martes, 12 de mayo de 2015

Unreflecting - Capitulo 154

Capitulo 154

"Verlo De Nuevo"

Anna salió del baño mientras yo aspiraba el olor de la butaca y, sintiéndome como una estúpida, dejé caer las manos sobre mi regazo y me puse a mirar de nuevo a través de la ventana.
—¿Estás bien, Vilu? —preguntó con tono quedo.
—Perfectamente, Anna.
Ella se mordió sus perfectos labios pintados de rojo y me miró como si quisiera decir algo. Luego meneó la cabeza y dijo:
—Puesto que vas a quedarte aquí, ¿te importa prestarme el coche?
—No. —Se lo dejaba a menudo cuando lo necesitaba, y, aparte de cogerlo para ir al trabajo y a la universidad, yo apenas lo utilizaba.
Ella suspiró y, acercándose, me besó con dulzura en la cabeza.
—No te pases toda la noche regodeándote en pensamientos tristes.
Alcé la vista y le sonreí con afecto.
—De acuerdo, mamá.
Ella se rió de forma encantadora y tomó las llaves de la encimera de la cocina. Luego, me dio las buenas noches apresuradamente y salió sin coger una chaqueta. Mientras la observaba sacudiendo la cabeza con gesto de desaprobación, pasé los dedos sobre el tejido de la butaca, preguntándome qué debía hacer.
Pensé por un momento en llamar a Tomas. La diferencia horaria entre Madrid y nosotros es de siete horas de adelanto allí, y Tomas estaría en plena tarde del sábado. Probablemente atendería la llamada a esa hora, pero yo no tenía muchas ganas de hablar con él. No es que tuviera ningún problema en llamarlo; hablábamos con frecuencia y habíamos alcanzado la fase de exnovios amigos. No, lo que me hacía dudar era el hecho de que el mes pasado me había dicho que salía con una chica. Al principio, me dolió; luego, me sorprendió que me contara algo tan personal, pero por fin me alegré por él. Era natural que saliera con chicas. Que fuera feliz. Era demasiado maravilloso para no encontrar la felicidad.
En sus siguientes llamadas me había contado algunos detalles de su relación con esa chica, y la semana anterior seguían juntos y todo iba viento en popa. Yo sabía que le convenía, y en parte me alegré por él, pero esa noche me sentía sola y no quería que el tono alegre de su voz me recordara lo desdichada que me sentía. Por lo demás, no le convenía recibir llamadas de su exnovia en fin de semana si salía con otra chica. Y probablemente estaría en ese momento con ella, jugando en el mar o tumbados en la playa. Durante unos instantes, me pregunté si en ese momento se estarían besando. Luego, pensé en si se habrían acostado juntos. Sentí una patada en el estómago y traté de no pensar en ello. Daba lo mismo si se acostaban o no, puesto que él y yo habíamos roto como pareja. Aunque eso no significaba que la idea me hiciera gracia.
Terminé instalándome en la butaca de León cubierta con una mullida manta, mirando una película tristísima en la que el protagonista muere y todo el mundo le llora, pero lo soportan con estoicismo para que el sacrificio del héroe tenga sentido. Yo estaba deshecha en lágrimas antes de la escena de su muerte.
Tenía los ojos enrojecidos y llorosos y la nariz me moqueaba como un grifo cuando de golpe la puerta de mi apartamento se abrió. Me volví rápidamente hacia la puerta, alarmada, y fruncí el ceño, perpleja, cuando vi entrar a mi hermana.
—¿Estás bien, Anna? —Se acercó a mí y, sin decir palabra, me obligó a levantarme de la butaca—. ¡Anna! ¿Pero qué...?
Me detuve mientras me arrastraba hacia el cuarto de baño. Me lavó la cara, me pintó los labios y me cepilló el pelo, mientras yo balbucía una pregunta tras otra y trataba de detenerla. Pero mi hermana no se rendía fácilmente, y antes de que pudiera darme cuenta me había maquillado y peinado y me empujaba hacia la puerta de entrada.
Cuando abrió la puerta, comprendí que me estaba raptando. Protesté y me agarré al marco de la puerta. Ella suspiró y la miré irritada. Por fin, se inclinó hacia mí y dijo con firmeza:
—Quiero que veas algo.
Sus palabras me confundieron hasta el punto de que dejé caer las manos. Por fin, consiguió sacarme del apartamento y me condujo hacia el Honda de Tomas mientras yo protestaba y hacía un mohín de disgusto. No quería ir a bailar con ella. Quería regresar a mi cueva de perpetuo duelo y terminar de ver la lacrimógena película. Al menos, en comparación con ésta mi vida parecía de lo más alegre.
Ella me obligó a sentarme en el coche y me ordenó que no me moviera. Yo suspiré y me recliné contra el asiento que me resultaba tan familiar, deseando que me recordara a Tomas, y alegrándome de que hubiera desaparecido del vehículo todo rastro de él. Ahora estaba repleto de barras labiales, cajas de zapatos vacías y un uniforme de repuesto de Hooters.
Crucé los brazos y puse cara de pocos amigos mientras mi hermana se sentaba al volante y partíamos. No tomó por ninguna de las calles que llevaban hacia el Square, donde se hallaban la mayoría de los clubes, y empecé a preguntarme adónde diantres íbamos. Cuando enfilamos una calle que me resultaba tan familiar que sentí un dolor en el pecho, el pánico se apoderó de mí. Sabía exactamente adónde me llevaba esa noche de viernes.
—No, Anna, por favor. No quiero ir allí. No quiero verlo, no quiero escucharlo. —La agarré del brazo y traté de girar el volante, pero ella me apartó de un manotazo.
—Cálmate, Violetta. Recuerda que ahora me encargo yo de pensar por ti, y quiero que veas algo. Algo que debí enseñarte hace tiempo. Algo que incluso yo espero que un día... —No terminó la frase y siguió mirando a través del parabrisas, casi con gesto de nostalgia.
La expresión de su rostro era tan chocante que dejé de protestar. Sentí de nuevo un dolor en el pecho cuando entramos en el aparcamiento del bar de Pete. Ella apagó el motor y yo contemplé el Chevelle negro que me era tan familiar. El corazón me latía con furia.
—Tengo miedo —murmuré en el silencio del coche.
Ella me tomó la mano y me la apretó.
—Estoy aquí contigo, Vilu.
Me volví y contemplé su rostro increíblemente bello y sonreí al ver el cariño que traslucían sus ojos. Asentí con la cabeza, abrí la puerta con mano temblorosa y me bajé del coche. Ella se colocó junto a mí al instante y, tomándome de la mano con fuerza, me condujo a través de la puerta de doble hoja que nos invitaba a entrar.
Yo no sabía qué iba a encontrarme. En parte, supuse que todo habría cambiado en mi ausencia, que quizá las paredes estarían pintadas de negro y que la alegre iluminación sería grisácea y mortecina Pero al entrar me llevé una sorpresa y comprobé que todo seguía igual..., incluso la gente.
Rita se quedó estupefacta al verme, me guiñó un ojo con picardía y sonrió maliciosamente. Todo indicaba que estaba al corriente de lo ocurrido, y, desde que me había incorporado al club de las mujeres que se habían acostado con León Vargas, estábamos hermanadas. Cami me saludó con la mano desde la barra, mientras esperaba que le sirvieran una copa para un cliente, su perfecta coleta agitándose de alegría. Y Ludmila se acercó a mí casi al instante y me abrazó con fuerza, riendo de gozo y diciendo lo mucho que se alegraba de verme aquí. Al decir eso, dirigió la vista hacia el escenario, y yo cerré los ojos para no verlo. Pero no pude evitar oírlo. Su voz me penetró hasta la médula.
Al observar mi reacción, Ludmila me susurró al oído a través de la música:
—Todo irá bien, Vilu..., ten fe.
Abrí los ojos y vi que me sonreía con afecto. Sentí que Anna me tiraba de la mano y Ludmila, al darse cuenta de lo que mi hermana pretendía hacer, me tomó de la otra. Ambas me condujeron a través del gentío que abarrotaba el local los fines de semana, cuando actuaba la banda, mientras yo me resistía instintivamente.
Pero siguieron obligándome a avanzar de forma implacable. Mientras nos abríamos paso entre la multitud, mantuve la vista fija en mis pies, pues aún no quería verlo. Había pasado mucho tiempo... Y más tiempo desde que había oído su voz, que me penetraba por los oídos y me recorría la columna vertebral hasta alcanzar las puntas de los pies.
Contuve el aliento cuando empezó a cantar la siguiente canción, mientras seguíamos abriéndonos camino lentamente a través del abarrotado local. Era una canción lenta y evocadora, rebosante de emoción. Su voz tenía un deje de dolor que me llegó al alma. Miré de refilón a las personas junto a las que pasábamos, observando que coreaban la canción con gesto solemne. La conocían, por lo que no era una novedad. Sin mirar al escenario, dejé que su timbre de voz incidiera en cada célula de mi cuerpo. De pronto, comprendí que la letra se refería a la fatídica noche en el aparcamiento. Sobre lo que me necesitaba y la vergüenza que le producía. Sobre su intentos de dejarme y el sufrimiento que le causaba. Sobre las lágrimas que había derramado cuando nos habíamos despedido por última vez con un beso... Luego, la letra versaba sobre lo que sentía en ese momento.
Entonces alcé la vista y lo miré.
León tenía los ojos cerrados. Aún no me había visto aproximarme al escenario. Después de tantos meses sin verlo, me resultaba casi imposible asimilar de golpe su perfección, como si tuviera que asimilarla por partes para no quedarme ciega. Tan sólo sus vaqueros, esos vaqueros desteñidos y perfectamente cortados, que parecían algo más gastados de lo habitual. Tan sólo su camiseta negra preferida, sin adornos ni perifollos, sencilla, negra, que se ajustaba a él a la perfección. Tan sólo sus brazos maravillosamente musculosos —el izquierdo sin la escayola, puesto que el hueso ya se había soldado—, rematados por unas manos fuertes que asían el micrófono mientras cantaba. Tan sólo su pelo increíblemente sexy y alborotado, algo más largo que antes, pero mostrando su habitual aspecto desgreñado, insinuando múltiples momentos de intimidad que resonaban en mi cabeza y en mi cuerpo. Tan sólo su mandíbula de estrella de cine, que por primera vez estaba cubierta por una incipiente barba, como si hubiera renunciado a presentar un aspecto aliñado, la cual realzaba el pronunciado ángulo recto de su mandíbula e incrementaba su impresionante atractivo, por raro que pareciera. Tan sólo sus labios carnosos, en los que no se adivinaba ni rastro de la sexy sonrisa que solía esbozar mientras cantaba. Tan sólo sus pómulos perfectos. Tan sólo las largas pestañas de sus párpados cerrados, que ocultaban el extraordinario verde de sus ojos.
Al principio, tuve que asimilar cada uno de sus rasgos por separado; era demasiado perfecto para absorberlo todo de golpe. Cuando me sentí con fuerzas, me di cuenta de que su perfección seguía intacta. Su rostro había cicatrizado por completo, sin mostrar huella del trauma físico que había sufrido. Pero contemplar su rostro en su totalidad me afectó de forma inesperada. Empecé a respirar con dificultad y sentí que el corazón me daba un vuelco mientras Ludmila y Anna me arrastraban inexorablemente hacia él.
Él aún tenía los ojos cerrados y su cuerpo se mecía suavemente al son de la música, pero su rostro mostraba una expresión casi... desolada. Sus palabras estaban en consonancia con su expresión, mientras cantaba sobre la lucha que representaba para él el día a día, sobre el dolor físico que le producía no ver mi rostro. Decía que mi rostro era su luz, que sin él se sentía envuelto en la oscuridad. Después de esa última estrofa, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
Ludmila y Anna consiguieron situarme en un lugar directamente frente a él. Unas admiradoras enloquecidas manifestaron su disgusto,
pero mi hermana no se andaba con contemplaciones, y, después de dedicarles varios epítetos poco amables, nos dejaron en paz. Yo apenas reparé en el incidente, mientras contemplaba su perfección semejante a la de un dios.
Con los ojos aún cerrados, León cantó sobre el hecho de estar junto a mí, aunque yo no pudiera verlo ni oírlo. Cantó sobre su temor de no volver a tocarme, de no volver a sentir lo que había existido entre nosotros. A esa última estrofa siguió una larga sección instrumental, y él, sin abrir los ojos, siguió meciéndose de un lado a otro, mordiéndose el labio. Unas chicas que estaban a mi alrededor se pusieron a chillar, pero estaba claro que él no trataba de seducir a nadie. Sufría. Me pregunté si desfilaban ante sus ojos imágenes de mí, de la época en que estábamos juntos, como desfilaban ante los míos.
Deseaba alargar la mano y tocarlo, pero estaba demasiado alejado, y Ludmila y Anna seguían sujetándome, quizá por temor a que saliera huyendo. Pero no podía moverme. No cuando él llenaba mis ojos, mis oídos, mi corazón. Tan sólo podía mirarlo embelesada.
Ni siquiera me fijé en los otros miembros de la banda, e ignoraba si ellos se habían percatado de mi presencia. Apenas reparé en la multitud mientras lo observaba a él, y, al cabo de un minuto, apenas me di cuenta de que Ludmila y mi hermana tenían los ojos clavados en mí. Ni siquiera sentí sus manos sujetándome, ni me pregunté si al fin me soltarían.
Cuando la sección instrumental concluyó, él abrió por fin sus ojos de una belleza sobrenatural. Se dio la circunstancia de que tenía la vista dirigida hacia mí, y lo primero que vio al abrirlos fue mi rostro. Incluso desde donde me hallaba, sentí la conmoción que sacudió su cuerpo. En sus ojos verdes e intensos se reflejó el estupor, y al instante se humedecieron. Abrió la boca y su cuerpo dejó de moverse. Parecía totalmente aturdido, como si se hubiera despertado en un universo distinto. Me miró a los ojos mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas.
Cantó la siguiente estrofa con el ceño fruncido, como si estuviera seguro de estar soñando. Durante esa sección, el resto de la banda permaneció en silencio, y la voz de León resonó con nitidez a través del local, a través de mi alma. Repitió la estrofa referente a que yo era su luz, con una expresión en su rostro de reverencia. Su voz seguía el ritmo de la música, pero su expresión de asombro no lo abandonó.


Capitulo muuuuuy largo XD Espero les aya gustado.
ULTIMOS CAPITULOS.

Jan

1 comentario:

  1. Ay!! Jany no me dejes con esta espantosa intriga!!!! Necesito saber que pasa!!! :'( :c me dejas mal...
    Gracias!!!

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