse, ni a mi rostro a alejarse para no encender la llama que me estaba quemando las entrañas microsegundos después del primer contacto. En vez de apartarme de un salto, la confusión y la excitación del momento me habían hecho quedarme allí y besarla con toda la devoción y la suavidad que podía, y todo en mí había empezado a acomodarse contra ella, dispuesto a recibir más de aquellos contornos que yo tanto ansiaba conocer mejor.
Pero todo había acabado, aparentemente, en cuanto Violetta se sobresaltó por el ruido en el techo. Entonces recordé la promesa que me había hecho a mí mismo sobre esperarla, sobre no presionarla y sobre mantenerme firme en aquello de ser muy paciente, hasta que estuviera preparada. Y sintiéndola asustarse con tanta intensidad, hasta el punto de llorar de puro terror cuando pensó que la había dejado sola o que era un fantasma o cualquier cosa por el estilo, lo único que se me ocurría era que me tocaba seguir aguardando pacientemente, soportando mi propio mal humor e intentando controlarlo para no tomarla con ella, como había hecho durante toda la maldita tarde… salvo en los segundos en que nos habíamos estado besando.
Por eso me había puesto de pie y ayudado a que Violetta hiciera lo mismo, le había permitido alejarse, en vez de saltar otra vez sobre ella y suplicarle el alivio que mi cuerpo alterado necesitaba como loco, y simplemente me había quedado mirándola cuando apoyó la espalda en el espejo. Se la veía agitada todavía, seguramente a causa de lo que habíamos hecho, porque tenía los ojos nebulosos, la boca entreabierta y húmeda, y parecía respirar con cierta dificultad. Tal y como me pasaba a mí.
Sin embargo, todo había dado un giro repentino en cuanto sus ojos empezaron a recorrerme de arriba abajo, estudiando lenta y minuciosamente cada detalle, como si quisiera memorizarlo… hasta llegar al punto exacto de concentración de mi calor y molestia.
En un principio, no pareció consciente de lo que estaba mirando, porque no hizo ninguna mueca de vergüenza, ni nada, que sería lo más obvio en ella. No se puso roja como un tomate hasta bastantes segundos después, cuando pareció entender lo que veía, y entonces apartó rápidamente la mirada y la clavó en el suelo de una forma tan miedosa que me hizo reír levemente. Me había parecido la niña tímida en ese instante de retirada, y aquello me dejó encantado… pero no consiguió borrar la otra imagen, la de la Violetta que estaba, aparentemente, tan deseosa y hambrienta como yo mismo.
Luego de esa mirada, yo tenía el pie para avanzar. Y necesitaba hacerlo, porque cada fibra de mi cuerpo estaba gritándomelo, ordenándomelo.
Desaparecí los pocos pasos que había entre nosotros acercándome a ella lenta y sigilosamente, sin prisas, intentando ser lo menos amedrentador posible. No quería asustarla yendo demasiado rápido, y lo único que quería era que ambos disfrutáramos del momento que ya se nos venía encima.
Al quedar frente a ella, lo primero que hice fue llevar mis manos a sus hombros, para acariciarlos por encima de la tela de la camiseta lila que traía puesta, una y otra vez. Violetta todavía tenía las mejillas encendidas de rubor, pero ya no apartaba la mirada, así que nuestro contacto visual no se rompió durante muchos, muchos segundos. En los pozos cafés podía ver cierta timidez, pero había algo más fuerte, y era el deseo. Sabía que ella me deseaba en ese momento, y juro que era todo lo que yo necesitaba para vivir feliz al menos varios años… porque no iba a dejarla con las ganas, ni por todo el oro del mundo, siempre que ella estuviera dispuesta.
Cuando entornó los ojos, cubriéndolos con las pestañas espesas y negras, capté el mensaje de forma instantánea. Así pues, yo la imité, y después mi rostro se guió por sí solo al suyo, reclamando su boca de la misma forma que cuando estábamos recostados en el suelo, en un beso muy poco inocente, pero que no dejaba de ser suave.
Sus brazos se fueron cerrando en torno a mí, pasando tímidamente a ambos lados de mi cintura, hasta que las manos llegaron a mi espalda y comenzaron a trepar por ella, para luego hacer el mismo recorrido a la inversa, bajando lentamente. Yo respondí a aquel gesto quitando mis manos de sus hombros y arrastrando los dedos por su cuello, sintiendo que la piel de Violetta se erizaba a su paso.
Suspiró dentro de mi boca y yo rompí el beso, dispuesto a continuar. Quería que me deseara tanto como pudiera, al igual que yo a ella, porque no iba a conformarme con un apasionamiento momentáneo. Si ya tenía que conformarme con no tener su amor, al menos lo haría duradero. Al menos lo haría memorable… y para eso tenía que volverla un poco loca.
Mis labios descendieron por su mentón, y más tarde por su cuello, besando cada centímetro de piel que encontraran en su camino. Sentí a Violetta temblar y sus manos colarse por debajo de mi camiseta, entrando en contacto directo con la piel de mi espalda… Estaba abrumado. Hambriento.
Y yo nunca había tocado así antes a una chica, pero me dije que era el momento de aprender.
Fue el instinto quien empezó a conducir mis manos hacia abajo, trazando el camino muy inexpertamente, sin saber exactamente a qué tendría que prestarle más atención de ahora en adelante. Me puse nervioso y me sentí algo inútil al no tener mucha idea de cómo continuar…
Pero pronto se me pasó, en cuanto noté, con no poco asombro, que una de sus delicadas manos tomaba la mía y la guiaba hasta uno de sus pechos. El ritmo cardíaco se me elevó a la enésima potencia en ese momento, no sólo por estar tocando lo que tocaba, sino por lo que significaba aquello.
—Violetta…
Con la sangre golpeteándome en todas partes, cerré mi mano sobre la redondez de aquella prominencia, apretándola, y la oí.
— ¿Te estoy lastimando? —le pregunté con voz ronca, que intentaba controlar el resto de mi cuerpo.
Tenía los ojos cerrados y el rostro vuelto hacia arriba, como si mirara el techo a través de los párpados.
Únicamente negó con la cabeza.
Su respuesta bastó para ayudarme a comprender mucho mejor sus reacciones, y apunté mentalmente cada una de las cosas que hacía y las respuestas que ella daba a los estímulos, para poder saber cómo satisfacerla.
Volví a ascender con los labios por su cuello mientras que una de mis manos seguía acariciándole, y trepé por el mentón hasta alcanzar su boca y dejar que me atrapara en un beso bastante más fogoso que antes, como si quisiera aplacar las sensaciones que, de estar pasando por lo mismo que yo, surgirían ante mi trabajo. La mano que antes me había guiado ya volvía a subir y bajar por mi espalda, aunque ahora haciendo más presión, manteniéndome tan cerca como podía.
Aquello tenía que ser una buena señal, y el incentivo para continuar con la labor… por otras zonas.
Mis manos fueron bajando lentamente por la estrecha cintura y las caderas, recibiendo como respuesta un apretón más fuerte de parte de Violetta, que parecía temerosa de que pudiera escaparme. Y no sabía qué apego tendría ella con las faldas o por qué las usaba tan seguido, pero, en el momento en que me encontré con la tela tableada, agradecí mentalmente que así fuera.
El corazón me galopaba en el pecho a una velocidad casi inhumana para ese entonces, y mi sangre se había convertido en fuego líquido cuando me encontré con la piel desnuda y suave de sus muslos. Me tomé el atrevimiento de acariciar sus piernas durante largo rato, disfrutando de la sensación, pero tampoco aguanté demasiado la curiosidad y las ganas de seguir adelante.
Lentamente, guié mis manos por el interior de los muslos, delineando un camino ascendente. Me abría paso poco a poco, sintiendo sus estremecimientos y contagiándome de ellos, y sus suspiros muriendo contra mi boca.
Tembló cada fibra de mi ser en el momento en que me topé con la tela de su prenda interior, y Violetta jadeó… con lo cual yo supuse que eso le estaba resultando tan agradable como a mí, o incluso más. Nos quedamos muy quietos durante algunos segundos, como esperando a ver qué pasaba o si a alguno de los dos le molestaba algo, pero pronto todo se reanimó.
Siguiendo un instinto que no conocía muy bien, la acaricié lánguidamente, satisfecho al oír sus jadeos, que cada vez eran más y se entremezclaban con largos suspiros, cuando separó su boca de la mía y recargó el rostro en mi hombro mientras yo me obligaba a mantener la calma y a esperar a que fuera el momento de obtener una recompensa.
—. Por favor…
Yo sonreí un poco, pensando en que —si tenía suerte y hacía bien mi parte— ya me tocaría rogar a mí, y la acaricié un poco más rápidamente que antes.
El contacto de nuestras pieles al desnudo, su suave foco de calor líquido quemándome los dedos, nos provocó a los dos un escalofrío demencial. Violetta se agarró a mí, pasando los brazos alrededor de mi cuello, y comenzó a suspirar cada vez más fuerte, conforme yo aumentaba el ritmo.
Preguntándome cómo habrían sido las cosas entre ella y Tomas Heredia, o si alguna vez Violetta se le habría entregado con tanto ardor, me dije a mí mismo que quería ser el único con la capacidad de hacerla perder la cabeza y gritar. Que quería ser yo quien pudiera levantarla hasta lo más alto, quien la hiciera volver a la Tierra, y quien pudiera empezar de nuevo todo aquello tantas veces como quisiéramos los dos, hasta rendirnos de puro placer… Y estaba dispuesto a hacérselo sentir a ella primero.
—Ahh…
Sus temblores eran cada vez más fuertes, y supuse que estaría a punto de llegar. Ansioso por terminar y poder dar el siguiente paso, continué con la labor, comenzando a pensar en lo siguiente que me convenía hacer, y si no era mejor que volviéramos al suelo, para estar más cómodos que apretados contra la pared y de pie.
Sin embargo, un fuerte estallido a nuestra izquierda hizo que los dos nos sobresaltáramos y nos quedáramos quietos, viendo, con asombro, los restos de un espejo que acababa de romperse… ¿solo?
Nadie dijo nada durante algunos segundos.
— ¿Q-qué fue eso? —murmuró Violetta finalmente. Ella también estaba bastante desconcertada, pero parecía tener más miedo que otra cosa—. ¿Lo… lo rompiste tú?
Suspiré y quité mi mano derecha de entre sus piernas, maldiciendo furiosamente dentro de mi mente. Ella estaba tan asustada que ni siquiera lo notó, así que tuve que morderme la lengua para no golpearme la cabeza contra los espejos restantes y cargármelos a todos. ¡Menuda forma de cortarnos el rollo!
— ¿Para qué voy a querer romper una cosa de ésas? —farfullé. Violetta me miró con ojos de cordero a punto de ser degollado y no pude seguir enfadado por más tiempo. Se me aflojaron los hombros (únicamente los hombros) y volví a suspirar—. Quieres irte ¿verdad?
Ella se sonrojó levemente antes de asentir.
—Ya había intentado salir cuando creí que te habías ido —confesó—, pero no tengo idea de por dónde ir…
Aguantando la frustración, me separé de ella y metí las manos en los bolsillos del pantalón para evitar empezar a tocarla de nuevo.
—Fui dejando papas fritas por el camino, ya que no te las ibas a comer, para poder volver después. Esto es casi un laberinto, y lo último que faltaba era que te perdieras por ahí… pequeña miedosa.
Ella frunció levemente el ceño, pero no pareció enfadarse por el comentario, porque se abrazó a mi espalda de todas formas.
—Te sigo —anunció, esperando a que me moviera.
Yo me puse en marcha, rogando por poder tranquilizarme antes de salir a la luz… porque iba a ser muy embarazoso tener que enfrentarme a las miradas de los transeúntes en mi estado actual, tan… «rígido». No me costó mucho poder ubicarme, siendo que había sembrado el suelo de porquería para no perderme, así que supongo que tardamos en llegar a la salida porque iba andando bastante lento, intentando retrasar el espectáculo y especulando con no darlo, de ser posible.
El sol me dejó prácticamente ciego luego de haberme acostumbrado a la oscuridad, y Violetta también se cubrió los ojos con la mano, a modo de visera. El aire que circulaba entre nosotros, sumado al hecho de que me estaba imponiendo a mí mismo no pensar detalladamente en lo que estábamos haciendo antes de ser cruelmente interrumpidos, ayudó a que me fuera serenando poco a poco. Me fui situando en el Mundo otra vez, los latidos furiosos de mi corazón se volvieron algo menos fuertes, mi respiración empezó a normalizarse y el dolor en mi entrepierna a descender un poco, conforme transcurrían los minutos.
—Bueno, esto… —La suave voz de Violetta fue la responsable de romper el silencio, y noté que se soltaba de mi espalda—. Creo que… es mejor que me vaya a casa.
Me giré para verla, y me encontré con que estaba mirando obstinadamente el suelo y tenía las mejillas encendidas como brasas.
Mal asunto.
— ¿Quieres que te acompañe? —consulté, rogando porque no fuera lo que imaginaba.
Ella negó con la cabeza y yo ahogué un quejido.
—No, no te preocupes…
Quería golpearme a mí mismo, una vez más, y deseé que el espejo se me hubiera roto encima. Violetta estaba tan cohibida y asustada como una liebre frente a un lince muerto de hambre, y ni siquiera se atrevía a mirarme a la cara… Porque, sí, había conseguido que respondiera a mis caricias con tanto ardor como cualquiera, pero, ahora que podía pensar y yo no estaba torturándola, tenía que sentirse aterrada.
Lo único que había logrado con mi atrevimiento era echarla para atrás, porque continuaba, tal y como creí en un principio, sin estar preparada para algo como lo que había intentado hacer con ella.
Joder. Era una niña… ¿cuándo iba a enterarme de eso?
—C-como quieras.
Asintió con la cabeza a modo de respuesta, y únicamente la seguí hasta la entrada al parque, en donde volví a levantar un poco las cintas que trababan la puerta para ayudarla a salir. Su sonrojo y su timidez no habían descendido un ápice, además de que parecía bastante contrariada.
—M-me divertí mucho —dijo, casi en un susurro y muy probablemente por pura cortesía—. Nos vemos mañana en el instituto.
—Sí —consentí yo, diciéndome que quizá mañana me mandaría a freír espárragos al Polo Norte por haberme pasado de listo con ella—. Nos vemos mañana…
Como era de esperarse, no se despidió de mí con un beso en los labios, ni largo ni corto, porque ni siquiera se me acercó. Al contrario, prácticamente salió corriendo, y tuve que contentarme con que me saludara con la mano cuando ya estaba varios metros alejada de mí, trotando calle abajo. respondí el gesto, y después dejé caer ambos brazos a cada lado de mi cuerpo, que todavía temblaba un poco al recordar su respiración en mi oído y el tacto de su piel.
Algo me decía que tenía un noventa por ciento de posibilidades de que aquello jamás volviera a repetirse y de que Violetta se alejara de mí definitivamente… y un ciento veinte o ciento treinta por ciento de que una tal Mercedes Castillo me persiguiera hasta castrarme, o exhibiera mi cabeza guillotinada como trofeo.
Mierda… ¿qué había hecho?




Maldito espejo!!!!

Jany

Acto De Iniciación - Capitulo 14

CAPITULO 14

"Amistad y Tentacion I"




(Leon)
Estábamos en casa de Broadway, esperando a que Marco volviera del videoclub. Esa tarde llovía, así que nos aburríamos lo suficiente como para haber decidido alquilar alguna película para pasar el tiempo… porque eso de jugar al Monopoly estaba resultando ya bastante pesado, siendo que llevábamos dos horas y media con la misma partida y aún no había sido eliminado nadie —Marco había querido ser sólo el Banco—. Yo tenía en posesión las tierras más caras, y estaba fundiendo a los demás con tanto impuesto, pero ellos se empeñaban en hipotecar hasta que ya no pudieran hacer nada.
—Vendo las cuatro estaciones de ferrocarriles al Banco —sentenció Andrés, enseñando a Maxi, quien hacía ahora de banquero, cuatro papeletas plastificadas con el dibujo de un tren de distinto color en cada una.
Maxi asintió y comenzó a buscar la suma exacta entre el fajo de billetes que tenía en mano, y del cual no le pertenecía ni uno solo, mientras yo me cruzaba de brazos y recostaba la espalda contra el sofá. Nos habíamos sentado en el suelo, haciendo una pequeña ronda.
—Supongo que todavía puedes aguantar un poco más, hasta que caigas en mi avenida —se burló Broadway, con los ojos chispeando—. A, eres todo un desastre en las finanzas… ¿que las clases de economía no te sirven para nada?
Andrés lanzó un suspiro.
—Este juego es pura suerte —se quejó—. No es mi culpa estar en quiebra por no haber caído antes que vosotros en las propiedades más convenientes, y sí en la casilla de «vaya a la cárcel» cuatro veces seguidas.
—Oh, qué mal perdedor eres.
— ¡Cállate, Maxi!
Cuando Maxi se rió, A le lanzó la lata de cerveza —abierta— por la cabeza, manchando todo el suelo del líquido dorado y espumoso. Yo bostecé mientras ellos se reían como tontos.
—Idiota —protestó Broadway—, tienes suerte de que mi madre no venga hasta tarde, o me mataría si ve lo que hiciste.
Casi me muero del susto cuando oí unas llaves girando en la puerta, pero mantuve la calma y no me puse de pie para salir corriendo al notar que los demás no lo hacían. No fue hasta algunos segundos después que recordé que Marco había salido, y que tenía que ser él.
—Hola, drugos —saludó alegremente—. Ya conseguí la película, así que guarden toda esa mierda, que vamos a hacer algo mucho más interesante.
Rápidos como un rayo, y antes de que yo pudiera quejarme porque no me hubieran dejado ganar la partida definitivamente, plegaron el tablero y lo metieron, junto con los billetes de colores, la hoja del reglamento y las fichas, dentro de la caja. Luego de eso, hicieron la caja a un lado de una patada, y se pusieron de pie para acercarse a Marco y ver lo que había traído.
Las risitas y miradas cómplices no se hicieron esperar, logrando que yo los mirara con bastante desconcierto, incorporándome también, movido por la curiosidad. No podía ver el título de la película que mi amigo sostenía, ni tampoco la portada, así que tuve que asomarme entre los demás…
Me puse rojo como un tomate al toparme con el título.
¿Bajo el abeto te la meto?… Ay, ay, ay…
—Buena idea —aprobó Maxi, asintiendo repetidamente con la cabeza—. La verdad es que no se me había ocurrido, pero ya que no hay nadie más en casa y el televisor de Broadway tiene un equipo de sonido y una calidad de imagen excelentes…
—Será casi como vivirlo en carne propia —confirmó Broadway—. Os lo digo por experiencia.
Todos se apartaron del camino de Marco en cuanto éste hizo amague de querer poner en marcha el reproductor de DVD's en ese mismo momento, probablemente sin ganas de esperar más. Y, mientras tanto, yo sólo sentía que el rostro me ardía y tenía ganas de desaparecer… Aunque lo que hice fue hundirme en el sofá tanto como pude.
¿Por qué teníamos que ver una película porno justo cuando yo estaba tan… susceptible?
La «calidez de pensamientos» me duraba desde el día en el templo, e incluso desde el día del festival y el episodio en el baño, lamentablemente, pero conseguía soportarla un poco… siempre y cuando no recibiera demasiados estímulos. Como un beso de Violetta, por ejemplo, o, en su defecto, algún filme de género X. Era imposible que mi salud mental se mantuviera estable si empezaba a llegar sangre a temperaturas tan altas a mi cerebro, como en esos momentos. Además de que mi cuerpo me pasaba factura, claro, porque al muy desgraciado no le gustaba quedarse con las ganas… justo lo que yo le estaba obligando a hacer.
Porque, obviamente, las cosas se habían detenido el sábado cuando los fuegos artificiales en el cielo desviaran la atención de Violetta, y, por si no fuera poco, luego hubieran llegado su hermana y Heredia de quién sabe dónde, y a punto estuviera la primera de matarme si no le quitaba las manos de encima a su «Bichito», como descubrí que la llamaba.
La tipa había imposibilitado cualquier tipo de acercamiento entre ella y yo durante el resto de la noche, siendo que se dedicó a seguirnos por todas partes en cuanto Violetta se puso a pelear con ella y le soltó que yo era su novio…
Lo cual casi me provoca la muerte, de no ser porque el tal Tomas sabía sostener a su novia —o lo que fuera— y alejar sus puños de mí.
El caso es que no volvió a pasar nada en toda la noche, y es el día de hoy que no sé si es algo que agradezco, en cierta forma, si contribuyó a que yo pudiera tranquilizarme luego de aquel beso en el puente, que me había dejado bastante… alterado, por decirlo de alguna manera. Aunque, claro, como habíamos podido pasar tan poco tiempo sin interrupciones, a ella se le había ocurrido tener una cita pronto… específicamente mañana, para poder seguir con eso de adaptarnos al cambio, y tal…
¡Lo cual era una gran mierda, porque, de seguir así, tendría que asistir con una bolsa de hielo dentro de los pantalones!
Con horror, noté que alguien había apagado las luces del salón —en donde estábamos— y que mis amigos estaban muy cómodos, desparramados en el sofá y con la vista fija en la gran pantalla, en donde comenzaban a proyectarse imágenes.
—No, Leon, será mejor que mires —me dijo Marco, casi riendo, al ver que yo clavaba los ojos en la ventana—. Así quizá aprendas algo, para cuando tengas que ponerlo en práctica con Violetta, ya sabes.
Aquel comentario hizo que cerrara los ojos con fuerza y empezara a respirar agitadamente, mientras todo en mí parecía cobrar vida de forma patética. Yo no necesitaba ver esta película en particular para saber de qué iban las cosas, y probablemente ese hecho no ayudaba demasiado…
¡No quieres que ella te haga lo mismo que hacen esas tipas!, me grité, mentalmente. ¡No lo necesitas, no te estás muriendo de ganas, no, no, no! Y mientras no mires y te repitas hasta la saciedad que están dando un documental sobre orcas comiendo pingüinos en algún sitio que no te importa, todo irá bien…
Y así fue, hasta que empezaron los ruiditos… Porque, si hay algo que era terriblemente malo para mí, en este caso, era el hecho de que las películas porno no son silenciosas.
—Ahhh —se maravilló Andrés—, lo que daría yo por tocar un par de pechos como ésos.
— ¿Sólo tocarlos? —Ahora era Broadway quien hablaba. Joder, si casi podía ver la baba escurriendo de su boca con cada palabra. Y casi también imaginar en dónde andarían sus manos—. Mejor sería que te hiciera eso con ellas ¿no?
¡Dios, haz que se callen!
—Ohhh, sí, nenaaa…
Me tapé los oídos.
No pienses en Violetta, no pienses en Violetta, no pienses en Violetta.
Por supuesto, ya estaba pensando en Violetta.
El calor era insoportable… Malditos fueran todos. ¿Por qué me estaban haciendo pasar por esto?
Noté que alguien había subido el volumen de la tele a tal grado que me era imposible no escuchar los diálogos —tan trabajados, por cierto…—, los gemidos y los gritos de quienes fueran los implicados en aquella orgía, por mucho que estuviera presionándome los oídos con fuerza.
— ¡Leon, que te pierdes la mejor parte!
Ante el grito de Marco, supe que no iba a poder aguantar más de esa tortura intencionada, de modo que me levanté del sofá en un salto y corrí al baño. Cerré con llave y apoyé la espalda contra la puerta, oyendo las risas en el salón…
— ¡Oye, Leon! —dijo alguien, que yo supuse era Maxi. Su voz me llegaba lejana y poco clara, debido al tamborileo de la sangre en mi cabeza—. ¡Es el momento justo para que te cerciores de cuánto te mide!
—¡¡¡Cállateeeeeeeee!!! —le grité.
Ni siquiera tenía ganas de pensar en si el tamaño de la cosa que más me estaba torturando últimamente era el adecuado para lo que se me venía a la cabeza y me hacía querer tirarme por una ventana, al quedar cualquier esperanza aplacada, de momento, por la ingenuidad de la sacrosanta chica de la que estaba enamorado y a la que me había prometido esperar…
Mierda. Tenía tanta rabia encima que podría haber matado al primero que se cruzara en mi camino y no se llamara Violetta… porque, probablemente, a ella le haría otro tipo de cosas si me la encontrara ahora.
Y tendría que darme la enésima ducha de agua helada de la semana en ese mismo momento, si no quería volverme loco.

(Violetta)
La casa de Francesca parecía una mansión, y es que, pese a que la familia de mi madre fuera muy adinerada, y mi padre fuera un exitoso ingeniero retirado y dedicado a dar clases, todo el contacto con el resto de parientes, así como la herencia del abuelo, se habían perdido en el momento en que mama murió, y años después; Angie decidiera casarse con papá, porque nunca lo habían aceptado como un pretendiente que cumpliera con sus condiciones para casarse con la hija menor de los Carrará, además de que haya sido el esposo de la hermana mayor de Angie, mi madre y madre de Mechi, Maria Saramego. La única persona que se había mantenido al lado de mi padre y Angie sin importar nada había sido tia Vittoria, la madre de Francesca. Así pues, habíamos pasado de tener dinero en exceso a una vida normal, y nuestra casa era bastante normal… ¡nada comparable al palacio de los Belletti!
En cuanto el portal se abrió ante mí, me di tanta prisa como pude, deseosa de llegar a la puerta principal. El hermoso y amplísimo jardín estaba plagado de flores, arbustos, fuentes y montones de artículos decorativos. Una de las chicas del servicio me recibió una vez llegada a mi destino, amable como siempre, y me informó que Francesca estaba en su habitación, esperándome, de modo que me condujo hacia allí —pese a que yo conociera el camino—, y anunció mi llegada a mi prima.
— ¿Violetta? —se sorprendió. Estaba sentada en el silloncito individual que había junto a la ventana, leyendo un libro de esos tan gordos que le gustaban a ella, normalmente sobre gente con traumas y demás. Se puso de pie, aún con el ejemplar de biblioteca en mano, y avanzó algunos pasos hacia mí, aunque se quedó en medio de la habitación—. No sabía que fueras a venir hoy…
Ciertamente, no le había avisado nada. El venir a visitarla era una decisión que había tomado durante el festival en el templo Japonés, luego de toparme con ella después de varias horas, casi cuando me iba, y notar su expresión demacrada antes de que pudiera escabullirse a su casa… sin ninguna compañía. Me había parecido tan extraño, sospechoso y preocupante que no resistí la tentación de pedirle alguna explicación de una vez por todas.
— ¿Tienes tiempo para hablar o estás muy ocupada? —le pregunté inmediatamente.
Los ojos verdes de mi prima seguían más abiertos de lo normal, pero también noté que estaban opacos y tristes… justo el motivo por el cual necesitaba que aclarásemos un par de cosas. Asintió con un movimiento de cabeza antes de dejar el libro a un lado y sentarse en el borde de la amplia cama, para luego indicarme que hiciera lo mismo con un ademán.
—Por supuesto que tengo tiempo para hablar contigo —aseguró, extrañada. En cuanto me hube sentado, la mucama cerró la puerta de la habitación para dejarnos tranquilas, y yo suspiré—. ¿Estás bien, Violetta?
A mí me enfadó un poco su pregunta, siendo que no podía entender cómo quería preocuparse por mí cuando se la notaba tan mal.
—A mí no me pasa nada —dije con suavidad, aunque frunciendo un poco el ceño—, y creo que soy yo quien debería preguntarte eso… ¿Hay algo que no me hayas contado, Francesca?
Ella pareció nerviosa y sorprendida, probablemente sintiéndose descubierta. Bajó la mirada hacia su regazo, en donde descansaban sus manos, unidas, y murmuró:
— ¿C-como qué…?
—Dímelo tú ¿no? —Notando que había sonado demasiado brusca, me mordí nerviosamente la boca antes de tomar las manos de mi amiga, logrando que me mirara. No quería pelear con ella—. Escucha, Francesca… yo… a mí me gustaría que me contaras lo que te está pasando —balbuceé—. No sé si pueda hacer mucho, pero somos amigas desde siempre, y quiero ayudarte. A-además, nunca antes habíamos tenido secretos, y ahora, en cambio…
Mi prima suspiró con un deje de culpabilidad en su rostro demasiado obvio, incluso para mí.
—No es que no confíe en ti, Violetta —dijo—. Es que me avergüenzo de lo que hice, y no quería implicarte en esto… ¡Me siento horrible!
Sorprendida, tuve que obligarme a dejar de mirarla como idiota cuando oí eso. No podía entender cómo Francesca era capaz de sentir vergüenza por algo que había hecho, cuando siempre se mostraba tan segura, y a mí me parecía tan perfecta e incapaz de cometer errores. La idea de que hubiera metido la pata en algo me parecía demasiado lejana, demasiado surrealista, y casi no me cabía en la cabeza.
— ¿Qué fue… lo que hiciste?
Ella cerró los ojos en un gesto completamente lastimero antes de susurrar:
—Aceptar salir con Marco Ponce.
Me quedé completamente petrificada al oír esa respuesta, y fijé mis ojos en los pozos de amargura de mi mejor amiga. No podía creer que ellos dos ya fueran novios, y que yo ni me hubiera enterado.
— ¿Tú ya estabas saliendo con él? —inquirí, asombrada.
—Sí.
— ¿Desde… desde hace cuánto?
Ella retorció nerviosamente sus dedos apresados en mis manos.
—Empezamos a salir juntos hace varias semanas —confesó, a lo que yo abrí los ojos todavía más que antes—. Supuestamente, Vargas era el único que lo sabía, porque nos vio en los pasillos, besándonos…
Pero ¿qué dem…?
— ¡¿Leon lo sabía?! —me sulfuré.
—Sí… ¡pero no la tomes con él! —advirtió, al ver que yo estaba a punto de enfadarme con mi novio por no haberme comentado absolutamente nada sobre un tema tan importante. Me sentía como la tonta del pueblo—. Marco y yo le pedimos que nos guardara el secreto, y yo le pedí especialmente que no te lo dijera a ti, Violetta. No es su culpa.
Anonadada y muy molesta, solté sus manos para dejar caer las mías a cada lado de mi cuerpo.
No podía entender por qué Francesca había podido hacer algo así, y por qué me había ocultado algo como eso específicamente, distinguiéndome entre todo un montón de gente a la que, quizá, también le gustaría saber qué pasaba. ¿Que no era yo su mejor amiga? ¿Por qué, si nos conocíamos desde hacía tanto tiempo, ella había decidido erguir un muro entre nosotras? ¿Por qué, si yo le había contado todo lo que me pasaba, ella no hacía lo mismo? ¿Ya no confiaba en mí, o ya no le interesaba mi amistad?
—Lo… lo siento, Violetta…
— ¿Por qué? —musité—. ¿Por qué no me dijiste nada? —Los ojos se me empañaron de frustración, rabia y tristeza—. ¡Yo sabía que Marco te gustaba mucho, aunque tú lo negaras siempre! Se te notaba cada vez que lo veías, y no era algo que pudieras ocultarme… ¿Por qué no me dijiste que eras su novia, Francesca? Creí que tendría que echarte una mano para que te animaras a declararte algún día —solté amargamente—, y que invitarlo con nosotros al templo Japones había sido una casualidad y una gran oportunidad para que le dijeras lo que sentías… ¡pero veo que ya lo habías hecho hacía tiempo!
Mi amiga bajó la cabeza, dejándola en un ángulo lo suficientemente agudo como para que me impidiera la vista de su rostro. El pelo oscuro le caía en preciosas ondas brillantes sobre los hombros, acentuando la palidez de su piel, la languidez y la desolación.
—Nunca me sentí orgullosa de que Marco me gustara —murmuró débilmente—, y es por eso por lo que nunca quise aceptarlo… aunque él ya me había propuesto lo mismo más de una vez. Llevo años enamorada de él, pero… sólo caí luego de mucha insistencia. ¡Y fue lo peor que pude haber hecho, Violetta! —Cuando volvió a hablar, su voz tenía huellas de llanto acumulado en muchos días—. Marco no se toma nada en serio, y no soy más para él que un juguete bonito y una muñeca en su cama. Ni siquiera pudo estar únicamente conmigo… Corté con él la noche en el templo. De eso era de lo que te dije que iba a hablarle ¿sabes? No soporté que siguiera usándome por más tiempo, ni que estuviera con otras chicas.
Olvidando mi enfado con Francesca —sólo con ella—, pasé a sentir auténtica pena por mi amiga, al verla así. Se la notaba destrozada, y no me extrañaba que lo estuviera. Al fin y al cabo, Marco había jugado con ella, tal y como había hecho con tantas y tantas otras…
Tenía que ser Marco quien le había dado aquella prenda que guardaba en su cajón, y tenía que ser Marco el chico con quien mi amiga había perdido la virginidad, estaba segura. Su expresión, cargada de remordimientos, lo decía todo. Y, probablemente, la única que podía saber cuánto significaba para ella entregarse de esa forma, era yo.
¿Cómo podía haberle hecho eso? ¿Ser tan cruel?
Yo había pensado que él la quería de verdad; había mantenido esa esperanza en mi interior cada vez que veía la forma en que la miraba… pero me había engañado. A mí, y, lo que era peor, a ella.
Sabía que, si tuviera delante a ese desgraciado en ese momento, lo ahorcaría sin pensármelo dos veces.
—Francesca, no llores —le pedí, acercando mi mano a su rostro y acariciándole el pelo negro y sedoso—. No vale la pena que llores por él… No lo merece.
Ella volvió a alzar el rostro, y descubrí, con gran pesar y un nudo tremendo en la garganta, que tenía los ojos verdes bañados en lágrimas. Se mordía la boca para evitar soltar algún sollozo, probablemente, y me miraba con una angustia inconmensurable.
—Claro que lo merece —retrucó, furiosa—. Consiguió lo que quería, y yo fui lo suficientemente tonta como para dárselo. —Hizo una pausa, respiró profundamente y añadió—: Fui lo suficientemente estúpida como para seguirle la corriente, por mucho que supiera que iba a salir lastimada, al final. Me avergonzaba haber cedido y aceptado ser su novia, Violetta, y por eso nunca le dije nada a nadie, y especialmente a ti. No quería que tú también pensaras que era imbécil y patética.
Aquella respuesta me dejó sin aire en los pulmones por varios segundos, y me resultó de lo más increíble el hecho de que Francesca no me hubiera contado lo que le pasaba por miedo a que yo pensara algo así de ella, cuando era lo más cercano a un ídolo para mí. Es decir, Francesca era el tipo de chica madura, encantadora, dulce e inteligente que yo admiraba y a la que siempre me hubiera gustado parecerme… ¡y ella se sentía avergonzada de sí misma, además de creer que yo pudiera tacharla de cualquier cosa horrible… que no era!
—Tú no eres imbécil ni patética —le aseguré lentamente, aún sorprendida—. Eres únicamente una chica enamorada.
…Que no tiene a ningún Leon para consolarla, añadió mi conciencia, especialmente mordaz y con toda intención de enfadarme. Aquel comentario mental consiguió hacerme sentir bastante mal, considerando que era cierto, pero mi amiga pareció estar conforme con mi respuesta, porque, después de quedarse quieta y sorprendida unos segundos, se enjugó las lágrimas, sonrió levemente y se abrazó a mí.
—Eres la mejor, Violetta —murmuró, con el rostro oculto en el hueco de mi cuello—. Siento no haberte dicho nada, pero te prometo que no volverá a pasar.

Algo más tranquila, sonreí yo también y le devolví el abrazo, enterrando la nariz en su pelo y sintiendo el olor a jazmines que éste desprendía. No me sentía la mejor, pero sí me alegraba por el hecho de haber podido calmar un poco sus ánimos, o por lo menos hacer que las cosas entre nosotras volvieran a ser como siempre.
Nos quedamos así varios minutos, como esperando a que todo volviera a su lugar correspondiente y que el mundo girara en perfecto orden, con las cosas como tenían que ser y nosotras con la misma confianza acostumbrada.
—Nunca voy a sentirme decepcionada de ti —le aseguré, cerrando los ojos, después de largo rato acariciando su espalda—. Siempre te he considerado un ejemplo a seguir, y seguirás siéndolo. Me encantaría poder tener tu madurez y tu tranquilidad, tu inteligencia y tu don de gentes, tu capacidad de entender prácticamente todo a la primera, de leer los gestos más que las palabras, y parecer más una mujer que una… niña torpe. ¡No se te ocurra volver a pensar que yo te consideraría algo malo, Francesca!
Ella se rió suavemente.
—Me tienes en un pedestal, y la verdad es que no me parece para tanto.
—Sólo te digo la verdad.
—Pues entonces sólo ves la mitad de la verdad —insistió—. Yo también te admiro mucho a ti, Violetta. No tienes por qué desear parecerte a mí, ni a nadie.
— ¿Eh?
Se separó de mí otra vez, y la vi sonreír dulcemente cuando me miró. Todavía tenía los ojos enrojecidos, pero ya no estaba tan triste como antes… lo cual me alegraba muchísimo.
—Eres una chica alegre y demasiado mona para ser real —explicó, ganándose una mirada extraña de mi parte—. Tienes un carácter tan dulce que haces que todo el mundo te adore, y eres incapaz de hacerle daño a nadie. Traes a todos como locos detrás de ti, en cuanto te conocen… y estás madurando mucho, aunque no lo creas.
— ¿Yo? —me sorprendí—. ¿Yo, madurando?
—Claro que sí, tontita —volvió a reír—. Tú no lo notas, pero los demás sí. No me imagino a la Violetta de un año atrás dándome la respuesta que tú me diste, sobre lo de Marco, ni enfrentándose con tanta firmeza a lo ocurrido con Tomas y tu hermana, por ejemplo. No sólo fuiste y hablaste con ellos, sino que los perdonaste y estás intentando olvidar porque no quieres interferir en su relación. Eso fue muy valiente y muy maduro de tu parte.
Negué con la cabeza.
—Pero pude hacer eso porque Leon me…
—No seas boba —interrumpió Francesca—. Leon pudo haberte ayudado, pero eres tú quien decide y quien está dando todo de sí para aprender a olvidar y seguir creciendo luego de una experiencia no demasiado agradable. Además de que… ya no eres tan tímida —amplificó—. Me he dado cuenta de que también estás cambiando con respecto a eso, porque ya no te sonrojas tanto como antes, y también tratas los temas más bochornosos con más tranquilidad de la habitual… ¡y estás prácticamente todo el tiempo intentando comerte a tu novio con esos besos que le das!
Por un momento, creí que Francesca tenía razón en cuanto a lo de que me sonrojaba menos a menudo, pero aquella certeza se fue al garete en cuanto dijo eso, porque mi rostro adquirió, probablemente y a juzgar por el calor que sentía en las mejillas, la tonalidad de un pimiento rojo.
— ¿Tú cómo sabes eso? —quise saber, completamente abochornada.
La risa de mi amiga me decía que ya había recuperado su humor habitual.
—No olvides que os vi el otro día, cuando os tocaba el servicio juntos… Leon intentaba escaparse de ti, pero tú no lo dejabas. ¿No sería que lo estabas dejando ya sin aire en los pulmones al pobrecillo?
—No —retruqué—, es que siempre hace lo mismo, Francesca.
Para entonces, mi amiga ya se había vuelto a sentar de la misma forma que antes, sin estar apoyada en mí, mirándome con atención. Ambas entendimos que ahora llegaba el turno de Violetta Castillo para confesar cosas, de modo que yo me resigné y ella se alegró.
— ¿Cómo es eso?
Suspiré, sintiendo vergüenza todavía, pero notando que ésta iba descendiendo poco a poco al pensar en uno de los temas que me preocupaban o me desconcertaban bastante últimamente.
—Leon me esquiva mucho con eso, en realidad —expliqué—. No quiere volver a besarme como hizo el día en que empezamos a salir, por mucho que yo lo intente. Sólo conseguí que diera el brazo a torcer en una ocasión, desde entonces, y porque estaba distraído pensando en vaya uno a saber qué cosa. Fue en el festival del templo, y tampoco duró mucho, porque el espectáculo de fuegos artificiales empezó justo entonces… —Negué con la cabeza, sintiéndome bastante derrotada—. ¡A mí me gustó mucho que me besara de esa forma, pero, por algún motivo, él no quiere repetirlo!
Francesca sonrió, pero no evitó preguntar, algo confundida:
— ¿De qué forma dices?
—Bueno, pues… —Intenté buscar alguna palabra dentro de mi mente que sirviera para describir aquellos besos, pero no encontré ninguna. No había nada que reuniera todas las sensaciones que me inundaban el cuerpo en el momento en que sus labios empezaban a jugar con los míos de esa manera tan… íntima. Tan extrañamente deliciosa… Miré a mi amiga con algo de dudas.
— Pero, hablando en serio, lo que demuestra eso es que le tienes unas ganas tremendas al niño ése… Y déjame decirte —dibujó una sonrisita astuta— que no me extraña nada.
¿Unas ganas tremendas…?
Fruncí levemente el ceño al pensar en ello por primera vez. ¿Era eso lo que sentía por Leon ¿Por eso tenía tantas ganas de que me besara de aquella forma de nuevo, y que siguiera hasta que… bueno, hasta que llegáramos a algún punto más interesante, saciara mi curiosidad y mis ganas de sentirlo encima de mí, muy, muy cerca y tan adentro como fuera posible?
Probablemente era cierto… y la verdad es que no me dejaba demasiado contenta que se diga.
Es decir ¿cuánto podría yo aprovecharme de Leon ¿Quizá hasta que él se aburriera de mi oportunismo, de lo mucho que quería que él cuidara de mí y estuviera las veinticuatro horas conmigo, de llevármelo a la cama o a algún sitio de esos a los que van las parejas cuando «se tienen ganas»?
Yo no podía ser tan desconsiderada con alguien que había hecho tanto por mí, y que me quería. No, hasta que yo lo quisiera a él de la misma forma…
Me quedé pensando en eso.
Porque yo no lo quería de la misma forma todavía ¿no?
Es más ¿llegaría a quererlo así alguna vez…?
¡Esperaba que sí, porque me moría por llevármelo a un rincón y hacerle el montón de cosas que…!
—De todas formas —interrumpió Francesca mis poco inocentes pensamientos—, ten cuidado a la hora de elegir la persona a la que tienes pensado entregarte, Violetta —advirtió seriamente, con un suspiro de por medio—. Puedes cometer un grave error, y te lo digo por experiencia. ¡En el momento en que se «entusiasman», no hay quien los detenga! Fíjate bien lo que haces antes de acercarte a uno con claros signos de «entusiasmo», porque puedes salir muy mal librada…
— ¿«Entusiasmo»? —repetí, sin entender.
—Claro. A los chicos se les nota más que a las chicas cuando están excitados, ya sabes…
Tú sabes…
¿Yo sabía?
—Ah…
Francesca me miró en silencio por unos segundos… y luego suspiró con resignación.
—Violetta, por Dios, recién me estabas diciendo que le tenías ganas a Leon y ahora estás igual que a los cinco años —farfulló. Para mí total confusión, me enseñó un puño cerrado y, lentamente, fue separando su dedo índice del resto, hasta que éste apuntó hacia el techo, completamente erguido. Miró su dedo, y luego a mí de forma muy significativa—. ¿Necesitas que te haga el ejemplo con manzanas y peras para entender de lo que hablo, o con esto te basta?
Me tomó alrededor de tres segundos, pero me puse roja como un tomate cuando capté el símil del alzamiento del dedo…
—No —murmuré—, no hace falta.
La oí estallar en tintineantes carcajadas antes de abrazarme y espachurrarme con fuerza entre sus brazos.

(Leon)
Luego del incidente en la casa de Broadway, las horas pasaron bastante lentas y resultando exasperantes y casi dolorosas, hasta la tarde siguiente, cuando me tocaba martirizarme un poco más.
Violetta paseaba conmigo, bien sujeta de mi brazo, mientras nos movíamos por el centro de Buenos Aires. Eran ya las seis de la tarde y hacía buen tiempo, pese a que algunas nubes no presagiaran nada bueno, las calles y los puestos estaban bastante atestados, así que nos dirigíamos directos al llamado Parque del Residencial, esperando que, al menos en la zona más alejada de los juegos, se acumulara menos gente. No estábamos yendo por el camino más común, de todas formas, porque ella había dicho que le apetecía pasear y no hacer el recorrido diario y más corto desde su casa, más o menos, así que algunas cosas le parecían novedades de vez en cuando.
—Me costó muchísimo convencer a Mechi de que me dejara venir —comentó, suspirando—. Después de lo del sábado, anda más que paranoica… ¡A punto estuvo de perseguirme hasta aquí para vigilarnos!
Fruncí el ceño.
—Tengo la impresión de que tu hermana es paranoica, independientemente de lo que haya pasado en cualquier fecha de su vida —gruñí—. No te ofendas, pero no la aguanto.
Violetta se rió.
—No me extraña que te caiga mal, si te trata así.
Casualmente, nos topamos con un quiosco repleto de golosinas, y yo me asomé un poco para ver qué de interesante podía encontrarse ahí. Pude ver, tras el aburrido señor que atendía su puesto —o, más bien, leía el periódico—, las hileras de bolsas metalizadas, botellas de plástico y demás mercancías habituales.
— ¿Quieres algo? —le pregunté a Violetta—. Invito yo.
Ella hizo pucheros.
—Siempre eres tú quien me invita, y no es justo.
Me encogí de hombros, rebuscando en el bolsillo de mi pantalón hasta encontrar el billete arrugado bajo las monedas… Aunque me sonrojé furiosamente al notar que también tenía allí guardado el «regalito» que Marco me había traído ayer por la tarde, de paso que había ido a alquilar su «película educativa». Ni siquiera sabía muy bien qué impulso masoquista me había hecho traerlo.
Rezando en silencio porque Violetta no notara la caja de condones a través de la tela, insistí:
—Me gusta invitarte. ¿Qué quieres?
La oí suspirar.
—Un helado, quizá… Leon ¿qué te pasa? Estás rojísimo.
Sonreí nerviosamente. ¿Por qué mierda no se le ocurría pedir directamente un Chupa-chups?
— ¿Qué tal una bolsa de papas fritas? —sugerí. Aunque no era del todo una sugerencia, claro.
—Pero prefiero un helado…
—Y yo te digo que las papas fritas están mucho mejores. Además, puedes… enfermarte de la garganta, porque todavía no hace tanto calor.
—Pero ¿para qué me pides que elija, si no me dejas elegir? —protestó, y yo pensé que tenía toda la razón del mundo… Pero, nah, no estaba como para verla comer un helado delante mío.
—Porque creí que eras una chica menos inconsciente del peligro, Violetta. —Llamé la atención del hombre lector tan pronto como pude, intentando evitar por todos los medios que ella consiguiera convencerme de comprarle lo que quería—. Una de papas fritas, por favor… y un botellín de agua.
— ¿Fría o del tiempo?
Aquella pregunta sobraba.
—La más helada que tenga.
El tipo me miró de forma extraña cuando le dije eso con tono medio desesperado, pero la verdad es que me importó un comino que creyera que estaba loco. Seguro que él no tendría ese problema, me dije.
Desgraciado.
Casi me gustaría estar en su lugar. Es decir, él no tendría que pasarse alrededor de cuatro horas diarias de ducha en ducha, como si fuera un obseso por la higiene personal y el agua fría, particularmente.
Cuando me giré a Violetta para darle su pedido —su pedido, que no había elegido ella—, me miró con una ceja arqueada y cierto enfado. No lo aceptó.
—Y a ti ¿no puede que te enferme beber el agua tan fría, Leon? Ya sabes, con estos cambios de clima… —En otro momento, me habría reído. Pero no estaba de humor, así que me giré en vez de contestarle nada, y Violetta refunfuñó algunas cosas antes de seguirme y volver a agarrarse de mi brazo—. Estás muy raro, y con un humor pésimo —acusó— ¿te pasa algo?
Je, je, je…
—No —mentí—. ¿Por qué tendría que pasarme algo?
Dibujé la sonrisa más creíble que pude, pero ella no pareció creerse nada, a juzgar por la cara de sospecha que me puso.
—Bueno… Da igual.
Suspiré, sintiéndome un idiota. La estaba tomando con ella, que no había hecho nada malo, cuando el sobrehormonado era yo.
—No estoy enfadado contigo, Violetta, así que no te alarmes.
—Pero hay algo que te preocupa —insistió.
—Mmm… sí, bueno, algo así. —Apenas vi que abría la boca, añadí—: No preguntes, por favor.
—Pero… —Detuvo sus pasos, y yo me vi obligado a hacer lo mismo, siendo que no me había soltado—. Me dirías qué es si fuera realmente grave o importante ¿verdad que sí?
Respiré profundamente antes de animarme a encararla, porque sabía que iba a ser difícil. Sus ojos cafés me estudiaban con sincera preocupación mientras las finas cejas castañas dibujaban curvas que apuntaban hacia arriba, en señal de congoja. No me extrañaba que le pareciera rara mi actitud, cuando solía portarme bastante bien con ella y hacerle caso prácticamente en todo, pero no me convenía explicarle el porqué de mi humor tan sensible.
—No te ocultaría algo verdaderamente importante —le aseguré, colocando una mano en su mentón y alzando un poco su rostro hacia mí. Y estaba bastante seguro de mis palabras, hasta que recordé el asunto del acto de iniciación y que no le había hablado sobre eso, siendo algo que posiblemente pudiera considerarse como importante… y que no estaba dispuesto a decirle, de modo que aclaré—: Pero tampoco pienses que voy a agobiarte con cosas que no tiene sentido que sepas.
Asintió con la cabeza, aunque no parecía demasiado convencida, ni de acuerdo conmigo.
—Entonces ¿no es importante lo de ahora?
—Más bien, es de esas cosas que no conviene que sepas —corregí.
—No soy una niña, Leon… ¿Crees que voy a asustarme o qué? ¿Cuánto de raro puede tener lo que te pasa?
En realidad, nada raro, considerando muchos pequeños detalles que me habían arrastrado hasta mi situación actual. Sin embargo, no estaba de acuerdo en cuanto al primer punto, salvo que, claro, ella ni siquiera lo notaba.
Intentando mejorar mi estado de ánimo, me incliné y le di un beso en la frente, notando que fruncía el entrecejo cuando yo no me moví.
—Sí eres una niña, Violetta.
Alzó un poco la cabeza, haciendo que mis labios se despegaran de la piel suave, y me enfrentó con la mirada. Aguanté la risa ante la batallita que me planteaba. Se veía demasiado adorable y chistosa pretendiendo estar muy enfadada conmigo.
—No lo soy. Francesca me dijo ayer que estoy madurando mucho, fíjate.
—Y eso no implica que dejes de ser una niña —le discutí, sonriendo ampliamente y disfrutando de su gesto enfurruñado—. Los niños, de los siete a los nueve años, también maduran ¿o no?
— ¡Ah, a veces eres un…! —Indignada, se cruzó de brazos y me ofreció el perfil derecho de su rostro. Aunque su gesto se tornó inmediatamente a uno relajado y casi de sorpresa—. Vaya —murmuró, aparentemente dándose cuenta de algo—. Clausuraron el parque de diversiones…
Parpadeo de por medio, seguí su mirada y me encontré con que estábamos justo frente a las puertas del que había sido el parque de diversiones de Buenos Aires, recién abierto hacía como dos años. Una ancha cinta, que tenía escrito alguna cosa similar a «prohibido el paso», cruzaba la entrada dos veces, como si aquello realmente sirviera para amedrentar a quien quisiera entrar a cotillear un poco.
—Demandaron a la compañía inversora cuando uno de los vagones del tren de la montaña rusa tuvo un fallo y casi muere una persona, hace pocas semanas —informé—. Se fundieron, así que tuvieron que cerrarlo.
—Es una lástima —suspiró quejumbrosamente Violetta, mirando el panorama con nostalgia—. Era un parque precioso… y me trae muchos recuerdos.
— ¿Por ejemplo?
Una sonrisita, que supuse sería inconsciente, se plantó en sus labios antes de contestar con aires soñadores:
—Recuerdo haber pasado una Navidad preciosa aquí, viendo la nieve caer al otro lado de los cristales de la cabina de la noria… Ese día me declaré a Tomas —añadió en un susurro, como hablando consigo misma.
Yo tuve que haber puesto una cara bastante fea, y después gruñí un leve:
—Ah…
Al oír mi involuntaria —y definitivamente celosa— respuesta, Violetta giró un poco el rostro para mirarme. Probablemente, se dio cuenta de que había metido la pata, porque se sonrojó y procedió a disculparse.
—Lo siento, Leon. No me di cuenta de que…
—No pasa nada —interrumpí, con tono fingidamente solemne—. Puedes hablar delante de mí de cuantos ex novios te dé la gana, por supuesto, que a mí no me afecta en lo más mínimo.
Como era de esperarse, no se lo creyó. Pero, en vez de disculparse otra vez, como creí que haría, me dio la mano y sonrió juguetonamente antes de tirar de mí.
—Ahora te toca a ti venir conmigo al parque ¿qué te parece?







Jejejejeje morí con lo del helado XD jejeje Maraton!

Jany