miércoles, 4 de diciembre de 2013

¿El orgullo, o el amor? - Capitulo 20

{Capítulo 20}:


- Caitlin no pretenderás que ahora que se que está embarazada me aleje de ella – una nueva batalla se debatía en Jorge entre su ‘yo’ interno y su orgullo prepotente.

- ¿Entonces qué harás? ¿Causarle más dolor del que ya tiene?

- ¡No Caitlin! ¡Error que cometo error que no vuelve a ocurrir!

- ¿Quién le asegura a ella que no te cansaras y estarás a su lado? – Genial, Caitlin no le hacía nada fácil la guerra que tenía dentro de él - ¡Vamos dime! – nunca pensó pronunciar esas palabras a nadie pero sentía la necesidad de desahogarlas de una vez por todas.

- Yo la quiero, y me aseguraré de que ella sea feliz – En realidad esas no eran precisamente se las palabras que él quería decir pero Caitlin no era la que lo tenía que oír era esa chica que reposaba en aquella camilla, en tanto Caitlin se le ilumino el rostro con un sonrisa al escucharlas, se acercó a él abrazándolo.

- Eso era lo que esperaba escuchar – dijo ella apretujándolo, y él se sintió feliz al decirlas al mismo tiempo que las sentía.

- ¿Uh? – pregunto confundido no entendiendo para nada su enigma.

- Nada no me escuches, los hombres no entienden el sentimentalismo – él paso un brazo por lo hombros de ella y froto con su mano el cabello de ella – Me despeinas – se quejo Caitlin a lo que él se burló.

Había retrasado tanto el tener que verla postrada en una cama teniendo más cables sobre ella que hebras de cabello. Pero había llegado el momento. Caitlin prácticamente lo empujo hacia la habitación y cerró la puerta, dándose vuelta y topándose de frente con el cuerpo de Martina tendido en esa camilla. Se acercó a ella con las rodillas flaqueándoles y el corazón en su garganta, tomo su mano que estaba fría y la apretó contra su pecho, sentir su piel aunque no fuera ella consciente de ello, lo electrizó, aprovechando que estaba sola al lado de ella, soltó algunas lágrimas que luego de unos segundos se convirtieron en muchas más hasta que ya no pudo detenerlas e inundaron completamente su rostro, sin poder evitarlo.

Sentía algo más que remordimiento, sintió culpa y vergüenza. Había hecho el amor con ella sin cuidarse y ahora ella estaba esperando un hijo suyo, no era que se arrepentía de ello, pero tal vez ella no quisiera llevar un hijo de él en su vientre, y mucho menos luego de cómo la trató. Unos minutos de silencio a su lado bastaron para que su llanto se intensificara sin tener aún algún movimiento de la mano de ella que le hiciera saber que ella sentía el dolor de él, que entendía el por qué él estaba así, eso esperaba, porque él no lo sabía.


- Te necesito aquí – fueron las primeras palabras que apenas pudieron salir de su garganta apretada por el nudo en ésta – ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Manché tu conjunto favorito y estabas a tan solo un paso de querer ahorcarme – rió esto último – También recuerdo cuando te besé – expresó con nostalgia y melancolía en su rasposa voz – Fue el mejor beso de mi vida – sintió un escalofrío en la misma mano con la que tomaba la de ella, sonrió, al parecer lo escuchaba pero muy en su inconsciente – ¿Recuerdas cuando dije que eras mi novia en frente de Pablo? – susurró llorando, esa escena le rompía el alma a cualquiera, él a un lado de ella tomando su mano, reviviendo momentos que asombrosamente fueron los mejores de su vida, con lágrimas que bañaban su rostro ya rojo por la agonía con la que soltaba cada suspiro cargado de llanto y angustia – Me alegré por un momento al imaginarte siendo mi novia, no me soportaría ni yo a ti pero así sobreviviríamos – siguió – Martina, necesito que te repongas, por ti, por mi, por nuestro hijo – sollozó – No creo que tenga la valentía de decirte esto cuando estés despierta pero – suspiró cerrando los ojos – Te amo Martina. Te amo como nunca he amado a nadie – su llanto se escuchaba en la habitación pero otro sonido se agregó, la máquina que mostraba los latidos de su corazón estaba decayendo, su pulso se aceleraba al igual que sus latidos. La estaba perdiendo.

- ¡Enfermera! ¡Doctor! – salió desesperado de la habitación llamando como un desquiciado fuera de la habitación, enfermeras entraron junto con el doctor, trataron de restablecerla mientras a él lo empujaban fuera de la sala. Lo terminaron de sacar a la fuerza y se sentó al lado de la puerta doblando sus rodillas hasta su pecho dejando caer su cara en sus piernas, su llanto era estruendoso, como un niño totalmente perdido, así se sentía. Como un niño cuando pierde el tesoro más preciado. Ese niño era él.

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