martes, 1 de diciembre de 2015

If It Comes To Trush Again - Capitulo 10

Capitulo 10

"Creí Que Yo Era Tu Nena"

Él comenzó a reírse en voz baja y me abrazó para acariciarme la espalda antes de contestar:
—Intentaremos recordarlo, Anna. Gracias.
Anna me acarició el hombro entre carcajadas.
—Sólo me burlaba un poco, Violetta. No pasa nada si gritas como una loca. No me importa. —La miré entre los dedos, y me di cuenta de que estaba repasando con la vista el cuerpo de León—. Te aseguro que yo no me cortaría —murmuró.
León volvió a reírse, y meneó la cabeza antes de besarme otra vez. Anna le guiñó el ojo y me dio más palmaditas en el brazo.
—Bueno, me voy a la cama. Estoy reventada.
Se apartó de nosotros y comenzó a caminar pavoneándose hacia su habitación. Los pantalones ceñidos que llevaba puestos realzaban la curva de sus caderas. Anna era tremendamente guapa y provocativa. A veces era difícil convivir con su inacabable perfección, pero era mi hermana, y había reaparecido en mi vida justo cuando más la necesitaba. Me había ayudado a recuperarme cuando los dos hombres más importantes de mi vida me abandonaron. Me había ayudado a encontrar un sitio donde vivir cuando no tenía adónde ir. Me había ayudado a curarme un corazón roto cuando yo estaba segura de que no existía cura alguna. Incluso había ayudado a que León y yo volviéramos a estar juntos. No me importaban sus excentricidades. La quería.
Estaba sonriendo y meneando la cabeza cuando se giró.
 —Me largaré de inmediato si quieren volver a empezar.
Suspiré, pero León soltó otra carcajada. Lo miré y le di otra palmada en el pecho.
—¿Quieres dejar de animarla? Leon me sonrió, y suspiré una vez más.
—Ojalá tuvierais algo mejor que hacer que procurar avergonzarme.
Me giró para darme un beso suave en la frente.
—Bueno, no tendrías que preocuparte de esto en mi casa. —Me movió las caderas hacia delante y atrás, lo que hizo que nuestros cuerpos se tocaran rítmicamente de un modo tentador—. Quizá logre que vuelvas a mi casa si te avergüenzo lo suficiente.
Alzó una ceja y me sonrió a medias.
Tuve ganas de golpearle otra vez, pero tenía un aspecto demasiado atractivo con ese gesto. En vez de eso, le besé, lo que, por supuesto, hizo que se riera.

León se quedó conmigo toda la tarde y me ayudó con todas las tareas que tenían que ver con la facultad. Iba a comenzar mi último año de carrera. Ya lo tenía todo preparado, con todas las clases elegidas y organizadas y todos los libros comprados, pero repasarlo me ayudó a no sentirme tan nerviosa. ¿Por qué me sentía tan nerviosa el primer día de clase? Cabría pensar que después de tantos cursos de estudio, ya debería estar acostumbrada, pero no era así. Esa fobia al primer día de clase llegó incluso a hacerme retrasar el comienzo de la universidad después de terminar el instituto. Mis padres se enfadaron por eso, pero estaba demasiado nerviosa. En esa época temimos que mi madre tuviera cáncer, por un pequeño tumor que hubo que extirpar. Aunque los dos protestaron, aproveché la oportunidad para quedarme en casa con ella a lo largo del tratamiento. A ella le pareció horrible que me perdiera la universidad, pero a mí me sirvió. La cuidé y, de paso, retrasé algo que me aterrorizaba a los dieciocho años. Mi madre se recuperó por completo mucho antes de que se acabara el curso, y me suplicó que dejara de perder el tiempo con ella y que al menos empezara tarde. Ya lo había retrasado durante un año, así que aproveché lo que pude. Por mí me hubiera retrasado otro año, pero Anna no me lo permitió y casi me arrastró hasta la oficina después de mi descanso de un año, donde me obligó a matricularme en la universidad que ya me había admitido, la de Buenos Aires. Por supuesto, en cuanto estuve allí, todo fue bien. Lo que me costaba era atravesar la puerta. También me esforzaba por cambiarlo. Sin embargo, supongo que el retraso acabó siendo bueno para mí. Probablemente no habría conocido a Tomas si no me hubiera pasado ese año en casa de mis padres, y si no hubiera conocido a Tomas, no habría conocido a León. Aunque odiaba el modo en el que habíamos iniciado nuestra relación, y lo mucho que habíamos herido a Tomas, que era una persona increíblemente buena y que no se merecía nada de aquello por lo que le habíamos hecho pasar, seguía sintiéndome agradecida al destino por haberme llevado hasta México, y hasta León.
A León le parecía que mi nerviosismo era gracioso. Él no parecía ponerse nervioso por casi nada. Probablemente podría entrar en la primera clase del curso con treinta minutos de retraso y completamente desnudo, y se quedaría tan tranquilo. Sonreí en mi fuero interno al pensar en aquello. No. Quizá las personas y los lugares no le afectaban, pero los sentimientos sí. Seguro que sintió miedo la primera vez que me dijo que me quería, y que fue peor que todos mis temblores por entrar el primer día juntos. Bueno, me aliviaba saber que no era inmune al nerviosismo. Ese año me había matriculado en Lengua Inglesa, y León se burlaba mucho de mí por eso. A él le parecía que me hubiera ido mejor en Psicología. Yo creo que era porque quería que asistiera a clases como las de Sexualidad Humana del año anterior. Era incorregible en lo que se refería a los bajos instintos. Tampoco tenía mucha oportunidad de hablar, al menos, no cuando lo tenía delante. Siempre tenía ganas de lanzarme sobre él cuando estaba cerca. Después de pasar todo el día ayudándome a planificarlo todo, hasta el recorrido que tendría que seguir a través del patio central, llegó la hora de irme a trabajar. Crucé sonriente a su lado el aparcamiento, y alargué la mano hacia él para quitarle las llaves.
—¿Puedo conducir? —le pregunté con voz alegre mientras caminaba de espaldas e intentaba quitarle las llaves que tenía agarradas de un modo implacable.
Frunció el entrecejo de un modo precioso y negó con la cabeza al mismo tiempo que apartaba la mano.
 —No, no puedes.
Me paré y me puse con los brazos en jarras mientras pasaba de largo a mi lado.
Saqué el labio inferior y puse morritos.
—¿Por qué no?
Dio dos pasos más, y luego se detuvo para inmediatamente volver a mi lado.
Entonces me mordió el labio inferior y dejé de poner morritos.
Me pegó la boca a la piel para murmurarme:
—Porque… es mi nena, y no la comparto.
Me lo dijo con un gruñido, y la respiración se me aceleró.
—Creí que yo era tu nena —logré decir con voz aguda.
Me sonrió y me agarró por las caderas para pegarme a él.
—Y lo eres. Volvió a besarme con fuerza, de un modo casi posesivo. Cuando ya sentía que ese fuego habitual empezaba a encenderse, cuando ya estaba a punto de quitarle esa camiseta que estorbaba, dispuesta a saborear su cuerpo con mi lengua, se apartó para añadir algo:
—Y a ti tampoco te comparto —musitó.
Mi cuerpo se había convertido en una pasta blanda y cálida llena de sensualidad, y podría haberse derretido allí mismo.
Volvió a reírse y acabó de empujarme hacia el coche.


#DiciembreDeIICTTA
Pregunta: ¿Qué nombre le pondrian a la pareja de Anna y Diego?

Jany

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