martes, 10 de febrero de 2015

Dangerous Obsession - Capitulo 47

Capítulo 47

Ella cayó rendida sobre mí. Escondió su rostro en mi cuello y con sus manos calmo las marcas que sus uñas habían dejado sobre mi pecho.
—Ya no puedo más Jorge —dijo agitada —Esto es demasiado, amor. Hace tres horas que estamos sin parar…
—Tú tienes la culpa. Me encanta verte disfrutarlo. Me enloquece que me pidas más. Así que no te quejes porque definitivamente tú eres la culpable —dije con voz ronca y acaricie su espalda.
Su cuerpo aun estaba unido al mío. Levantó la cabeza y me besó dulcemente. Otra vez mi cuerpo se tensó y ella me sintió entre sus piernas.
—Jorge, ¿otra vez? —preguntó alejándose de mi boca. Apreté los dientes.
—Muévete mi amor, por favor —le rogué agitado. Moví un poco mis caderas y ella jadeó levemente.
—No, Jorge, no puedo —susurró agitada y se sentó. Gimió ahogadamente al sentirme más hondo.
—Uno más. Juro que será el último… lo juro —aseguré.
—Es como la cuarta vez que escucho eso, amor. Ya hemos hecho el kamasutra entero…
Cerró los ojos cuando la tomé de las caderas y la ayudé a moverse sobre mí de manera lenta.
—Solo hemos hecho la mitad —susurré.
Su respiración se agitó y sus manos se apoyaron, otra vez, sobre mi pecho. Me senté y la abracé contra mí. Sus latidos se apoyaron suaves en los míos. Sus piernas rodearon mi cuerpo. Y su mano bajó caliente por mi espalda.
—Ahora comprendo por qué todas te quieren y desean, Jorge—me dijo al oído. La abracé más contra mí.
—Pero yo no quiero, ni deseo a otra que no seas tú —le dije.
—Te amo —susurró.
Me alejé un poco de ella para mirarla a la cara. Sus marrones ojos estaban húmedos. Sus mejillas enrojecidas.
Con un simple movimiento giré y la atrapé bajo mi cuerpo. Gimió y susurró mi nombre. Busqué sus manos con las mías y las entrelacé para llevarlas sobre su cabeza.
Comencé a moverme dentro de ella de manera lenta y profunda. Sus ojos se veían cada vez más cristalinos. Ella quería llorar. Entonces bajé mi cabeza hasta su rostro y suavemente acaricié sus labios.
—Te amo, Martina—le dije.
Ella soltó un sollozo y soltó mis manos para abrazarme y pegar su boca a la mía. Me moví más rápido al sentirme desesperado. Y más rápido de lo que deseé ambos llegamos a un nuevo clímax, compartiendo algo mucho más profundo que el éxtasis.
Me dejé caer sobre ella y su pequeño cuerpo me abrazó con fuerza. Me alejé para mirarla a la cara y varias lágrimas caían por sus mejillas. Las quité con mis labios.
—No llores, amor ¿Por qué lloras? —le pregunté. Ella sonrió y acarició mi rostro.
—Porque te amo, por eso —dijo y alzó su cabeza para besarme suavemente.
Salí de ella y giré sobre la cama para quedar boca arriba. Tomé a Martina y la coloqué sobre mi pecho. Nuestras respiraciones aun eran agitadas, pero no era solo por el esfuerzo de haberlo hecho una vez más, no. Era por la emoción de saber que me ama y yo a ella.
Sonreí tontamente y besé la cabeza de mi chica. Ahora si puedo decir que es mía, solo mía.
Martina besó mi pecho y luego me miró a los ojos.
—Hermosa —le dije. Ella sonrió.
—Y tú, precioso, hermoso, bonito, lindo. Y todo lo que se te pueda ocurrir.
— ¿Te das cuenta de lo qué me has hecho? —le pregunté. Ella negó con la cabeza —Te amo y es lo más hermoso que me pasó en la vida.
— ¿Te estás poniendo cursi mi amor? —preguntó entre divertida y enternecida —Me encanta que lo hagas —besó mis labios —Te amo.
—No más que yo…
—Mentira, yo más.
— ¿Quieres qué te demuestre que soy yo quien te ama más? —pregunté.
—Si esa demostración implica hacerlo otra vez… no mi amor. Estoy exhausta, rendida, acabada. Yo no sé cómo voy a terminar si esto va a ser siempre así —dijo y se abrazó más a mí, escondiendo su rostro en mi cuello. Respiró profundamente y acarició mi piel con su nariz.
— ¿Fuiste hoy a ver a tu madre? —le pregunté.
—Ajá, y como siempre me preguntó por ti —dijo.
— ¿Y qué le dijiste? ¿Qué estamos juntos? ¿Qué me amas? ¿Qué no puedes vivir sin mí? ¿Qué ahora es mi suegra?
Ella rió divertida y alzó la cabeza para mirarme a los ojos.
—No, solo le dije que estabas bien.
—Que mala hija eres. Pero quédate tranquila. Mañana iremos juntos a verla. Y yo mismo le diré que ahora es mi suegra.
—Que yo sepa no he recibido ninguna propuesta de noviazgo para que ella sea tu suegra —dijo con algo de recelo.
La miré fijo a los ojos y sonreí. Acomodé mi garganta.
—Señorita Martina Stoessel, ¿Quisiera usted ser mi novia? —le pregunté. Una sonrisa del tamaño de una casa atravesó su rostro.
—Si, si quiero tontito —dijo y me besó efusivamente. Me alejé de sus labios y besé su nariz.
—Mañana podemos ir a almorzar con Mari, y de paso decirle. Es más puedes llamar a tu padre. Podríamos almorzar los cuatro.
Martina comenzó a reír como si le hubiese contado el mejor chiste del mundo.
—¿Mis padres almorzando juntos? —dijo mientras calmaba su risa —Por dios, mi amor. Estás loco. Se matarían.
—Vamos, no creo que sea tan malo —le dije.
—No lo se, no estoy segura —dijo ya más seria —Pero si saben que el otro va, ni locos van.
—Bueno, puedes mentirles. No les diga que va el otro y nos encontramos allí. No será tan malo. Tengo un presentimiento de eso…
—Está bien, lo haré —musitó.
Se volvió a apoyar en mí y comencé a acariciar su espalda. La abracé un poco más.
—Gracias, amor —susurré.
—¿Por qué? —preguntó con la voz ya adormilada.
—Por todo lo que me has dado, cariño.
—No mi amor, gracias a ti.
—Te amo —musité.
—Y yo a ti, mucho.

***********************


Me desperté al sentir una lluvia de besos sobre mi rostro. Iban desde mi frente hasta mis labios. Y caían con especial énfasis allí.
—Mmm… que rico sabe eso que me estás dando —dije con voz ronca.
—Es amor, amor —dijo ella —Arriba dormilón.
—¿Qué hora es? —pregunté mientras estiraba mis brazos para agarrar a Martina. Ya que aun no había abierto mis ojos. Ella tomó una de mis manos con la suya, y la acarició.
—Las 11 de la mañana —respondió y besó mi palma.
—¿Por qué me estas despertando a esta hora? —reproché.
Ella volvió a besar mi rostro hasta mi boca. Abrí los ojos y la miré. Es la imagen más hermosa que vi en mi vida. Lentamente me incorporé para sentarme. Me apoyé contra el respaldo de la cama y la miré de arriba a bajo.
—¿Qué? —dijo ella.
—¿Tienes puesta una camisa mía? —pregunté.
Ella sonrió coqueta y se puso de pie. Solo llevaba puesta una de mis camisas abrochada hasta la mitad de su pecho. Totalmente provocadora y descarada.
—Si, es tuya —confirmó —Me desperté hace una hora y no tenía ganas de ponerme mi ropa. Comencé a revisar la tuya, y esta es la camisa que tenías puesta el día de la fiesta que nos encontramos. Por dios, estabas taaaan entrable ese día.
—Ven aquí —dije y la tomé del brazo. Riéndose tontamente se acercó más y la acomodé entre mis brazos —¿Por qué no me dejaste besarte esa noche? Dios sabe lo mucho que quería hacerlo… estabas tan irresistible.
—Te detestaba —aseguró —Me caías mal. En especial con tu aire de galán matador. Pero eras demasiado pegado a ti.
—¿Qué fue lo que te llevó a no odiarme? —pregunté.
—No sé si la palabra correcta es odio. Pero me chocabas en algunos momentos. En otros la pasaba bien contigo. Y a veces simplemente me sacabas de mis casillas. Pero no pude evitarlo. De apoco te metiste en mí y ahora te amo… así egocéntrico y todo.
—¿Cuánto me amas?
—Mucho, mucho —susurró y levantó su cabeza para besarme cortamente.
—¿Rose no ha llegado? —le pregunté.
—Llamo hace un rato. Se sorprendió de que yo la haya atendido y le conté que somos novios.
—¿Qué dijo? —dije divertido al imaginarme la expresión de mi nana.
—Que era un milagro de dios y que eso había que festejarlo —me contó soltando una leve risa.
—Já, ya la imagino.
—Y dijo que hoy no vendrá porque otra vez Brutus se tragó una moneda.
—Ese perro es taaaan tonto —aseguré y la acomodé mejor entre mis brazos.
—Pero le dije que la quiero ver y le prometí que mañana en la tarde vendría a visitarla.
—¿Y quién te dijo a ti que esta noche estarías lejos de mí? —le pregunté.
—Oh, ¿Acaso no piensas dejarme un rato? —preguntó.
—Por nada del mundo —dije con una gran sonrisa. La besé.
—¿Sabes que tengo ganas de hacer? —dijo.
—No, ¿Qué? —pregunté.
—Quiero bañarme – fruncí el ceño.
—Bueno, ahí tengo un par de toallas limpias, mi amor. Puedes bañarte —dije.
Ella sonrió y luego mordió su labio inferior.
—Si, pero quiero bañarme contigo —susurró.
La miré fijo por unos cuantos segundos sin decir nada. Con un movimiento del que ni yo mismo fui conciente me puse de pie con ella entre mis brazos. Soltó un grito divertido y se echó a reír.
—Lo que me acabas de decir, es cierto ¿verdad? —pregunté.
—Ajá —asintió divertida
—Como me puedes, por dios —dije y salí del cuarto para entrar al baño. Ella reía y pataleaba. La puerta se cerró detrás de nosotras —Acabas de cometer un gran error al permitirme esto, cariño.
—¿Por qué? —preguntó, mientras arqueaba una ceja y comenzaba a desabrochar los botones de su camisa —Yo no le veo nada de malo a bañarme con mi novio. ¿Tú si?
—El problema no es el baño… sino lo que va a pasar en el —le dije y miré el movimiento que hacían sus dedos al desabrochar los botones. Su simpática risa llegó a mis oídos, para hacerme reaccionar y mirarla a la cara.
—Será solo un simple baño, Blanco—aseguró.

Martina salió primera del baño, soltando unas cuantas malas palabras.
—¡Jorge, voy a matarte! —la escuché quejarse desde el cuarto —¡Ahora dime como voy a hacer para tapar estas marcas que me dejaste en el cuello!
—¡Es tu problema, amor! —le grité mientras terminaba de enjuagarme la cabeza —¡Tú dime como voy a hacer para quitarme las marcas de tus uñas!
—¡Pero eso no esta visible, tonto! —chilló —¡Lo tapas con la remera y listo! ¡Yo tengo un chupón gigante en el cuello y encima del pecho! ¿Qué le voy a decir a mi madre cuando pregunte de que son?
—¡Ella va a saber entender mi amor, deja de quejarte! —le pedí y apagué la ducha.
Tomé la toalla y me sequé el cabello para luego envolver mi cintura con ella. Salí del baño y entré a la habitación. Martina ya casi se había terminado de cambiar.
—Eres una bestia —me dijo sin mirarme.
Sonreí y me acerqué a ella para abrazarla por la espalda. Quiso alejarse pero no la dejé.
—Te dije que no sería un simple baño —le susurré al oído —Pero no vas a decirme que no te encantó —giró para mirarme de frente. Mordió su labio y se puso en puntas de pie para rozar los míos.
—Si, me encantó —musitó y se alejó antes de que yo la besara.
Riéndose salió de la habitación y me dejó con las ganas de otro beso. Me cambie lo más rápido que pude y salí en busca de ella. La busqué y cuando la divisé me acerqué rápidamente para besarla. Ella rió sobre mi boca, llenándome de alegría. El timbre de casa sonó. Me alejé despacio de los labios de Martina y miré hacia la puerta.
—¿Quién será? —pregunté.
—¿Esperabas a alguien? —dijo Martina alejándose.
—No, para nada —aseguré y me acerqué a la puerta. Girando la manija abrí la puerta y me quedé quieto mirándolo. Él miró sobre mi hombro a Martina. Una sonrisa se dibujó en él.
—Buen día hijo, espero no haber interrumpido nada.
Aquella cínica sonrisa no salía de su rostro. Sentí que la sangre me hervía ¿Qué diablos hacia él aquí?
—¿Qué quieres? —le pregunté de mala manera. Él volvió a mirar a Martina.
—¿No me vas a invitar a pasar? —me preguntó.
Me quedé quieto en el lugar… no iba a dejarlo pasar. Sentí unas pequeñas manos apoyarse en mi espalda. Giré mi cabeza y la miré. Ella asintió levemente.
—Pasa —le dije a mi padre y me corrí de la puerta. Él entró y miró a su alrededor.
—Buenos días, Martina—le dijo a ella.
—Buenos días señor Blanco—le respondió.
—Espero no haber llegado en un mal momento.
—No, para nada —dijo Martina y sonrió de manera falsa. Reí por lo bajo —Estábamos por desayunar ¿Quiere desayunar con nosotros?
—No gracias —dijo él y se sentó en una de las sillas. Martina me miró y sonrió de manera dulce.
—¿Qué lo trae por aquí señor Blanco? —le preguntó.
—Necesito hablar unos asuntos con Jorge —le dijo de manera tajante.
—Bueno… yo ya me estaba por ir, y…
—No, tú no te vas a ningún lado —la detuve. Ella me miró —Cualquier cosa de la que me quieras hablar puedes hacerlo delante de Martina, padre.
Él me miró fijo, y luego miró a Martina Ella se veía algo sorprendida.
—Es un asunto delicado —prosiguió él.
—No interesa… yo no tengo secretos con mi novia. Si no se entera ahora, se va a enterar después.
—¿Novia? —preguntó confundido.
—Oh, como fui tan tonto de no decirte papi —dije irónico y me acerqué a Martina para abrazarla de costado —Te presento a tu nuera… ¿no es encantadora?
Yasser nos miró algo atónitos. Giré mi cabeza para mirar a Martina y sus mejillas estaban totalmente enrojecidas. Levantó la cabeza y me miró. Le guiñé un ojo y negó divertida con la cabeza.
—Así que son… novios.
—Si —dijo ella asintiendo —Espero que le agrade la idea de tenerme en su familia. A mi me encanta que usted sea mi suegro —noté aquel particular tono de sarcasmo.
—Claro que estoy contento… no te imaginas cuanto pequeña —le dijo él.
Noté algo muy extraño en aquella afirmación. La miré fijo, tratando de saber que pretendía.
—¿Y bien? ¿Qué has venido? —le pregunté de manera cortante.
—Cariño, no seas tan grosero. ¿Por qué no le ofreces una taza de café a tu padre? —me preguntó Martina. La miré y ella alzó ambas cejas.
—Oh si, tienes razón amor —le dije y me acerqué a donde estaba ella —Papi, ¿quieres café?
—Un poco estaría bien —me dijo él. Agarré una taza y serví el café. Me acerqué al oído de Martina.
—¿Puedo escupir un poco en él? —le pregunté.
Ella soltó una leve risita y ambos miramos a mi padre.
—Un poco no estaría mal… creo que ha arruinado algo —susurró ella.
—Ha arruinado todo —le aseguré. Tomé la taza y se la alcancé a mi padre —Aquí tienes…
—Gracias —susurró él.
—Bueno, ¿A qué has venido exactamente? —le pregunté mientras me sentaba frente a él.
Martina tomó un vaso de jugo y se sentó a mi lado, mirando fijamente a mi padre. Él la miró y luego volvió su vista a mí.
—Quiero que trabajes conmigo de nuevo —me dijo.
—¿Para qué? —le pregunté.
—Porque lo necesito… ya te dije una vez que hay veces que yo no puedo firmar los papeles y como tú eres mi hijo necesito tu ayuda.
—¿Qué clase de ayuda señor Blanco? —preguntó Martina apoyando el vaso en la mesa.
Él la miró con recelo. Estoy completamente seguro que no le agrada para nada que Martina este sentada frente a él escuchando todo. Principalmente porque no puede hablar como quiere.
—Tengo muchos negocios señorita Stoessel y no puedo atenderlos todos.
—Que lastima señor Blanco. Pero ¿no le contó Jorge que esta semana que viene tenemos parciales en la Universidad? —preguntó y me miró —¿No le contaste, cielo?
La miré extrañado. Nosotros no teníamos ningún examen o algo parecido esta semana. Entonces entendí aquello. Miré a mi padre.
—¿No te conté papá? —le pregunté. Él me miró serio —Lo lamento otra vez… no sé que pasa conmigo últimamente que me estoy olvidando de contarte tantas cosas importantes.
—Bueno, eso no es nada —dijo Martina y sonrió.
—Entonces señor Blanco… no creo que Jorge pueda ayudarlo esta semana. Y tampoco la otra.
—¿Por qué? —preguntó él de mala gana.
—Jorge y yo… estamos trabajando juntos en la oficina de mi madre y… le prometimos que en las próximas dos semanas íbamos a ayudarla en un proyecto muy importante que tiene. ¿O no amor?
—Si… también me olvidé de aquello. ¡Que cabeza de novio la mía! —dije divertido y con Martina nos echamos a reír. Fernando estaba más serio de lo que la situación ameritaba. Simplemente me encanta verlo así. Molesto, sin saber que decir, ni que hacer.
El timbre de mi casa volvió a sonar. Martina me miró y yo la miré. Ambos fruncimos el ceño.
—Que solicitados que estamos hoy, Jorge—dijo ella poniéndose de pie —Yo iré a abrir.
Martina se alejó de mí y miré a mi padre.
—No me gusta para nada las atribuciones de esta jovencita —me dijo por lo bajo.
Sonreí levemente.
—Me importa un comino si te agrada o no. Yo la amo y eso es lo importante —le dije sin dejar de mirarlo.
—¿Acaso tengo que venir yo hasta aquí para que mi hijo me de la hora? —escuché su voz y me paralicé.
Rápidamente me puse de pie. Ella entró al departamento. Mi padre giró la cabeza y la miró. De sus ojos destelló algo que hacia mucho no le veía… Obsesión.
Ella dejó de caminar al verlo allí parado. Martina se quedó quieta a su lado y miró preocupada la escena. ¿Qué diablos hace ella aquí?
—Cecilia—habló mi padre.
Vi que los ojos de mi madre se humedecían y entendí que el pasado y todo el dolor volvieron a ella como si nunca se hubieran ido.
Una sonrisa estúpida se curvó en el rostro de mi padre. Volví la vista a mamá y sus ojos cada vez estaban más cristalinos.
—Cecilia, mi amor, has vuelto —dijo fernando. Mi madre dejó de mirarlo.
—Creo que no… que no he venido en un buen momento… vuelvo más tarde hijo —dijo ella con voz temblorosa.
En un instante que no percibí mi padre se acercó a ella.
—No, no, no te vayas —dijo y la tomó de un brazo.
Mi madre comenzó a forcejear para salirse de su agarre.
—Suéltame —le dijo sin mirarlo.
—¿Por qué Cecilia? Si has vuelvo a mí… sabía que un día ibas a volver.
—Fernando ya suéltame —dijo ella en tono nervioso.
Me acerqué rápidamente a Fernando y lo alejé de ella.
—Vete —le dije. Él me miró. Su mandíbula se tensó.
—Otra vez tú —susurró. Miré a Martina.
—Lleva a mi madre al cuarto, Martina. Espérenme ahí —les dije.
Martina asintió y tomó a mi madre del brazo para dirigirla al cuarto. Cuando ellas dos estuvieron alejadas de la sala miré de nuevo a Fernando.
—¿Qué te sucede? ¿Acaso estas mal de la cabeza? —le pregunté.
—Otra vez tú —volvió a susurrar. Lo miré extrañado.
—¿Qué quieres decir con eso? —dije.
—Tu madre ha vuelto y tú otra vez la alejas de mí.
—¿Qué?
—Tú eres el culpable de todo —dijo elevando un poco su voz.
—Ya no tenemos más nada que hablar Fernando… voy a pedirte que amablemente te vayas de mi casa. Ahora.
Me miró con odio. Un odio que no veía hace mucho en su mirada. Mi padre esta enfermo. Está completamente loco.
—Está bien, está bien —dijo y se acercó a buscar sus cosas —Como siempre tú ganas en esto… pero no me voy a quedar con los brazos cruzados hijo. Vas a pagar haberte metido en medio de tu madre y yo.
—Como digas —le dije y le hice el gesto de que ya se podía ir.
Él salió del departamento y se giró a verme.
—Ya lo veraz —dijo con una leve sonrisa.
Cerré la puerta con fuerza y sin pensarlo me dirigí a la habitación.
—Respiremos juntas Cecilia… tranquila —Martina estaba arrodillada frente a mi madre y le sostenía las manos con las de ella. Me miró —Ve por un vaso de agua, Jorge. Tu madre está con un ataque de nervios.
Asentí y volví a salir para buscar el vaso con agua. Volví al cuarto y pude ver la angustia de mi madre. Le entregué el vaso y ella temblorosa lo tomó.
—Lo siento —se disculpó cuando terminó de tomar.
—Tranquila, ya se fue —le dije.
—Tuve que haber llamado antes de venir —habló mientras unas cuantas lágrimas caían por sus mejillas —Solo quería darte una sorpresa, hijo. No pensé que tu padre iba… iba a estar aquí.
—Yo tampoco lo sabia, mamá —dije y me acerqué para sentarme a su lado —Pero ya se fue… él no va a hacerte nada.
—Yo no tengo miedo por mí, Jorge—dijo y me miró a los ojos —Tengo miedo por ti. Tú padre está mal… muy mal.
—Eso no es noticia —le dije. Ella negó con la cabeza.
—Fernando está enfermo, hijo… él esta loco.
—Tranquila —dije y la abracé —Él no va a hacerte daño ni a ti, ni a nadie.
Miré a Martina y pude ver la preocupación en su rostro. Eso me partió el alma. Un día que debió comenzar hermoso, terminó volviéndose una reverenda mierrda.
Luego de calmar a mi madre. La acompañamos a que se tomara un taxi. Antes llamamos a Ryan para que la esperara y contarle lo que había pasado. Volvimos a entrar al departamento después de despedir a mamá.
Solté un cansado suspiro y me tiré en el sillón. Tapé mi rostro con ambas manos. Sentí como Martina se sentaba a mi lado.
Me tomó del brazo y me jaló hacia ella. Me apoyé sobre su pecho sin quitarme las manos de la cara. Juro que tengo unas terribles ganas de gritar.
—Tranquilo mi amor, todo va a estar bien —susurró mientras acariciaba mis cabellos.
—Lo siento amor, no quería que pasaras por esto —me disculpé. Ella me alejó para poder mirarme a la cara.
—No seas tonto, no tienes porque pedirme perdón. Lo que pasó, no fue tu culpa.
—Maldito hijo de perra… lo odio —aseguré. Ella acarició mis mejillas.
—Odiando a tu padre no ganas nada, Jorge… Como dijo tu madre él está enfermo. Necesita ayuda, solo eso.
—Solo eso —susurré y acaricié su rostro —Ojala fuera tan fácil amor. Pero no sé si viste el rostro de él cuando vio a mamá. Se transformó completamente… él parecía un lunático. Miró a mi madre como si fuera una obsesión para él.
—Por eso mismo mi amor… él necesita ayuda —dijo.
La acerqué a mí y la abracé. Escondí mi rostro en su cuello y respiré su aroma.
—Tú también eres una obsesión para mí, Martina—le susurré. Ella se alejó para mirarme a los ojos —Pero jamás… escucha esto, jamás te haría daño.
Ella sonrió levemente y se acercó a mí para besar mis labios.
—Lo se mi amor. Y tú también eres mi obsesión —susurró sobre mi boca. Me volví a acercar para poder besarla completamente.
—Te amo —le dije sin dejar de besarla.
—Te amo más —musitó. Se alejó despacio —Voy a llamar a mis padres para decirles que mejor dejamos el almuerzo para otro día.
Se quiso poner de pie pero la detuve. Me miró extrañada.
—¿Y quien te dijo que lo íbamos a dejar para otro día? —le pregunté.
—Jorge, no creo que sea un buen momento —me dijo. Sonreí y negué con la cabeza.
—Claro que si es un buen momento, mi amor. Tus padres y nosotros vamos a ir a almorzar juntos. Algo me dice que al final vamos a sacar algo muy bueno de este día. Eso te lo puedo asegurar.


Maraton!!!!

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