viernes, 25 de julio de 2014

Hush Hush - Silence - Capitulo Especial


Y ahora, una mirada nunca antes vista a la verdadera primera vez que Martina y Jorge se conocieron…
¡Desde el punto de vista de Jorge!

Capítulo Extra
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Capitulo Especial


Jorge meció su silla hacia atrás sobre dos patas, extendió sus brazos, y los dobló detrás de su cuello. Su mirada estaba clavada en las puertas de entrada de Enzo’s Bistro. Pidió una mesa, en un oscuro rincón en donde la luz no llegaba. Una vela parpadeaba en cada mesa, pero Jorge había apagado la suya entre sus dedos al sentarse. Al otro lado de la mesa, Rixon yacía en su silla, sus ojos rastreando el techo mostrando aburrimiento exagerado.
—Te esperaré hasta que me vuelva azul —cantó Rixon en un murmullo—. No hay nada más que un hombre pueda hacer. Bebimos con demonios directamente del… —Se calló y, levantando una ceja, apuntó hacia sus pies—… infierno. Casi a punto de ganar tambieeeeen.
Jorge sonrió.
—¿Calentando para tu audición en American Idol?
Rixon lo pateó por debajo de la mesa.
—¿Cuándo vas a decirme lo que estás haciendo?
Una mesera pasó, dejando dos cafés.
Jorge tomó un trago.
—¿Haciendo?
—Venimos aquí, ¿esto es Enzo, verdad?, cada jueves en la noche alrededor de las ocho. Hace ya cinco semanas. Y crees que no lo he notado.
—Cuatro semanas.
Rixon rodó los ojos teatralmente.
—El mozo puede contar.
—Tienen buen café.
—Bien, entonces. El problema con eso es, que no puedes probarlo —señaló Rixon—. Entonces, ¿probarás con la mentira número dos?
—Me gusta el ambiente.
Los ojos de Rixon se abrieron con asombro.
—Cada chica en este lugar tiene menos de 20 años. ¿Qué dices si estafamos a algunos ejemplares un poco más cercanos a nuestra edad… setecientos al menos?
—No estoy aquí por las chicas. —Sólo por una de ellas. Sus ojos viajaron a su reloj, luego de vuelta a las puertas. En cualquier minuto.
—No estás aquí por las chicas —repitió Rixon—. No estás aquí por el juego, la bebida o la lucha. A todas luces, estemos teniendo una noche perfectamente buena, en un establecimiento de renombre. O bien comenzaste a escuchar al pequeño ángel en tu hombro, o ese malvado cerebro tuyo se está lanzando alrededor de algún plan.
—¿Y?
—Apuesto por lo último. Lo que quiero saber es, ¿qué proyecto que merece la pena involucra como lugar de reunión una inmaculada escuela secundaria? —preguntó, lanzando una mirada siniestra sobre el lugar.
Fuera, una silueta familiar trotó más allá de la fila de ventanas salpicadas por la lluvia. La chica tenía sus brazos cruzados sobre su cabeza, haciendo un divertido trabajo al tratar de protegerse de la lluvia. Corrió dentro, dándole a la puerta un empujón adicional, para darle a su compañera rubia tiempo adicional para entrar antes de cerrarla. Se quedaron de pie en la entrada por un momento, sacudiéndose la lluvia de encima y secando sus pies. Rixon seguía husmeando en busca de respuestas, pero Jorge ya no le prestaba atención. Era inmensamente consciente de la más pequeña de las chicas, una castaña delgada con los hombros erguidos, y el mentón ligeramente levantado, en un gesto que podía ser confundido con arrogancia. Él lo había visto por tanto tiempo que ya sabía que significaba algo más. Juagaba con palabras como
―cautelosa o ―humilde… ―prudente. Ella recogió su pelo en un moño inflexible, pero algunos mechones estaban sueltos, y el efecto llevaba el más mínimo rizo a su boca.
Incluso si no hubiera memorizado su horario, los pantalones negros para correr, y una camiseta de cuello ancho con la que parecía inmersa en una pelea de tira y afloja —un momento se deslizaba por su hombro, y al siguiente ella lo volvía a su lugar— le habrían dicho que venía de gimnasia.
Entre la creciente lista de cosas que iba descubriendo acerca de ella estaba: sólo hacía ejercicios cuando hacía buen clima. Al menos una vez a la semana. Y sólo cuando la rubia, una persona de dietas, la arrastraba.
La anfitriona llevó a las chicas hacia la dirección de Jorge. Se encorvó, moviendo su gorra de beisbol discretamente para esconder su rostro. Cada semana, había visto a la castaña desde el otro lado del restaurante, asegurándose de que ella nunca tuviera alguna razón para mirar en su dirección. Generalmente se sentaba con el mentón apoyado en sus dedos entrelazados, escuchando atentamente mientras la rubia hablaba de chicos, dietas milagrosas, separaciones de celebridades, o de su horóscopo.
La anfitriona se movió hacia un lado repentinamente, sentando a las chicas a un par de mesas de distancia. Un sentimiento de ansiedad se retumbó dentro de Jorge, y la sensación casi lo hizo reír. ¿Cuándo fue la última vez que se había sentido como un niño nervioso de ser atrapado en un acto reprochable?
Pero él tenía que jugar seguro. Cuando finalmente se presentara a la castaña, creando la ilusión de conocerse por primera vez, tenía que parecer algo al azar. Sólo después de que conociera su interior y su exterior, concretaría una estrategia para ganar su confianza.
Entonces dejaba caer el hacha proverbial.
Rixon estaba equivocado. El ángel en su hombro había sido atado y silenciado hace mucho tiempo. Jorge era impulsado por su propio bien mayor, su brújula moral, una función de utilidad. Tenía un plan para todo, pero el resultado final era el mismo: satisfacer sus deseos.
Después de todo este tiempo, iba a tener un cuerpo humano. Porque lo quería, y tenía un plan. Y el centro de ese plan estaba sentado a metros de distancia, pinchando su agua helada con una pajilla.
—No sé tú, pero estoy pensando en que necesitamos comenzar el segundo año en la secundaria con un golpe —le dijo la rubia en voz alta a la castaña—. No más aburrimiento. Este año será épico. Sin tabúes. Y nada podría hacer mi año más épico, que tener a Luke Massersmith como mi novio. Ya he comenzado mi plan de ―así es como voy a tenerlo. Anoté mi número de teléfono en la puerta de su garaje. Todo lo que queda ahora es sentarse, y esperar.
—¿Por la orden de restricción? —La castaña estaba sonriendo, lo que iluminaba toda su cara. Claramente no sabía el efecto que tenía, pensó Jorge, o lo haría más a menudo.
—¿Qué? ¿No lo encuentras evidente? —respondió la rubia.
—Sus padres te pondrán en la lista negra. Como sea que lo mires, siete dígitos escritos en la puerta de un garaje, no son lo mejor para romper el hielo.
Jorge no podía quitarle los ojos de encima. Esta semana más que la pasada. Pensándolo bien, había sido el patrón desde el comienzo. Era un inconveniente que no se pareciera a la descendiente de Chauncey perdida hace tiempo; matarla lo haría disfrutar mucho más. No sabía qué esperaba, pero no era esto. Largas piernas, pero un paso cauteloso, reservado. Rasgos delicados. Una risa que no era demasiado estridente, ni demasiado suave. Todo en su lugar.
Otra sonrisa se deslizó por su boca. Se apoderó de él la necesidad de poner una fisura en ella. Hacer que su mundo cuidadosamente construido se derrumbara. Sólo hacía falta una línea para ruborizarla. Apostaría dinero por eso.
—Quizás la próxima vez prueba con un mensaje de texto —sugirió la castaña—. ―Hey, Luke, aquí está mi número, eso funciona para el resto de la población.
La rubia dejó escapar un suspiro, y golpeó su mejilla con su puño.
—Déjalo. Tener a Luke Messersmith es un disparate de todas formas. Lo que necesitamos, es fijar nuestra mirada en otra parte. Un viaje de carretera a Portland. Hombre, eso haría que a Marcie le saliera vapor por las orejas. Tú y yo pasando el rato con chicos universitarios, mientras ella hace de modelo zorra de trajes de baño para JC Penney, en frente de babeantes estudiantes de primer año en plena pubertad.
La silla de Rixon se arrastró hacia adelante.
—Me rindo —dijo él, llamando la atención de Jorge—. Me. Rindo. ¿Qué buscas?
Jorge tomó otro sorbo de café.
—Tiempo de calidad contigo.
—Ves, cuando me mientes, duele —dijo Rixon, secando una lágrima imaginaria—. Creí que teníamos algo especial. Pensé que nuestra sentencia eterna común de maldición era nuestro lazo. Sé que vas detrás de algo, y si tengo que hacerlo, te superaré.
—Dale un descanso.
—Me gustaría. El problema es que no soy estúpido.
—Actúas como un estúpido.
—Correcto. Gracias por eso. Para tu información, hay una diferencia entre actuar como estúpido, y ser un estúpido.
—Es una línea muy delgada, pero alguien tiene trazarla.
Rixon aplastó sus manos contra la mesa con un ruido contundente.
—¿Qué estamos haciendo aquí aparte de morir apuñalados por el aburrimiento? Y si no lo dejas en claro en los próximos tres segundos, cumpliré mi promesa de hacer de tu sonrisa un saco de boxeo.
<<Paciencia, Cuando lo mencione, eso es a lo que me refiero>>. Jorge habló a la mente de su amigo.
<<Indagando en los defectos de los demás, ¿cierto? Tsk, tsk. Esa no es manera de avivar una amistad. Respecto a tus defectos, has olvidado como divertirte. ¿Por qué no vamos a buscar un grupo de Nefilim para aterrorizar?>> Rixon comenzó a ponerse de pie.
Jorge también comenzó a levantarse, pero la conversación tres mesas más allá penetró sus pensamientos conscientes, desviando por un momento su atención.
—¿Por qué no pueden los chicos de la escuela verse como… aquellos dos chicos? Yowza.
La voz de la rubia flotó en el aire. Jorge apenas tuvo tiempo de mirar hacia los lados y ver que ambas, ella y la castaña, tenían sus ojos puestos en él, definitiva y completamente conscientes de él, cuando Rixon empujó su puño contra su mandíbula. La cabeza de Jorge se movió hacia los lados, dándole una imagen directa pero vertiginosa de la boca de la castaña formando una perfecta y atónita O.
Bueno, esto era inconveniente.
—Te dije que te vencería —se rió Rixon, esquivando ágilmente alrededor de la mesa.
Jorge estuvo de pie en un instante.
Rixon lo empujó, golpeando su espalda contra la pared y contra el marco de una pintura. Golpeó el suelo, vidrios rotos.
Por la esquina del ojo, Jorge vio a la castaña parpadear confundida y, si no se equivocaba, lo suficientemente alarmada como para darle a él un poco de satisfacción… y le dio ánimos.
Jorge se dobló por reflejo, y el siguiente golpe de Rixon pasó por encima de su hombro. Con un golpe hacia arriba, Jorge hundió su puño en la parte inferior del mentón de Rixon.
Atacó el centro del cuerpo de Rixon, apuntando repetidamente a las costillas y a la piel alrededor de su estómago, pero en el momento en que su amigo dejó hacer los brazos para protegerse, fue por su cabeza. Una vez, dos veces. Luego de cinco golpes directos, Rixon se tambaleó fuera de alcance, y levantó sus manos.
—Quieres que grite tío, ¿es eso? —jadeó Rixon, con una sonrisa que decía que estaba disfrutando por primera vez en toda la noche.
La rubia hizo su camino a través de las mesas hasta Rixon. Le extendió su servilleta, apuntando su cara.
—Tienes un poco de sangre…
—Gracias, cariño. —Rixon se limpió la boca con la servilleta, luego le guiñó a Jorge. Su voz se deslizó fácilmente en la mente de Jorge. <<Dije que quería una chica cercana a los setecientos años, ¿verdad? Quería decir setecientos… más o menos>>.
Jorge se encontró con la mirada sombría de la rubia, deseando poder engañarla mentalmente para que obedientemente regresara a su mesa, pero Rixon se daría cuenta, y comenzaría a hacer preguntas. Dejó salir un ligero suspiro. Veinticuatro horas a partir de ahora, Rixon no recordaría su nombre. Ella, en cambio, tendría un periodo de atención un poco más largo. Una complicación.
—Así que dime, cariño —dijo Rixon a la rubia arrastrando las palabras—. ¿Alguna vez han montado en una Ducatti Streetfighter? Estoy estacionado atrás.
La rubia ya estaba pasando su bolso sobre su hombro.
—¿Tu amigo tiene una moto también? Podría llevar a mi amiga, Martina. —Para sorpresa de Jorge, ella lo saludó.
—Mercedes —dijo la pelirroja con exasperación y en advertencia.
La rubia no se molestó en escuchar. Se giró hacia Rixon.
—Lo primero es lo primero. Alguien debería limpiarte. Tomé un curso de reanimación cardiopulmonar para niñeras este verano. Cuando se trata de hemorragias nasales, yo soy tu chica. —Tomó a Rixon por la manga, y lo llevó hasta el baño unisex.
Fiel a su estilo, Rixon rodeó los hombros de ella con su brazo y le acarició la mejilla.
—Guía el camino, enfermera… Era Mercedes, ¿verdad?
Jorge se encontró a sí mismo de pie, incrédulo frente a la castaña. Hace dos minutos tenía las cosas bajo control. Pasó las manos por su pelo. Bien podría haber invertido un camión Mack en el medio de su plan.
La castaña cambió el peso a su otra cadera. Le echó un vistazo, sólo para alejar sus ojos inmediatamente. Ella estaba asustada de él. Se preguntaba si éste era el efecto que tenía en su naturaleza o si ella sentía, en algún nivel subconsciente, qué era lo que quería de ella.
Una extraña guerra de deseos se libró dentro de él, empujándose en direcciones opuestas. Quería hacerla sentir insegura. Irónicamente, también tenía miedo de asustarla y alejarla en el proceso. Ahora que la tenía cerca, quería mantenerla allí.
Ella se aclaró la garganta.
—¿Crees que podrías decirle a tu amigo que reduzca el factor ―adulador? Si sigue con eso, los países tercermundistas van a empezar a tomarlo por un proveedor.
Jorge le sonrió. Era más bonita de cerca. Tenía ojos cautelosos pero expresivos, una nariz aristocrática y unas cuantas pecas que ella probablemente odiaba, y ese cabello. Salvaje y rebelde. Tenía la urgencia de quitarle la banda elástica y enviar su cabello cayendo en cascadas alrededor de sus hombros. Además de la marca de Nefilim en su muñeca, los genes de Chauncey le habían hecho el favor de dispersar cualquier parecido.
—Entonces —dijo él—. ¿Eres de por aquí?
Ella estiró el cuello, analizando el restaurante, claramente intentando aparentar estar sumida en algo más que hablar con él.
—Así parece. Y, ¿tú eres…?
—Jev. —Podía decir, por el ligero descenso de su boca, que ella pensaba que era un nombre extraño. La mayoría de los humanos lo pensaba.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Eres de por aquí? No te he visto antes.
—Mantengo un perfil bajo.
—¿Y eso por qué?
—Haces muchas preguntas.
Ella se estremeció. Él había querido terminar la conversación y había funcionado. Sabía que lucía como un idiota, pero dado lo que tenía guardado para ella, podía hacerlo incluso peor. Se dio cuenta que debería dejar el tema así, pero ahora que la tenía hablando, se encontró a sí mismo atraído hacia ella. Las bromas entre ellos se sentían naturales. Y ella estaba respondiendo. Con miedo de él, claro, pero con igual curiosidad. Podía verlo perfectamente en sus ojos.
Con esfuerzo consciente, Jorge giró su cuerpo hacia ella, demostrando interés. Sonrió cortésmente.
—Estoy en la ciudad por negocios.
—¿Qué clase de negocios? —preguntó ella después de un minuto.
—Genealogía. Estoy buscando viejos miembros perdidos de la familia.
—¿Qué familia estás investigando?
—Langeais.
—No conozco a ningún Langeais en Coldwater.
Frotó su pulgar a través de su boca para sofocar una sonrisa.
—Suena como que mi trabajo ha terminado.
—¿Cuánto tiempo planeas quedarte en la ciudad?
—Tanto tiempo como sea necesario. —Inclinó su cabeza hacia la de ella como si fuesen cómplices—. Aceleraría las cosas si tuviera un guía turístico, alguien que me mostrara los alrededores.
La boca de ella se partió con una sonrisa irónica, como si supiera lo que él pretendía, pero lo provocó al decir:
—Tienes suerte. Mercedes es una excelente guía turística.
Se recuperó de su sorpresa rápidamente.
—Pero prefiero a las guías turísticas castañas.
Ella extendió sus manos en arrepentimiento.
—Lo lamento. No conozco a ninguna castaña.
—¿Revisaste el espejo esta mañana?
Ella dio un golpecito con su dedo en su boca, un gesto juguetón que trajo su atención hacia sus labios, remilgados y sensuales, los cuales él ya había tenido el placer de notar. Era cautelosa con él y Jorge sentía que el restaurante se cerraba a su alrededor, los sonidos de fondo desapareciendo. Un parte de él había estado en un encierro relajado. Sentía una extraña sensación al estar cerca de ella. Un contacto provocador que lo hacía querer más.
Sin perder la oportunidad, ella dijo:
—Lo hice. Y recuerdo haber visto a una pelirroja.
Se rió, intentando entender el juego que ella estaba jugando.
—Puede que necesites una revisión de tu vista.
—Así que, eso explica el por qué tienes tres ojos, dos cuernos y un colmillo Amarillo en donde deberían estar tus dientes delanteros. —Ella ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos.
Él sonrió.
—Atrapado. Soy un monstruo. Jev es mi decepcionante inofensivo, y extremadamente guapo, alter ego.
—Y yo estoy por encima de eso —anunció ella con un ingenioso triunfo.
—¿Es eso un lapsus linguae?
Su franqueza la tomó fuera de guardia. Un sonrojo consciente se posó en su cara. Ella pareció insegura un momento, luego hizo gestos con impaciencia hacia el baño.
—¿Qué tanto tiempo lleva limpiar una nariz sangrante?
Él rio por lo bajo.
—No estoy seguro que esa sea la única cosa que estén haciendo allá dentro.
Los ojos de ella se ampliaron por la sorpresa… luego, entrecerró los ojos para escrutarlo, tratando al máximo de descubrir si él estaba bromeando.
—Quizá deberías ir y tocar la puerta —sugirió ella al final.
La sugerencia no le llamó la atención. No tenía prisa de terminar las cosas. El pensamiento de dejarla ahora lo dejó con un impaciente dolor. No se había sentido de esta manera en muchísimo tiempo. Por lo que a él concernía, no había sentido una pizca de interés en tanto tiempo, que era como sentirla por primera vez.
—No servirá de nada. La única cosa que traerá la atención de Rixon es el sonido de su motocicleta siendo encendida. Alguien respira sobre ella y él nota la condensación que ello produce. Si quieres sacarlo de allí, esa es tu mejor opción.
—¿Estás diciendo que debería agarrar su moto y dar un paseo?
—Es más como que seas mi cómplice. —Dejó que la idea colgara en el aire.
—¿Y quieres que vaya contigo, por qué?
Para que pude tenerte sola el tiempo suficiente para borrarte la memoria. Y si era honesto, tenerla sola y punto. Sus ojos cayeron hasta sus labios y disfrutó el placer secreto de imaginarse besándola.
—Déjame adivinar. Nunca has subido a una Ducati Streetfighter.
Allí iba esa barbilla de Nuevo, inclinándose más alta.
—¿Cómo podrías saber eso?
—Conduce una una vez, y eso es todo lo que se necesita. Quedas enganchada. —Señaló con su pulgar a la salida—. Es ahora o nunca.
—No salgo por ahí con chicos que conozco desde hace tres segundos.
—¿Y qué dices de un chico que has conocido, digamos, veinte segundos? ¿Es una mejor posibilidad?
Para su sorpresa, ella rió. A él le gustaba el sonido de su risa, y en contra de su mejor criterio, quería hacerla reír de nuevo.
—De hecho —dijo ella, sonriendo fácilmente—, ese chico reduciría drásticamente sus posibilidades. El veinte es mi número de la mala suerte.
—Y, ¿tu número de buena suerte?
Ella se mordió el labio, debatiéndose en responder.
Por encima de su cabeza, Jorge vio a Rixon emerger del baño, presionando un cuadrado doblado de papel higiénico en su nariz. Jorge levantó su gorra y se frotó el cabello con frustración. Eso era rápido, incluso para los estándares de Rixon.
—¿Está entre uno y diez? —preguntó Jorge en un golpe de inspiración.
Ella asintió.
—Mantén el número detrás de ti. Lo adivinaré. Si lo hago bien, tú y yo iremos a dar un paseo en moto. No tiene que ser esta noche —añadió en respuesta al escepticismo que nublaba su expresión—. La próxima vez que te ofrezca un paseo en mi motocicleta, dices que sí. Así de simple.
Ella mantuvo la mirada fija en sus ojos por un largo momento, luego cedió con un confiado encogimiento de hombros.
—Tienes una de diez posibilidades de acertar. Puedo manejar esas probabilidades.
<<¿Cuántos dedos está mostrando ella?>> gritó a la mente de Rixon.
Escuchándolo, Rixon miró hacia él y en su rostro, apareció una sonrisa.
<<Te dejo solo por cinco minutos, ¿y ya estás detrás de sus faldas?>>
<<¿Dedos?>> Repitió Jorge.
<<¿Qué gano yo con eso?>>
<<La próxima vez que peleemos, conseguirás que sea mi nariz la que sangre>>.
<<¿Conseguiré?>> Rixon echó la cabeza atrás, riendo silenciosamente. <<Te recordaré felizmente una ocasión, la semana pasada, cuando casi te saqué uno de los dientes>>.
—¿Y bien? —le preguntó la castaña a Jorge—. ¿Tus habilidades telepáticas se están oxidando?
<<Mañana en la noche tú mandas,>> ofreció Jorge.
<<¿Lo que yo quiera? ¿Incluso si incluye aterrorizar a Nefilim menores de edad? >>
Jorge suspiró.
<<Lo que sea.>>
<<De acuerdo, compañero. Oferta aceptada. Ella está mostrando ocho dedos. Pero mantén el coqueteo al mínimo, ¿sí? Siete minutos en el cielo con la Enfermera Mercedes son seguros. Estoy listo para partir. >>
Jorge cerró los ojos, estrechando su rostro para sugerir concentración. Abrió un ojo, mirando de forma especulativa a la castaña.
—Vámonos con un… ¿ocho? —lo dijo con la cantidad suficiente de inseguridad para hacerse creíble.
La castaña se quedó boquiabierta.
—Imposible.
Jorge se frotó las manos, genuinamente divirtiéndose.
—Ya sabes lo que significa. Me debes un paseo, Martina. —Su nombre fue un error. Había estado de acuerdo en tratarla con una indiferencia fría, limitándose en todas su referencias a ella como ―la castaña. No creía que estuviera en peligro de un enlace emocional, pero estaba tratando con una chica hermosa. Había aprendido su lección una vez, de ahí su medida preventiva.
—Hiciste trampa —acusó ella.
La sonrisa de él, se amplió. No sonaba tan decepcionada y ella lo sabía.
Él cooperó, elevando los hombros en un despliegue de inocencia.
—Una apuesta es una apuesta.
—¿Cómo lo hiciste?
—Quizá mi telepatía no está oxidada, después de todo.
Rixon llegó, palmeándolo en la espalda.
—Pongámonos en marcha, Jev.
—¿En dónde está Mer? —quiso saber la castaña.
En el mismo momento, la rubia emergió del baño, resbaló contra la jamba de la puerta, dramatizó su propio latido errático de corazón y vocalizó un ooh-la-la.
—¿Qué le hiciste? —le preguntó la castaña a Rixon.
—Puse una sonrisa en su rostro. Hay más de dónde vino eso —añadió Rixon, y Jorge lo empujó hacia las puertas.
—Que estés bien —le dijo Jorge, renuentemente, a la castaña, nada listo para terminar de hablar con ella, pero sin querer poner más de ella la memoria de Rixon. Para el caso, quería mantener el quién era ella en realidad, para sí mismo.
La castaña parpadeó.
—Entonces, supongo que te veré por ahí —dijo ella, usando una expresión de ―"¿qué pasó aquí?". Dadas las circunstancias, él debería preguntarse a sí mismo la misma cosa.
—Absolutamente —respondió Jorge. Más pronto de lo que ella creía. Más tarde, esa noche, él planeaba hacer unas llamadas locales. Primero a la rubia y luego a la castaña.
Si esta noche hubiera sucedido siete u ocho más adelante, la sincronización hubiera sido perfecta. Como estaban las cosas, tenía que borrar sus memorias. Sintió una sacudida de arrepentimiento al necesitar limpiar la memoria de la castaña. Quería que ella recordara esta noche. Quería que lo recordara a él.
Se imaginó sacrificándola, un pensamiento que había dado vueltas en su cabeza cientos de veces, pero la imagen tropezó. Por primera vez, él veía más allá de sí mismo, la veía a ella. No sólo planeaba asesinarla, sino que tenía en mente traicionarla primero. ¿Qué pensaría ella de él, si lo supiera? Se le ocurrió llevarla afuera para terminar con eso. La imagen destelló en su mente, impulsiva y tentadora, pero la forzó a desaparecer. Si podía hacerlo ahora, también podía hacerlo mañana.
Pero su vacilación lo molestó. Algo le dijo que matarla no iba a ser sencillo. No había ayudado a su causa el coquetear con ella y, mucho menos, el disfrutar haciéndolo. Más de lo que estaba listo para admitir.
Con un esfuerzo por reenfocar sus pensamientos, cerró los ojos brevemente e imaginó la meta final. Una vez que la sacrificara, él tendría un cuerpo humano.
No era tan complicado. Cualquier cosa que se cruzara en su camino, incluyendo su propia confusión interna, era irrelevante.
Sin pensarlo, se giró, echándole un vistazo sin que se diera cuenta. Sólo había querido ver su rostro una última vez, pero para su sorpresa, ella también lo estaba observando, con una pregunta en aquellos exquisitos ojos marrones que lo perseguirían.





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Jany

Hush Hush - Silence - Capitulo - 40 - Ultimo Capítulo

Capítulo 40
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El sol había ardido la mitad del día para cuando Jorge aparcó su motocicleta frente a la granja. Me bajé, con una sonrisa tonta cubriendo mi rostro, un brillo penetrando cada pulgada de piel. Perfección. 
No era lo suficientemente ingenua como para pensar que duraría, pero había algo que decir sobre vivir el momento. Ya había decidido archivar el hecho de tener que tratar con mi nueva sangre pura de Nefilim y todas las consecuencias que sobrevenían con ello, incluyendo cómo se manifestaría mi transformación y gobernar el ejército de Hank, bajo futuras preocupaciones.
Justo ahora, tenía todo lo que podía pedir. No era una larga lista, pero sí una muy satisfactoria, empezando con el amor de mi vida de vuelta a mis brazos.
—Me divertí anoche —le dije a Jorge, quitándome la correa de la barbilla y sosteniendo mi casco—. Estoy oficialmente enamorada de tus sábanas.
—¿Eso es lo único de lo que estás enamorada?
—Nop. También de tu colchón.
Alguna sonrisa atravesó los ojos de Jorge.
—Mi cama tiene una invitación abierta.
No habíamos dormido con una línea de ―"no cruce" dibujada en la mitad de la cama, porque no habíamos dormido juntos y punto. Tomé la cama y Jorge el sofá. Sabía que él quería más de mí, pero también sabía que él quería mi cabeza en el lugar correcto. Él había dicho que podía esperar y le creía.
—Dame una pulgada y me tomaré una milla —advertí—. Deberías estar preocupado de que la confisque.
—Me consideraría un hombre afortunado.
—El único inconveniente de tu lugar es la inquietantemente baja cantidad de artículos de aseo. ¿Nada de acondicionador? ¿Brillo de labios? ¿Protector solar? —Señalé con mi pulgar hacia la puerta delantera—. Necesito cepillarme los dientes. Y necesito darme una ducha.
Él sonrió, saltando fuera de la moto.
—Ahora, eso es una invitación.
Empinándome, lo besé.
—Cuando termine, será el día. Voy a recoger a mi mamá en casa de Mer y les voy a decir a ambas la verdad. Hank se ha ido y es hora de volver a empezar.
No estaba buscando entrar en esa conversación, pero había esperado lo suficiente ya. Todo este tiempo me había dicho a mí misma que estaba protegiendo a Mechi y a mi mamá, pero estaba usando mentiras para mantenerlas alejadas de la verdad. Las estaba forzando a quedarse en la oscuridad porque tenía miedo de que no pudieran manejar la luz. Incluso yo sabía que la lógica era un completo desastre.
Quité el seguro de la puerta delantera, lanzando las llaves en la fuente. No había dado ni tres pasos cuando Jorge enganchó mi codo. Con una mirada a su cara, supe que algo estaba mal.
Antes de que Jorge pudiera ponerme detrás de su cuerpo, Scott salió de la cocina. Hizo una señas con las manos y otros dos Nefilim se movieron al pasillo, a su lado. Ambos aparentaban la edad de Scott. Altos y musculosos con un facciones bien definidas. Ellos me echaron un vistazo con abierta curiosidad.
—Scott —dije, rodeando a Jorge y apresurándome hacia él. Lo envolví en mis brazos, abrazándolo fieramente—. ¿Qué sucedió? ¿Cómo escapaste?
—Dadas las circunstancias, se decidió que era más efectivo en las líneas delanteras que encerrado. Martina, te presento a Dante Matterazzi y Tono Grantham —dijo—. Ambos son los primeros tenientes en el ejército de la Mano Negra.
Jorge se colocó entre nosotros.
—¿Trajiste a estos hombres a la casa de Martina? —dijo él, mirando a Scott como si tuviera ganas de romperle el cuello.
—Cálmate, hombre. Son tranquilos. Se puede confiar en ellos —dijo Scott.
La risa de Jorge fue baja y depredadora.
—Noticias tranquilizadoras viniendo de un conocido mentiroso.
Un musculo en la mejilla de Scott se contrajo.
—¿Estás seguro de que quieres jugar este juego? Tienes tantos o más esqueletos en tu armario.
Oh, Dios.
—Hank está muerto —le dije a Scott, sin ver ninguna razón para dar a conocer las noticias gentilmente, o darle a Jorge y a Scott más tiempo para lanzar insultos repletos de testosterona.
Scott asintió.
—Lo sabemos. Muéstrale la señal, Dante.
Dante dio un paso al frente. Medía alrededor de metro ochenta y su apariencia latina le daba vida a su nombre. Extendió su mano. Un anillo idéntico al que Scott había lanzado al océano, encajaba en su dedo índice a la perfección. Brillaba de un salvaje azul y la luz parecía centellar detrás de mis ojos incluso después de cerrarlos.
—La Mano Negra me dijo que esto pasaría si él moría —explicó Dante—. Scott tiene razón. Es una señal.
Scott dijo:
—Es por eso que fui liberado. El ejército está en un alboroto. Nadie sabe qué hacer. Jeshvan casi ha llegado y la Mano Negra tenía planes de guerra, pero estos hombres están impacientes. Han perdido a su líder. Están empezando a entrar en pánico.
Analicé su información. Un pensamiento me golpeó.
—Te liberaron porque sabes cómo encontrarme; ¿El siguiente en la línea de Hank? —supuse, mirando a Dante y Tono con precaución. Scott podía confiar en ellos, pero yo aún tenía que opinar al respecto.
—Como dije, estos hombres están limpios. Ya confesaron su lealtad a ti. Tenemos que conseguir tantos Nefilim de tu lado como sea posible antes de que esto se venga abajo. La última cosa que necesitamos justo ahora es un golpe.
Me sentí mareada. De hecho, un golpe sonaba atrayente. ¿Alguien más quería este trabajo? Estaba bien por mí.
Dante habló de Nuevo:
—Antes de su muerte, la Mano Negra me notificó que estabas de acuerdo con el rol de comandante al momento de su muerte.
Tragué, sin haber esperado que aquello llegara tan rápido. Sabía lo que tenía que hacerse, pero había esperado un poco más de tiempo. Decir que había estado temiendo este momento era una descripción insuficiente.
Los miré a los tres una y otra vez.
—Sí, juré que lideraría el ejército de Hank. Esto es lo que va a pasar: no va a haber guerra. Regresen con los hombres y díganles que se disuelvan. Todos los Nefilim que han hecho juramento están unidos por una ley que ningún ejército, sin importar cuán grande sea, puede derrocar. Entrar en guerra, en este punto, seria suicidio. Los ángeles caídos ya están planeando un castigo justo y nuestra única esperanza es dejar claro que no vamos a pelear con ellos. No de esta forma. Se ha terminado, y pueden decirle a sus hombres que es una orden.
Dante sonrió, pero su expresión mantenía un filo.
—Preferiría no discutir esto con ángel caído por aquí. —Posó sus ojos en Jorge—. ¿Nos das un minuto?
Yo dije:
—Creo que es bastante obvio que pedirle a Jorge que se vaya no tiene sentido. Le voy a contar todo. —Con la Mirada irritada de Dante, agregué—: Cuando le hice el juramento a Hank, nunca dije nada sobre terminar con Jorge. Que la conversación empiece.
El brusco asentimiento de Dante fue cualquier cosa menos aceptante.
—Entonces dejemos una cosa clara. Esto no se ha terminado. Está paralizado, pero no se ha terminado. La Mano Negra estimuló una revolución y decir que se ha terminado no va a ser suficiente para calmar los ánimos.
—No estoy preocupada por calmar los ánimos. Estoy preocupada por la raza Nefilim como un todo. Estoy pensando en qué es lo mejor para todos.
Scott, Dante, y Tono compartieron una silenciosa mirada. Al final, Dante pareció hablar por los tres:
—Entonces tenemos un problema más grande. Porque los Nefilim piensan que la rebelión es lo mejor para ellos.
—¿Cuántos Nefilim? —preguntó Jorge.
—Miles. Suficientes para llenar una ciudad. —Los ojos de Dante se posaron en los míos—. Si no los guías a la libertad, romperás tu voto. En poco tiempo, tu cabeza estará en la línea, Martina.
Miré fijamente a Jorge.
<<Mantén tu posición>>, habló con calma en mis pensamientos. <<Diles que la guerra ha terminado y no hay espacio para negociaciones>>.
—Hice un juramento para liderar el ejército de Hank —le dije a Dante—. Nunca prometí libertad.
—Si no le declaras la guerra a los ángeles caídos, instantáneamente crearás enemistad con miles de Nefilim —respondió él.
Y, si lo hago, pensé débilmente, puede que también le declare la guerra a los arcángeles. Ellos habían dejado que Hank muriera porque Jorge les prometió que yo detendría la revolución.
Volví mi atención a Jorge y supe que estábamos compartiendo el mismo pensamiento espeluznante. De cualquier manera, la guerra estaba por venir.
Todo lo que tenía que hacer ahora, era decidir cuál sería mi oponente.







Ultimo Capitulo!!! Espero y les aya gustado,  en un rato un capitulo especial!!!
Jany

jueves, 24 de julio de 2014

Walking Disaster - Capitulo - 41

Capitulo 41


— Ellos no le dijeron, ¿verdad?
La cara de Mercedes cayó.
— Él es tu padre, Tini. Papá pensó que tenía derecho a saber.
— Él va a venir aquí—dijo Martina, su voz hinchándose de pánico. — ¡Él va a venir aquí, Mer!
— ¡Lo sé! ¡Lo siento! —dijo Mercedes, tratando de consolar a su amiga. Martina se apartó de ella y se cubrió la cara con las manos.
No estaba seguro de qué demonios estaba pasando, pero toque los hombros de Martina.

— No te hará daño, Pigeon—le dije. —No lo voy a dejar.
— Él encontrará una manera—dijo Mercedes, viendo a Martina con los ojos pesados. —Siempre lo hace.
— Tengo que salir de aquí—Martina tiro de su abrigo mas fuerte, y luego tiré de las asas de las puertas francesas. Ella estaba demasiado alterada para ralentizar el tiempo suficiente para empujar primero antes de apretar las puertas. Mientras las lágrimas caían por sus mejillas, cubrí sus manos con las mías. Después de ayudar a abrir las puertas, Martina me miró. No estaba segura de si tenía las mejillas ruborizadas de vergüenza o por el frío, pero todo lo que quería era hacer que desaparezca.

Tomé a Martina bajo el brazo, y juntos nos fuimos a través de la casa, por las escaleras y a través de la multitud hasta la puerta principal. Martina se movió rápidamente, desesperada por llegar a la seguridad del apartamento. Yo sólo tenía escuchado elogios para Aalejandro Stoessel como un jugador de póquer por mi padre. Ver a Martina correr como un niña pequeña asustada me hacia odiar cualquier momento que mi familia desperdicio alabándolo.

A medio paso, la mano de Mercedes salió disparada y agarró el abrigo de Martina.
—Tini—susurró, señalando un pequeño grupo de personas.
Estaban apiñados alrededor del viejo y desaliñado hombre, sin afeitar y sucio hasta el punto de que lucia como olía. Estaba apuntando a la casa, sosteniendo una imagen pequeña. Las parejas asentían discutiendo sobre la foto entre ellos.
Martina irrumpió hacia el hombre y sacó la foto de sus manos.
— ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

Miré la foto en su mano. Ella no debería tener mas de quince, flacucha, con pelo descolorido y los ojos hundidos. Ella debe haber sido miserable. No es de extrañar que ella quisiera alejarse.
Las tres parejas que lo rodeaban se alejaron. Miré hacia atrás en sus rostros asombrados, y luego esperé a el hombre respondiera. Era el maldito Alejandro Stoessel. Lo reconocí por la inconfundible forma aguda de sus ojos en esa cara sucia.

Xabiani y Mercedes estaban a cada lado de Martina. Yo la agarraba de los hombros por detrás. Alejandro miró el vestido de Martina y chasqueó la lengua en señal de desaprobación.
— Bueno, bueno, Cookie. Puedes sacar a una chica de Vegas pero…
—Cállate. Cállate, Alejandro. Sólo da la vuelta —señaló tras él—y vuelve a donde sea de donde hayas venido. No te quiero aquí.
— No puedo, Cookie. Necesito tu ayuda.
— ¿Qué más hay de nuevo?— Mercedes se burló.
Alejandro entrecerró los ojos a Mercedes, y luego volvió su atención a su hija.

— Tienes un aspecto horriblemente bonito. Has crecido. No te hubiera reconocido en la calle.
Martina suspiró.
— ¿Qué quieres?
Él levantó las manos y se encogió de hombros.
— Parece que me metí en un aprieto, niña. Tu viejo papá necesita algo de dinero.
Todo el cuerpo de Martina se puso tenso.
— ¿Cuánto?
— Me estaba yendo bien, de verdad. Solo tuve que pedir prestado un poco para salir adelante y… tú sabes.

— Lo sé— le espetó —¿Cuánto necesitas?
— Dos cinco
— Bueno, mierda, Alejandro, ¿dos mil quinientos? Si te vas como el infierno de aquí...te daré eso ahora mismo—dije, sacando la billetera.
— Lo que quiere decir es veinticinco mil—dijo Martina, su voz fría.
Los ojos de Alejandro rodaron sobre de mí, de mi cara a mis zapatos.
— ¿Quién es este payaso?

Mis cejas se alzaron de mi billetera, y por instinto, me incliné hacia mi presa. Lo único que me detenía era sentir el pequeño cuerpo de Martina entre nosotros, y saber que este pequeño hombre asqueroso era su padre.
— Puedo ver, ahora, por qué un hombre inteligente como usted se ha rebajado a pedirle a su hija adolescente un préstamo.
Antes de que Alejandro pudiera hablar, Martina sacó su teléfono celular.
— ¿A quién le debe esta vez, Alejandro?
Alejandro se rascó el grasiento perlo canoso.
— Bueno, es una historia divertida, Cookie.
— ¿Quién?—gritó Martina.
— Benny.
Martina se inclinó hacia mí.
— ¿Benny? ¿Le debes a Benny? ¿Qué diablos estabas... —ella hizo una pausa.—Yo no tengo esa cantidad de dinero, Alejandro.
Sonrió.

— Algo me dice que lo haces.
— ¡Bueno, no lo hago! Realmente lo has hecho esta vez, ¿no? ¡Sabía que no pararías hasta hacer que te maten!
Se movió, la sonrisa satisfecha en su rostro había desaparecido.
— ¿Cuánto tienes?
— Once mil. Yo estaba ahorrando para un coche.
Los ojos de Mercedes se lanzaron en dirección a Martina.
— ¿De dónde sacaste once mil dólares, Martina?
— Las peleas de Jorge.

Tiré de sus hombros hasta que ella me miró.
— ¿Has hecho once mil por mis peleas? ¿Cuando apostaste?
— Adam y yo tuvimos un acuerdo—dijo ella, casualmente.
Los ojos de Alejandro fueron repentinamente animados.
— Puedes doblar eso en un fin de semana, Cookie. Podrías conseguirme los veinticinco para el domingo, y Benny no enviara a sus matones por mí.
— Me liquidara, Alejandro. Tengo que pagar la escuela —dijo Martina, un dejo de tristeza en su voz.
— Oh, puedes conseguirlo de nuevo en poco tiempo—dijo, agitando la mano con desdén.
— ¿Cuándo es la fecha límite?—preguntó Martina.
— Lunes por la mañana. Medianoche— dijo, sin pedir disculpas.
— No tienes por qué darle ni un puto centavo, Pigeon—le dije.
Alejandro agarró la muñeca de Martina.
— ¡Es lo menos que puedes hacer! ¡No estaría en este lío si no fuera por ti!

Mercedes dio una palmada en la mano y luego lo empujó.
— ¡No te atrevas a empezar con esa mierda otra vez, Alejandro! ¡Ella no te obligo a pedirle prestado dinero de Benny!
Alejandro miró a Martina. La luz de odio en sus ojos hizo ninguna conexión con ella mientras su hija desaparecía.
— Si no fuera por ella, yo habría tenido mi propio dinero. Te llevaste todo de mí, Martina. ¡No tengo nada!
Martina ahogó un grito.
—Voy a conseguir el dinero de Benny para el domingo. Pero cuando lo haga, quiero que me dejes en paz. No voy a hacer esto otra vez, Alejandro. A partir de ahora, estás por tu cuenta, ¿me oyes? ¡Permanece. Lejos!
Él apretó los labios y asintió.
—Haz lo que quieras, Cookie.

Martina se dio la vuelta y se dirigió hacia el coche.
Mercedes suspiró.
— Hagan las maletas, muchachos. Nos vamos a Las Vegas. —ella caminó hacia el Charger y Xabiani y yo nos quedamos parados, congelados.





Vegas!!! ¿Y que tal les cayo el papá de Tini? XD
Jany

Unreflecting - Capitulo 18

Capitulo 18

"Nuevos Sentimientos"

Cuando empezó a oscurecer y yo estaba tan cansada que apenas podía dar un paso, regresamos al coche. Decidí que no estaba dispuesta a soportar de nuevo a Diego y me senté en el centro del asiento delantero, entre León y Broduey. No pudo evitar sonreír al ver a Diego instalarse en el asiento posterior con gesto enfurruñado.
Al cabo de un rato, el bamboleo del coche me produjo somnolencia, y apoyé la cabeza en el hombro de León. Después de pasar todo un día cogidos de la mano y sintiendo que me rodeaba con sus brazos, me sentía cómoda con él. Me resultaba curiosamente agradable tocarlo. Casi me había quedado dormida cuando sentí que el coche se detenía y que se abrían las puertas. Quise abrir los ojos y dar las buenas noches a los chicos, pero no conseguí que mi cuerpo respondiera.
—Eh, León, nos vamos al bar de Pete. ¿Vienes?
No pude descifrar quién le había hecho esa pregunta... Quizá fuera Broduey.
Sentí que León se movía un poco, como si hubiera bajado la cabeza para mirarme, que seguía media dormida sobre su hombro.
—No, esta noche paso. La ayudaré a acostarse.
Se produjo una larga pausa mientras la puerta seguía abierta.
—Ten cuidado, León... No te metas en otro lío como el de Joey...Tomas es amigo tuyo.
Quise replicar a ese comentario; mi irritación me impulsaba a hacerlo, pero mi cerebro no logró concentrarse el tiempo suficiente para responder.
León hizo una larga pausa.
—No se trata de eso, Broduey. Yo jamás... —Pero no terminó la frase, y me pregunté intrigada que quería decir—. No te preocupes. Quizá me pase más tarde.
—De acuerdo, hasta luego. —La puerta se cerró sin hacer ruido.
León suspiró profundamente, arrancó y salimos del aparcamiento. Durante el trayecto de regreso a casa, me desperté y volví a dormirme varias veces. Deseaba tumbarme sobre sus rodillas pero supuse que eso sería forzar los límites de nuestra amistad. Al cabo de unos minutos, el coche se detuvo de nuevo.
León aguardó unos momentos dentro del vehículo en penumbra, en silencio, y sentí su mirada sobre mí. Me pregunté si debía levantarme y entrar en casa, para que él pudiera ir al bar de Pete, pero tenía curiosidad por averiguar qué haría, y lo cierto es que me sentía muy relajada. El silencio se intensificó mientras permanecíamos dentro del coche. El corazón me empezó a latir de forma acelerada, haciendo que me sintiera incómoda, de modo que bostecé y me desperecé un poco.
Al levantar la vista, comprobé que sus hermosos ojos verdes estaban fijos en mí.
—Hola, dormilona —murmuró—. Empezaba a pensar que tendría que transportarte en brazos.
—Lo siento. —Al pensarlo me ruboricé.
Él se rió un poco.
—No te preocupes. No me habría importado. —Se detuvo unos segundos—. ¿Lo has pasado bien?
Pensé en todo lo que habíamos hecho ese día y me di cuenta de que lo había pasado muy bien.
—Sí, mucho. Gracias por invitarme.
Él esbozó una media sonrisa y desvió la mirada, casi tímidamente.
—De nada.
—Siento que tuvieras que quedarte conmigo y no pudieras irte con los chicos —dije riendo.
Él soltó una carcajada y me miró.
—No lo sientas. Prefiero estar con una chica guapa que amanecer mañana cubierto de moretones. —Sonrió como si se sintiera un poco turbado. Yo bajé la vista. Era absurdo que un tipo tan impresionante como él dijera que yo era guapa, pero en cualquier caso me complació—. Vamos, te ayudaré a bajarte del coche y a entrar en casa.
Yo negué con la cabeza.
—No es necesario. Me las arreglaré sola. Vete al bar de Pete.
De pronto me miró alarmado. Entonces comprendí que León había supuesto que durante la conversación que había mantenido con Broduey yo estaba dormida.
Yo traté de disimular diciendo:
—Imagino que los otros D-Bags habrán ido allí.
León se relajó visiblemente.
—Sí, pero no es necesario que vaya. Me refiero a que no quiero dejarte sola. Podemos pedir una pizza, ver una película o algo por el estilo.
De repente, me sentí famélica y la idea de una pizza me pareció genial. El ruido de mis tripas lo confirmaba. Me reí, un poco abochornada.
—De acuerdo, creo que mi estómago se decanta por la segunda opción.
—Perfecto —dijo León sonriendo.
Pedimos una pizza gigante de pepperoni y nos la comimos de pie en la cocina, riéndonos de las tonterías que Diego y los chicos habían hecho ese día. Después, me senté cómodamente en la butaca mientras él se tumbaba en el sofá y sintonizaba un canal en el que ponían "La princesa prometida". Tuve un vago recuerdo de la escena del niño hablando con su abuelo antes de quedarme dormida como un tronco. Me desperté cuando León me depositó sobre mi cama y me cubrió con las mantas.
—León... —murmuré.
Él se detuvo.
—¿Qué?
Lo miré, aunque apenas podía ver sus rasgos en la oscuridad.
—Olvidamos subir a la Aguja del Espacio.
Él sonrió y terminó de arroparme.
—La próxima vez.
Cuando terminó, se detuvo, inclinado sobre mí. Yo no alcanzaba a descifrar la expresión de sus ojos en la oscuridad, pero, curiosamente, me miraba de una forma que hizo que sintiera mariposas en el estómago. Al cabo de un segundo, sonrió y murmuró:
—Buenas noches, Violetta. —Y salió.
Yo me relajé y sonreí al recordar esa jornada y que, durante casi todo el rato, apenas había echado de menos a Tomas.




Se ve, se siente, Leonetta estaa presente, arriba,abajo, Tomletta al cara.....jeje okno XD
¿Les gusto el capitulo? Quiero sus comentarios!!!! Se viene más LEONETTA <3
Jany.

Unreflecting - Capitulo 17

Capitulo 17

"Oso De Peluche"

Observé a la banda durante un rato —aunque en mi opinión me parecía que la de León era mejor—, y luego me dediqué a observar a la tumultuosa multitud. No vi a los otros D-Bags (el nombre de la banda aún me hacía reír). Miré a mi alrededor y por fin los localicé algo apartados de nosotros, junto a un pequeño círculo de personas que se pasaban unos cigarrillos. Aunque tuve la sensación de que no eran precisamente eso.
León se volvió y dirigió la vista al lugar que había captado mi atención. Alcé los ojos y vi cómo observaba a sus amigos. Sentí curiosidad por ver si se acercaría a ellos o no. Sus ojos verdes relucían iluminados por el sol, y, al cabo de un momento, fijó la vista en mis ojos curiosos y se encogió de hombros, sonriéndome un poco. Luego, volvió a contemplar la actuación de la banda.
Me alegré de que hubiera preferido quedarse conmigo. Empecé a cuestionarme mi reacción, pero decidí que León era muy agradable y super atractivo, lo cual me bastó de momento como respuesta. Además, últimamente me había sentido muy sola y, para bien o para mal, su presencia mitigaba esa sensación de soledad.
Relajándome por primera vez en muchas semanas, me volví y le pasé el brazo alrededor de la cintura, apoyando la cabeza en su pecho. Noté que se tensaba un poco al sentir que me apoyaba contra
él, pero luego se relajó también, acariciándome suavemente la espalda con el pulgar. Al sentir la calidez de sus brazos, suspiré satisfecha, aunque sin saber muy bien por qué.
Pasamos buena parte del día visitando los distintos escenarios para escuchar los diversos estilos de música. Diego y Maxi nos conducían a través de la multitud. Diego dirigía unos silbidos de admiración a todas las chicas lindas con las que se cruzaba; algunas respondían, otras lo miraban ofendidas. De vez en cuando, Maxi le daba un codazo para captar su atención y cambiar de rumbo. Broduey caminaba junto a León y a mí, observando a la muchedumbre y mirando con curiosidad a León, que seguía llevándome de la mano. Cuando nos acercábamos a un escenario, los chicos desaparecían, aproximándose al mismo tanto como podían, mezclándose con los espectadores más agresivos, mientras que León y yo permanecíamos un tanto alejados, felices y contentos. Yo me sentía un poco culpable de que León se perdiera lo que los chicos consideraban «divertido», pero me encantaba tenerlo cerca, de modo que no dije nada.

Hacia el mediodía, nos detuvimos ante uno de los numerosos puestos de comida y compramos unas hamburguesas y patatas fritas. León tomó mi plato de comida y, sonriendo, señaló con la cabeza un lugar desierto en el césped. Maxi y Broduey se sentaron y Maxi tomó una botella de agua y vertió algo en sus refrescos. Diego se sentó frente a él y le pasó su bebida para que la rellenara. Yo no estaba segura de qué era, pero deduje que era una bebida alcohólica. Arrugué el ceño y suspiré. ¡Hombres!
Maxi me ofreció la botella educado. Yo me senté junto a él y negué con la cabeza. Él se encogió de hombros y miró a León, quien, para mi sorpresa, hizo lo mismo. Sonreí y bebí un sorbo de mi refresco con una caña. Me alegré de que León no sintiera la necesidad de «animarse» más. Maxi volvió a encogerse de hombros y, tras beber un rápido trago de su botella, la guardó en su bolsa.
Diego, que estaba sentado junto a Maxi, se levantó para instalarse junto a mí, pero León se le adelantó sentándose a mi lado, tan cerca que nuestros cuerpos se rozaban. Yo me apretujé satisfecha contra él, y León frotó su hombro contra el mío en un gesto afectuoso. Tras fulminar a León con la mirada, Diego fue a sentarse junto a Broduey, al otro lado de Maxi.
Me reí al observar su frustración y al comprobar que estábamos sentados sobre el césped en fila en lugar de agrupados. Pero, a medida que capté el intríngulis de la historia que Diego relataba a Broduey, me sentí especialmente aliviada. Maxi se volvió para escucharlo, pero, al oír las palabras «friki» y «jodidamente increíble», me volví rápidamente hacia León, que sonrió y puso cara de circunstancias. Procurando no prestar atención a lo que decía Diego, me concentré en conversar con León.
Por supuesto, las mujeres que había allí no eran distintas que en otros sitios por lo que se refería a León. Incuso sentado en el césped, comiendo y charlando conmigo, las atraía. Pero, por primera vez, observé que pasaba olímpicamente de ellas. Por lo general, como mínimo les sonreía y hacía contacto visual con ellas, pero ese día parecía contentarse con permanecer sentado a mi lado y conversar conmigo.  Los chicos estaban más que dispuestos a suplir la falta de atención de su colega hacia las mujeres, y algunas, al observar su indiferencia, se mostraron más que dispuestas a trasladar su admiración a los otros chicos. Nuestra fila terminaba en un extraño e irregular óvalo formado por mujeres ávidas de flirtear. Yo me sentía curiosamente maravillosa de que, al menos hoy, hubiera logrado acaparar la atención de León.
Después de comer, los chicos decidieron visitar el pequeño parque de atracciones. Broduey, Maxi y Diego, que evidentemente no experimentaban la menor angustia, decidieron montarse en una atracción que me pareció terrorífica. No sólo por el hecho de que la montaña rusa oscilaba vertiginosamente de un lado a otro mientras ascendía más y más en el aire, sino que, al llegar a la cima, daba la vuelta, de modo que permanecías un buen rato boca abajo. No me hacía ninguna gracia. Apreté la mano de León cuando nos acercamos a ella, y él me miró con gesto pensativo. Se detuvo a unos metros de distancia mientras los chicos se ponían en la cola. Yo lo miré con gesto interrogante, pero él sonrió con calma. Me apretujé contra su brazo y apoyé la cabeza en su hombro, alegrándome de que al parecer no íbamos a montar en esa atracción.
Los otros tres chicos, acompañados por unas jóvenes que no se despegaban de ellos, se lo pasaron en grande con el diabólico artilugio. Cuando alcanzaron la cima, volví la cabeza. León se rió al ver mi reacción, tras lo cual me condujo hacia unas atracciones menos espeluznantes. Al final, tras lanzar unas bolas contra unas dianas, ganó un osito de peluche que me regaló, y yo le di un beso rápido en la mejilla.
En el momento en que nos disponíamos a abandonar la sección de los juegos, una niña rompió a llorar frente a nosotros cuando se le cayó el cono de helado sobre el tórrido pavimento. Su madre trató de consolarla, pero la niña no se tranquilizaba. Cuando pasamos junto a ellas, León miro a la atribulada madre y a la niña, que tenía la carita arrebolada. Yo lo observé con curiosidad al ver que contemplaba el osito que me había regalado.
—¿Te importa? —me preguntó, señalando con la cabeza a la niña que seguía llorando junto al charquito en que se había convertido su helado.
Sonreí complacida ante ese gesto tan amable y le entregué el osito.
—No. Dáselo.
Él se excusó y se acercó a la niña. Después de preguntar a la madre si podía dárselo, la cual sonrió y asintió con la cabeza, León se acuclilló junto a la niña y le regaló el animal de peluche. La pequeña lo estrechó contra su pecho y dejó de llorar. Agarrando tímidamente la pierna de su madre con un brazo y su nuevo regalo con el otro, dio las gracias a León en voz baja y se puso a reír. León le revolvió el pelo y se enderezó frente a la madre, que se lo agradeció de corazón. León asintió y, sonriendo afablemente, dijo que no tenía importancia. Yo lo miré complacida mientras se dirigía de nuevo a mí.
Le tendí la mano, esbozando una media sonrisa, y él la tomó y entrelazamos nuestros dedos.
—Eres un buenazo —dije.
Él miró a su alrededor con timidez.
—No se lo digas a nadie. —Luego, sonrió y se echó a reír. Mirándome, preguntó—: ¿Quieres que gane otro peluche para ti?
Convencida de que ningún juguete podía suplantar el dulce recuerdo que acababa de dejar grabado en mi memoria, sonreí y negué con la cabeza.
—No es necesario.
Él me miró sonriendo con dulzura y me condujo de nuevo al lugar donde habíamos dejado a los chicos.



Leonetta..... <3. León es un amor ¿No lo creen?
Jany

miércoles, 23 de julio de 2014

Unreflecting - Capitulo 16

Capitulo 16

"Bumbershoot"

Una semana más tarde, un alegre y soleado domingo por la mañana, me hallaba sentada frente al televisor haciendo zapping distraída, absorta en mis reflexiones. La noche anterior, Tomas tampoco había telefoneado. Empezaba a ser cada vez más frecuente, y mi paciencia empezaba a agotarse. Traté de recordarme una y otra vez que dentro de unas semanas estaría de regreso en casa, que el purgatorio habría terminado. Pero nada conseguía animarme. Ese día había decidido recrearme en mi autocompasión. En todo caso, ése era mi plan,
Acababa de emitir el milésimo suspiro cuando León apareció de improviso en el cuarto de estar y se detuvo entre el televisor y yo.
—Vamos —dijo tendiéndome la mano.
Alcé la vista y lo miré confundida.
—¿Qué?
—No permitiré que pases otro día gimiendo y suspirando tumbada en el sofá. —Me miró sonriendo—. Ven conmigo.
Sin moverme, y molesta por su aire jovial, le pregunté hoscamente:
—¿Adónde vamos?
Él esbozó su encantadora media sonrisa.
—A Bumbershoot.
—¿Bumper... qué?
Él se rió un poco y su sonrisa se hizo más ancha.
—Bumbershoot. No te preocupes, te encantará.
Yo no tenía idea de qué era, y sonreí de forma guasona.
—Pero eso dará al traste con un día perfecto dedicado a la autocompasión.
—Exactamente. —Me miró sonriendo, y su impresionante atractivo me cortó el aliento. Mmm, aquello podía ser interesante.
—De acuerdo —respondí suspirando. Sin hacer caso de su mano extendida, me levanté y, exagerando mi irritación, subí la escalera para cambiarme mientras él se reía de mí.
León iba vestido de modo informal con unos shorts y una camiseta. De modo que lo imité y elegí un pantalón muy corto y una camiseta sin mangas. Me observó cuando bajé la escalera y luego desvió la mirada, sonriendo para sí.
—¿Estás lista? —me preguntó, tomando sus llaves y su cartera.
—Sí. —Seguía sin tener idea de en qué lío me había metido.
Curiosamente, León me llevó al bar de Pete.
—¿Bumbershoot está en el bar de Pete? —pregunté con tono socarrón.
León sonrió y puso los ojos en blanco.
—En el bar de Pete están los chicos.
De pronto, sentí que el alma se me caía a los pies.
—Ah. ¿De modo que ellos vienen también?
Kellan aparcó el coche y me miró arrugando el ceño al observar mi decepción.
—Sí..., ¿te parece bien?
Preguntándome por qué me había molestado que vinieran con nosotros, negué con la cabeza.
—Por supuesto. De todos modos, soy una intrusa.
Él ladeó la cabeza con un gesto adorable.
—No eres una intrusa, Violetta.
Sonreí y miré por la ventanilla, y sentí de nuevo que el alma se me caía a los pies. Salir con los chicos comportaba algo que me disgustaba profundamente y que en esos momentos se dirigía hacia nosotros. Diego. Suspiré, y León se percató de lo que había captado mi atención. Se rió y se inclinó hacia mí para susurrarme al oído:
—No te preocupes, yo te protegeré de Diego.
Me ruboricé un poco ante su inesperada proximidad, pero respondí con una sonrisa. Diego golpeó la ventanilla, sobresaltándome, y oprimió los labios contra el cristal, moviendo la lengua de forma obscena y golpeteando el cristal con su piercing. Torcí el gesto y aparté la vista.
Maxi abrió la puerta posterior del lado de León y me sonrió; sus ojos marrones mostraban una expresión de auténtica satisfacción al verme.
—Hola, Violetta. ¿De modo que vienes con nosotros? Genial. —Se montó en el coche y cerró la portezuela mientras yo asentía con la cabeza.
—Hola, Maxi.
Broduey abrió la puerta posterior de mi lado e indicó a Diego que se instalara en el asiento del medio.
—Ni hablar. No pienso sentarme en ese maldito asiento. Siéntate tú —replicó Diego a Broduey meneando la cabeza.
—De eso nada, tío. Tengo que sentarme junto a la ventanilla; de lo contrario, me mareo. —Broduey suspiró, manteniéndose en sus trece, y le indicó de nuevo que se sentara. Diego puso los ojos en blanco y miró a Maxi. Maxi sonrió, sin moverse. Diego se cruzó de brazos, sin hacer tampoco ademán de moverse. Broduey y León suspiraron.
—Por el amor de Dios —murmuré yo, tras lo cual me deslicé con cuidado sobre el asiento delantero para ocupar el «maldito asiento», como lo había descrito Diego tan gráficamente.
—¡Eres un encanto! —Diego se apresuró a sentarse junto a mí y cerró la puerta en las narices de Broduey. De inmediato, me arrepentí de mi decisión y miré a León, que se encogió de hombros. Suspiré de nuevo y me corrí hacia Maxi, mientras Diego procuraba aproximarse a mí tanto como era físicamente posible en el amplio asiento posterior.
Broduey se sentó delante, me saludó con un gesto de la mano y partimos hacia donde fuera que nos dirigíamos. Por suerte, fue un trayecto corto. Sólo tuve que golpear a Diego en la mano tres veces para que la retirara de mi muslo y empujarlo una vez para que se apartara de mi cuello. León nos observaba de vez en cuando por el retrovisor, pero yo no veía su rostro con la suficiente claridad para comprobar si se mostraba irritado o divertido.
Resultó que Bumbershoot era un festival de música. León dejó el coche en el aparcamiento al otro lado de la calle y esperó para tomarme de la mano, un gesto que me pareció muy amable de su parte. Cuando entramos al lugar, comprobé que era también un gesto práctico, pues el lugar estaba abarrotado. León compró mi entrada, insistiendo en que me había invitado y debía pagarla él, y penetramos en el gigantesco campus.
Era increíble. Había exposiciones de arte y artistas por doquier. Al entrar, pasamos cerca de la Aguja del Espacio, y León me atrajo hacia él diciendo que si queríamos podíamos subir a ella más tarde. A medida que lo recorríamos, comprobé que era un lugar impresionante. Había aproximadamente una docena de escenarios montados en el exterior y casi otra docena de teatros vallados en los que tocaban distintos tipos de bandas musicales. Todos los estilos de música estaban representados, desde el reggae hasta el rock. Incluso había unas actuaciones cómicas. Había una tonelada de comida y casetas en las que vendían merchandising, e incluso un parque de atracciones. Yo no sabía hacia dónde dirigirme en primer lugar.
Por suerte, Diego y Maxi parecían saber exactamente adónde querían ir, de modo que los seguimos a través del gentío. Cuando nos aproximamos a uno de los escenarios al aire libre, comprobamos que estaba rodeado por una nutrida multitud. Apreté la mano de León y él sonrió y me atrajo hacia él. Aún añoraba a Tomas, pero era agradable salir con León. Hacía que me sintiera... feliz.
Diego, Maxi y Broduey se acercaron a un grupo de admiradores que no dejaban de jalear a un grupo de rock del que yo no había oído hablar. Me pareció un ambiente algo violento para mi gusto, por lo que me sentí aliviada cuando León se detuvo a cierta distancia del caos. Mientras los escuchábamos, León coreó algunas de las canciones sin soltarme la mano. Me apretujé contra él mientras la gente detrás de nosotros me empujaba sin miramientos, tratando de pasar. Al percatarse de que me zarandeaban de un lado a otro, León me rodeó la cintura con los brazos y me colocó frente a él, a salvo de los empujones. A diferencia de lo ocurrido con Diego, no lo aparté bruscamente. Sus brazos eran cálidos, reconfortantes.



Se toman de la mano, la hace reir, la hace feliz, la toma de la cintura......LEONETTA
Jany

El Amor Es Su Mayor Tragedia - Capitulo 3

Capitulo 3

Al igual que el resto de la casa, nada había cambiado en su habitación. Sus molestos animales de peluche fueron colocados cuidadosamente en la cama perfectamente hecha. Las cintas de softball y fútbol colgadas de un tablón en el tocador. Era una habitación para una chica mucho más joven: fucsia y blanco, tierra de caramelos y escalas.
Había cortinas blancas de encaje con volantes y alfombras de pelusas. Martina se hundió en una esquina del colchón con un suspiro, sus rodillas presionadas juntas. Sus manos se posaron en la parte superior el regazo. Estaba empapada y helada.
―Así que... ¿qué pasó entre tú y Jorge? ―preguntó.
Francisco se recostó el armario y cogió una estatuilla, mirando con interés.
―¿De dónde sacaste eso?
―Es Cupido y por favor no toque mis cosas. ―Martina no había visto la estatuilla en dos años.
La mirada de Francisco conectada con la de ella mientras le hacía una mueca.
―¿Acaso Jorge te dio esto?
―Hace mucho tiempo. Creo que estaba destinado a ser una broma.
―Sólo diré. Es feo.
―¿Qué pasó entre tú y Jorge?
―¿Primero dime lo que pasó entre tú y Jorge? ―devolvió Francisco en un tono sarcástico.
―No importa. No he venido a casa para luchar con ustedes.
Fran dejó la estatuilla en el tocador con un ruido metálico.
―Es raro como es el tipo que siempre está presente y se hace cargo. Siempre está jugando como si fuera un tipo perfecto alrededor de todo el mundo, pero cuando no hay nadie... él es un idiota total. Papá cree que Jorge es una especie de santo porque está dispuesto ayudar. Digo que es un vagabundo sin lugar a dónde ir. Sé que suena como si estuviera celoso, pero...
―¿Pero qué, Fran? ―Cuando parecía que no estaba dispuesto a decir algo más, agregué―: Por favor, dime.
Su mirada se estrechó en la de ella.
―¿Por qué has vuelto, ¿en serio? Dime que no es para terminar lo que empezaste con él.
―¡No! ¡Vine a casa a causa del accidente de mamá! No puedo creer que aún sigas creyendo que tengo algo que ver con Jorge Blanco.
―Mira la historia entre los dos. ¿Cómo no me voy a preguntar? Ninguno de ustedes ha sido completamente honesto acerca de lo que pasó antes de que te fueras.
―Hola cariño. ―La voz de su padre los sorprendió a ambos, sus cabezas se volvieron hacia la puerta. Estaba listo para la cama vistiendo pantalones de chándal azul marino y una camiseta blanca. Su pelo oscuro estaba húmedo, salpicado de gris, estaba en la orilla casi como si estuviera de puntillas en una conversación con ella. Odiaba hacerlo sentir tan incómodo.
―Me voy ―anunció Francisco saliendo de la habitación.
Martina recogió su osito de peluche favorito y lo abrazó contra su pecho. Su padre estaba tranquilo, torpemente. Había pasado una eternidad desde que había estado a solas con él. La miró con una mirada intensa que rivalizaba con la anterior de Jorge.
―¿Estás bien? ―preguntó finalmente―. Jorge, dijo que estabas empapada, tal vez deberías salir de esa ropa mojada y tomar un baño caliente.
―Voy a sobrevivir.
Su padre se acercó un paso, luego otro, hasta que estuvo justo frente a ella. Él levantó su cara con la punta de su dedo. Sus ojos marrones fijos en ella. Buscó algo en su cara, pero ella no sabía qué.
―Martina...
Se soltó.
―Estoy cansada. ¿Estaría bien si me voy a dormir? Veré a mamá en la mañana.
Su padre dejó caer su mano a su lado.
―Por supuesto. No hay prisa. ―Se detuvo en la puerta y miró hacia atrás―. Estoy feliz de que estés aquí.
Más tarde, en la oscuridad, Martina vio sombras que parecían arañar a lo largo de sus paredes: extremidades haciendo movimientos espasmódicos fuera de su ventana, atrapando el viento y la luz de la luna. Podía sentir el suave edredón de plumas entre los dedos y llevó la cubierta hasta la barbilla, apretando más cómodamente. Su vieja cama doble era bastante cómoda, pero no lo estaba. Dentro de ella estaba temblando.
Era como ver una película de terror y esperar lo inesperado en cualquier momento, siempre en guardia. Ella exhaló un suspiro y su forma rígida se relajó.
No seas tonta.
Cierra los ojos duerme, se decía Martina a sí misma.
Números rojos en el reloj al lado de la cama marcaban: 12:30, 12:45. 01:00 am los párpados de Martina se hicieron tan pesados que ya no podía luchar contra el sueño y empezó a dormitar, situado profundamente en las cubiertas. Sus ojos parpadearon mientras se deslizaba en un profundo sueño, soñando.
1:30 am. Sintió el colchón detrás de ella hundirse. Sus ojos se abrieron. Manos capturando su cintura. Su barbilla hundiéndose en el músculo blando a lo largo de su hombro haciendo que se ahogara. Podía oír su respiración excitada más rápido ya que moldeó su cuerpo contra su espalda.
Él susurró:
―Shh, sólo quiero estar cerca de ti.
Martina se enderezó en la cama. Estaba sola. Su corazón se aceleró, el único sonido en la habitación. Apretó las palmas en sus mejillas manchadas de sudor. Su vestido de algodón blanco se aferró a su carne.
El pomo de la puerta de su habitación traqueteaba. Contuvo la respiración y apretó las mantas contra su pecho. Ella escuchó. Un golpe. Dos golpes. El pomo de la puerta tembló de nuevo. Aplicaron presión a la madera desde el otro lado, pero el bloqueo se mantuvo. Hubo una sacudida. Un empujón contra la madera.
―Cariño, ¿estás bien? Te oí gritar ―su padre llamó desde el otro lado de la puerta.
―Estoy bien. ―Las palabras de Martina salieron rotas―. Nos vemos en la mañana




lalalala, ni se imaginan lo que viene :D
Jany